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Por Pablo Manzano
Viviría 6000 años
Caparrós
La muerte de Dios no nos llevó al colapso. ¿Se equivocaron los profetas? Resulta que sin un plan divino también era posible un orden. Porque todo orden es producto de la imaginación: teocéntrico, antropocéntrico, tecnocéntrico. En un mundo sin sentido, el sentido no puede no existir. Tiene un valor adaptativo y se basa en ilusiones compartidas. En el sentido reside el poder. Sentido y autoridad van de la mano. La vieja autoridad perdió autoridad, perdió sentido, y en los siglos posteriores filósofos, poetas, escritores, artistas y publicistas nos fueron convirtiendo en actores subjetivos empoderados: piensa por ti mismo, forja tu destino, crea lazos, ve al cine, vete de viaje, lee lo que haya que leer, desprecia, escala una montaña, venera, vive experiencias, ve a votar, just do it, sé feliz (sé inmortal).
¿Cómo se siente hoy?, te pregunta tu analista.
Los sentimientos, dicen algunos, no son más que algoritmos complejos. Son las voces que sobrevivieron y se reprodujeron. Toda producción artística e intelectual surgiría así de una inspiración algorítmica. Otros dirán que esto es errado o reduccionista. Como sea, la fuerza creativa y reflexiva no viene del cosmos, sino de sentimientos y experiencias humanas (la firma no puede faltar). Y la valoración de una obra, por supuesto, no puede ser menos subjetiva, como no podía (de ninguna manera) ser arte un urinario en la Edad Media. Así que Dios ya no es una fuente de autoridad estética, tampoco ética ni política. Dios es solo algo que aceptas o rechazas en función de lo que sientes, guiado siempre por el mapa de esta era que te tocó; como aceptas o rechazas lo bueno, lo malo, lo feo, lo hermoso (como aceptas o rechazas el adjetivo «hermoso», dependiendo de cuán cursi lo sientas).
Los sentimientos son tan esenciales que al criterio selectivo de apareamiento con vistas a una reproducción exitosa le seguimos llamando amor. Todavía no hemos salido del armario respecto de nuestra atracción mamífera (y de clase). Lo que siento y me lleva a compartir la cama con una persona, ¿por qué no habría de llevarme a compartirla con otra? En occidente la infidelidad (ya sea motivada por el deseo de variedad o de mayor satisfacción) no es una herejía religiosa, más bien un asunto que involucra sentimientos propios y ajenos. Si te sientes bien, es que está bien, te dice tu voz (la de tu tiempo), pero si algo hace sentir mal a otra persona, ¿sigue estando bien? Lo mismo da que seas fiel o infiel, monógamo o poliamoroso, porque básicamente eres humanista.
Recién tras varias centurias de humanismo se empezó a negar la existencia de Dios (el ser humano, de hecho, había adquirido centralidad en tanto creación divina), y tras otras tantas el matrimonio igualitario fue legalizado en decenas de democracias. Allí, la homofobia contemporánea alega que la homosexualidad hiere sensibilidades. Es decir, se apela una vez más a los sentimientos, no a la voluntad o la prohibición de Dios. Sería un error considerarla medieval, la homofobia de hoy en occidente también es humanista, tan moderna como el humanismo queer, que potencia una amplia diversidad respecto de lo que sientes y te mima en tu humana necesidad de atribuirte características especiales.
En el arte y la cultura popular la diversidad de emociones y experiencias humanas fueron ganando espacio. La ficción audiovisual actual (no se puede ser más Netflix) es un exponente. Pero todo arrancó cuando empezamos a convertirnos en tema, desplazando de la pintura a las representaciones mitológicas y religiosas. Más tarde los humanos corrientes dejamos de ser tropas borrosas en el fondo de una gesta enmarcada; nuestras vivencias pasaron a un primer plano, como en Apocalypse Now, como en Full Metal Jacket. Y hasta las vidas humanas escasas de acción y epopeya, pero ricas en sentimientos, empezaron a ser narradas por una literatura que las abarcaba 24/7 con sumo interés. Incluso las novelas con mayor carga de testosterona épico-bélica (un Reverte, un Limónov) abordan los sentimientos con elocuencia humanista.
A su vez, tu mundo interior dejó de ser un basurero de pasiones y subjetividades condenables. Hoy tus experiencias, ya sean individuales o colectivas, lo enriquecen: matar y descuartizar un animal, participar en orgías (carnales, espirituales, culturales, políticas, deportivas, recreativas), irte a vivir al bosque, desayunar con un oso, dormir en un coche, dejar que te exploten en una plantación de marihuana en California (pero no en una de tomates en Almería: la experiencia debe ser de marca). Algunos dirán que hoy las experiencias humanas no valen gran cosa, que carecen de la eficiencia algorítmica de la prehistoria y que solo sirven para ser datificadas, para que algoritmos más eficientes te conozcan, te orienten y te propongan nuevas experiencias. Como sea, nada hará callar tu voz (la de tu tiempo), nada te quitará la convicción de que una variedad de experiencias emocionales, psicológicas y corporales es lo que conduce a un estado de sabiduría y plenitud.
En la escena ideológica ningún humanismo, como es de esperar, remite a un orden divino o cósmico, sino que todos creen haber descifrado otro orden (el motor de la historia, la mano invisible del mercado, el destino evolutivo de la especie). Los dos grandes equipos de la liga humanista del último siglo (segunda mitad) se diferencian en la exaltación de las experiencias individuales o colectivas. Mientras unos te invitan a mirarte el ombligo, los otros te proponen (mediante eslóganes) que dejes de hacerlo (nadie se salva solo), ya que el ser humano solo lo es en el conjunto social, ya que lo individual es lujo, tapadera, mecanismo de desactivación de las fuerzas de cambio.
El austriaco que lideró a aquellos alemanitos hace más de ochenta años también era un humanista (sería un error pensar en deshumanización). Los destinatarios de sus peores acciones no eran considerados seres humanos (como los esclavos negros tampoco eran considerados personas por los humanistas que predicaban la igualdad entre las personas). Aquellas acciones y aquellas ideas no estaban guiadas por una autoridad religiosa, sino por principios ligados a la evolución y el progreso humanos, similares a los que inspiraron el colonialismo y aquel poema de Kipling.
El humanismo sobrevivió a sus vilezas y atrocidades, pero hay quien duda que sobreviva a sus propios deseos (tan sagrados como sus sentimientos) y al nuevo orden tecnocéntrico. Se argumenta que, a medida que nos volvamos prescindibles, podríamos ir perdiendo nuestro rol protagónico, nuestro valor económico y político, y por ende eso que llaman derechos adquiridos. Mientras tanto persiste tu voz (la de tu tiempo): forja tu destino, vive tu vida, crea lazos, congela óvulos y esperma, viaja, desprecia, venera, ve a votar, haz una revolución, sé libre, sé holístico, sé feliz. Nada te hace sentir mejor (incluso siendo esto agotador) que seguir persiguiendo la felicidad, ya sea en forma de placer, satisfacción, éxito o justicia social.
Para algunos científicos, sin embargo, lo que se entiende por felicidad depende de los valores bioquímicos de configuración interna (no importa lo que pase afuera). Por lo que la biotecnología podría (es muy incierto aún) optimizar las capacidades humanas, ya sea para alcanzar la felicidad o lo que hiciera falta. Una transformación biológica al servicio de las nuevas necesidades económicas y políticas. Un nuevo enfoque sanitario que, al menos en un comienzo, sería estrictamente selectivo (premium), con metas en las que la cura de enfermedades y la salud de la mayoría no serían una prioridad. Se habla incluso (para que la felicidad no se sienta incompleta) de una inmortalidad vip, con lo que la brecha social se ampliaría a lo biológico. Con lo que (una vez más) te verías comparándote con tus contemporáneos, no solo felices sino también inmortales, y no con los menos afortunados a los que les tocó vivir tiempos remotos.
El transhumanismo, acaso inspirado por aquella secta humanista de alemanitos o por la eugenesia anglo de finales del XIX, podría estar partiendo de una premisa errónea. Se dice que su concepción del cerebro y los genes es obsoleta, pues ignora la interacción compleja de factores biológicos y no biológicos. Ni el cerebro ni los genes, sostienen los escépticos, pueden simplemente manipularse mejorando así las capacidades cognitivas y emocionales de un ser humano, o prolongando su vida. Pero más allá de que se trate de un bluf, un reto técnico o un delirio peliculero para Black Mirror, la promesa de satisfacer (superar) los deseos humanistas ya está sobre la mesa. Por lo que el transhumanismo bien podría convertirse en paradigma, de la misma manera que otros dogmas equivocados alguna vez también se impusieron.
Lo que está claro es que el islam no revivirá a Dios como fuente de autoridad, que el judaísmo ortodoxo ya no podrá sustraerse a la Big Data y que el Vaticano no es Silicon Valley (y que ningún papa te importó jamás hasta que eligieron a uno argentino). Es difícil presagiar lo que vendrá, más allá de (lugar común) un retorno a un pasado fascista ya conocido. Pero mientras se sigue discutiendo sobre izquierdas o derechas, otra cosa se podría estar cociendo entre pioneros de la biotecnología y los algoritmos, algo que poco a poco podría subvertir nuestro orden androcéntrico. La humanidad librándose de sí misma, como se libró de Dios. ¿Se equivocaron los profetas?
Etiquetas: Dios, Filosofía, humanismo, Pablo Manzano, Tecnología, transhumanismo

