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14-05-2025 Notas

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Por Manuel Quaranta

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La ciudad en campaña, empapelada con rostros y slogans de los más variados, siempre y cuando no traten sobre nada parecido a la redistribución de la riqueza. Tal vez sí meten la cuña los militantes de la izquierda extrema, interesados, como de costumbre, en aliviar sus conciencias. Nobleza obliga, es una simple elección de concejales, sin poder para redistribuir ninguna riqueza, ocurre que el espesor de los nombres propios (Larreta, Lospenatto, Santoro, Adorni) confunde y hace pensar en una elección nacional.

Dentro del embotado paisaje urbano, se recorta una gigantografía con la cara del enfant terrible de la política, el trader Ramiro Marra, junto al nombre y lema de su partido, Libertad y Orden. Los muchachotes libertarios han logrado barrer bajo la alfombra cualquier rastro de progreso del debate público, reemplazándolo por un significante banalizado hasta el aburrimiento: libertad.

El progreso inflamaba los corazones y el imaginario de la gente, prometiendo un futuro relativamente cercano de abundancia. Era la ilusión del gran salto hacia adelante: el ascenso social tan deseado. El salto, en efecto, se dio, aunque del otro lado no nos aguardaban las mieles de la abundancia sino el estupor de la indigencia. Fueron décadas de abandono y colusión. Gobiernos de todos los signos que, a fuerza de políticas espurias, convirtieron a la vieja pobreza, provisoria con un poco de suerte, en miseria estructural: la insuperable, la impar, la que no tiene remedio.

Por eso no es de extrañar que la propuesta más publicitada de Ramiro Marra consista en erradicar de la vía (y de la vida) pública a los fisuras, como denomina a las personas que viven en la calle, y que, según el trader, se drogan, se emborrachan y luego delinquen (cierto en muchos casos). ¿No han notado que la gente de la calle, cuando duerme, lo hace despatarrada, como si hubiera sufrido un desmayo, o peor aún, como si estuviera muerta? Seguramente son las consecuencias del alcohol, las drogas y por qué no de la conciencia de padecer una situación irreparable (César Aira se pregunta en 2015, “¿por qué no nos roban y nos matan si ya están entre nosotros y nos tienen tan a mano?”; Aira avala la hipótesis del miedo a una represalia brutal, pero esa explicación funcionaba antes, en el mundo perdido; en 2025 la inacción responde al desaliento, quizás una de las formas del miedo).

Ahora bien, cuidado con las proyecciones, señor Marra. Usted, que fue echado como un perro de las filas del gobierno; usted, que fue separado como un leproso de sus compañeros de ruta, ¿no sería el fisura de los libertarios? ¿No pretende hacer con los fisuras lo que otros hicieron con usted? ¿Venganza? ¿Rencor? ¿Resentimiento? Recuerde las palabras del Genet  de Sartre: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. 

Párrafo aparte para los libertarios, desde Karina hasta Milei, desde el Toto hasta el Gordo: un rebaño de marginales, célibes voluntarios e involuntarios, excluidos de las elites, culturales, económicas, mediáticas y financieras, que un día se encontraron conduciendo los destinos de la Nación; pensemos un instante, ¿no es el primer gobierno del universo compuesto, en su gran mayoría, por fisuras? De ser así, esto haría de Marra el fisura de los fisuras, el gran fisurado, un musulmán de la política, en términos de Giorgio Agamben (aclaro, pretendo esbozar una descripción objetiva del aparato libertario, no una objeción; la marginalidad –el carácter excéntrico de sus candidatos– fue muy redituable a la hora de establecer identificaciones con una enorme porción del electorado). 

La lógica de Marra es cristalina: los fisuras molestan, son un peligro para la sociedad, entonces ¡afuera!, pero ¿afuera de dónde? ¿Afuera del afuera? ¿Excluirlos de qué juego? 

Llamativamente, el joven Marra coincide con el joven Marx. Releamos el Manifiesto comunista (1848): “El proletariado andrajoso, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios”. Los fisuras de Marra son los tataranietos de los lúmpenes de Marx, ambos los detestan, pero Marra aprieta el acelerador y propone multarlos si insisten con el capricho de dormir en la calle. De esta manera, el futuro concejal porteño sueña con liquidar el flagelo de la inseguridad y volverse el Giuliani vernáculo.

Una pregunta. Si para la ideología libertaria el derecho máximo e inalienable es la libertad, ¿por qué razón no se les permite ejercerla a los fisuras? ¿Si a ellos les gusta vivir en la calle, con sus colchoncitos calientes recién estrenados, revisar los containers e investigar los desperdicios ajenos cual etnógrafos, con qué argumento impedirlo? ¿O la libertad tiene límites? En caso de tenerlo, ¿quién dispone del criterio? ¿Un condenado a pagar millones por no respetar las reglas de la Comisión Nacional de Valores? ¿El dueño de Bull Market Brokers? ¿El gurú de la timba financiera? ¿El fisura de los libertarios? La pregunta, en realidad, para no caerle sólo a Marra es, ¿por qué los libertarios no salen a matar miserables, como en La purga? ¿No salen porque los necesitan? ¿No salen porque son ellos mismos?

En un país normal, bajo el imperio de la ley y el orden, a un sujeto como Marra se le debería iniciar un juicio sumario y condenarlo a transcurrir el resto de su vida en el Gulag más hostil del Conurbano, separado del resto de los seres humanos. ¿Demasiado?

Hablando en serio, hay algo entrañable en Marra. Su firmeza ante el maltrato resulta proverbial. Lo condenan al ostracismo y su amor crece. Lo desprecian y su pasión se inflama. Le pegan y pone, feliz, la otra mejilla. ¿Masoquista o amante de la libertad? Marra es como esos niños que, a fuerza de golpes, se volvieron matones, pero de segunda o tercera categoría. 

Finalmente. Fisura, según la Real Academia Española, significa “grieta en el ano”. ¿Será esa la aceptación que más incomoda a Marra? (sea o no favorable a las políticas del gobierno, el lector ya está enterado de la fijación anal de nuestro primer mandatario y de buena parte de sus lacayos. No obstante la división, o por la división, surge una paradoja: el rey es, a la vez, lacayo, en contradicción flagrante con los principios básicos de la lógica clásica).

2

En la vereda de enfrente (pues venimos hablando de personas en situación de calle), proletarios, trabajadores, empleados, como prefieran. Planteo dos escenas perfectas para demostrar un estado de cosas, y a no llorar por la leche derramada. 

Primera escena. Librería Cúspide. Sucursal Avenida de Mayo, a metros de la Catedral, donde se acumulaba gente para homenajear al Papa Francisco. Centenares de personas yendo y viniendo, algunos con bombos, otros con platillos. Un empleado de la librería, módico, humilde, un poquito holgazán, seguramente iletrado, le comenta a su colega: “Llenaron la plaza de piqueteros” (casualidad o no, Marra fundó el Movimiento Antipiquetero Argentino en marzo de 2022; los piqueteros son fisuras con conciencia social, semiexcluidos del sistema que reclaman seguir perteneciendo al orden; ambos exasperan a Marra, pero quizás su mayor obsesión sean los trapitos, hombres y mujeres a punto de caer en el abismo, sin conciencia social, pero que conservan una leve esperanza de progreso, si bien no siempre con procedimientos legales). 

Segunda escena. Supermercado Día, calle Defensa, pleno San Telmo. Manifestación de la CGT por el 1° de Mayo. Tres empleados jóvenes, entre 22 y 27 años, uno de los cuales limpiaba el piso, ridiculizan a los manifestantes y se burlan del olor a choripán proveniente del exterior.

Nada de esto es novedoso, ¿hace cuánto que la generalidad de los trabajadores ya no se sienten trabajadores?, y mucho menos se identifican con movimientos sindicales o populares. Ellos se autoperciben la aristocracia de los miserables, caminan con la frente alta, sin quejarse ni levantar la voz. Son dóciles con la patronal y rebeldes con los compañeros (valga de ejemplo Milei). Ocupan su puesto todos los días y ahí se termina la historia. No hay otra historia para ellos, ni pasada, ni presente, tampoco futura. Todo se juega en el espacio laboral, probablemente plagado de rabias calladas. Quedó atrás el burgués piccolo piccolo, conforme con su metro cuadrado y su licuadora en cuotas; nació el tiempo del pobre piccolo piccolo (desde el gobierno de Alberto y Cristina irrumpió un nuevo sujeto social: el empleado formal pobre, en blanco, con vacaciones y aguinaldo pagos, pero pobre), orgulloso de su sumisión.

¿Dónde fue a parar la consigna “los trabajadores al poder”? ¿A qué memoria? ¿De qué siglo era? ¿A quién le habla el peronismo-kirchnerismo? Los trabajadores de hoy no quieren saber nada con el poder, no quieren nada salvo esperar, confiados, su propia extinción. No perciben la lucha diaria como objeto deseable, aunque sean hijos de luchadores, o nietos. Padecen igual, o peor, y no lo ven, o prefieren mirar para otro lado: ni mirar al otro ni mirarse, mirar, simplemente, al horizonte o al celular, sin comprometerse con nadie. Aquí reside el fenomenal éxito ideológico: la falta de pasión por lo común. Son los 90 recargados.

Quizás treinta años atrás los trabajadores contemplaban el pasado con un suspiro nostálgico, añorando privilegios (gran pirueta lingüística libertaria) que sus antepasados inmediatos, o incluso ellos mismos, supieron disfrutar. Pero las cosas ya no son lo que eran, asistimos a la aniquilación de las ilusiones, de la esperanza de progresar y vivir en un mundo mejor; cada uno en la suya, está contento donde está: explotado o autoexplotado. Esto explicaría la masiva y perdurable adhesión al gobierno de Milei: no a pesar de las penurias económicas, sino a causa de esas penurias. No debemos subestimar el valor subjetivante del sacrificio, el goce de la humillación (humillar y ser humillado); tanto que a un candidato le conviene hacer campaña exponiendo la motosierra con la cual nos va a cortar en pedacitos. Por eso, hoy más que nunca, el mínimo gesto de generosidad, la más pequeña muestra de cariño, nos convierte en campeones del humanismo. 

Así estamos. ¿Cuál es, entonces, la tarea? 

 

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