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19-06-2025 Notas

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Por Manuel Quaranta

Como soy fan de los documentales, me intrigó desde el principio Fiasco total: el alcalde del caos (2025), dedicado a Robert Ford, polémico exalcalde de Toronto. Además de mi pasión indómita por el material de registro, osé adentrarme en el documental de Netflix a causa de otros dos motivos: 1. Viví durante seis meses en la ciudad canadiense (procurando enriquecer mi precario inglés) 2. Intuí que la propuesta podía servirme para reflexionar acerca de nuestro presidente, Javier Milei.

Dicho y hecho. Todas las referencias expuestas sobre Ford le venían como anillo al dedo a Milei: “Políticamente incorrecto”, “populista de extrema derecha”, “todo lo que decía era mentira”, “rock star”, “la gente lo amaba”, “el padre lo maltrataba”. Los procedimientos de Ford, asimismo, adquieren tintes proféticos respecto de la Argentina: pretendió destruir la credibilidad de la prensa, gritaba barbaridades contra los gay y las minorías, insultaba a diestra y siniestra, producía escándalos de diversa índole. En una palabra, Ford rompió los cánones normales de la política hasta convertirla en un circo. 

Primero, nadie podía creer cómo este sujeto se postulaba para Mayor de una ciudad tan pulcra, luego, nadie pudo explicar cómo había ganado las elecciones (dato duro: una extensa huelga de recolectores de residuos –36 días– durante 2009 horadó la confianza en los políticos tradicionales para resolver problemas cotidianos).

Cabe destacar que su socio más estrecho, mano derecha indiscutible, quien estuvo junto a él pese a los miles de obstáculos que surgieron en su camino al éxito, fue el hermano, una especie de Doctor Frankenstein musculoso, cruza virtuosa de Karina y el Gordo Dan, de nombre Doug.

El parteaguas en la carrera política de Ford fue la aparición de un supuesto video donde se lo observaba fumando crack con sus amigos narcos. Como Ford había impulsado ataques despiadados a los medios de comunicación desde las redes sociales, y juraba inocencia a los cuatro vientos, mucha gente, fascinada con el personaje, desestimó la acusación. 

Hasta que un día el video salió a la luz y Ford se vio obligado a confesar el delito, con la consecuente desilusión de buena parte de sus seguidores.

Ford, sin embargo, lejos de amedrentarse, duplicó la apuesta e hizo malabares para mantenerse en pie. El tiro de gracia lo sufrió con los nuevos videos que mostraban a este hombre en situaciones reñidas con la ley.

Rob Ford jamás flaqueó, incluso luego de la virtual destitución de su cargo. Volvió al ruedo, aunque esta vez los astros le jugaron en contra: lo estaba matando un tumor más grande que una pelota de fútbol americano, su deporte favorito. Entonces cedió a Doug la candidatura al poder municipal, pero la movida resultó insuficiente para obtener el triunfo. 

Dos años después, Ford murió, escoltado por la vasta multitud que había conquistado con su carisma y desfachatez (“dice las cosas como son”).

La carrera estelar de Ford duró seis largos años, y una de las virtudes que se enfatizan en el documental es la capacidad empática del hombre para escuchar a los ciudadanos y darle solución inmediata a sus requerimientos (en Milei, esa energía empática está destinada, fundamentalmente, a los perros). 

En los alegatos del final, les preguntan a periodistas, asesores y amigos, quién era Ford. Las respuestas son variadas: “Deshonesto”, “altruista”, “inteligente”, “sin filtro”, “impredecible”, “aprovechador”, y el último testimonio agrega, “era una persona enferma que logró cosas que nadie había logrado antes”. 

En la película se destaca que Ford irrumpió en la vida pública mucho antes que Trump, y por lo tanto, mucho antes que Milei; sucede que sin Trump y sin Milei Ford habría quedado en el olvido. Justamente, mi estadía en Toronto en 2010 incluyó la elección que ganó Ford (25 de octubre), la asunción como alcalde (1° de diciembre), y sin embargo no recuerdo absolutamente nada del episodio. Por eso, más allá de las distancias, sigue operativa la hipótesis borgeana de que la obra de Javier Milei altera la percepción de la obra de sus predecesores, e incluso hace que aparezcan rasgos anticipatorios que no se percibían con anterioridad. Por si alguien sospecha, Karl Kraus escribió en 1910: “Hay imitadores que son anteriores a los originales. Cuando dos tienen una idea, ésta no pertenece al primero que la tuvo sino al que la tiene mejor”.

Suele afirmarse que la realidad supera a la ficción, para dar a entender que ocurren hechos extraños, inexplicables, sin necesidad de fantasearlos. Craso error. La ficción no tiene nada que ver con la fantasía, al contrario, es un modo de interpelar lo real, de enriquecerlo, de volverlo más espeso. De esto inferimos que entre realidad y ficción no existe ninguna competencia (ninguna supera la otra), lo que existe es, más bien, una complementariedad de origen. Ficción y realidad no son instancias opuestas, sino puntos ciegos de un mismo mundo. 

 

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