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Por Javier Cozzolino | Portada: Subham Nirala
En tercera persona, mejor.
El salteño dueño del flete le refirió que había leído a Ludwig von Mises.
De von Mises, nuestro protagonista había escuchado alguna referencia antes de que el presidente comenzara la primera campaña:
Década de 1990.
La boca de un antiguo profesor que conjuga a la Escolástica con el liberalismo.
Punto.
Detrás, en la camioneta del flete, además de un lavarropas, una serie de muebles vetustos y un espejo, se habían ubicado un débil mental y un muchacho grandote, de esos que no precisan de la calistenia para noquearte. Es probable, pensó nuestro héroe mientras el salteño del volante se despachaba con precisiones sobre la obra del austriaco, es probable que los dos de atrás me hayan usado el sofá para acomodarse.
A la oreja izquierda, le llegaron, al parecer, citas exactas de cierto libro:
«Es necesario achicar el Estado, porque el Estado es como una familia que gasta de más, y el ahorro es el inicio de la fortuna o el gasto futuro que uno precisará para cuando deba cambiar una oveja eléctrica por una yegua de sangre caliente».
Ludwig von Mises tenía una prosa llana. Lo que no le quedaba claro a nuestro protagonista era quién había inventado las ovejas eléctricas y en qué época. Es probable, se respondió, que las ovejas eléctricas hayan surgido en paralelo a la radio. Así también más tarde lo anotó. Pero no se fio de sus reflexiones, no había dormido en toda la noche, «refugiado en la cama de una mujer real a la que no amaba», asimismo apuntó más tarde, «y eran las siete de la mañana: un sol ya fuerte, del tamaño de una arveja, más un cielo del color del lapacho. (Anotación marginal: quitarle a todo esto mis pretensiones literarias)».
*
Ludwig von Mises, deberías leer a Ludwig von Mises, escuchó y escuchó parlamentar al salteño del volante y a punto estuvo de responder: Y usted debería leer un libro mío, al menos, San Isidro, te odio, donde es harto probable que, si existe un solo lector de ese libro, desee por lo menos pedirme explicaciones.
Pero antes de nada decir miró por la ventanilla, pensó en círculos de fuego, en artificios mágicos y en silogismos. Se concentró en estas últimas herramientas:
Estos hombres son mortales.
Yo soy mortal.
Todos nos vamos a morir.
Lo que más pesaba de toda la carga era el lavarropas.
Les ponen arena, piedras, cemento, explicó el salteño mientras, con gestos de sus manos y la cara, ordenaba al débil mental y al grandote que fueran subiendo las cosas al departamento.
¿Cemento?
Y cosas, sí.
Igual, lo felicito, ese muchacho tiene mucha fuerza.
¿Cuál?
El chiquito.
Ah, sí. Tiene fuerza porque no tiene conciencia de sí mismo, es idiota.
Ajá.
Los androides tampoco tienen conciencia de sí mismos, pero yo prefiero a los idiotas, requieren de un menor mantenimiento. Lo viejo siempre funciona.
Hablaron un poco más sobre la vereda del partido de San Isidro, otra tanto en la escalera que conducía al departamento y otro tanto más ya dentro, tras cruzar a una rubia en short que sonrió a los dos y se metió en la puerta vecina.
Los peones acomodaron cada mueble y cada artefacto en su lugar. El salteño extendió la mano y contó los billetes, uno a uno, por el servicio prestado. Se dejó luego acompañar hasta la puerta y ya nada más habló ni de austriacos ni de idiotas ni de nada. Fue entonces que quien de verdad nos importa tomó noción de que algo había terminado para siempre. «Le impresionaba estúpida una frase tal vez leída de Jung o de algún discípulo, y más estúpido aún asignarse a sí mismo tal estado. Incluso no estaba seguro de si la frase provenía de un libro o de un pensamiento automático o del comentario de un (ahora) viejo vecino. (O de un cliente, se dijo). Para el caso, se negó a definir que aquel era un duelo de transformación».
Todo aquello de igual modo escribió más tarde.
Detalles menores al margen, supo que debería adaptarse a San Isidro y dejar todo el pasado atrás («como suelen decir las personas con poco sentido común»).
*
Había un ventilador de techo, en lo que desde ahora sería su habitación. Lo encendió y se echó sobre el colchón que allí habían ubicado los peones.
Cantaban los zorzales y sonaban las chicharras como en su antigua casa.
Por la ventana se asomaba un arbolito con flores rojas.
Pero no había ya ni jardín ni cerco que cortar, ni perros ni gatos que acariciar, ni mujeres borrachas que pedían monedas y lo invitaban a engordar y a engendrar íncubos y súcubos, ni almacenes a la vuelta, con frutales verduleras lituanas de más frutales y rimantes delanteras, ni disparos a cualquier hora del día.
Procuró un silogismo para resumirlo todo, no pudo.
Antes una mujer comenzó a gemir.
Y antes también un hombre aulló.
La una y el otro desde puntos cardinales disímiles.
Sexo, pensó.
«Sexo», escribió más tarde.
De pie, caminó hasta la ventana de la habitación contigua y observó el vidrio esmerilado de lo que debía ser un baño de un departamento de la planta baja. Tras los aullidos, llegó a divisar que un hombre calvo, de chomba roja, se enjuagaba las manos en el lavatorio. Imaginó el resto: la muñeca desinflada flotando en la bañera.
Los gemidos femeniles también habían cesado, pero no tuvo dudas de que se trataba de la misma mujer que, minutos antes, lo había saludado.
Ahora reparaba en ella. Si no recordaba mal era rubia, más bien joven y delgada, rasgos sajones, una sonrisa un tanto exagerada. Y un short.
Acudió al famoso silogismo para no enredarse en sus malos ejercicios:
Todos los hombres son mortales.
Sócrates es un hombre.
Sócrates es mortal.
Buscó, con la misma oreja izquierda con la que durante el viaje había escuchado hablar de liberalismo al salteño, detectar desde su comedor qué sucedía del otro lado, pegándola contra la pared. Pero nada. Sólo su transpiración.
Ensayó:
Todos los edificios están habitados por humanos.
Sócrates es un hombre.
Sócrates vive en un edificio.
Y, despacio, se despegó de la pared y descendió hasta quedar de rodillas.
Aumentaba el calor, debía regresar a la habitación, pero algo lo detuvo: esa otra ventana, la de aquel ambiente, desde donde el sol verde como una arveja lanzaba aún sus rayos.
Había buen espacio entre su nueva propiedad y los edificios en contrafrente. Y ventanas, muchas ventanas y balcones, dispuestos en dos plantas, con desprendimientos de pintura en la parte superior.
Se desgarró la remera y se quitó el pantalón.
Tendido de espaldas, sobre el parqué, desnuda, buscó en su teléfono el número de la mujer a la que no amaba.
Te extraño, dijo. Ya llegué. Venite antes de que llegue la tormenta.
Atendió la respuesta, más tarde la escribió, y la respuesta lo disparó a constatar si el termotanque, tal como habían indicado los anteriores inquilinos, había quedado en piloto.
Sí, habló solo, fija la mirada en la llamita ondulante, amarilla en su núcleo, azul por fuera.
Cuando regresó a su cuarto, el ventilador seguía girando.
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