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Por Manuel Quaranta
30 de octubre
El chófer de Uber, justo al atravesar el peaje del Aeropuerto de Ezeiza, me pregunta si es la primera vez que viajo a Europa. Respuesta negativa. Prefiero no extenderme, pero si hago memoria el número se parece más a catorce o quince. ¡Catorce! ¿Un muerto de hambre como este servidor viajó catorce veces a Europa? Está claro que ser rico y viajar es fácil, cualquiera a quien le sobre la plata paga pasajes, hoteles y se da gustos. Pero darse gustos siendo rico no tiene, justamente, ese gustito tan lindo (el gusto por el lujo prohibido) de dárselo siendo profesor universitario, crítico de arte, que, con viento a favor, logra escalar el Everest y ahorrar doscientos dólares por mes.
Soy especialista en viajes con o sin dinero. Generalmente, sin. Lo determinante acá es la creencia. Y no hablo del poder de la mente ni de la autoayuda. Hablo de creer que algo es o no es para vos, más allá de las posibilidades económicas o simbólicas. No dudo de las determinaciones de clase, al contrario, son fundamentales (y virtualmente irreversibles), pero siempre el sujeto tiene la chance de subvertir algún aspecto de su destino.
Llegué a Ezeiza sin el check-in hecho porque en la empresa querían validar la tarjeta de crédito debido a la enorme cantidad de estafas. La fila era larga. Varios pasajeros padecían el mismo trance. Por suerte me iluminé y, con vergüenza, me colé en la fila premium, la que no me correspondía. Esperé dos minutos (en lugar de 45). Validaron. Pasé libre de culpa y cargo, no se dieron cuenta de que yo era yo.
31 de octubre
En el Aeropuerto de Barcelona haciendo tiempo hasta que salga el autobús a Tarragona. Son las 6.59, estoy desde las 5.30 y el primer servicio es a las 9.10. Distintos sucesos acaecidos en el avión.
1.
Asiento asignado 34 L. Ventanilla. Al lado (34 J), un hombre cordial al que le advierto de mis constantes visitas al baño. Le da lo mismo cambiar si las circunstancias lo ameritan. Me acomodo, pero al abrir la mesita plegable para apoyar el libro (La filosofía como arma de la revolución, de Louis Althusser) noto que le falta una de las hojas (a la mesita, no al libro). Le consulto a mi compañero casual si estoy equivocado y me dice que estoy en lo cierto, así que le pido permiso para ir al baño (¡se lo advertí!) y aprovecho la oportunidad para comentarle al aeromozo el grave desperfecto en el mobiliario, a lo que agrego el argumento irrebatible de que había pagado por la comida a bordo. Antes de despegar se acerca, dice: “Vamos”, y me traslada a la fila 9, a un tris de la salida, y ¡sin ningún ser humano en el asiento contiguo!
2.
Mientras reparten el suculento menú una argentina discute con la azafata porque no la deja cruzar hacia el otro lado del avión, donde la espera su asiento. Observo en silencio. La azafata no se lo permite porque maneja el carrito y le resulta imposible desandar el camino en medio de la repartija. Le pide un segundo. La pasajera (pelo color zanahoria, 45-50 años) se pone agresiva, la apura, le pregunta el nombre, el apellido, como si fuera policía, y le repite en la cara el nombre y apellido cual mafiosa de salón. Lo certifico: una mujer de clase media viajando en clase económica, como cualquier hijo de vecino, pero que se cree patrona de la azafata. La regla no falla casi nunca: las mujeres de clase media, media alta, centran su maltrato en mujeres subalternas, pobres, con menos recursos económicos y simbólicos; en este caso, la pifió. Estuve a punto de intervenir. Cuando la mujer finalmente cruzó, masticando bronca, le dije a la azafata: “Argentina mala leche”. “Estoy acostumbrada”.
3.
El postre del menú era chocotorta. Mi fanatismo por lo dulce me obligó a preguntarle a otra azafata (conociendo de antemano la respuesta) si se podía comprar otra porción. Con una sonrisa de par en par, respondió: “Tranquilo, te traigo otra”.
Sobre Althusser necesito dejar constancia de la claridad de los conceptos vertidos, la seguridad con la que enfrenta las circunstancias. Es un soldado del materialismo histórico y dialéctico, defiende su territorio y trata de ampliarlo: la filosofía marxista. Es preciso generar las condiciones teórico-prácticas para que el proletariado pueda disfrutar de su revolución. Quizás sea un poquito dogmático, el dogmatismo propio de quien está seguro de las cosas por haber estudiado sus leyes. Althusser tiene tanta razón que sus posiciones se vuelven absurdas. Nada de desvíos, nada de confusiones ideológicas.
“La ciencia marxista leninista –escribe–, que está al servicio de los intereses objetivos de la clase proletaria, no podía ser el producto espontáneo de la práctica del proletariado”. Ahí surgen Marx, Engels y Lenin, poseedores de la alta cultura, que desde afuera de la práctica proletaria, siembran el terreno revolucionario.
1° de noviembre
00.25
Casi me olvidaba del diario. Son 00.36. Se me cierran los ojos del cansancio. Hablé con Lucía, compré libros por Amazon para que lleguen a Tarragona, fuimos tres veces a Vodafone porque ignoraban cómo instalar el pack de datos móviles. Franco me acusa de haber ocupado el día haciendo trámites. Pude abrazar a Lluc y Milos, mis sobrinos catalanes.
08.49
Dormí seis horas, sin interrupciones, cosa extraña en mí, y cuando me desperté a las siete de la mañana no podía reconocer la habitación. Carecía de referencias. Fueron veinte, treinta segundos desorientado, que lúcidamente me abstuve de disolver. Gozaba de ignorar el lugar que ocupaba, pero no era sólo el espacio específico sino desconocía todo detalle de mi posición, casa, ciudad, país. Fue grandioso no ser yo por un rato.
23.29
Caminatas interminables con Franco, bromas, vermuts y conversaciones pseudosociológicas de grueso calibre.
Día festivo, la ciudad desierta salvo por algunos turistas.
El plan nocturno no ocurrió porque uno de mis sobrinos tuvo fiebre. Por otra parte, estábamos exhaustos, con pocas ganas de salir.
Con Franco (a quien conozco hace cuarenta años) tenemos en común una vida que ha dejado de ser. Nos une todo y nada. Nos une una nada que es todo. Ese hilo invisible resiste hasta un tsunami.
Caminé 19516 pasos. Un par de jornadas a este nivel y supero el promedio de pasos del 2024.
2 de noviembre
Amanece, y ya estoy leyendo Althusser. El capítulo sobre ideología produce efectos devastadores. Uno creía saber y se da cuenta de que no sabía, o que sabía a medias.
Vamos a poner los puntos sobre las íes. La ideología no es sólo la manera en que la clase explotada naturaliza su explotación (la vulgata conocida por todos) sino el modo en que la clase dominante naturaliza su dominación, es decir, cómo se convence de que está bien explotar al otro, de que son merecedores de ese privilegio. Pero debo acotar algo: el convencimiento se invisibiliza, justamente, eso es naturalizar. No es que el explotador llega a cuestionarse la posición, o la pone entre paréntesis, no, lo que sucede es que acepta las condiciones sin más, que son la suyas, pero como si fueran universales. De ahí que sus acciones jamás se conciban como fuera de la ley, ni por los beneficiados ni por los perjudicados: es lo que hay, se dicen a sí mismos, y todos felices.
Salí a caminar por la costa, a pensar en mi vida, en los errores y en los aciertos. Me siento estancado, sobreadaptado a Buenos Aires. Como si hubiese hallado la fórmula del éxito para fracasar.
Mañana, París, el verdadero diario.
Malentendidos con Lucía que intentamos subsanar. Nos cuesta separarnos, es la primera vez que estamos lejos tanto tiempo.
¿El amor no es el principal malentendido?
3 de noviembre
Aeropuerto de Barcelona. Mañana gris. En el trayecto desde Tarragona un nenito árabe miraba videos a un volumen insufrible. La madre, como si no existiera, como si fuera sorda. Mientras me arruinaban la vida yo trataba de concentrarme en el paisaje y pensaba en los árboles no como cosas que hay en el mundo, sino como el mundo mismo, sin separación.
En la sala de espera varias personas leen sus libritos para no lectores. Volúmenes inmensos compuestos con fórmulas vacuas destinadas a mantener la tensión con un lenguaje llano, comprensible. El rango etario de esta gente es entre 45 y 55 años. Clases acomodadas. Sin otra ambición literaria que llenar el vacío.
No estoy fino. Hace ocho meses interrumpí el último diario.
Son miles de subjetividades paseando enfrente de mí, y por detrás, en la cinta mecánica. Es raro porque se los ve apurados, firmes en su paso, pero a la vez parece que no fueran a ningún lado, como si todo el esfuerzo tuviese como fin único desplazarse. Una eterna caminata en un lugar al que le dicen no lugar. Pero también veo a un joven con rasgos asiáticos, moreno, trabajador del aeropuerto, parado, a doce, trece metros de distancia. Está dispuesto allí para recibir las preguntas del público. Son extremos. Los trabajadores inmóviles, asentados en su espacio, los pasajeros yendo y viniendo como hojas secas en invierno.
¿Adónde van, con sus valijas repletas, apurados, como si estuvieran a punto de perder el último tren?
El flujo, por momentos, se reduce. Pero es eso. Un flujo, no individuos. Todos juntos forman un movimiento perpetuo, una pieza más del engranaje.
Infiero, gracias a la facultad de juzgar, la humanidad que portan; a simple vista parecen máquinas artificiales.
Cruza justo una silla-robot de servicios aeroportuarios. La noto perdida, desubicada, tampoco sabe a dónde va ni qué busca. Me tienta gritarle: ¡idiota!
Me fascina verlos, tan ignorantes de aquello que los mueve.
23.12
Apenas puse un pie en París las cosas se complicaron: había comprado una tarjeta de teléfono en Tarragona con cobertura en Francia que se resistía a funcionar (ya se resistía en Tarragona, así que imaginen). Desesperado, saqué el billete desde el Aeropuerto De Gaulle hasta el centro y pagué trece euros, aunque mi hermano me había advertido que podía utilizar el pase semanal. O me vieron la cara o el joven que pretendió ayudarme se hizo el tonto. Los cuarenta y cinco minutos del trayecto los dilapidé hablando con operadores de Vodafone que intentaban guiarme con instrucciones inconcebibles. Nervioso, me perdí en la estación que debía combinar y tuve que colarme al metro 6. Así llegué, de memoria, hasta el museo de Antropología, pero resulta que al verlo me di cuenta de que era otro museo, el Musée de l´Homme y no el Quai Branly-Jacques Chirac, que me había sorprendido gratamente la última vez que lo visité. Entré igual, gratis, con mi pase de prensa, sobre todo para sintonizar el wi-fi. Era el típico museo de ciencias naturales, lleno de esqueletos, bisontes, hombres de neandertal y cronologías. La estrella, sin embargo, era la panorámica de la Torre Eiffel. Dudaba sobre el futuro inmediato. Llevaba montones de cajas de alfajores Havanna que mi familia le había mandado a mi hermano. Caminar no resultaría fácil, si bien el día estaba precioso. Entonces decidí tomar un café. A punto de salir vi que a las 18.00 se promocionaba una conferencia sobre la tiranía del cerebro. Pensé: acá está la papa. Mato dos o tres pájaros de un tiro. Reclamé mi entrada gratuita y busqué el bar más cercano. Carísimo, y para colmo me trataron como un delincuente. No les faltaba razón (esto quedará para otro capítulo). Antes de reingresar al museo compré la Navigo semanal. Por fin me salía una. Le mandé mensajes a mi hermano para arreglar el encuentro. Vive en Vitry, y sin internet no sé llegar. La conferencia estuvo entretenida; entendí la mitad de la ponencia (el cerebro humano representa el 2% de nuestra masa corporal y consume el 20% de energía que incorporamos). A las 19.00 partí raudo para escuchar las recomendaciones de mi hermano. Fue un audio impecable. Con indicaciones precisas, muy extraño en él. Debía tomar dos subtes y un tranvía. Rumbo al subte contemplé extasiado la Torre Eiffel, iluminada, y me tenté con un video para La Ansiedad Filosófica. Todo mejoraba, salvo por el error que cometí al tomar el segundo subte (veinte minutos de retraso). Luego, al descender del tranvía me tocan el hombro y era Emiliano con su guitarra a cuestas. Pasamos por el super, compramos dos cervezas, hummus, pan y milanesas. Yo estaba realmente excitado, no había dormido, no había comido, me creía inmortal. Un amigo me respondió por audio: pareces merqueado, culeado. Es la merca de la vida, armarse una épica con casi nada.
4 de noviembre
Jornada ambigua. Menos merca. Pequeños reveses. El museo de Orsay repleto, al Moderno me impidieron ingresar porque estaban cerrando, al de Antropología lo consumió la corrección política. Por suerte, a la mañana habíamos ido con Emi al Mac Val (Musée d’Art Contemporain du Val-de-Marne), después de ingerir un desayuno fenomenal en un bar de Place d’Italie que se llama P’tit Coco. Costaba 10.5 euros por cabeza.
Hablamos bárbaro con Lucía. Estaba más linda que nunca.
Mi hermano se prepara para irse a Ginebra a las cinco de la mañana. Miércoles parisino a mi entera disposición.
En Instagram me reclamaron un diario. Aquí está.
5 de noviembre
Incursión al Auchan. Compro lo mínimo para el mediodía y la noche porque quizás vuelva tarde, sin comer, y el super ya esté cerrado. Decido utilizar las cajas automáticas, en las que el cliente es, a la vez, empleado. Le sacamos el puesto de trabajo a alguien gratuitamente. ¡Qué hallazgo! Me resistí hasta ahora, pero la resistencia tenía más que ver con no saber usar el dispositivo que con la lucha de clases. Como era de esperar, todo me salió al revés. Nervioso, apelé a la empleada a cargo de las diez cajas y finalmente pude resolver la operación. Pero transpiré. Hay algo del no saber que me atenaza: el que no sabe frente al poder del que sabe. Me nublo, mis facultades retroceden, de pronto enmudezco, y adiós al lenguaje. Todos mis problemas se sintetizan en la fórmula poder-saber o, mejor dicho, no poder-no saber, demasiado foucaltiano para ser psicoanalítico.
Cuando no sé, no puedo, o cuando creo que no sé, no puedo. ¿O creo que no puedo? Acá surge una tensión lingüística interesante. Uno puede no saber algo o creer no saberlo, ¿es lo mismo? ¿Y no poder algo equivale a creer en esa imposibilidad? ¿Puedo hacer algo que creo que no puedo? ¿Podría saber lo que creo no saber?
Le conté a uno de mis editores de El ojo del arte sobre la crisis profesional que estoy atravesando. No es creativa ni disciplinaria, podría seguir con la maquinita prendida hasta el final de mi existencia, pero ¿eso deseo? ¿Es eso el deseo?
6 de noviembre
El contraste entre mi barrio y la Fundación Louis Vuitton no puede ser más ostensible: desde la ropa hasta la fisonomía de las personas, los fenotipos, los gestos, las imposturas. Por ejemplo, alrededor de la estación RER C de Vitry la gente merodea, se junta en grupos de dos, tres o cuatro, cuchichean, urden planes, traman misterios; llevan cosas, pero no van a ningún lado. El idioma menos frecuente es el francés (acá tienden a converger: en la Louis Vuitton se escucha alemán, italiano, ruso, etc.). Es un barrio de inmigrantes ubicado en las afueras de París. La periferia de la periferia. Una Babel sin remordimientos.
Prefiero no extenderme sobre la muestra de Gerhard Richter.
Uno de los objetivos del viaje era asistir a la presentación de Las Walkirias, de Richard Wagner. El día anterior mi hermano aseguró que se suspendía la función por un inconveniente en la garganta de uno de los cantantes. A media tarde, cuando me dirigía al taller de Juan Gugger me avisó que la función (era el preestreno) finalmente se iba a realizar. Desistí, por la distancia. Otra pena.
7 de noviembre
Mañana de trabajo: me dio la devolución de mi último libro el mejor escritor argentino vivo. Me reservo los detalles. Falta concentración, trabajo y confianza en mis determinaciones.
Sería más o menos así: tomar un camino y estrellarse.
Caos en la ciudad. Ningún medio de transporte funciona correctamente. ¡Colapso! Es frecuente esta clase de episodios. Los únicos que lo ignoran son los turistas felices de tirarse sus treinta y seis horitas en París.
Entramos a Galeries Lafayette y contemplé anonadado el punto más bajo de la condición humana: un espécimen (ruso o italiano) probándose un reloj Gucci (o similar). No pude soportarlo.
Se presentaba András Schiff junto a la Filarmónica de Israel con un repertorio fantástico de Beethoven y Tchaikovski. Sabíamos que la cosa era complicada, pero decidimos ir igual. Apenas llegamos al edificio (la Filarmónica de París) advertimos un nivel de seguridad infrecuente, corroborado por el retraso del inicio del concierto. Se respiraba cierta tensión, aunque nada del otro mundo. Entran los músicos, el pianista, y empieza a sonar Emperor. No duraron cinco minutos que se escuchan los gritos de una chica, que lanza unos volantes y entre tres o cuatro espectadores la retiran de la sala. Ese fue el indicio de que la jornada no se desarrollaría normalmente. Varias personas abandonaron el recinto, hubo aplausos y el concierto continuó. Cinco minutos después, otro joven, dos filas debajo de nosotros, enciende, a grito vivo, una bengala y ahí sí se desató la locura. Los espectadores de alrededor quisieron controlarlo, de diferentes formas, más o menos violentas. Nadie sabía si portaba un cuchillo o un arma de mayor calibre. Increíblemente, no apareció ningún policía, solo un tipo de seguridad privada que tenía menos idea que nosotros de cómo actuar. Separaron al joven, le pegaron un poco y se lo llevaron. Resuena todavía el pedido de la señora de la butaca de al lado: “¡Masácrenlo!”. Por supuesto, como tanta gente, no aguantamos el clima y nos fuimos. No éramos convidados para esta velada.
Comimos una hamburguesa en un bar que antes de sentarnos estaba semivacío y luego se llenó (Emi sugirió que nuestra presencia era la causa de la afluencia de comensales).
Volvimos en Uber. El transporte seguía funcionando mal. Ahora entiendo Playtime de Tati.
8 de noviembre
Superé el promedio de pasos diarios de 2024.
Había estipulado tres reuniones para el día de la fecha: 12.00, 13.30 y 16.00
A las 11.50 estaba en L’enticelle. A la hora señalada le escribo a Miguel B. Nada. Me agarré una bronca tremenda. ¿Podría haberme avisado, no? Seguí leyendo mientras asumía que la mayor parte de los planes de este viaje se han frustrado. En ese instante tuve una revelación: lo que es malo para mi vida es bueno para el diario.
Miguel llegó. Se había confundido, creía que el rendez-vous era a las 13.00. Charlamos amistosamente, nos contamos los proyectos de cada uno (él es galerista) y quedamos en volver a cruzarnos en algún lugar del mundo.
Al rato me encuentro con Manuel V., escritor rosarino, abogado, francófono. Caminamos, tomamos un café, expusimos puntillosamente nuestras ilusiones de gloria.
Por último, atravesé toda la ciudad para reunirme con Alberto Yaccelini, director de varios documentales y montajista de nada menos que Invasión. Le gusta contar anécdotas, buenas o malas, y lo hace con mucha gracia. Después del café recorrimos su barrio, visitamos el club donde a los 80 años juega a la pelota y en medio de la caminata lanzó: si hubiera tenido la misma audacia en el cine que en el fútbol… Le pregunté qué significaba. Se refería a cómo organizó su carrera, de un modo quizás demasiado diletante. Yo le dije que él había construido una obra, con destellos que perduran hasta hoy y que siempre nos lamentamos por algo que no hicimos o hubiésemos querido hacer mejor.
La última parada del día (ya sin fuerzas) fue la Bolsa de Comercio. Exposición: Minimal, con piezas descomunales en su sencillez. Crearon un clima, un tono, como si cada sala escondiera un secreto imposible de revelar, como si cada obra estuviese a un segundo de explotar.
Leo una biografía de Descartes que compré por dos euros en una librería de usados perteneciente a un grupo comunista de Vitry.
Hablamos con Lucía hasta tarde. El reencuentro es inminente.
9 de noviembre
Dos muestras: George La Tour y George Condo. Varias en el Palais de Tokyo. El pase de prensa es un salvoconducto imbatible. En la muestra de La Tour sorteé una hora de cola. Parece que el robo al Louvre no encendió ninguna alarma.
Recital de jazz. Lejos. Demoramos una hora y veinte (continúa el mal funcionamiento del transporte). La sala es famosa, había bastante público. Donamos cuatro euros.
No sabemos quiénes somos verdaderamente hasta que lo demostramos. Vimos Le mepris, un hombre se quedó dormido. Estoy cansado de tanto caminar.
Último día.
Siento que estuve y no estuve. Que visité otra París. La que no aparece en los mapas ni los catálogos de moda, la París de los arrabales, los descuidistas, los trashumantes. Sin embargo, es imposible negar que visité la París utópica, la imaginada, esa ciudad que oscila entre nostalgia y deseo, destrucción y modernidad.
París se devora a sí misma desde sus orígenes, lo que explica la eterna nostalgia por la vieja París de ensueño. Ya no es cómo era, se quejan propios y extraños. Pero París es una ciudad que nunca fue.
10 de noviembre
9.23
Mi hermano me acompaña a Orly. Un año y medio sin vernos. Nos despedimos hasta julio.
23.53
En cada lugar que visitamos genero confusión. Franco dice que los empleados sienten que es viernes (y es lunes). A él, en un par de horas se le fueron diez años. Exagera, como siempre. El episodio más gracioso sucede al recargar dos tarjetas de autobús. 15 euros por un lado, 13 por otro. La encargada usa la calculadora, pidiendo disculpas. Franco asegura que la mujer tenía un premio Nobel de matemática y mi presencia la desestabilizó.
11 de noviembre
Mi última acción consiste en desordenarle la mañana a Franco. Les digo a los chicos que en vez de ir a la escuela vamos a McDonald´s. Les aseguro que tienen que abandonar los estudios. Doy discursos frenéticos sobre la institución escolar mientras Milos y Lluc se ríen y me miran como si estuviese loco.
18.32
En el aeropuerto me entero de que cancelaron un vuelo de LEVEL, pero como llegué ¡siete horas antes!, no era mi vuelo. ¿Y si el mío también se cancela? El panorama se oscurece, pero cuando me detengo a pensar advierto que la oscuridad surge sólo por haber llegado con demasiada antelación (el último autobús desde Tarragona era a las 17.10, mi vuelo a la 1.30). De haber seguido todos los carriles normales (llegar tres horas y media antes), nada de esto habría sucedido. Es una clase especial de malentendido, que se produce por contar con elementos de más para realizar el análisis.
Me aproximo a la fila de argentinos apurados. Detrás de mí se apuesta un grupo de ocho o diez, son parejas que se encontraron de casualidad en alguna excursión y vuelven a cruzarse. Emiten una estupidez tras otra, con la pasión crasa de los ignorantes. Concluyo que mi objeto de desprecio privilegiado son los argentinos en los aeropuertos. Era algo que venía sintiendo de larga data, pero que se hace carne recién hoy.
¿Por qué escribo diarios? –el avión despega.
Porque necesito, desesperadamente, construir una experiencia, un paisaje interior.
Etiquetas: Diario, Europa, Louis Althusser, Manuel Quaranta, París-, Tarragona, viajes

