Blog
Por María José Nacci
El libro de ficción de la periodista Cecilia Lasmartres me tomó por sorpresa. Nos cruzamos de total casualidad en Instagram. Algunos meses atrás por obra y gracia del algoritmo. Intercambiamos mensajes sin presiones. No nos conocíamos ni teníamos conocidos en común. Me gustaron sus fotos y cómo se la jugó por la escritura. Y, en particular, el título elegido para su primera novela que retoza en lo que se invierte, en todo sentido del término, en la construcción de una familia, todos los días de la vida, sin feriados ni respiros.
En su primera novela, El tiempo invertido, Cecilia se adentra en una ficción muy parecida a la realidad. Sobre todo, en lo referente a la intimidad de un matrimonio, con o sin registro consciente. O, mejor dicho, con un registro íntimo de la comodidad e inercia que impulsa ciertas situaciones. No sólo respecto a la maternidad o la familia construida sino respeto a la familia de origen y las expectativas sembradas desde la primera infancia. No lo aborda como manifiesto feminista o ejercicio intelectual emancipatorio. Para nada. Escribe desde un lugar diferente, íntimo, simple y genuino.
¡Me tomaste por sorpresa Cecilia! Con tu libro atravesaste algunos de los pilares de las prenociones clásicas de la cuestión social: clase, género y raza. Y agrego en este caso una más: pedigree. A simple vista, ambas somos mujeres más o menos de la misma edad, y disculpen lo anticuado del término, de la misma clase social. Mujeres sis, madres, profesionales, escribimos, estamos casadas con varones y somos de ascendencia europea. Tan parecidas y diferentes a la vez. Mas allá de mi trayectoria feminista poco ortodoxa, somos contemporáneas y pertenecemos al mismo gremio, ese que no precisa afiliación: el de las mujeres.
Sin embargo, quien esboza estas líneas es nieta de inmigrantes italianos y vascos. Vaya mezcla explosiva propiciada por nuestro preámbulo constitucional. Del país del Dante, confieso ascendencia calabresa y pugliesa. Mi nouvelle El Viejo Mercado (Qeja, 2024) se centra en las andanzas de un niño de 12 años en los años cuarenta, primera generación de inmigrantes italianos. Mi papá, que inspiró al niño José de la ficción, de grande y en su vida real, tuvo rango de embajador y sirvió al cuerpo diplomático más de 50 años, pero siempre se percibió como un «laburante de lápiz, papel y goma de borrar”. No fue socio activo del Jockey Club, aunque estaba siempre invitado. Hijo del milagroso meteorito del ascenso social argentino de mediados de los años cincuenta, mi viejo se enorgullecía de que su hija fuera doctora, pero “de verdad”, decía, no como los «bogas« que usan el mote “doc” antes de sus nombres por una acordada de la Corte. Así es cómo logran ser llamados (con cariño) “dotores” sin «c«.
Cecilia, quien también fuera primero abogada y luego eligiera ser periodista y escritora, leyó mi novela justo en un viaje suyo a Nueva York y me transmitió cómo la disfrutó. A Nueva York, precisamente, llegó un siglo atrás mi abuelo Cosme, el papá de José. Allí, tras una verdadera catábasis transatlántica en tercera clase (porque no había cuarta, acotaba siempre mi viejo) comienza L’America: precuela de El Viejo Mercado, cooming soon.

«El tiempo invertido» (Metrópolis Narrativas) de Cecilia Lasmartres
Nobleza obliga
Debo admitir que Cecilia me punzó con su estilo directo. Escribió una historia sin vueltas. Sin artilugios literarios ni bordados estilísticos. Con sinceridad. Con simpleza. Como si la historia no le pesara. No porque sea liviana en términos de poca profundidad, sino por la cadencia de lo cotidiano. Y, sobre todo, por lo atractivo del estilo: sin tapujos, sin justificaciones ni floreos innecesarios. Va al punto. Es franca. No casualmente su novela (Metrópolis Narrativas) va por la cuarta edición e interpela a mujeres reales, de flesh and bond, que se sienten identificadas con la protagonista y el viaje emprendido por un grupo de amigas a través del cual replantea su vida. La historia apela a la vida cotidiana. Es íntima. No tiene un posicionamiento ideologizado o victimizado. Se desliza sin estridencias como si nos lo contara una amiga:
Lo peor para él era llegar a casa y no encontrarme. Así que la cosa fue decantando sola.
De repente ya no estaba poniendo lo mejor de mí en mis proyectos de trabajo. Cada vez tomaba menos encargos porque tenía miedo de no cumplir y eventualmente, tal como quería mamá, la carrera devino en un pasatiempo. Ocupación principal: mujer y madre. Hobby: decoradora de interiores. Me dije que mis decisiones tendrían su recompensa, que el tiempo para la familia es tiempo bien invertido. Nunca imaginé que un día me descartarían como a un par de medias viejas.
Sobre su proceso creativo Cecilia cuenta con naturalidad: «Siempre tomé notas de las aventuras de mis amigas, observaba y llevaba un cuaderno donde anotaba anécdotas. Eso después me sirvió para escribir. Claro, lo que se narra siempre es un recorte, un patchwork de la realidad«.
De cómo la realidad inspira la ficción y de cómo la ficción nos permite transitar la realidad es de un poco de lo que va la literatura. Por algo es la gran fuente de cualquier investigación histórica original, esa fuente ecléctica pero genuina como los dibujos hechos en una caverna. Esa huella de humanidad, esa forma expresiva comunicacional que sin base documental se hace con los retazos de realidad de una época, de una cultura o un lugar. La literatura resguarda algo de lo no dicho en ningún estudio sociológico o antropológico y es precisamente eso lo que la postula como fuente tan atractiva para hacer viajes en tiempo y espacio. No nos olvidemos que Recuerdos de Provincia y El Facundo, dos obras sociológicas fundantes argentinas, son novelas sarmientinas. Ni hablar de Argirópolis, esa utopía rioplatense que hasta se ha señalado como antecedente remoto del Mercosur.
Confesiones de una amiga
Volvamos a la obra de Cecilia. A lo que me ha resultado atractivo y simple a la vez. Eso que casi se susurra entre amigas en un momento de complicidad. Entre quienes tienen real cercanía, Amigas que funcionan como espejos en los que nos miramos. Como esos reflejos que, en sus diferencias y similitudes, nos devuelve otra imagen de nosotras mismas. Eso hace Cecilia con su novela. Nos permite espiar algo de la vida de un grupo de amigas y reformular algo de la propia en un viaje de complicidad. La protagonista resulta valiente porque asume, desde el principio, su propia cobardía. Su complicidad ante un estatus quo. Y hace un viaje transformador. Aunque la atraviesen la tristeza, el enojo y los mandatos familiares, reconoce complicidad ante lo evidente. Acepta. Posterga. Es cómoda y luego, decide. No es víctima sino, por el contrario, responsable de sus propias decisiones en un rol estereotipado y eso resulta interesante.
Cecilia escribe sin culpa de clase. Escribe y ya. Sin grandilocuencias. Te atrapa ahí, en el viaje que traza con sus amigas, con sus “otras yo” necesarias. Con las interlocutoras que, para nosotras, mujeres, son las amigas. Esos necesarios espejos en los que nos vemos reflejadas, diferenciadas e identificadas, aunque no siempre queramos. Que nos evidencian, diferencian y muchas veces, también nos guían. Íntimamente. Que nos salvan incluso de nosotras mismas, de nuestros prejuicios o juicios nublados. Que nos rescatan. Y eso no tiene precio. Es un tesoro inconmensurable. Extraordinario, real y cotidiano.
A ellas, a las amigas, Cecilia dedica su libro.
Agradezco a Cecilia por eso. Porque da espacio a la intimidad de lo propio y de lo compartido en la intimidad de una amistad que nos construye. Que no sólo precisa uno o mil cuartos, intertextualidad mediante, sino sinceridad. Y, eso tan valioso encontré en este libro.
Léanlo. Cómo anticipa el título de esta nota: sin juicios ni prejuicios, sólo con sentimiento.
* Portada: Detalle de «Santa Justina y Santa Rufina» (1817) de Francisco de Goya
Etiquetas: Cecilia Lasmartres, Francisco de Goya, Libros, María José Nacci

