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Por Horacio Gris
1.
Primero se ve un quiebre de líneas que componen las alas lúgubres en su despliegue. Aletean después del golpe. Un golpe que aturde y deja un sabor ferroso en la boca por la sangre que empieza a correr -visible o no, de manera literal o metafórica-. Vemos al ser elevarse después de herirnos. Quedamos atónitos, confundidos, inmóviles ante su poderío. Él alza su vuelo para llevarse todo lo que hasta entonces nos pertenecía. Nos deja abajo, muy debajo de lo que éramos, diminutos, ínfimos frente a su capacidad destructiva. Remite a César Vallejos en Los heraldos negros, donde habla de un dolor singular, del dolor que condensa todos los dolores: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!». ¿Tiene forma, ahora, de lago? Podría ser, pero no. En cambio, sí, un hueco. Y por eso se salta a un vacío anticipado. Una pérdida inmensurable en consecuencias, un agujero por el que cayó y se fue todo lo que hasta entonces tenía vigencia. Pero la caída posterior al salto no sucederá hoy, no llegará mañana, porque se está en el centro de lo horadado y los bordes se ven como horizontes distantes tras los que se oculta el sol. Al mover el tubo, la visión se atenúa ante el largo anochecer del día pasado. El giro del caleidoscopio muestra una proyección sepia de la vida hasta entonces, concluida al ser modificada para siempre, convertida en nostalgia inmediata.
Lo trágico es singular y el horror que puede habitarlo trae presentaciones disímiles. Se puede estar una vida entera girando el tubo para que, sobre un fondo negro, criaturas pesadillezcas con ojos rojos, verdes y amarillos se multipliquen en infinito por los espejos mientras esparcen su maldición. No dejan de aparecer. Se van pero queda su condena: Las hay sutiles y explícitas, increíbles y hasta otras clichés que parecen obvias de entender. Pero es solo miopía, las aristas vuelven al asunto siempre más complejo: Algunas son lineales y contundentes como el nene que cruza la calle para buscar la pelota que se fue y el conductor que venía distraído, o un cáncer fulminante entre controles médicos de una persona muy joven. Otras son más difíciles de asir: Un peluquero de Treblinka, aquel que finge normalidad al momento de esquilmar lo último que deciden quitarle a los futuros cadáveres, un hombre que hace su labor y después le toca sobrevivir para testificar sus días en la antesala de la cámara de gas. O mujeres secuestradas por carteles narcos a las que, una vez liberadas, en contexto de entrevista, les preguntaban si fueron violadas. Ante la obviedad de la respuesta, ¿qué era mucho, qué era poco, qué era necesario de ser contado?, ¿podía ser transmisible tal aberración, si ocurría varias veces por día, por varios hombres distintos e implicando creatividad sádica, durante varios meses? No hay manera de escuchar una aflicción de la que no se concibe, ni siquiera desde lejos, su magnitud. No hay narración posible sobre un padecimiento así. Hay cosas que no deberían existir y por eso no pueden contarse. Un error de cálculos, un creador que después del séptimo día se dedicó, cada tanto, a generar monstruos. El lente muestra quimeras para las que no se inventaron palabras pero que, aún así, están ahí. Nacieron, sucedieron y por eso tendrán vigencia para siempre. Una historia de terror, un cuento para asustar, algo en apariencia tan burdo que no podría ser cierto pero que lo es en exceso.
Son tantas imágenes espantosas superpuestas que no hay narración posible. Se esconden dentro de uno y dejan sin cuerda al relato. No se puede poner palabras a lo inesperado, a lo inusitado y, por lo tanto, injusto. Es un volantazo del destino sin explicación, el capricho más bajo y el desenlace más traicionero. Un desgarro por el que se grita hasta enmudecer. Cualquier intento de contarlo se ve limitado en palabras o, si éstas parecen estar, lo que faltarán serán emociones que las validen; el espacio de lo perdido ahueca en continuo, sin detenerse. Y en el reino de ausencias tampoco se halla narrador porque, al intentar contar, se nota un vacío en el relato que empieza por uno mismo. Es que si ya no se es quien se era, entonces ¿cómo dar cuenta de lo que se perdió?
Cuando, de algún modo, se tiene la suficiente elaboración como para poder decir sobre aquello, la noche es total. Sin luz, los espejos del prisma no pueden devolver imágenes y se necesita ir a tientas, tocar, corroborar la existencia. Se duda de lo más primario, se avanza lento, sin perro lazarillo, sin bastón. Se mira pero no se ve. Se escucha y no se oye, salvo un sonido sordo que marea porque todavía resuena la explosión de lo que ahora es cenizas, el estruendo de lo que pudo ser reciente o no pero que, de todas formas, constituye un quiebre que inaugura una realidad. Es un dolor creador, todo es nuevo a partir de él, un big bang de oscuridad que con su onda expansiva seguirá aturdiendo.
2.
El caleidoscopio es todo. Y por fuera, quienes creen o pretenden acompañar, sólo intentan. Una noble y mutua ficción entre padecientes y amistades. El último grupo está ante un grito continuo y demasiado agudo que los oídos no pueden escuchar. No hay manera. No hay recepción factible a algo tan dañino que no tiene chances de ser contenido. El caleidoscopio es un volcán en erupción de una sustancia que fluye y carcome todo lo que sea diferente de sí. El magma de lo que nunca debía salir a la luz pero que, ahora, no se detendrá. El torrente subterráneo de la peor posibilidad, de aquella que no merece existir jamás pero que ahora es el caudal quemante que pavimentará el único camino, un sendero largo pero demasiado estrecho para que haya acompañante. No hay acompañantes de la tragedia porque quienes quedaron un poco más allá, quienes están al tanto de algo pero que no fueron dañados, en verdad no saben nada. No hay conexión entre el adentro y el afuera, no hay manera de que ambas partes dialoguen, incluso cuando puedan creer que sí. El acompañamiento es o bien un fastidio en que se insiste con nimiedades o bien un contacto demasiado espaciado como para calar y ser algo más allá de una formalidad que apenas maquilla una pretendida buena intención. Quienes quedan afuera gatean o dan algunos pasos sobre los rastros del dolor; creen que eso es sufrir y tal vez lo sea para ellos. Pero del otro lado, desde adentro, el dolor es una viga de equilibrio sobre la que trágicos atletas ejecutan los más diversos saltos mortales sin poder jamás salir de su rutina. De cierta manera, Sísifos de algo que culminó pero que, con su ocurrencia, inauguró un eco de piruetas infinitas, un aprisionamiento para siempre que los mantiene ejercitados en seguir sufriendo. No hay nada por delante pero tampoco en el ahora salvo el llenado de movimientos alegóricos de lo vivido. La tragedia es un agujero negro que aleja y utopiza el pasado mientras se traga al presente y deja infértil al futuro. Pero entonces, por suerte, de un modo no tan inesperado, es ese un momento óptimo para escribir.
3.
Se adquiere una sensibilidad suprema, una comprensión híper nítida de los patrones coloridos en movimiento y se siguen sus cambios sobre el lente con sumo interés. Todo duele muchísimo, al punto de la fascinación. Y el resto de las cosas dejan de importar. Es conseguir hacer zoom a nivel atómico en las imágenes proyectadas. El dolor liberado desde las entrañas, desde la unidad más ínfima del ser, posibilita una apertura que conecta la carne viva, el despojo sanguinolento que queda de la existencia, con lo más elevado. Se vive como se sufre, se sufre como se debe sufrir. Todo es padecimiento y, la crueldad más vil que tocó, se expía en un orgullo aristocrático ya que pocas personas son portadoras de una experiencia así. Puede que no sea fácil de comprender pero el dolor deja de ser una sensación para convertirse en una percepción. Las formas se vuelven abstractas. El dolor quizás deja de ser caos para ser entendido como un universo complejo. Todo pasa por ese tamiz delicado, nada escapa de ser paladeado hasta en su mínima unidad. Oh, esas suaves notas, néctar de estambres púrpuras y negros que se hunden en la piel; agujas que hieren de la manera más hermosa. Una primavera de calvarios que desangran tomándose su tiempo.
Y no sólo es bello afligirse sino que, también, es bueno. En algún momento el dolor se vuelve un enigma moral. La inmoralidad que se dibujaba primero ante la idea de que lo sucedido evidencia la falta absoluta de justicia puede decantar hacia zonas cada vez más oscuras. Pero también la sensación de injusticia cambia, vuelve como pregunta y, en ese retorno, modifica la raíz de la certeza; con lo cual la penalidad de la tribulación deviene, en esta instancia, justa -por alguna falta ética, imaginaria o real, verificable o no, que en el mejor escenario resulta un llamado de atención y, en el peor, se vuelve un fantasma que persigue a toda hora-. En cualquier caso, lo más raro es la indiferencia. Retomo a Vallejos: «Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como / cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; / vuelve los ojos locos, y todo lo vivido / se empoza, como charco de culpa, en la mirada». Sobre esos cimientos de moralidad se erigirá, en su reinado, la soledad.
4.
Es claro que ahora se proyecta un castillo. Porque la soledad es un palacio, una catedral con mármoles y ecos de ausencia que ejecutará en su mazmorra todos los silenciosos castigos. La soledad será la nueva patria, lo único posible de ser reconocido como propio, auténtico y tan reconfortante como asfixiante. Sitio que se recorrerá con insistencia en todos los trayectos. Y por momentos, desde ángulos distintos, se buscará la línea de fuga de esa soledad gigante pero chata, de esa sombra que niega lo que proyecta, siendo aún lo único, lo real, de la existencia.
En algún momento se entiende la obviedad: si algo no está ahí, en ese hueco con uno, entonces debe estar en el exterior. El problema es que es más fácil llenar la soledad con elementos internos y entonces oscuros o ya muertos. El adentro es un museo de dolor que ofrece innumerables objetos para intentar paliar la soledad pero que, al desaparecer del vidrio, uno tras otro con el giro de la muñeca sobre el caleidoscopio, no consiguen más que agravarla. A veces se quisiera ir afuera, pero es un lugar que está muy lejos. Hay tanta distancia hasta atravesar la neblina del lente que, entonces, se sabe un trabajo infructuoso.
No hay salida. No hay manera de salir de algo que en verdad está más allá del adentro. Una interioridad que presiona con tanta insistencia, que busca tanto cerrarse sobre sí misma que termina por darse vuelta. No se está aislado por pasar un mal momento; se está solo porque quizás ya no se tenga interior. Sólo existe lo difuso de donde se está: cierta nube estancada. El lente se empañó con una mancha que no saldrá más sin importar las imágenes; es una condición y, por lo tanto, una constante. Acompaña. Está. Y ahí es donde, de repente, se consigue hacer foco. Si la bruma está todo el tiempo, ya no es bruma como tal sino la normal visibilidad. En ese sentido, salvo algunos fenómenos del afuera que, por contraste, hacen notar con fuerza la presencia de la espesura, no hay más intermediario entre el exterior y el interior. La mancha oscura es el medio, el hábitat, de quien fue marcado por lo trágico. No hay circunstancia ni contexto donde no esté y, en consecuencia, no es un mientras tanto sino el todo, el aquí, ahora y para siempre. Usar al caleidoscopio como telescopio y ver tierra firme, arenas movedizas o el borde del abismo apenas se diferencian. La niebla es todo. Es el absoluto de quien perdió su mundo. Es algo que, al menos, asfixia sin matar; que dificulta la visión pero que no abandona. Una presencia burda, bruta y brutal. Dolorosa pero querible. Entrañable. El dolor que queda es también un consuelo porque, a diferencia de lo perdido, sigue teniendo existencia. Es una silueta que no se entiende del todo pero que respira bajo su pelaje aterciopelado. Puede que sea un animal peligroso y herido, que aúlla pidiendo auxilio y muestra los dientes. Imposible de ignorar. Difícil de resignar y de dejar ir. Es que uno se niega porque ya está encariñado. Al punto de no querer terminar esto que escribo. Escribo con la tinta condensada en el vidrio. No quiero parar aunque debería. Es esta pena. La mía. Me lleva de la mano y tiene la palma tan fría que me quema. Mientras más me aferro, más se queda y me toma. El dolor frío podría ser el eco de un calor familiar, un recuerdo lejano, cierta brisa, un susurro que adormece, que me arrulla. Un chasquido helado. Lo escucho y mis párpados se vencen. Ojalá mis ojos me permitan descansar de una vez mientras sigue crepitando. Es una rima apenas audible, quizás diga lo que escribió hace tiempo ese poeta que también es amigo llamado Gustavo García: «Mi pena, aunque pena, es mía / y la quiero y la cuido / la abrazo terrible, crece consentida».
* Portada: Detalle de «El descendimiento de la cruz» (hacia 1435) de Rogier van der Weyden
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