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Silvina Giaganti: “Las mujeres estamos explicando muchas cosas y lo estamos haciendo gratis”

Por Luciano Sáliche | Fotos: Lucía Noel

Un libro es muchas cosas, también una herida que se abre. La incertidumbre, la pregunta y el conflicto son heridas que aunque no emanen sangre deshilachan la piel del sentido común que nos paraliza. Y la literatura que no daña, que no expone, que no moviliza… tal vez esa literatura no sirve para otra cosa que para disfrazarse de un entretenimiento pasatista. Silvina Giaganti (Avellaneda, 1976) toma todo esto muy en serio y usa la poesía como una extensión de su cuerpo.

A sus cuarenta y pico, acaba de publicar su primer libro: Tarda en apagarse, de poemas, editado por Caleta Olivia. ¿Que llega tarde? Depende para quién. Silvina Giaganti es filósofa y escribe, y de tanto escribir y pensar y bardear en las redes sociales sobre esta nueva era que se debate entre el marketing y el empoderamiento, apareció este poemario que lleva más de dos mil copias vendidas. Todo un best seller en la poética nacional.

Literatura del yo en verso. Una definición puede ser esa. ¿Es peyorativa? Para algunos lo será. Tarda en apagarse es una confesión poetizada. Hay una historia intensa que narra su autora —de lesvianismo, esclerosis múltiple, literatura y soledad— y para hacerlo se mete en el poema, abre la elástica cueva del lenguaje se introduce en el libro. Usa el yo en clave política, busca la empatía del lector, lo agarra del cuello, le habla al oído. Entonces escribe su vida, la narra, la reconstruye. Desde luego que con menor intensidad de como fue vivida, porque escribir —dice en el poemario— “es hablar de amor / cuando se termina”, aunque también “es una forma de pasar / sin mucho dolor / por este barro”.

Lo que sigue es una charla con ella y con su manera de ver el mundo, el campo abierto de la literatura, la convivencia permanente con la incertidumbre, sus primeras lecturas, las tensiones necesarias, la literatura del yo y los silencios que habitan la poesía.

“Tarda en apagarse”, de Silvina Giaganti

Tarda en apagarse tiene muchas referencias de esta época. ¿Se podría decir que es un libro feminista? ¿Qué te provoca esa etiqueta?

Sí, hay marcas epocales. En el libro aparecen lugares, calles, fechas, cifras, artistas, marcas, empresas. Y temas que se repiten: la fuga del barrio, el dinero, la disfunción familiar, el amor y el desamor, la amistad y los vínculos de pertenencia, lo lésbico y la recuperación de cierta autonomía en el poder estar sola haciendo un poco de silencio, simplemente observando.

Y también hay una lectura del presente en clave feminista, que se presenta en la forma de vincularse con las amigas y en las alianzas con las conocidas y en un estado de individualidad que pone en práctica lo asimilado en esos procesos de aprendizaje que significa vincularse con las personas que más coincidís. La verdad es que cada vez tengo menos tiempo y ganas de vincularme con gente con la que no coincido en un sentido fuerte, ese es un aprendizaje del feminismo creo. Porque en realidad tampoco tengo tanto tiempo ni ganas de traducirle mis posturas a alguien que no está un poco en la misma, porque es un desgaste enorme. De hecho creo que las mujeres estamos explicando muchas cosas y lo estamos haciendo gratis. Como que pasamos de tener semivedado el acceso a los discursos públicos y ahora que nos hicimos el lugar a fuerza de insistencia y de solvencia, muchos se quieren comunicar o “dialogar con nosotras” a fines nada más de “hacernos pisar el palito”. Digo, una tiene que laburar mil horas, seguir laburando en su casa, limpiar su casa, ver a alguien y encima tenemos que vivir dando explicaciones de por qué es deseable construir un mundo con más equidad y desactivando mil razonamientos mal formulados por día. Agotador.

Volviendo al libro, y a pesar de esa tendencia en la literatura de no querer quedar cristalizada en un atributo… sí, hay marcas feministas, hay referencias al encuentro nacional de mujeres, a Monique Wittig y Chantal Akerman, a poner el cuerpo en la calle y en el sexo, a tener un hijo entre todas, al aborto seguro, a viajes con la ex y la actual de la ex, en fin, a una praxis del feminismo que se despliega en varios poemas. Pero que no se despliega en términos de manifiesto o en términos panfletarios, así como lo lésbico tampoco, porque no me interesa realmente. Porque lo panfletario no tiene matices, no tiene tensiones, y lo que busqué trabajar en los poemas fueron precisamente tensiones. De todos modos, ni lo feminista ni lo lésbico son zonas exóticas, son mis mundos y los mundos de mucha gente con la que compartimos vidas, por más que ahora sean formas de vida más visibilizadas. Obviamente no soy ingenua, vivo en un mundo más grande que ese y me consta la cantidad de gente que está descubriendo que hay otras voces que no solamente están manifestando sus puntos de vista sino que están haciendo algo artístico con eso.

En el prólogo, Santiago Llach dice que “la ficción y la poesía son inventos para decir la verdad con control de daños”, ¿estás de acuerdo? ¿Te interesa la verdad?

A ver… a los acontecimientos, a las experiencias no les atribuimos veracidad o falsedad porque simplemente son. Sí podemos atribuirle valores de verdad a los enunciados que refieran a esos acontecimientos. La literatura, afortunadamente, no exige correspondencia entre lenguaje y realidad y una cuando escribe arma el rompecabezas como quiere. Eso es lo más divertido de escribir, que tenés campo abierto para ser arbitraria.

Ahora bien, sí creo que una es una espectadora privilegiada de su vida y de sus experiencias, y ese material de la experiencia es lo que tenés más a mano para escribir: lo que te pasa y lo que te pasó a nivel mental, físico, sensorial. El epígrafe del libro es una frase de Richard Ford que aparece en Canadá: “La vida se nos da vacía, tenemos que inventar la parte feliz”. Más allá de que tuve la fortuna de entrevistarlo hace poco, cuando vino al Malba y a la Feria y comentarle que había usado esa frase para el libro y enterarme de su boca que es una reformulación de la de Ortega y Gasset, “la vida no nos es dada…”, ahí hay una posible respuesta a tu pregunta, en el tránsito de la zona de lo real a la zona de la ficción, en ese tránsito, en ese campo abierto, le das la forma que querés al material.

Silvina Giaganti

¿Por qué decidiste contar tus experiencias personales aquí? ¿Cuál creés que es el valor de que el autor se introduzca en la historia fundiéndose en la narración?

De lo que trataría la autobiografía, porque eso es de lo que me estás preguntando, es de establecer conexiones entre la vida y la escritura de alguien. Pero claro, lo libros están hechos de palabras y, como te decía recién, en el tránsito de la zona de lo real a la zona de la ficción es donde tenés campo abierto para ser arbitraria y darle la forma que querés al material, iluminando ciertas zonas, dejando oscuras otras, reponiendo, sacando. Operaciones que son básicas pero hay muchas más, claro. De hecho, enunciar un “yo” es una decisión específica pensando el lenguaje como mediación. Y esa mediación te lleva a un terreno que deja de ser lo real porque ya es representación, es decir, lo que no es claro ni transparente.

Por otro lado, la primera persona es un poco como se escribe hoy en día, sea autobiográfico o no, se suele usar el yo. Puede ser por una necesidad —no estratégica— de convencer al lector para que te lea en un momento en el que leer tiene miles de competidores audiovisuales demoledores. Pero sobre todo me parece más natural contar lo que le pasa a un yo que hablar de un tercero que no se sabe muy bien quién es. Como dice en una nota Inés Acevedo: “El lector debería tener demasiada fe en mí como para que pudiera contarle algo sobre un tercero”.

Pero además la primera persona implica una posición política, que tiene que ver con pensar en la historia de la literatura y de la adjudicación del derecho de contar las cosas desde una tercera persona, algo bastante pretencioso y megalómano, por cierto. Digo, quienes formamos partes de minorías y de vidas consideradas “particulares” tenemos reparos en atribuirnos el poder de hablar de los demás, porque conocemos las consecuencias de que hayan hablado en nuestro nombre, las consecuencias de que un sujeto particular borre su propia voz para construirse y validarse como universal. Los nuevos sujetos de la historia, es decir, los sujetos a los que se les impidió tomar durante siglos la palabra, quieren contar sus vidas y que nadie las cuente por ellos. Sinceramente y en lo personal no estoy segura de poder hablar en nombre de alguien más que no sea yo.

En ese sentido, en el último poema proponés, casi a modo de consejo o nota mental, “leer libros / que cuenten / una historia no que / la reflexionen”. ¿Por qué?

Bueno, yo discuto mucho con mis poemas, y ellos discuten entre sí. Antes te comentaba que lo que busqué trabajar en los poemas fueron tensiones, y en el último me permití trabajar más un tono conciliador, calmo, de reunión de gustos personales. Luego de que el primer poema tira “un movimiento que ahora veo no termina nunca”, en el último disminuyo la velocidad de ese movimiento arrebatado hasta buscar el movimiento calmo de una mecedora y me reporto mis gustos personales, mi own personal depuración. Y la verdad es que el show don’t tell atribuido a Chejov me cabe bastante en cuanto a gusto literario, más allá de que creo que los grandes autores enhebran acción e ideas. Richard Ford, por ejemplo, con la tetralogía de Frank Bascombe, creo que es el autor que pinta el fresco más magistral e interesante del siglo XX norteamericano, y lo hace a través de las peripecias microvivenciales de Bascombe.

Hay un verso que dice “No sé bien quien soy” y se me ocurre preguntarte qué significa para vos convivir con la incertidumbre.

Bueno, uno de los temas de Tarda en apagarse es el del movimiento, “un movimiento que ahora veo no termina nunca”, el movimiento es parte de la vida y la vida se despliega en la incertidumbre. No soy esencialista por lo tanto no creo en identidades fuertes ni duraderas, por eso la incertidumbre me parece lo único constante en cualquier momento de la vida. Es un pensamiento bastante heraclíteo ahora que me doy cuenta: lo único que no cambia es que cambia. Es una angustia grande la incertidumbre porque la aventura constante es agotadora, pero negarla es medio negar la corriente de la vida.

Silvina Giaganti

¿Te acordás del primer libro que leíste o de la primera vez que te encontraste genuinamente con la literatura? ¿Cómo recordás esa experiencia?

Creo que hubo 4 o 5 momentos fuertes en los que determinadas lecturas me abrieron un canal antes de los 17, 18 años. La primera, la revista Humor, que me compraba mi papá. Estoy hablando de los 8, 9 años. La leía toda, de punta a punta, pero no sé muy bien qué entendía de todo lo que leía. Humor me plantó la semilla del interés en la política y del interés por algunas causas —por decirlo con una palabra que quedó un poco antigua— justas. Recuerdo que me encantaba la tira de Grondona White; que el único paliativo a la tristeza que encontró mi papá frente a la imposibilidad de ir al primer cumpleaños de 15 que me invitaron por tener sarampión, fue ir al kiosko y comprarme la Humor; y, que una vez, leyendo las cartas de lectores de la revista encontré la de una vecina a la que todos en el barrio le decían “la zurda”.

Mafalda, 10 años. En la primaria fui a una escuela católica y en segundo grado les pidieron a los padres que nos compraran una biblia. Fuimos con mi papá al Ateneo en la calle Florida, y mientras el vendedor nos mostraba una biblia contada para niños, quedé imantada por el lomo plateado de un libro: era un libro de tapa dura que contenía buena parte de las tiras de Mafalda. Ese día no me lo compró, llevamos solamente la biblia, pero al tiempo sí. La potencia de todas las ideas que tiraba Quino vía Mafalda sobre el mundo, la desigualdad, la clase media, la educación me hacía pensar “esta nena tiene razón en todo, quiero ser su amiga” siendo yo una nena también.

Elsa Isabel Bornemann, El libro de los niños enamorados. En la casa de mis padres no había biblioteca, sí un modular con manuales y algunos diccionarios.  Yo iba mucho a la casa de mi tía que vivía a 5 cuadras y me quedaba a dormir en la pieza de mi prima que ya no vivía ahí y sacaba libros de su biblioteca. Había libros esotéricos como El retorno de los brujos, también Simone de Beauvoir, Nietzsche y Camus, que los leí 10 años después. El libro de los niños enamorados estaba en el placard y la primera vez que lo leí quedé hipnotizada, eran poemas de amor rimados para niños. Cada vez que iba lo agarraba y me quedaba hasta las 2, 3 de la madrugada leyéndolo. Claramente es el libro que más releí.

La condesa sangrienta de Pizarnik. 16 años, una obra impresionante, gótica, finísima, con unos arrebatos de belleza y sadismo supremos. Ese libro fue el puente hacia las lecturas adultas. Y me obsesioné con Pizarnik, lógicamente fui parte de esos adolescentes de los 90 que estaban fascinados leyéndola. Leer para mí es como probar todo el tiempo diferentes tipos de whisky. Pizarnik es una botella única de un brebaje único.

Crimen y Castigo, la edición de Cátedra que tengo toda escrita con las palabras que no entendía y sus definiciones. Fue mi encuentro literario con el existencialismo, con Dios ha muerto por lo tanto todo está permitido. Uno de los Everest de la literatura.

Un día perfecto para el pez banana, de Salinger. Le habíamos comprado a Pedro Amodio, el cantante de Dios, 9 cuentos para su cumpleaños. Lo tuve unos días y lo leí. Un cuento montado sobre dos o tres elementos perturbadores: el comienzo aparentemente banal, el vínculo ambiguo que arma con la nena, el carácter huraño de Seymour y el final inesperado pero no sorpresivo que genera un impacto emocional muy fuerte.

Viviste el mundo de ambos lados de internet, antes y después, ¿en qué sentís que cambió la literatura con las redes sociales?

Cambió en que te podés mostrar más, no dependés de una editorial para “que te mueva”, llegás más directo a la gente que te lee, ellos llegan más directo a vos, probás textos.

La última, ¿por qué leer poesía hoy?

Leer poesía, tal vez, porque los poemas se trabajan de una manera diferente a cómo se trabaja la prosa y me gusta ver el resultado de ese trabajo quirúrgico con guantes de latex. En un poema hay menos elementos, es como una casa más vacía, y entonces lo poco que hay se ve más. Por eso se trabaja palabra por palabra, línea por línea. Porque lo que se dice compite mucho con lo que no se dice. A veces siento que la poesía está más cerca del silencio que otros géneros.

Y más allá del placer de leer por leer, el placer máximo, creo que leer prosa colabora a que si una escribe poesía lo haga de forma menos solemne. Y si una escribe prosa, leer poesía colabora a entender la relación interna que hay entre las palabras, las diferentes cosas que se pueden hacer con las palabras.

También me gusta leer poesía porque no creo que sea necesario leer poesía como se lee, por poner un ejemplo, filosofía, donde los problemas modernos los vas a entender más si conoces cuáles fueron los antiguos y medievales, cómo se encaraman unos a otros. Se puede empezar a leer poesía por cualquier lado. Y porque en la poesía sigo encontrando un gesto punk, mensajes del futuro, y los mensajes del futuro me interesan, por eso leo a bastantes chicas y chicos jóvenes y los voy a ver leer.

 

 

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