Blog

06-01-2023 Ficciones

Facebook Twitter

Por Bernabé De Vinsenci

Quisiera un cuaderno de hojas desgastadas y escribir frases, listas o reflexiones con letra de patas de mosca. Imagino la letra de Onetti, bailarina después de varios vasos de whiskies con Poly detrás, mientras interrumpe los ensayos de piano y ordena los cuadernos que Onetti traspapela un poco por la ebriedad, otro poco por desinterés. No tengo recuerdos, sin embargo, asociados a Onetti, a sus personajes o tramas, salvo un vaso de whisky en una entrevista en la que habla de El pozo, a Poly, el “Ya no” de Idea Vilariño y el refrán “amar sin ser amado, es como limpiarse el culo sin haber cagado” que me hace acordar al poema “Ya no” de Idea.

Quisiera un cuaderno liviano y fácil de llevar y una lapicera con la que pueda, así como escribo, borrar con la punta de los dedos. Algo imposible porque, además, quisiera retroceder en el tiempo. Una casa antigua con cielorraso alto, de piso flotante, una mesita sencilla (tal vez, apolillada) y algo que se parezca o sea un sol de noche, que dé luz al cuaderno, a mis manos y a mi letra de patas de mosca. No tengo ni el cuaderno ni el lápiz, y entiendo, es una idea tentadora como irrealizable. Tengo una PC con el monitor que parpadea y detrás mío la casa en desorden. La palabra “caos” apenas describe el desorden de mi casa.

El fin de semana, para liberarme del desorden, fui a la casa de una amiga que tenía un gatito llamado Caos. Muy escuálido, parecido a una pantera. Cuando me dijo cómo se llamaba, me acordé de un amigo en común que tenemos que llamó Ácida a su perra. Nombres chillones, tal vez agresivos, pensé. No le dije nada. No iba a decirle: “qué nombre de mierda, la verdad que tus gustos son una cagada”. Que ella nombre al mundo como se le dé la gana, pero también es verdad que nombrar al mundo es una forma de mostrarnos ante los demás. Yo no me imagino llamando a mi gato -aunque nunca responden- Caos. Me pondría mal. Sería como atraer el desorden, más del que tengo: al final, para qué animalitos tan tiernos si los nombres son puñetazos; me da por pensar otro, Ramón, que es típico de perro de campo y de gente anciana, o Rocco, que es un nombre poco imaginativo para un perro. Un gato nunca podría llamarse Ramón o Rocco. No me gustaría despertarme a la mañana, por ejemplo, y que Caos trepe mi pecho y me lama la cara, aunque ronronee y busque franelearse en mis manos. Hay que estar muy cuerdo o muy loco para llamar a un gato Caos, o Ácida a una perra. Puedo poner un ejemplo sencillo -eso espero- que no empeore lo que quiero decir. Se me ocurre: los colores de mi casa. Mi casa es muy chiquita. Un día pinté una pared de bordó, un color que siempre quise y recomendaba a los demás. Con lo que sobró, pinté la pared de la cocina. Mientras el bordó estuvo en mi casa, la pasé mal, triste. Llegaba y era como entrar en una cueva cubierta de sangre. Una sensación macabra. Estaba atado al bordó. Las cuatro paredes no me daban tranquilidad. Cada vez que miraba, la pared me daba un puñetazo. Descubrí el por qué. Antes de tener mi casa, quería una pared bordó. Era un antojo. Después pinté de verde intenso media pared de la cama, chillón como el nombre Caos. No sólo a mí me ponía mal el bordó y el verde, sino a las visitas: estaban poco tiempo, mentían con que mi casa era linda, y se iban con pretextos pocos creíbles: el frío o el calor, cumpleaños o que tenían cosas que hacer. Si tuviera un gato como mi amiga, lo llamaría Caos, al final. Como la pared bordó. Como el verde intenso después.

Una vez tuve la idea de adoptar un gatito. Lo quería gris y blanco. La idea apareció sola y me acompañó hasta que, con el tiempo, la concreté. Vi que una amiga puso en Instagram “SE REGALAN GATOS” y fui a buscar uno. Me aseguró que era muy cariñoso, “por ahora leche y agua”, me dijo, “sólo eso”, y tuvo que sacárselo de las manos a un hermanito porque “era muy cariñoso con los chiquitos”. Vagamente yo había pensado un nombre. Una preferencia de la gente que le interesa la lectura y robar nombres de escritores o versos de poetas. Gente con pocas ideas propias. Igual no se me ocurriría llamar a mi gato “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, pero la idea del nombre, estaba seguro, saldría de un escritor muerto. Lo llamé Walser. Me pareció un nombre armonioso; además, los rasgos se enlazaban con el nombre, le daba delicadeza. Se fue adaptando a la idea del nombre, a eso que yo creía. Una amiga le decía Wilson, y yo la corregía, “Wal-ser”, y tenía que reírme para no enojarme. Wilson era otro gato que, después supe, ella conocía y era naranja, como el anterior que yo había tenido y la pasamos mal. No servimos para acompañarnos. Wilson era chillón como Caos o Ácida y mi gato nunca fue caótico ni ácido. Salvo una vez en que le dolía el abdomen y cuando lo agarré maullaba. Ese día estuvo caótico. Entraba y salía, o dormía arriba de la heladera. Fue un día de caos, es cierto, y tranquilamente podría haberse llamado Caos. Pensé que había perdido la idea armoniosa del nombre y que la convivencia iba a ser insostenible. Por suerte la paz volvió.

Dos días de convalecencia y siguió siendo el gato y el nombre que yo le puse: armonioso, tranquilo. En cambio, si yo le hubiese puesto un nombre chillón, como Caos, mi gato no sería mi gato, se parecería más a un gato de una persona extremadamente cuerda o loca. Me costó esfuerzo el nombre, darle el sentido que yo quería. Le di mucho cariño, incluso cuando llegaba cansado de trabajar, lo acariciaba o lo dejaba subir a mi pecho. Le daba a mi gato los atributos que yo pensaba en base al nombre. Salió domesticado, por suerte. Por ejemplo, no es noctámbulo, a excepción de nueve a diez que es la hora en que busca silencio y aparearse. Tuve una amiga que tenía una gata -pensé que podría ser compañera de mi gato- y a la noche insistía con golpes en la ventana hasta que ella, mi amiga, se levantaba y le abría. Mi amiga saltaba por encima de mí y como era grande y de movimientos torpes, me despertaba. El patio estaba enrejado y la gata castrada, no iba más allá del patio mismo. Una vez salí al patio y me enamoré, no sé si de la gata o de la escena: la vi sentada mirando las estrellas. Parecía maravillada por la vía láctea, a la espera de un movimiento raro. Otra vez estábamos adentro. Afuera llovía. “La gata” le dije a mi amiga, y salimos al patio. Estaba embutida en una estantería que usaba de macetero, algo así como una biblioteca chiquita.

Volviendo, quise probar el cariño de Caos, mi primera impresión fue de gato feo. “¿Es mimoso?” le pregunté a la dueña. Dijo que sí. Levanté a Caos, me clavó las uñas y buscó el piso. Quizás me estoy haciendo una mala idea del pobre Caos y divago mucho. Ahora que lo pienso, al fin de cuentas, él es bebé -debe rondar los tres meses- y desconoce lo que yo pienso o escribo de él. Pero tengo que sincerarme: Caos es feo, por encima de lo feo, insisto, un poco más allá de lo feo. No por el cuerpo desproporcionado, sino porque responde a la idea de Caos. Es feo porque es feo y muy escuálido y su nombre chillón. Quiero decir que no es un gato tranquilo; todo lo contrario, muy ansioso. Otra amiga dijo de mi gato: “Me gusta, es como Walter y Ser”. Me maravilló la idea de “Ser”, algo que yo trataba de hacer con mi gato. Mi amiga, la dueña de Caos, es fotógrafa, tal vez valga la pena decirlo. Quizás con mal gusto para los nombres. Voy a tratar de escribirle, mentirle con que Caos es hermoso, “quedé maravillado”, le voy a decir, y que me envíe un retrato para mi pared bordó, le voy a decir, aunque mi pared bordó ya no sea bordó. Voy a imprimirlo y a enmarcarlo. No creo visitarla por un tiempo. No por ella, por el bien de Caos y el mío. Prefiero una imagen. Una vez que tenga la fotografía voy a comprar tempera o acrílico y le voy a quitar el color negro por blanco y gris. Así después, con letras de pata de mosca, voy a escribir “ESTO NO ES UN GATO” y lo voy a pegar en mi cuaderno de hojas amarillentas.

 

 

 

Etiquetas:

Facebook Twitter

Comentarios

Comments are closed.