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La lógica del descarte

Por José Luis Juresa

La lógica del descarte impera en la vida social. Cada uno es “usado” y descartado del mismo modo que un producto es consumido y descartado su envase, reduciendo esa vida social, y el lazo que la caracteriza, a una operación de reproducción capitalista, en el que las personas se comportan como envases que serán descartados apenas se consuma lo que contienen. Es la palabra que se repite en los consultorios en la medida en que la irrupción de las redes sociales y de los sitios específicos de encuentro entre personas —especialmente de distinto sexo— comenzaron a ser determinantes en la regulación y mediación de la vida social, y no una herramienta complementaria.

La pregunta consiguiente es ¿qué contienen las personas para ser “consumidas” y descartadas como si fuesen envases sin producto? Por lo que se escucha en el consultorio, lo que contienen es vida. Es la vida lo que se consume. Como perfectos vampiros que necesitan chupar la sangre de un semejante para poder prolongar su vida, los seres humanos se comportan entre sí como chupasangres. La sangre es la representación de la vida, y sin ese líquido precioso no nos mantendríamos siquiera en pie. Evidentemente, no por lo que significa a nivel del bios, sino por lo que representa como metáfora, la sangre es la respuesta cada vez que el ser humano pone a prueba su mortalidad. Sangre, vida y muerte se articulan en el mismo plano, y cuando el ser humano es incapaz de vivir por sí mismo su propia dimensión mortal, lo hace a través de otro, que termina “ofreciéndose” como un conejillo de indias incauto, dispuesto a ser chupado y “vivido” como si fuera un ensayo, como si se sometiese a un experimento.

Ron Mueck

Esa desafectación, como la de un científico frente a las reacciones de una rata de laboratorio en la que solo ve las respuestas a determinados estímulos, hacen de las relaciones una especie de ensayo, de laboratorio permanente, en el que se miden las reacciones hasta que la existencia del otro, ese otro con el que se hace contacto, aparece en su dimensión más humana, es decir, no se deja someter tan pasivamente, y habla.

Las personas parecen reproducir un modelo científico para relacionarse, pero apenas la rata se pronuncia, salen espantados, y ya no quieren seguir relacionados, porque no pueden continuar con una rata que habla.

Una sorpresa: la rata que habla

El sistema está perfecto salvo por un error: el ser humano. Pequeño detalle en el que ciertas ideologías no reparan, y pasan por alto. El psicoanálisis dijo: no es un error, es un síntoma. Y desde ahí, no ha dejado de ser referencia para el pensamiento contemporáneo, desde la disciplina que sea: la política, la sociología, la estética, la medicina, la ciencia en general, ha tenido que abrevar en el fenómeno que el psicoanálisis aísla, simplemente por denominar síntoma lo que hasta ese momento se denominaba —generalmente— “error”.

La rata que habla y que Freud decidió escuchar, estimulado por “sus histéricas”, que le pidieron, a él, que las dejase hablar, que no las tratara como ratas en el laberinto del laboratorio. Y fue una sorpresa, porque de ese hablar se extrajeron interesantes conclusiones: que el síntoma deja entrever una verdad, que no es universal, que no es generalizable como lo podría ser una ley científica, cuya pretensión es esa. Que el síntoma “desnaturaliza” el destino, y al desplegar el sujeto su verdad, hablando acerca de su malestar, condensado en el síntoma, encuentra su salida, su solución, y que tal solución tiene que ver con su deseo. Por lo tanto, la solución, lo cual implicaba el alivio de ese malestar, tenía que ver con una realidad deseante, una realidad que no era universalizable, que no valía “para todos” y cuya verdad también era parcial y valedera para ese sujeto.

Ron Mueck

La rata, al hablar, dejaba de ser rata, y pasaba a dignificarse a partir de la escucha de su malestar, un malestar que era digno de ser escuchado, no descartado. Los sueños, los fallidos, los síntomas en general, que hasta ese momento eran objeto de la lógica del descarte, al basurero del sistema “naturalizador” de un destino ligado al descarte, ya no de los síntomas, sino del ser humano en sí, pasaron a transformarse en la gema de una verdad que hacía de la rata, en primer lugar, una rata habladora, y en segundo lugar, como en una metamorfosis al revés de la de Kafka, luego de rata, ser humano, dignificado por el objeto al que ese hablar lo elevaba, por obra de la escucha.

No por casualidad, el famoso caso de neurosis obsesiva que Freud toma para su análisis “paradigmático” de tal enfermedad, lo denomina “el hombre de las ratas”. Si bien se trata de un malestar ligado a una tortura en la que ese animal tiene relevancia, en realidad, se trataba de la aparición —al modo OVNI— de una constelación significante que colocaba en torno al deslizamiento de ciertas letras entre palabras, la causa de un malestar que lo paralizaba de terror y de culpa. Ese hombre se encontraba con que esa rata se metamorfoseaba en él, experimento de guerra en un caso cuyo marco se desarrollaba en la primera guerra mundial. La perfecta rata de laboratorio en la que se torturaba sin saber que la rata era él.

Recuperar el cuerpo

Freud establece, a partir de esa rata que habla, una lógica de apariciones, que desde el punto de partida del síntoma desembocara en la reaparición del cuerpo que, bajo las condiciones del experimento del sistema, del “error” en el que el sujeto vive como tal, desplegando su verdad, deje de ser un error y se convierta en síntoma. Un síntoma que no era él mismo, sino él hablando en el dispositivo analítico, transformando a ese dispositivo y a la rata hablando en él, en un síntoma del sistema, para atravesar el destino de “error” y “sintomatizar” al sistema a partir de su habla singular.

Ron Mueck

El análisis se transforma en un síntoma, el síntoma de la neurosis “artificial” que procesa la cura en relación al marco social e histórico en el que ese sujeto “aparece”. Su deseo, desplegado, lo relanza hacia los otros, lo vincula, y lo hace recuperar los lazos sociales desde un cuerpo que ya no se abstiene de su deseo, ni se ausenta de él. Un cuerpo interrogado y recuperado desde esa interrogación, la del deseo. Por eso, la lógica que despliega un análisis va contra el descarte que regresa una y otra vez, reciclado, reimplantado bajo diversos maquillajes o máscaras, más o menos seductoras, bajo cuyo “simil piel” se esconde —otra vez— la calavera.

¿Que mejor que esa imagen huesuda para dar cuenta de lo que decimos cuando hablamos de “consumido” y “descartado” en el osario de un sistema cruento, que no quiere saber nada de otra cosa que no sea entretenimiento y distracción? Parece que se trata de eso solamente: el encuentro entre las personas se reduce a la superficialidad que yace en la frase “pasarla bien”, lo cual no está nada mal, siempre que ese “pasarla” no se transforme en “dejarla pasar”, a la vida.

 

(Fotos: esculturas de Ron Mueck en su exposición titualda “Misa”, exhibida en la National Gallery of Victoria Triennial de Melbourne en 2017)

 

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