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20-09-2016 Notas

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Por Matías Pássaro

“Y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor”
Jorge Luis Borges, “El Sur”

 

Siete de la tarde. Invierno. Usted llegará a su casa, saludará a su pareja, se sacará de encima a la mascota de turno que le de la bienvenida, y retará a algún hijo o hija, si es que los tiene. Se sentará, se quejará del trabajo, preguntará a dónde irá a parar todo… y así, con una lista interminable de arquetipos grotescos. En otra parte de la ciudad, el camino es inverso, y algunos recién empezamos. Casi siempre con una mezcla de incertidumbre y angustia que lastima.

Entre sombras van llegando de a uno o en pequeños grupos. Cada tanto, la luz de un cigarrillo crece y disminuye iluminando caras de gestos adustos. Quizá se saluden, quizá no. El olor a marihuana ya invade la vereda sin que ningún docente que pase se espante ni altere un rostro marcado por la resignación fomentada tras el paso de los años.

Suelo entrar y saludar a los auxiliares, siempre amables, simpáticos, y dispuestos a resolver todo a través de la violencia si de ellos dependiera la escuela. El hall es enorme y helado, ideal para quejarse de algún que otro episodio acontecido en el día, y para manifestar que no hay ganas de entrar al salón.

El timbre suena y arranca la jornada de clases en la nocturna.

Mucho se ha hablado de la escuela pública. Poco de su patio de atrás: se lo conoce como bachillerato de adultos o “nocturna”. Ambas son categorías taxonómicas injustificadas, tanto sea porque a la tarde también existe esa modalidad, tanto porque ya casi no quedan adultos. Desde el 2013, un comunicado -sorprenderá decir que fue una circular y no un cambio en el estatuto- permitió el ingreso de menores, desde los 15 años en adelante. Ya habrá tiempo de explicar el grueso error que significó.

Vomitados por una secundaria que ya no sabe cómo ni quiere tratar con ellos, han encontrado en el último lustro un lugar donde ir a parar. Como si de una timba se tratara, ahí terminan por definir su suerte: o sobreviven y obtienen un título de 2° categoría -¿o acaso el lector puede creer que vale lo mismo que el del secundario a ojos del mercado laboral?- o tan solo será la antesala de un desastre. En dos tercios de los casos, es esta última opción.

Entre sus atributos negativos, el bachillerato de adultos duplica lo que la secundaria ofrece: cuando esta da caos, la nocturna ofrece anarquía; cuando una da desesperanza, la otra angustia. Cuando a la mañana hay violencia, a la noche habrá alumnos que tachar de la lista… pero para siempre.

Las clases empiezan cuando se puede. El timbre no es autoridad. Y las autoridades tampoco lo son. A priori, uno ya sabe con que se encontrará: en el “A” serán todos menores con problemas de violencia y expulsados de 2 o 3 colegios, cuando no, alguno que llegó por orden de un juez; en el “B” tendrán alrededor de 18 y serán más tranquilos, pero sólo en comparación con el “A”; en el “C”, los adultos y los menores venidos de mejores escuelas y sin antecedentes de violencia, formarán un curso digno de envidiar a quien le toque. En mi caso, siempre es el “A”.

Las horas son de 35 minutos, tiempo suficiente para llenar el libro, pasar lista, y diagramar una clase de 25 minutos en la que nada se podrá explicar. Con suerte, se pueden tener 2 o 3 horas juntas, y ahí sí, respetar un poco la profesión. O lo que quede de ella una vez que se está ahí. Los programas, monstruosos: 6 años de secundaria resumidos en 3 generan la necesidad de armar planes incoherentes para los cuales, obviamente, ningún docente fue consultado. Saltar del Neolítico a la Conquista de América es tan irracional como dar 200 años de historia argentina fuera del contexto mundial. Pero la currícula es un problema menor. Y además, ya no le importa a nadie.

Sería injusto decir que todo es desfavorable. Entre los alumnos de 2° y 3° se ven muecas de ilusión por estar tan cerca de obtener lo que no pudieron durante años. No obstante, para llegar a eso, hay que pasar un año por el arrabal del infierno que significa 1° año.

Cuando se entra al aula no hay una sonrisa, como si estuvieran prohibidas por algún acuerdo tácito entre la noche y la escuela. Tirados en los bancos, en un silencio más violento que cualquier pelea, esperan algo. No saben qué, ni tampoco les importa si no llega. A veces no saben por qué están ahí, aunque sus antecedentes en 3, 4 o hasta 5 escuelas anteriores hablen por sí solos. En el mejor de los casos, el trabajo cortó su trayecto educativo, y llegó a la nocturna con un ánimo diferente al resto. Pero pasa demasiado poco.

La entrada de menores en el año 2013 provocó un quiebre en el bachillerato de adultos. El secundario corriente determinó que la edad que tenían ya no era acorde al curso que pertenecían. Chicos de 16 con compañeros de 12 suele ser una combinación que tienta a los problemas… o tan solo una combinación más. ¿Qué harían hasta cumplir 18 y poder ingresar al sistema de adultos? La escuela, como en tantas ocasiones, debió solucionar el problema que las políticas educativas no pudieron -imagino que el lector ya debe diferenciar ambas cosas como quien diferencia al arquitecto del albañil, y sabe que el albañil es de mayor utilidad-. La lógica emanada de los híbridos entre pedagogos y funcionarios determinó que si con 16 no pueden estar con chicos de 12, que vayan con gente de 30 o 40. Si alguien lo discutió, de poco sirvió.

Una institución preparada durante décadas para trabajar con mayores de edad se encontró con una situación que la desbordó. El régimen abierto, característico de las nocturnas, debió pasar al cerrado. Y digo “debió” porque no pudo: sólo supo ser carcelario, porque cuando las coyunturas arrebatan la realidad y no se tiene preparación para la nueva situación, las medidas son extremas y, como es de imaginar, contraproducentes. De ahí en más, dependió de cada escuela. Las que supieron adaptarse -gabinetes psicopedagógicos, nuevos Acuerdos Institucionales de Convivencia, reglamentaciones internas adecuadas a menores-, lograron moderados éxitos, pero éxitos al fin. Los que no -se puede dudar si realmente no pudieron o no quisieron- se asemejan más a un Estado fallido que a un establecimiento educativo.

Lamentablemente, esto último suele ser más la regla que la excepción. Pero de alguna manera, el caos genera su propia organización y surge un orden horroroso, pero que termina funcionando. La falta de autoridad provoca que el docente sea un “señor de la guerra”: una negociación constante con los cursos para evitar conflictos y con lo más cercano que se tiene a la autoridad, que son los preceptores. En algún punto, si les cae en gracia, serán los alumnos los que cuiden al docente. La relación tiene dos vertientes: o es íntima y uno se mimetiza con ellos para no perder la cordura, o es de choque, casi siempre con la renuncia en la mano. No es el secundario tradicional: es lo que quedó de él. Pero pocos docentes lo saben e intentan hacer sonar el escarmiento desde la primera hora. Esos ya están condenados y en breve serán reemplazados por otro con mejor suerte, si es que son reemplazados y se dicta la materia, porque como se sabe, los mitos de las aulas llegan a los oídos de los profesores más rápido que las designaciones a la Secretaría de Asuntos Docentes.

No es de extrañar que, ante el caos, los mismos alumnos sean los culpables a ojos de toda la institución. Porque el menor es visto a ojos de ellos como un agente del mal que vino del exterior a romper un funcionamiento perfecto (discutible, si se habla con los docentes más antiguos quienes aseguran que la violencia siempre fue parte de la nocturna, aún con adultos). Todo desorden, todo episodio que altere la convivencia, todo mal que azote a la escuela -convencida, por otra parte, de que es la línea que divide la civilización de la barbarie y no tiene culpas de nada-, es resultado de estos seres que sólo vinieron a subvertir lo que, tan sólo por ser viejo, funcionaba bien.

Bastaría hablar con ellos. Bastaría acercarse, conocer sus historias. Bastaría preguntarles qué esperan del futuro: la respuesta casi siempre es “nada”, y no hay universidad ni instituto que te prepare para eso. Bastaría con preguntarles quiénes son, de dónde vienen y qué hacen de su vida. Bastaría saber con que la mayoría no tiene familia. Bastaría todo eso para saber que no son enfermos en el sentido lombrosiano de la palabra, alguien a quien hay que expulsar y aislar, sino que son el propio producto de las propias instituciones que el docente define como intachables. Pero digo “bastaría”, en potencial, porque nunca pasa.

¿Qué se le puede explicar sobre el Paleolítico a un chico que no sabe leer? ¿Qué cura es el Renacimiento para una alumna con costillas fisuradas y piezas molares rotas por una paliza de la madre? A veces, sólo es pasar el rato. Casi siempre, como el único oído que tienen. Y así transcurren los meses, hasta que la deserción solo deja al más apto: motivo de algarabía para autoridades y mayoría del plantel docente. Nunca se sabrá a dónde fue a parar el resto, pero ya no importa. Al fin y al cabo, “no tenían solución”. El esquema se repite cada año: después del receso de invierno, quedan menos de la mitad de los alumnos. Ahora sí se puede trabajar… pero ya no hay fuerzas ni ganas. La resignación ya engulló medio año, tanto en el alma de los alumnos como de los pocos docentes que comprenden que no siempre la mecánica de los hechos es la misma en todas las escuelas.

Y así pasarán a 2° año, donde la cohesión y solidaridad entre los sobrevivientes les dará otros motivos para seguir yendo. Aparecen los adultos, a quienes muchas veces las escuelas deciden hacerlos saltear el primer año para evitar el contacto con lo peor. Sus antiguos compañeros serán un recuerdo, si es que les quedará alguno. Quién llegue a 2° sabrá que el título es casi suyo. Al fin y al cabo, a ojos de los directivos, ellos demostraron tener rasgos humanos que respetar.

Ya son más de las 10 de la noche. La calle los espera. Nadie más. Serán menores, pero están solos para volverse. Si la escuela es de adultos, ellos lo son, aunque su edad diga lo contrario. Muchos vuelven esperando “que les hayan dejado algo para comer”. Otros tendrán un viaje que finalizará casi a medianoche. Los pocos mayores casados y con hijos están ansiosos de volver con sus familias.

En La Plata, las diagonales acortan el camino. No es el caso mío al volver de la nocturna. Las historias, la violencia, la desidia, el llanto, todo lo que ocurre por las noches, no se deja en los salones. Se lo lleva adentro aunque no se quiera.

A veces, pocas, algún hecho genera la ilusión de esperanza. Una clase que salió bien, alumnos que se abrieron y mostraron lo que eran por debajo de la coraza de violencia que se ponen; una clase que salió bien o tan sólo una jornada sin inconvenientes. Suficiente aliciente para volver al otro día, con frío y sueño, cuando usted ya está llegando a su casa.

 

 

 

 

*Matías Pássaro forma parte de «Fue la pluma», blog dedicado al debate educativo.

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