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Por Enrique Balbo Falivene
De Ibn Battuta tenemos datos concretos y más o menos fiables: nació en Tánger, Marruecos, como Abu Abd Allah Muhammad Ibn Abd Allah Ibn Muhammad Ibn Ibrahim Al-Lawati Al-Tandyl Ibn Batttuta el 24 de febrero del 1304. Su muerte es imprecisa, entre 1369 y 1377. De familia de magistrados pudientes cierto día decidió cumplir uno de los pilares del islam marchando hacia la Meca, a visitar la sagrada cámara del profeta. Tenía 22 años y afirma que se fue “solo, sin caravana ni compañía”. No sabemos qué le paso a esta criatura porque tardó un cuarto de siglo en volver; recorrió unos 120.000 kilómetros, visitando norte de África, sur y este de Europa, oriente medio, la India, Asia central y parte de China. Se convirtió en geógrafo, explorador y algunos sostienen que puede haber practicado el espionaje (advirtió a los suyos del peligro griego: “comen cerdo y fornican con alegría”). Al regresar descubrió que su familia y su pueblo habían sido diezmados por la peste negra; Tánger, que al partir era una pequeña ciudad con aspiraciones comerciales, se había convertido en una aldea. In Battuta se volvió a ir esta vez al sur de España y Cerdeña. Nunca escribió una línea, dictó su rihla (periplo) tirando de recuerdos que alguien recogió en negro sobre blanco. La suya es, en varias entregas, una muy atractiva crónica de viaje de una época que algunos han cuestionado por inverosímil. Hay tanta precisión de detalles, circunstancias, paisajes y encuentros del itinerario de este adelantado, como en El jardín de las delicias del Bosco; lo único que no conocemos de él son los rasgos de su cara; hay sí, ilustraciones y bustos, pero parecen estampas de una novela de Emilio Salgari o encabezamientos de los relatos de Sherezade al sultán. Tiene un museo en su ciudad natal; el estadio del Ittihad Tánger y el aeropuerto llevan su nombre.
Un coetáneo de Ibn Battuta con similitudes es Marco Polo (1254-1324). Del mismo modo que el explorador marroquí no escribió una línea que documente su recorrido, el veneciano dictó sus viajes (supuestamente) a un amanuense, Rustichello de Pisa, y tampoco conocemos cómo pudo haber sido su semblante, salvo por algún mosaico restaurado, con perfil más bien moderno y bastante alejado de la fisonomía que podía presentar este comerciante medieval.
Otro célebre en parábolas y sin cara es Jesús el nazareno. Muy lejos estaría su rostro del que impuso la iglesia a los artistas. Y más lejos aún el cine con protagónicos con propuestas como Robert Powell, Jim Caviezel, Willem Dafoe por ejemplo.
A Shakespeare (1564-1616) hay que darle un accésit: hay tantas imágenes del poeta como misterios que lo circundan. El más aceptado es el llamado retrato Chandos, llamado así porque perteneció a James Brydges, primer duque de Chandos. Atribuido a John Taylor, es aquel reproducido en cuanto papel impreso, camiseta o taza, con la frente iluminadísima y amplia, pelos de avanzada calvicie ocultándole la nuca y arete de pirata. La Nacional Portrait Gallery de Londres hizo en su día una exposición: reunió pinturas, grabados, dibujos y bustos del autor bajo el título “En busca de Shakespeare”. Resultó interesante constatar las sendas disidencias entre lo expuesto.
Entre nosotros, los de habla hispana, el más repetido y asimilado como auténtico es el de Cervantes, del que se ha dicho, con justicia, que es el falso más auténtico que existe. El autor del Quijote dejó escrito: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos, y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata”. Y en sus Novelas Ejemplares declara que “le di mi retrato a Juan de Jáuregui”. Entonces, ¿responde la descripción del autor al retrato y el retratado por Juan de Jáuregui es realmente Cervantes? La mayoría de los cervantinos dicen que no, teniendo en cuenta que el pintor cuando ejecutó el retrato tenía sólo 15 años. O sea que o era un talento precoz o hay fraude a la vista. Pero desde que alguien en 1911 dijo tener un retrato del autor del Quijote y fue colgado en el mayor salón de actos de la Real Academia, ya no hubo quien lo bajara del pedestal ni de la imprenta.
Nuestra situación ha cambiado, el siglo XX impuso sus condiciones. Podemos llegar a un autor, o a un personaje, gracias a los medios, y luego a las redes, y abordarlos desde una imagen por repetición. Mi generación supo de la existencia de un tal Che Guevara por la foto de Korda; del grupo Kiss por la tapa de un vinilo que no habíamos escuchado; conocimos a Darwin por una ilustración simiesca en un periódico; a Frida Kahlo por Diego Rivera y a Diego Rivera por Frida Kahlo; a René Magritte por una pipa, una manzana y un sombrero, a Marcel Duchamp por un retrete; a Victoria Ocampo y Agatha Christie por unas gafas; a Frank Lloyd Wright por una cascada; al Quijote por Gustavo Doré y al gaucho Martín Fierro por Castagnino; a Borges por Sara Facio; a Quiroga por una anaconda; a Hitchcock por un cuchillo y a Oesterheld por una máscara. La lista puede ser infinita, tanto como las coloridas impresiones litográficas de Andy Warhol para las sopas Campbell.
Creo que las dos formas son sólidas; es tan válido llegar a la prosa por el carácter visual de un autor o, en los casos a los que hemos tenido que inventarles un rostro, por el trayecto de sus vivencias que alguien redactó en forma de crónica. De todos modos, a los humanos nos gusta escuchar y contar historias, lo hemos hecho desde la antigüedad en torno al fuego y lo seguimos haciendo desde otros formatos y otros soportes, pero la esencia no cambia. En una historia, en cualquiera de ellas, está el carácter de quien la cuenta y el silencio íntimo de quien la recrea. Todo es curiosidad.
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