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08-04-2026 Notas

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Por Guillermo Fernández

Cuando se hace referencia a un límite, a un espacio o a una zona a la que no se puede avanzar porque lo impreciso alerta los sentidos, se está en presencia de un borde. Con total libertad se puede pensar que la vida en común coloca márgenes: avisa fronteras, a veces, con límites difusos. Se crea así una cartografía en la que los individuos tropiezan con un horizonte, que finge ser público, impropio. 

Según explica Pascal Quignard en El origen de la danza (2017) el nacimiento, la salida al mundo de la luz, aparece junto a la necesidad de caminar y también la de agarrarse de alguien para no caer. En ese sentido, la instancia del borde, se complementa con la del miedo a derrumbarse, a manotear para no toparse con el vacío. 

El mundo clásico ha construido en la figura de los gobernantes el prototipo del sujeto que combate con una franja: el desorden innato versus una cadena de secuencias que requiere del  reacomodamiento de esa gramática revuelta. En efecto, si se relee Antígona de Sófocles (Siglo V AC) se ve con claridad que para Creonte existe un “borde” un límite que le impone la misma Antígona: la sepultura de Polinices: una horizontalidad terrenal, un borde que pone a Creonte en peligro. Ella lo empuja a una caída, a un desmoronamiento de su poder, a un entierro, que también bordea la superficie de su propio mandato. 

Pedir que Polinices, corra la misma suerte que su hermano Etéocles, es hacer vacilar su decisión política. 

Mucho tiempo después, Jorge Luis Borges, en «La historia de Rosendo Juárez», en El informe de Brodie (1970) coloca a su protagonista en un abismo binario: valentía versus cobardía e invierte el sentido ordinario del “valor” orillero. 

Es inevitable decir que estos dos casos son apenas una muestra de que muchas de las cualidades de los héroes están impregnadas de ese desplazamiento a lo hueco y oscuro, que puede, más bien entenderse como un perfil de lo demasiado humano. 

¿Hay demasiada urgencia en elevar al hombre cotidiano y de llevarlo a una categoría que hace titilar su existencia? ¿Hoy en día, se puede hablar, de un nuevo orden de “especie” que además de “manotear” lo tecnológico para no derribarse al suelo, se burla de la barrera que le impone su propia imaginación?

No hace mucho la película del director inglés Jonathan Glazer, Zona de interés (2023) construyó una trama respecto del nazismo en Auschwitz. No fue una más que formó el terrible catálogo del horror de los campos de exterminio. A través de la imagen visual, insistió de manera singular, en exhibir y abandonar los límites consabidos. Así se propuso mostrar “convivencia” nada ingenua con el enemigo. 

Es espanto de Glazer fue precisamente eso: estar ajeno a un borde; pero asomarse y “espiar” las caras y los uniformes impecables de la persecución. 

El “vacío” en Zona de interés se cubrió de límites, que separaban el mundo real de una topografía lindante con una “carnicería” que estaba por surgir de inmediato. Todo estaba latente y temblaba como la mano del niño que pide auxilio para empezar a moverse. 

En síntesis, el borde como metáfora deja a la intemperie el universo que cobija al animal humano que se resiste a obedecer pero que, por el contrario, se doblega a ser acorralado como tropilla que marcha sumisa hacia el abrevadero.

 

 

 

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