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Por Tomás Grieco
Hace poco escuchaba en la radio cómo una docente se refería al uso de celulares por parte de los alumnos utilizando una imagen muy clara: la del cordón umbilical. Dicha imagen me recordó a una adolescente que, frente a situaciones de angustia en la escuela, lejos de acudir a quienes la rodeaban en ese momento, se encerraba en el baño bañada en llanto a llamar por celular a su madre. Así, era por la mamá que la escuela terminaba por enterarse de lo que le estaba pasando a esta adolescente… en el baño de la propia escuela.
El cordón umbilical como imagen remite a dos ideas conexas entre sí: satisfacción y continuidad. Para empezar por la segunda, hay que decir que resulta un problema pensar la continuidad que se constata entre la casa de un niño y la escuela en la actualidad. Hasta hace no tanto tiempo, la escuela cumplía una función de sustitución del hogar. En este punto, es importante señalar la distinción entre sustitución y reemplazo: la escuela sustituía al hogar pero a la vez no era el hogar de un niño (salvo en situaciones excepcionales como las situaciones de guerra, en la que los hogares reales son destruidos). Particularmente, esto significaba que la maestra no podía ser la madre del niño, lo cual lleva a ese otro aspecto de la imagen del cordón umbilical: la satisfacción.
Anna Freud explica esto de la siguiente manera: “Hay una diferencia entre las actitudes que el niño adopta hacia su madre y las que adopta frente a su maestra. Quiere ser amado por su madre, y no quiere que ésta le enseñe. La actitud frente a la madre es una actitud exigente basada en los deseos instintivos del niño. La actitud hacia la maestra está más alejada de la actividad de las apetencias: es una actitud de disposición a dar y recibir”.
En la medida en que no se establece una clara diferenciación entre el ámbito del hogar y el escolar, los niños de hoy continúan la búsqueda de la satisfacción de sus necesidades en clase, algo que los maestros advierten muy bien. Niños de segundo ciclo de primaria que irrumpen con sus pedidos de resolución inmediata, que hablan por encima de la maestra mientras explica un tema para pedirle que le ate los cordones, que revolean objetos o estallan en llanto interrumpiendo el trabajo en el aula. Actualmente, los niños en la escuela no dejan de ser… hijos y, como desarrolla Luciano Lutereau, un niño debe dejar de ser hijo para constituirse en alumno.
Los niños de hoy no precisan como antes de la escuela para acceder a la información porque, como suele decirse, la información está al alcance de un click. Javier Lamónica precisa este cambio de la siguiente manera: “de docentes transmisores y formadores pasamos a docentes motivadores y facilitadores que deben orientar y acompañar la búsqueda más que producirla”. Cada vez más, el desafío se encuentra en que puedan comenzar a ocupar el lugar de alumnos.
Sigmund Freud desarrolla la idea de que en el pasaje hacia la cultura debe producirse una renuncia a la búsqueda de satisfacción pulsional. Esto constituye una premisa del psicoanálisis: la vida con otros implica la renuncia a la búsqueda de la satisfacción de las necesidades individuales. Para que un niño se constituya en alumno, debe haber realizado el pasaje por la renuncia, algo que resulta fundamental para que un niño pueda compartir el aula tanto con pares como con docentes. Esta idea es la que retoma Anna Freud desde la perspectiva del control de esfínteres: cierta disposición a dar (renunciar) para después recibir.
En este sentido, para quienes hoy participan de algún modo de las escuelas primarias tal vez no resulte tan importante que un niño tenga curiosidad por saber. Si está demasiado presente, la curiosidad puede más bien estar dando cuenta de una búsqueda de satisfacción pulsional en el conocimiento que de la capacidad de un niño para ser alumno entre pares. Pienso en casos de chicos muy curiosos e inteligentes, pero que no pueden adaptarse a la vida del aula. Cuando se habla con los padres, estos afirman no querer que su hijo pierda esa curiosidad y la estimulan, pero lo que sucede es que estos chicos sólo se interesan… por lo que les interesa, y no se muestran dispuestos a escuchar que un compañero hable un tema distinto. Y cuando es el turno de un compañero en la ronda, se levantan, interrumpen, se quejan de que se aburren… Lo fundamental en este punto es que un niño pueda entrar en esa lógica del intercambio de la que habla Anna Freud, aunque más no sea bajo la forma de rendir un examen según el procedimiento que solicita la maestra con el único objetivo de recibir una buena nota. De lo que se trata hoy por sobre todas las cosas es de que un niño pueda incorporar los hábitos escolares, no tanto los contenidos curriculares.
Siguiendo a Anna Freud, también resulta importante diferenciar educación de puericultura. Esta última se centra en el cuidado del niño y, por lo tanto, en la satisfacción de necesidades infantiles tales como el hambre, calor adecuado, limpieza, etc. La puericultura piensa en lo que se debe proveer al niño, sin exigir retribución alguna de su parte. Pero, por el contrario, la educación sí pretende algo de un niño. Tendemos a olvidar cada vez más que una institución educativa es una institución en la que se espera que los niños den algo, y que esto incluye también a los padres. Últimamente, lo que sucede es que son los padres quienes demandan más y más de la escuela, siendo este tipo de demanda una demanda propia de la puericultura, conforme a la expectativa de que las necesidades del hijo sean atendidas. La siguiente secuencia es común: un niño se siente poco atendido en clase, entonces va a su casa y se queja. La secuencia concluye con los padres yendo a la escuela a quejarse reproduciendo la queja del niño…
Anna Freud hace una particular advertencia para quienes trabajamos con la infancia, seamos educadores o terapeutas: “Para satisfacer la necesidad de afecto de un niño con carencias en este campo (el texto viene hablando de distintas carencias que puede sufrir un niño), la maestra puede querer desempeñar el papel de madre. Conviene que sepa que en tal caso el niño dejará de aceptarla en el rol de maestra (…) Si, como maestras, desempeñamos el papel de madres, obtenemos del niño las reacciones que son apropiadas para la relación madre-hijo: la exigencia de atención y afecto exclusivos, el deseo de librarse de todos los demás niños de la clase”.
El mensaje es claro: pensar el amor como solución en la escuela es un problema, porque reproduce la lógica de la demanda de amor del hijo para con los padres, aquella que conlleva la búsqueda de satisfacción de las necesidades. Y si un niño es hijo en la escuela, entonces no puede ser alumno. Pero si la escuela se ve imposibilitada en su función de sustituir al hogar diferenciándose de él, ¿qué es una escuela hoy entonces? ¿Qué se espera de ella? ¿Que opere como un centro de puericultura? Éste es el desafío frente al que nos encontramos los adultos de hoy, seamos docentes, terapeutas o padres.
Para finalizar, quisiera citar una última vez a Anna Freud. Luego de ubicar la dificultad que implica pensar el amor como solución dentro del ámbito escolar, propone una vía alternativa: “Pero existe un camino para la maestra que desee eludir este peligro. Su interés por el niño individual debe desarrollarse de tal manera que se transforme en un interés más general y menos personal que abarque todo el proceso de la niñez, con la totalidad de sus implicaciones (…). Frente a cada uno, nos preguntamos hasta dónde ha llegado con su desarrollo, cómo podemos ayudarlo, qué dirección está tomando”. Se refiere a un interés general por la etapa de desarrollo que atraviesa un niño, pero también al deseo que habita en quienes trabajan en las escuelas de que todo niño continúe el camino de su crecimiento.
* Portada: «Escuela Primaria» (1899) de Magnus Enckell
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