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Cómo pedalear en la tempestad

Por Luciano Sáliche

Vamos a dar una vuelta. Cuando Albert Hofmann salió del laboratorio, luego de consumir 250 microgramos de LSD -230 más de lo recomendable-, tuvo que pedirle a su asistente que lo acompañe. Fue el 19 de abril de 1943. Pero la historia comienza cuatro días antes, cuando estaba trabajando sobre el ergot, un hongo que se genera en el pan de centeno, con el fin de encontrar un estimulante circulatorio, y sin querer absorbió parte de la sustancia por la punta de sus dedos. Ese día le escribió a su jefe, el profesor Arthur Stoll, que había percibido “un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos”. Esto no iba a quedar así: decidido, el 19 de abril, se metió 250 microgramos y se fue a su casa en bicicleta. La imagen es conocida: un hombre recorriendo las calles de Basilea, Suiza, con los ojos bien abiertos, una sonrisa que por momentos se tornaba panicosa y un mambo en la cabeza que no paraba de girar. ¿Drogarse y salir a andar en bici? Toda una experiencia. En las zonas rurales de Chivilcoy, el horizonte de la llanura puede volverse una línea que zigzaguea entre el azul del cielo y el verde del campo mientras el sol funciona como lo que es: una bola de fuego que alumbra y acalora. Claro, el momento recreativo está contemplado en un lugar donde nadie interrumpe el pedaleo, algún pozo esporádico quizás, o un charco de barro que dejó la lluvia del día de anterior o un caballo que se salió del corral para comer un poco de pasto al costado del camino. Una leve brisa en comparación con el vendaval metropolitano.

Hace una semana que voy a trabajar en bici. El jueves pasado el boleto de colectivo aumentó un 100% en el marco del ajuste del gobierno macrista a los servicios públicos. Ambos momentos se hilvanan por una coincidencia de fuerzas mayores. Lo que es cierto es que la bicicleta propone un ahorro, pero si todo fuera por guita la cosa no merecería ser escrita, con lo cual es importante destacar cómo cambia el mundo cuando una persona que hace años se viene moviendo en la Ciudad de Buenos Aires con colectivos, subtes y taxis pasa a transportarse entre dos ruedas traccionadas a pedales: independencia, aire libre y divertimento. ¿Cuántas sensaciones superan ese envión sobre la pendiente que bordea la Plaza de los Perros mientras una llovizna fresca te acaricia el rostro? Pocas en una ciudad como esta; sin embargo, cuando uno toma la bicicleta como el transporte usual, el peligro asecha de forma constante. ¿Exageración? Hay una nota de un medio español que titula: “La valentía del ciclista urbano: el 70% de los accidentes de bici se produce en la ciudad”. Hoffman hubiera muerto en la Buenos Aires de 2016.

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A veces las palabras se pierden, colisionan entre sí y desaparecen en la bruma. Por eso es importante recurrir a los poetas. Alejandro Rubio no lo podía haber dicho mejor en Los derechos del ciudadano: “Lástima que haya que vivir entre corderos que no saben que la libertad es la pelea infinita entre titanes que se tumban y se levantan”. Andar en bici es una tarea que implica determinación porque el tránsito es una selva oscura donde animales metálicos embisten a diestra y siniestra. ¿Qué sería de esta ciudad sin los semáforos? Una leve regla que ordena, a su modo, el caos. Por suerte -gran acierto del modelo de ordenamiento macrista- aparecieron las bicisendas: carriles minúsculos pero exclusivos para que los ciclistas puedan sentirse apañados por la administración del Estado. Sin embargo, los transeúntes aún no conciben que la vereda sea su lugar de pertenencia. Hay veces que la bocina del ciclista debería transformarse en un arma de fuego para dispararle a todos las personas que esperan que corte el semáforo en la banquina, en vez de hacerlo sobre el cordón, o a los containers de basura y autos estacionados, incluso patrulleros. Falta de adaptación a las nuevas normas de convivencia, digamos; falta de costumbre.

No suena muy creíble que desde que el humano inventó la rueda, recién en 1817 haya aparecido lo que hoy se conoce como bicicleta. ¿Qué pasó en el medio? ¿Nadie había pensado cómo hacer funcionar un dispositivo de transporte que no incluya a un animal que lo tironee desde adelante? El 12 de junio de 1817, para ser precisos, el inventor alemán Karl Drais presentó en sociedad su mayor invento: la laufmaschine, lo que hoy se conoce como velocípedo. En 1863, otro inventor, el francés Pierre Lallement, le añadió pedales logrando que el vehículo pase a ser producido en serie, masificándolo y popularizándolo. En aquel siglo aún no había estallado la revolución del automóvil, el Ford T no había sido concebido, tampoco estaban los semáfaros para organizar el tránsito, es decir, no había un caudal de vehículos colapsando las calles al cual podamos llamar tránsito. Es por eso que tanto Drais como Lallement no eran conscientes que dos siglos después el aporte que habían hecho a la historia de la humanidad se resignificaría como un opuesto. Si lo que estaban inventando era un artefacto que pujaba hacia el progreso, ¿acaso la bicicleta no es hoy el medio transporte que buscar ir contra ese progreso, contra el avance desbocado de la racionalidad utilitaria, del colapso y la muchedumbre?

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Hay que reconocer que esa hilera de ladrillos amarillos que se intercalan con palos plásticos del mismo color a la izquierda de la calle tiene su estética. Sin embargo la pregunta por las licitaciones y el costo de estas enanas obras edilicias existe. En 2012 el abogado Antonio Liurgo presentó la denuncia frente al juez Daniel Rafecas por las presuntas irregularidades. Gustavo Vera, diputado y titular de La Alameda, aseguró que en 2014 el kilómetro de bicisenda costaba un millón de pesos, además de los $30 millones por el servicio de consultoría. Es probable que se hayan construido las bicisendas más caras del mundo, como dijo el ex legislador porteño Eduardo Epszteyn. Ambicioso plan el del gobierno macrista, amarillo y matemático, que se suma al Metrobús y las rampas, todo en pos de trazar el mapa de una ciudad futurista donde funcione la utopía del pacto social de la felicidad. Tanto en los spots publicitarios de Coca-Cola o los carteles estatales que anuncian el advenimiento de una nueva obra, las personas andan en sus bicis con una sonrisa, circulan en familia, el sol brilla en el cielo y el verde de los arboles completa el paisaje naturista. Una verdadera delicia. Similar al viaje de Albert Hoffman por Basilea o al pedaleo recreativo en las zonas rurales de Chivilcoy. Muy distinto a lo que sucede en la ciudad, donde uno monta su caballo metálico para enfrentarse al resto de los animales que pujan y embisten en la jungla de cemento. Así, el ser humano forja el carácter, cultiva su determinación y aprende a vivir en esta sociedad rota y despiadada. Como un Leónidas civilizado del siglo XXI, se mueve en la metrópolis al grito de “¡Esto es Esparta!”, respetando y haciéndose respetar. No es tan grave: pedalear calma el odio y eleva el espíritu hasta transformar en goce la tempestad, al menos por un rato.

 

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