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Por Leticia Martin | Portada: Rob DePaolo
El tío de mi ex marido era cirujano y leía a Gabriel García Marquez. En verdad, leía todo lo que se le cruzara, pero tenía una memoria intensa y brutal que le permitía recordar detalles de cada libro con una claridad prístina, que me deleitaba. Las charlas con él fueron mi primer contacto con un médico lector, o mejor dicho, con ese cruce entre ciencias médicas y literatura, que es tanto más fructífero y vital de lo que uno creería.
El doctor Astudillo no escribía libros, solo leía con pasión y voracidad. Pero también es cierto, y mucho, que hacía literatura en los quirófanos. Esa fue su verdadera pasión. Fue director de gastroenterología del Hospital Ramos Mejía y practicó miles de intervenciones. Era frío y visceral al mismo tiempo. Escatimaba detalles de salud con la misma pasión con la que se iba en palabras cuando contaba la trama de un libro (o sus detalles).
Sebastián Chilano es la superación de esa admiración que sentí todo aquel tiempo en que el doctor Astudillo visitaba a la mamá de mi ex marido entre intervención de colon e intervención de intestino, más de una, para salvarla de un cáncer que no tardó en llevársela. Tal vez, su forma de acompañar el deterioro de la enfermedad de su prima, fue ese acercamiento del profesional médico al chalecito en La Tablada donde vivía su par(c)iente. En aquellas ocasiones se bebía, se comía y se conversaba de literatura a fondo, pero nunca de salud. ¡En la mesa no se habla de temas médicos, es una falta de respeto!
Decía entonces que leer a Sebastián Chilano es pensar en la superación de aquel sentimiento de admiración por el cirujano familiar, porque Chilano, además de leer -libros y síntomas, signos, manchas en la piel, para después curar- también escribe. Y no solo escribe sino que, también, inventa un método. Se conzuela y nos consuela en la aceptación de la mentira como forma de acceso a la verdad, a la condescendencia y a la capacidad de narrar. La profundidad de sus pensamientos dañan al lector de un modo irreversible, le hacen doler el alma de un modo que permite pensar los límites del cuerpo, como los de la ciencia. Los recortes de biografía que él elije tergiversar hablan de ua agudeza en la mirada y una astucia pocas veces vista.
Los preparados es un libro profundamente espiritual. Se accede a él de la mano del positivismo y el agnostisisimo, pero luego de andarlo uno entiende que el arco narrativo que recorre el personaje es el que va de la fe en la razón, a la fe en el sujeto por encima de sus capacidades cognitivas. El mismo que va de la certeza a la duda, o de la confianza en uno mismo a la fe en los demás.
Los preparados es un libro inteligente. No solo porque oculta y tarda en correr los velos que dan suspenso y tensión narrativa a la trama, sino porque se anima a romper el pacto de lectura que impone la ficción, y entonces revelar momentos previos del mismo libro en los que el narrador mintió, tergiversó algún dato o le cambió el rol a un personaje (tal vez para ocultar algo que operaba de modo inconsciente en el protagonista).

Sebastián Chilano (Infonews)
Esta “sinceridad”, o mejor dicho -la construcción del artificio de esa voz sincera- le imprime al texto un valor de verdad que el lector agradece y que encolumnan a Chilano en la tradición literaria de Walsh, Capote, Carrere o Levrero. De hecho el capítulo final, en el que se nos revela que en verdad esa última es la historia para la que el autor fue preparándonos y la que a título personal tiene más ganas de escribir, bien podría remitir a La novela luminosa, novela cumbre de Mario Levrero en la que todo lo escrito se desprecia en el último tramo solo para dar más valor a lo que vendrá.
La estructura narrativa de Los preparados, que al inicio podría pensarse como anecdotario o autobiografía va creciendo y sumando profundidad narrativa de un modo que no abandona lo escrito con anterioridad, y que se permite tejer un mosaico complejo que se vuelve apasionante no solo por lo narrado sino por el modo en que los hechos se engarzan.
La cuestión paterna es un hilo central. El narrador quiere deshacerse de esa influencia pero termina desmarcándose de los mandatos científicos para, de algún modo, volver al padre. Un lugar al que jamás habría accedido si no hubiera sido médico.
Algo en la forma en que se nos presentan los hechos resulta más coherente con la ficción que con la realidad. Un artificio impecable. Lo real pareciera poner a Chilano a los pies del papel, o la pantalla, y empujarlo a escribir para desentrañar el sentido de cada acontecimiento. Como si la ficción precediera a la realidad para que los hechos sucedan de un modo que ya es narrativo antes de que se tipee cada escena.
Chilano no se entrega a la simpleza quirúrgica que podría teñir su narrativa del tono ascetico de su profesión, sino que insiste en la buena forma: sintética, limpia, pero nunca vacía o superficial. En su decir hay coloquialidad y por momentos búsqueda poética.
Y por último los cruces. El generacional, el que se da entre ciencia y religión (o pasión), el cruce entre oficios y profesiones, entre padres e hijos, entre mentira y verdad, entre azar y ciencia, entre curar para dar vida y dejar ir para dar paz. En esos lugares “entre” medio se construye un edificio sólido y dificil de transitar, un enorme duelo de muchas vidas. Y también se abren preguntas. Porque el libro no viene a contar verdades o hallazgos, sino a abrirnos interrogantes.
Un libro que anuncia un compromiso a fondo del autor con su literatura y que promete más y mejores novelas. No dudo en afirmar que Sebastián Chilano es uno de los mejores narradores de nuestra generación.
Para cerrar, a modo de anécdota, un dato de color. La tarde que presentamos Cuatro variaciones sobre el mar (@qejaediciones), su más hermoso libro de ensayos, esta que escribe, quien además fue su editora, se sintió mal desde la mañana. Un dolor agudo se instalaba punzante en un pequeño bulto sobre la lado izquierdo de mi nuca. Dolorida e incómoda, llegué al Hotel Hermitage de Mar del Plata con los libros y mi cuerpo temeroso. El escritor Chilano se asumió doctor y, sin dudar, corrió mi pelo y miró mi herida. Tocó el bulto afiebrado y, enseguida, diagnosticó un herpes zoster. Luego, allí mismo, pasó alcohol por sus manos y recetó unos medicamentos que desde esa misma tarde yo debería tomar. Concluida la consulta médica, se sentó delante del micrófono y comenzó la presentación del libro. Los hechos procediendo a la ficción, una vez más.

Sebastián Chilano
Los preparados
Ed. Obloshka
2020
Etiquetas: Leticia Martin, Literatura, Los preparados, Sebastián Chilano

