Blog
Por Nicolás Brid
Hace unos meses, en una estación de servicio en un país lejano, una mexicana nos oyó a un amigo y a mí hablando en español y nos preguntó “¿ustedes también son latinos?”. Demostrando pobres habilidades sociales, mi primera respuesta fue una corrección: “Latinoamericanos”. La mexicana se habrá imaginado entonces que mi objeción a lo latino connotaba una aspiración a lo europeo, lo que entre otros latinoamericanos ya es un cliché sobre los argentinos. O quizás la escena de un hombre corrigiendo a una mujer gratuitamente despertara en ella connotaciones ajenas a una discusión sobre etnónimos. De más está aclarar que el resto de la interacción fue torpe. Ahora bien, esta distinción terminológica un poco snob hace eco en una vieja canción del Cuarteto de Nos llamada “No somos latinos”. Sobre ella se afirmó a menudo que representaba irónicamente más el punto de vista del otro cipayo que el de una banda mejor asociada a un frenteamplismo matero. Sin conocer ni haber googleado la respuesta de los músicos, me permito dudar de que se trate simplemente de una ironía.
La connotación es una noción que, al menos hasta principios de los dos mil, se aprendía en la secundaria. Aunque fue desarrollada con ejemplos más coloridos por semiólogos como Umberto Eco o Roland Barthes, el uso de esta palabra en lingüística y semiótica se remonta por lo menos a los Prolegómenos de Hjelmslev (1953), lo cual a muchos resulta paradójico, porque en principio este danés está asociado con la intención de describir la lengua como un sistema estrictamente matemático o “glosemático”, en sus palabras. Un adelantado de los puns. Pero volviendo al tema, para Hjelmslev la connotación es un sistema semiótico en el que un significado literal o denotado se convierte en el significante de un significado nuevo, secundario. Es decir, un concepto puede expresarse por medio de más de una palabra, pero esas palabras tienen diferentes connotaciones, sobre todo diferentes connotaciones ideológicas: la mente nos lleva a asociarlas con archivos distintos. Pensemos por ejemplo en la diferencia entre gobierno y régimen. La segunda se define oficialmente como sistema político por el que se rige una nación, pero en cualquier texto donde se la encuentre connota un sistema por lo menos autoritario, cuando no totalitario. No es lo mismo decir el gobierno venezolano que el régimen venezolano. Por mencionar un ejemplo análogo, islámico tiene connotaciones políticas que no tiene musulmán, aunque ambas significan lo mismo y tienen la misma etimología. Por eso no vemos repúblicas o estados musulmanes, pero sí islámicos. En una línea parecida, hablamos de mitología escandinava pero de invasiones vikingas.
Voloshinov escribió que el signo se convierte en la arena de la lucha de clases. Pero como estamos en el siglo XXI y sabemos que no todo es tan lineal como lo señala la dialéctica materialista, en principio sabemos que el signo se convierte en la arena de lucha de algo. ¿Pero de qué? Quizás de la lucha de clases, de cosmovisiones antagónicas o de apreciaciones distintas sobre la propia identidad étnica. Y esto nos devuelve al punto inicial: ¿cuáles son, entonces, las connotaciones de palabras como latino y latinoamericano?

«No somos latinos», de El Cuarteto de Nos
Empecemos por la segunda. Entre las voces que se hacen eco de esta discusión prolifera un criterio falaz, que bautizo como genealógico. Una manifestación de este considera que latinos somos todos los que hablamos lenguas derivadas del latín (y/o descendemos de sus hablantes, eso nunca queda claro), incluidos los moldavos que toman vodka en Transnistria, los suizos que hablan romantsch grischun, los québecois y los ecuatoguineanos. Aquellos fariseos de la ortodoxia verbal, como quizás los llamaría Huxley, pretenden elaborar toda una clasificación interna para distinguir entre latinos, latinoamericanos, hispanoamericanos, hispanos, etc., etc. Otra manifestación del criterio genealógico, más sutil, rechaza el mote de latinoamericano porque supuestamente lo inventó un francés de nombre Chevalier para justificar étnicamente las ambiciones galas en nuestra patria grande. Independientemente de si este caballero unió las dos palabras o solo las acercó para que otros ataran los cabos, cualquiera de estas manifestaciones del criterio genealógico ignora el factor de peso que es la connotación: la encrucijada entre signo, ideología e historia. Ahí florece la voluntad popular y rizomática frente a la presión arbórea de la etimología. Y escribe esto quien hizo de la etimología su medio de subsistencia.
Ahora bien, ambos términos “latino” y “latinoamericano” son recortes arbitrarios sobre la realidad como cualquier etnónimo y en última instancia como cualquier palabra-etiqueta. No se trata de iniciar una discusión sobre palabras vacías. A lo largo del siglo XX predominó el término latinoamericano, y sus connotaciones se evidencian en los núcleos nominales que lo suelen acompañar: boom, revoluciones, escritores (pero también dictaduras). Por supuesto que incluso en esas épocas latinoamericano también se construía en oposición a aquella otra América, la américa a secas, tanto como el nombre oficial de Uruguay se construye en relación con el único país del que se puede decir que está al oriente. Esas pequeñas trampas de la identidad delatan nuestros complejos. Pero lo que rodeó o rodea a la palabra latinoamericano osciló entre lo neutral (como en ‘países latinoamericanos’) y la aspiración a la pertenencia a un mundo occidental de alta cultura (la ‘filosofía latinoamericana’ de Dussel).
“Latino” y sus derivados, en cambio, nunca tienen esas connotaciones. Antes bien, la mente camina rápidamente a imaginar jóvenes con visera y cadenas de oro jugando a ser mafiosos en Miami, mujeres voluptuosas y “fogosas” que se “menean” en un boliche, gente que no se preocupa por ser puntual porque vive relajada, gente feliz, gente bruta que se mata por el fútbol o el narcotráfico y ahí deja de ser feliz.
Probablemente no salió de un laboratorio, pero la proliferación entre latinoamericanos del término “latino” y sus connotaciones parecen ser un dispositivo ideológico de yankis y europeos para vernos a nosotros mismos como ellos nos ven. Jugamos a nuestra cultura con las fichas ideológicas de otros: nos convencimos de que somos más emocionales (y por ende menos aptos para la evolución intelectual), de que sabemos bailar y movernos mejor pero que manejamos mal nuestras vidas y nuestra economía, etc. Y hablando de ideología, Slavoj Žižek hace una crítica similar a las películas de Emir Kusturica: que reproducen la óptica que los europeos occidentales tienen de los balcánicos, los “latinos” de Europa. El esloveno traza una analogía con la historia de un grupo de antropólogos que visitan una tribu que era famosa por un ritual terrible, una danza de la muerte. Años más tarde, unos antropólogos más profesionales visitan la misma tribu, aprenden su lengua y se enteran de que esa danza era en realidad una impostación hecha para ser buenos huéspedes y dejar contentos a los antropólogos occidentales.

«Soldado de Rosas» y «Porteña en el templo», dos pinturas de Raymond Monvoisin, ambas realizadas en 1842
En Identidades asesinas, Amin Maalouf cuenta que a un hombre nacido en Alemania de padres turcos le preguntaban qué era realmente, en el fondo. Nadie a su alrededor podía concebir una identidad compleja, hecha de múltiples pertenencias, así como el mismo autor se enfrentaba a la dificultad de ser comprendido como libanés, cristiano y francés a la vez. Visto en perspectiva comparativa, “latino” abarca menos variantes identitarias por el hecho de estar apoyado en un complejo de estereotipos foráneos. Es más fácil pensar en una identidad compleja latinoamericana que latina.
El código cultural “latinoamericano” fue en parte el de la rebelión política y artística y la potencia intelectual. Ese contexto hizo a Vasconcelos elaborar en los años veinte del siglo pasado su teoría disparatada de la raza cósmica, antes de la caída en desgracia del término. Según esta idea, los latinoamericanos íbamos a inaugurar una nueva etapa de igualdad en la tierra porque mezclábamos sangre de todas las razas del mundo (rojos, blancos, negros y amarillos, en sus palabras). A ese clima le siguió, décadas más tarde, la emergencia del código cultural “latino”: el de la entronización de la autosuperación berreta (“nosotros no contamos la plata, la pesamos”), el de las uñas largas e inutilizables, el de las operaciones estéticas, el de las cantantes populares sexualizadas que sueñan con triunfar en una nueva Meca que ahora puede ser un late-night show norteamericano. El paradigma latino” está en auge y gana las elecciones. El paradigma “latinoamericano” tiene, en palabras de twitteros, demasiado texto. En síntesis, nos shorteamos.
Es posible también que estas connotaciones no operen en la semiosfera particular de la amable mexicana que se nos acercó en la estación de servicio. Desconozco las constelaciones de signos de los mexicanos. Pero es innegable que la colonización cultural del imperio avanza hacia el sur con pasos sutiles. Si antes nuestra grieta identitaria era entre el Soldado de Rosas y la Porteña en el templo (vale recordar, ambos pintados por el mismo francés), hoy se suma a la escena este nuevo personaje, que mueve las caderas al son del último ritmo caribeño, orgulloso de ser latino y deseoso de conocer Orlando.
Para sumar un último ejemplo que clarifique cómo funciona la connotación, pensemos en lo difícil que es imaginarse a un yanki WASP (acrónimo de White Anglo-Saxon Protestant: estadounidenses blancos, de ascendencia inglesa y protestantes), incluso a uno progresista, que asocie su tan salvaguardado latinx más a Alejo Carpentier que a Jennifer López. Una revolución latinoamericana tiene olor a barbudos; una revolución latina tiene olor a speed con vodka. El signo ideológico como arena de lucha.
* Portada: Yube Inu Yube Shanu [Mito del surgimiento de la bebida sagrada Nixe Pae], 2020. Ibã Huni Kuin, Bane Huni Kuin, Rare Huni Kuin, Ayani Huni Kuin, Ibã Neto Sales Kanixawa, Mahku. Acrílico sobre lienzo.
Etiquetas: Amin Maalouf, Emir Kusturica, Latinoamérica, Latinos, Nicolás Brid, Slavoj Žižek, Valentin Voloshinov

