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Apuntes sobre el escrache

Por Bárbara Pistoia

I.

Es muy común que al hablar de escraches se cite -para darle respaldo- a la organización HIJOS, como si aquellos escraches a represores durante el menemismo hubieran sucedido en iguales condiciones y con mismos objetivos que los escraches por abusos. Cuando me refiero a condiciones quiero advertir enfáticamente que no estoy calificando ni nivelando las razones que movilizan a hacer a un escrache, estoy sí referenciando a su composición: los escraches de HIJOS estaban enmarcados en reclamos que no daban márgenes a la reinterpretación, sucedían a la vista de todos y se acompañaban con sólidas acciones políticas. 

Una de sus fortalezas fue que los componentes básicos de la información estaban claros para todos, incluso para los tocados. En los escraches de HIJOS se sabía el quiénes, el cómo, dónde, cuándo, por qué y para qué. Y, a su vez, eran acciones abiertas, cualquiera que quisiera podría acercarse y ver lo que sucedía, vivirlo. Pero los que no participaban no pasaban a ser enemigos de los organismos de derechos humanos, ni pasaban a ser considerados cómplices de la dictadura. ¿No parece obvio esto leyéndolo así?

Entiendo que esto también se debe a ese marco tan contundente desde donde se sostenía este tipo de escraches: ellos eran una nueva generación política incluso antes de poder elegirlo, y eran, más aún, la primera generación post dictadura en plena actividad política siendo ellos carne de los crímenes de lesa humanidad; escrachaban porque no sabían dónde estaban sus padres, dónde estaban sus hermanos apropiados, pero sí sabían dónde estaban los genocidas y cómplices, y muchos de ellos estaban caminando -libremente o burlando condenas de prisiones domiciliaria- por la calle. En definitiva, los escraches de HIJOS fueron una acción salida de los márgenes de la justicia, pero legitimados en la claridad de la causa y del objetivo, y, definitivamente, de lo palpable que era para toda la sociedad.

A pesar de tener, entonces, condiciones firmes, colectivas y públicas, acompañadas, además, de toda una estructura de militancia, un linaje político histórico y una agenda propia provocadora -ajena y disruptiva en cuanto a los organismos en tono al lugar que les toca en ese linaje y con aquella temporalidad- llegó un momento en el que hubo que salirse de esta metodología, porque eso también es parte del crecimiento político: ver causa/efecto y moverse hacia una definición superadora que permita, a su vez, mayores adhesiones,  mayor reflejo de los efectos y, sobre todo, acompañar cambios sociales o empujarlos. Y esto último me parece clave porque da la pauta del crecimiento y fortalecimiento de los movimientos políticos: empujar los cambios nada tiene que ver con posturas necias y herméticas que terminen llevando a un choque más que a una evolución. En definitiva, para concretarse y sostenerse en el tiempo, las transformaciones sociales nos necesitan a la mayoría.

II.

Los escraches por abuso no sólo dan varios y diversos márgenes de interpretación, sino que, además, provocan que un malón replique los testimonios anónimos en blogs creados exclusivamente para la ocasión y exigiendo reacciones inmediatas. O sea, el escrache actual es una acción “clandestina” que genera mil instancias impulsivas, erróneas, infértiles, apologéticas, y ninguna satisface ni transforma porque su nacimiento, desarrollo, indignación y olvido se mantienen en la nube internauta. Los tipos de comunicados que sacan sistemáticamente las bandas musicales acusadas -que sí, claro, son lamentables- son el fiel reflejo de lo que son los escraches, que son, como dice mi amiga Javiera Pérez Salerno, el tiro en el pie del feminismo.

No hay manera de que los acusados respondan de otra manera frente a este modus operandi, es el mismo escrache virtual el que justifica y empodera -social y culturalmente- a los escrachados. Y rápidamente lo que el testimonio dice queda en una anécdota cubierta por la espuma efervescente, incluso los testimonios anónimos que sí tienen hechas las denuncias. Todo queda comido en la hoguera narcisa de lo virtual.

III.

Y nuestro feminismo cae en esta trampa prácticamente en todos los temas, la necesaria legalización del aborto es otro claro ejemplo. El ministerio de salud ya no existe, bajó a secretaría, sin embargo, parece una noticia completamente ajena para quienes creen que el futuro del país, e incluso las muertes por aborto clandestino, se van a resolver porque salga la ley.

Como si el escenario fuera el mismo hoy que hace 6 meses atrás, los discursos y reclamos se mantienen intactos, no hay ni una coma nueva, y, por ende, se fortalece “la patrulla” que hace “razia” entre otras mujeres y hombres que consideramos esencial -más aún en año electoral- plantear un feminismo politizado sin matiz y sin perder sus condiciones esenciales. Estas serían, a priori y de base, y traducidos en nuestra realidad, un feminismo antiderecha (identificando y señalando a esa derecha) e interseccional (que nada tiene que ver con la transversalidad y, de hecho, nos liberaría bastante del doble filo).

¿Por qué le cuesta tanto al feminismo nacional revisarse, cuestionarse, reverse, redirigir públicamente sus posiciones y representarse ideológicamente? Un “empoderamiento” a festejar sería que no haya temor a la conflictividad ni a las contradicciones porque se trata de política, el campo por excelencia para que la conflictividad y la contradicción sucedan en una perfecta ebullición de ideas, en todo caso el asunto es cómo se dirige lo que acontece. Y sabemos que lo que acontezca en términos de feminismo no se fertiliza de la mano de gobiernos de derecha, ergo, la transversalidad no puede defenderse como una base indispensable, sí como una herramienta temporal y de confianza dudosa.

En definitiva, no somos primer mundo, no hay márgenes para errores, más bien nosotros estamos en los márgenes siendo la prueba del error. Pongo un ejemplo ajeno y concreto: los movimientos de derechos civiles afroamericanos y el feminismo negro suelen seguir la agenda demócrata, incluso los de izquierda más radicales; al vivir en estado de emergencia les urge una representación partidaria y eso los empuja definitivamente a estar asociados con los demócratas. En cambio, nuestro feminismo plantea con orgullo una transversalidad con tendencia lamentable a la funcionalidad de la derecha, o sea, al gobierno actual, un gobierno que lanzó sin voluntad política un debate por el aborto que generó nuevas fuerzas y referencias, eso que llaman anti-derechos, y la reacción del feminismo es celebrar la visibilización de “esas bestias, esto pasó siempre, ahora lo sabemos”. O sea, el escenario de aborto clandestino en este país terminó convertido en un reality show trágico y necio.

Es un ABC: la ampliación de derechos, de cualquier derecho, la mejora de las instituciones pensando en el pueblo o gente, llámenlo a gusto, y las transformaciones del Estado no vendrán de la mano de gobiernos de derecha, así como la consolidación del feminismo no vendrá con el empoderamiento como sentido de organización, sino con lo político como eje.

IV.

Volviendo a los escraches, y a esa trampa de la efervescencia que termina anulando al propio abuso (o sea que, finalmente, no es tan diferente a lo que sucede en el marco judicial y la revictimización se potencia a vistas de todos los internautas de manera indomable) hay un punto de inflexión que, para más y para mal, dirige la energía hacia el entorno del acusado.

Se suele hablar mucho de empatía, un concepto que ya a esta altura podemos declararlo totalmente vaciado y comodín de todo lo que no se quiere pensar, pero la empatía -tomado, entonces, desde el rol que suele ser abarcado en la actualidad- sólo es válida siempre y cuando juegue a favor. Porque todo se mide a través de la empatía salvo cuando hay escraches, cuando le exigen a los del entorno directo y/o íntimo del escrachado que reaccionen de inmediato, como si fueran empleados que fichan un horario y deben cumplir una tarea determinada, ignorando que son personas vinculadas emocionalmente con los acusados. ¿Y acaso no decimos siempre que el psicópata no se muestra abiertamente? ¿Por qué dan por hecho que todo el mundo sabe todo? ¿Por qué creen que ese otro íntimo del escrachado tiene que creer en un testimonio anónimo por el sólo hecho de que ese testimonio es el de una mujer y para la del malón virtual la única opción posible es la del “yo te creo hermana”?

Cuando se pierde la idea del derecho de inocencia también se pierde la idea del derecho a no declarar en contra de uno, pero la cuestión es por qué se concentran en esas declaraciones cuando se debería estar pensando cómo obligar al Estado a que haya programas efectivos, no saturados, para recibir denuncias y consultas, a que haya lugares físicos donde alguien que sufrió abuso, ahora o hace 10 años, pueda acercarse a hablar sin necesidad de hacer una denuncia o sí, y que la denuncia pueda suceder en un clima de contención gracias a que está el Estado ahí acompañando y garantizando frente a policías y justicia que así suceda. En definitiva, todos los caminos deberían conducir a la exigencia de políticas públicas, no a que los acusados saquen un comunicado que los haga felices a los que se ahogan en las redes sociales.

Por eso, en realidad, la pregunta central sería ¿para qué escrachan, qué esperan de los escraches? Y esto no es una pregunta hacia quién decide hablar, sino que es una pregunta a todo el resto participativo. Porque hay, en esa participación, un inconsciente que se enciende, por eso la necesidad de ser jurado o sommelier de reacciones. Y la única forma en la que este tipo de escrache permite participar es la de ver a través de los protagonistas -o sea, de la persona que da su testimonio, del escrachado y su entorno- los fantasmas propios, convirtiéndolo todo en una fantasía en la que, llegamos al punto original, el abuso queda como anécdota. Tal vez sea por esto por lo que es imposible imaginar que en esta metodología haya un interés profundo de replantear vinculaciones y de generar nuevos canales políticos que abran paso a una justicia consistente de género.

Ergo, spoiler: no va a existir ningún post escrache que conforme, porque “politizan” el escrache desde lo apologético y demagogo, desde la fascinada manera de relacionarse con la otredad, y se replica esa manera fascinada en la forma que se relacionan con el feminismo, con la militancia, activismo, o como gusten llamarlo.

V.

Todo este escenario hace que la modalidad escrache sea insostenible, porque plantea demandas ficticias en campos de batalla inexistentes y ansiando finales épicos, como si fuera posible un final en algo que ni siquiera tiene un marco. ¿O de verdad creen que es posible “cancelar” a un artista, su música, su cine, su jugada, su existencia?

Creer que a partir de un escrache va a ocurrir algo exacto (y que genere conformidad) refuerza la idea de la apología, de la fascinación y de lo despolitizado que es la acción en sí: en política no existen los finales ni los triunfos, ni aunque salgan las leyes que deseamos podemos hablar de finales felices o de triunfos.

Así como es totalmente comprensible que el escenario sea confuso para adolescentes, y más aún en su despertar militante y con la euforia “revolucionaria” que ese despertar se acompaña, no resulta inocente ni ingenua la confusión en adultos, ni hablar si son comunicadores o personas de llegada pública. De hecho, esas confusiones se presentan como discursos iluminados y rebeldes cuando en realidad son discursos peligrosos en lo anestesiante y especuladores, operando (¿consciente o inconscientemente?) lo mismo que se hizo hasta ahora, pero con el mensaje al revés. (De eso hablamos mucho acá)

Elaine Brown, quien fuera presidenta del partido Pantera Negra, feminista y activista legendaria, lo explica hermoso y brutal: “todas las luchas están interconectadas, porque si no pasa lo que estamos viendo en Estados Unidos, la resurrección de un movimiento de mujeres que busca alcanzar puestos y lugares de reconocimiento desde donde puedan seguir oprimiendo a otras mujeres (…) La revolución las hacen las personas, si una mitad cree que el enemigo es el género y no el capitalismo, lamento decirlo, no es posible ninguna revolución, porque patriarcado no es machismo y machismo no es tan sólo una cuestión de género. Sin comprender esto, incluso en un mundo sin hombres seguirían existiendo desigualdades y opresiones”.  

En definitiva, todas las confusiones se enmarcan en creer que “lo personal” de aquel “lo personal es político” es una personalización. Es en este embudo que nace la idea del “somos la generación que…”, “eso no es empoderamiento y esto sí”, “no sos feminista por…”, “abro hashtag para que cuentes tu historia”, y todas esas ambiciones que intentan volver norma la subjetividad vivencial. Y sí, por subjetividad me refiero principalmente a los propios fantasmas, a esos que se despiertan cuando hay un escrache y lo festejan a viva voz, como espectadores del circo romano.

Este texto saldrá publicado en el libro “Matar al macho”, una compilación realizada por Luciano Lutereau y Patricio Zunini, y editada por Letras del Sur.

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