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16-01-2026 Notas

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Por Guillermo Fernandez

El célebre retrato de Narciso contemplando su rostro sobre el agua de Caravaggio (XVI) ayuda a comprender algo significativo de la naturaleza humana contemporánea. Fuera de los análisis psicoanalíticos sobre la mirada del joven maravillado de su propia belleza, y de todo lo que Jacques Lacan aportó sobre el espejo, hay un plus en esa tela que todavía llama la atención. 

¿Por qué esa mirada adolescente que se descubre a sí misma, que le devuelve un rostro, quizás insospechado, se vuelca sobre una superficie? ¿Por qué Narciso no indaga en lo profundo y, por lo tanto, solo le alcanza con “sospecharse” en la exterioridad?

Es cierto el hecho de que una imagen bordea un contorno y aquello que escapa a una dimensión oscura: ese espacio que no se quiere ver, pero que se intuye. 

La vista engaña porque va a la apariencia; lo visible puede llegar a convertirse en una trampa para los sentidos. Desentrañar aquello que se presenta a simple vista consiste en una tarea incómoda y fastidiosa. 

Pese a esta dificultad, hay artistas que imponen una conducta al espectador: son aquellos que se detienen en sus escenas hasta violentar la pasividad. El lector de esta nota sabrá que hace poco falleció el director de cine húngaro Béla Tarr. Seguro recordará la película Sátántangó (1994) y su comienzo prolongado con la corrida de los caballos. 

¿En qué momento la mirada del espectador se detiene? ¿En dónde fijar la vista en una escena “que no parece tener fin”? 

Sin lugar a dudas, la semiótica del cine podrá dar una explicación. El tiempo real y el visual corren paralelos: se ficcionaliza la frecuencia común del movimiento y se convierte en un fotograma, en un continuum que no se detiene. Es una sintaxis morosa que también aparece en la novela de su coguionista, también húngaro, que dio origen al film en cuestión. Se trata de Lázló Krasznahorkai, que escribió Tango satánico (1985) y merecedor del Premio Nobel de Literatura 2025. 

 

La violencia de lo superficial

El hecho de que mucho de los episodios que componen el armado de lo actual sobrevuele en el análisis de bastantes “especialistas” en lo que acontece colabora con el fenómeno adormecedor de la realidad y con el cansancio que provoca lo leve. 

Lo pasajero, lo ya visto es amigo de aquello que se convierte en innecesario para discutir. Además, la falta de argumentos, que sólo aparecen en lo profundo lleva al hastío, a correr tras lo instantáneo. 

Tras esta patología del hombre común se esconde la apatía, esa falta de voluntad que requiere del apotegma “tu puedes” de la extensa bibliografía de la autoayuda capitalista. Sobreviene, entonces, el desánimo: ese pecado capital que convierte al humano en ser que solo se desplaza sobre lo horizontal. 

La maestría del checo Franz Kafka en su obra La metamorfosis (1915) pone en evidencia el desgano de Gregorio Samsa, que no puede pararse y, por ende, fijarse en lo vertical. Ese oficinista, siguiendo el análisis del comienzo de la nota, se expande sobre una “superficie”, se ensancha como un molusco sin poder incorporarse. 

Lo vertical también es descenso, es indagar sobre lo oscuro, es resbalarse en lo húmedo para llegar a un punto de encuentro con uno mismo, con aquello que Narciso no desea, porque prefiere la sugestión de su figura, estar apoyado sobre él mismo para no resbalarse. 

El mundo actual es un catálogo, una guía turística en la que, con breves palabras, los sucesos se despliegan como paisajes silenciosos, porque el ruido de los acontecimientos está ensordecido por la misma velocidad del momento. 

El riesgo es claro y certero: en ese álbum se pierde la vida y la posibilidad de pensar. 

 

 

 

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