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30-01-2026 Notas

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Por Guillermo Ganzini | Portada: Christine von Diepenbroek

«[…] Pobreza de la experiencia: eso no hay que
entenderlo como si los seres humanos anhelasen
experiencias nuevas. No, al contrario: anhelan
liberarse de las experiencias, anhelan un mundo y un
entorno en el que puedan hacer valer su pobreza»
Walter Benjamin

 

I.

Uno oye decir, por ejemplo, cosas de todos los días, sobre los beneficios de “vivir nuevas experiencias”, “salir de nuestra zona de confort” y “estar siempre en busca de lo nuevo”. Como quien se calza las botas de viajero y se aventura hacia lo desconocido, pretendiendo lograr así, por puro voluntarismo, expandir su horizonte de posibilidades. Nos dicen esto y lo aceptamos con ojos poco desconfiados, porque, de alguna manera, nadie puede negar que “vivir nuevas experiencias” es beneficioso para la vida. El problema surge, creo yo, cuando no podemos ver la trampa que se esconde en todo este tipo de “decires” que hoy circulan por donde se mire. 

Fue Walter Benjamin quien señaló que, cuando los combatientes regresaban de la catástrofe de la Primer Gran Guerra, no lo hacían más ricos en experiencias compartibles, sino que volvían enmudecidos, incapaces ya de narrar nada. Esta es la verdad que nos regala Benjamin hace casi un siglo: la experiencia no tiene que ver con el conocimiento, sino con la autoridad de la palabra y el relato. Y hace rato –solo hace falta aguzar el oído– que nuestra cultura occidental es incapaz de ligar la verdad de lo que vivimos con una experiencia narrativa. Pero, ¿por qué esta pobreza narrativa? ¿Por qué la pobreza de la experiencia? Veamos.

Siempre me resultaron insoportables los consejos de vida que dan las gentes. Sean estos consejos venidos de la familia cercana, de un amigo de toda la vida, o de absolutos desconocidos. Me irrito cada vez que escucho a alguien con ese tonito dulzón que, como una suerte de palmadita en la espalda, te tira sobre la mesa la autoridad de “haberla vivido”. Uno oye decir, por ejemplo, frases que comienzan casi siempre así: “vos esperá”, “ya te va a llegar”, “con el tiempo vas a entender”. Pero lo cierto es que quien enuncia el vaticinio que asegura “lo que a uno le va a pasar”, cree que la experiencia se repite y que, en mayor o menor medida, es enseñable, que siempre cabe esperar que a uno le ocurra lo que le pasó al otro. El problema es que –seguro vos lo sabés–, cuando tenemos una experiencia, jamás es, ni por asomo, “como te la contaron”.

Recuerdo un episodio de hace unos años, cuando estábamos por empezar a convivir con la Negra, mi pareja. Mi hermana me dijo: “Mirá, al principio seguramente va a andar todo bárbaro, pero a los ocho meses empiezan los verdaderos problemas. Tené cuidado. Hablen lo que haya que hablar. A mí, con Mauro, me pasó así”. A veces sorprende hasta qué punto puede llegar el grado de certeza que sustenta un consejo. Es que la autoridad del consejo, al menos de aquellos basados en la experiencia vivida, se fundan única y exclusivamente en el saber dado por la experiencia propia. Claro está que, como decíamos hace segundos, es una verdadera trampa creer que la experiencia propia va a ser idéntica a la del prójimo. Eso es lo que da risa. Eso es lo que siempre falla. Y es fácil quedar pegados, condicionados y “marcados en carne viva” por estos “decires” que, la mayoría de las veces, no se hacen desde la mala fe, sino desde la creencia errónea de que la experiencia de “mengano” es susceptible de generalización y, por tanto, universalizable. 

Me acabo de detener especialmente en los consejos fundados en la autoridad de la experiencia singular. Pero existen también consejos de vida cuya autoridad tiene un origen popular. Se trata de saberes prácticos de una comunidad, condensados en expresiones que toman la forma de máximas o proverbios. Sin embargo, es innegable que este modo de transmisión de la experiencia colectiva, ya no tiene vigencia en una cultura como la nuestra. Y, si la ha perdido, es porque fueron reemplazado paulatinamente, primero, por la profusión de los libros de autoayuda enarbolados bajo la matriz ética del management empresarial (desde los años setenta, los famosos “how to” yanquis). Y, más recientemente, por un arsenal de consejos de vida y fórmulas sobre “cómo vivirla bien”, que nos llegan empaquetados, ya no en libros de autoayuda, sino transformados en datos e información: tips, tutoriales, técnicas facilitadoras, reels explicativos difundidos por youtubers, tiktokers, influencers, etc., etc., etc.

 

II.

Quizá sea buena idea homenajear la etimología del término “experiencia” para obtener algunas pistas sobre la cuestión que hoy nos interpela. Entrever qué sustancias inmemoriales acarrea un término para orientarnos cuando estamos algo extraviados, puede ser una gran ayuda.

En sentido etimológico, “experiencia” viene del latín experientia. El “ex” se refiere a “lo de afuera”, mientras que “peri” alude a “probar”, pero también a lo peligroso que implica un “pasar por”. La partícula “ex” es lo que “viene de otra parte” (¿de otra tierra?); esto es: lo absolutamente extraño y ajeno a nosotros mismos

Llamemos a eso absolutamente extraño “lo desconocido de nosotros mismos.” 

Lo sabemos bien: nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Esas oleadas que “no se saben” (como dice Jean Luc-Nancy), hechas de la sustancia de la más cruda ajenidad, son la cosa más brava para cada quien. Eso lo sabés bien, pero no te lo dijeron del todo bien. La pregunta para nosotros, entonces, parece ser siempre la misma: ¿cómo apaciguar aquello desconocido que nos desborda y nos desboca? Con el psicoanálisis aprendimos que una de las formas en que “lo desconocido” dice sus verdades es a través del síntoma. Y esto sucede así por más que nos guste o no; pero, por sobre todas las cosas, por más que lo sepamos o no. Las histéricas de Freud nos refregaron por el rostro esta verdad a fines del siglo XIX. 

Porque sin la irrupción de lo desconocido, no habría experiencia posible. Esto es: lo nuevo no se puede reducir a lo conocido. Pero pareciera –y cada vez más– que en nuestra época las experiencias cotizan en bolsa, como si se tratara de acciones en las que uno invierte pero sin apostar, en el fondo, absolutamente nada. No es fácil tener una experiencia. Es lo que siempre escasea. Por eso Walter Benjamin discernía –con razón– entre vivencia y experiencia, y solía decir que la vivencia es un acontecimiento superfluo que no se enlaza con la memoria; mientras que la experiencia es lo que se sedimenta y transmite, lo que se convierte en relato y herencia compartida.

 

III.

Nuestro poder de ser afectados por lo que nos visita desde un territorio ajeno –que jamás puede ser el del propio narcisismo– es lo que hace posible algún tipo de aprendizaje. Pero, ¿cuáles son esos modos de conocer propios del extranjero? Uno de los temas que me interpelan hace tiempo tiene que ver con la relación entre conocer y padecer (o la relación entre saber y experiencia). Creo que fue en un curso de Darío González (profesor de filosofía especializado en Kierkegaard) al que asistí hace unos años, donde se plantó esa pregunta. González trazó con minuciosidad un itinerario de los múltiples caminos que el concepto de “experiencia” fue tomando a lo largo de la historia occidental, deteniéndose en distintos filósofos, y subrayando las grandes rupturas epocales. En especial la de la modernidad, donde el concepto tradicional de experiencia se ve definitivamente trastocado.

De los apuntes que aún conservo, me gustaría señalar que: para los griegos antiguos la experiencia se caracterizaba como un pathei mathos (παθεί μάθος), esto es, un aprendizaje dado a través del sufrimiento (podemos encontrar esta idea en Esquilo y su Orestíada, por ejemplo). La sabiduría se adquiría tras la experiencia que hiere y marca el cuerpo. Por eso, la enseñanza que daba la experiencia no se podía anticipar ni prever, sino que venía de golpe, de la más cruda pérdida o del error no premeditado (como en el caso de Edipo). 

En suma: una experiencia nunca es sin sufrimiento, esto es lo que griegos sabían muy bien. Y si una experiencia se sufre (en el sentido de que “se padece”) es porque nos modifica y nos transforma; y si nos transforma, es porque nos afecta; y si uno no se transforma al experimentar, si no pierde nada de sí en ese salto entre dos extremos inconmensurables en el instante decisivo (como diría Kierkegaard), si uno no pone en riesgo algo de su ser en ese salto, entonces, a fin de cuentas, podría decirse que no ha experimentado nada.

Esta manera de vincularnos con la experiencia tradicional es la que se desplaza definitivamente en el proyecto de la modernidad, donde el sujeto debe acceder a la verdad mediante un método que no exige ninguna transformación. Hay, pues, un sujeto de conocimiento que, en tanto tal, conoce sin ser afectado, sin transformar su química subjetiva. Esta idea es la que seduce a Michel Foucault en su seminario La hermenéutica del sujeto y que está presente en toda la etapa final de su obra (donde se interesa por la ética del cuidado de sí y las tecnologías del sujeto). Es, asimismo, la pista que sigue Bruno Bonoris en su libro El nacimiento del sujeto del inconsciente.

El auténtico parto de la ciencia moderna –acierta Bonoris– está dado en la desconfianza hacia la experiencia tal como tradicionalmente se la concebía. Esta nueva relación que la modernidad, funda entre el hombre y la experiencia, y que Walter Benjamin, al unir material y teoría para hacer un montaje de los desechos de la historia del siglo XX, sentencia como “absolutamente pobre”, se caracteriza por una pretensión de conocimiento puramente abstracto, despojado de todo contacto directo con los objetos. 

Es sabido que la ciencia ubica la empiria en el registro del “experimento”, pero lo que intenta decirnos Benjamin con su teoría mimética de la experiencia es otra cosa: ante todo, el conocimiento por abstracción atenta con saña contra ese otro modo de conocer tradicional, que él llamaba “saber sentido”: una especie de “conducta sensorial del hombre hacia las cosas”. Benjamin tenía una visión materialista de la experiencia, pues lo importante para él era el acercamiento y el modo en que las cosas, ellas solas, se nos acercan. Pero, para que tal cosa ocurra, es necesario dejar que los objetos entren en nuestra vida y abrir los poros de una sensibilidad otra. Es necesario un despertar sensible y onírico, cercano al que Benjamin encuentra, por ejemplo, en la experimentación con el opio, pero también en los surrealistas, que veían en el sueño esa luz residual que hunde a los objetos en una especie de acuario, haciéndolos a la vez tan lejanos como próximos. 

Rolf Tiedemann, el coeditor de la obra completa de Walter Benjamin, define este modo de experimentar benjaminiano como un “pathos de la cercanía” o como un “empirismo sutil”. No se equivoca.

Una reflexión concreta sobre la materialidad de lo cercano tiene que ver con la posibilidad de hacer de la experiencia una vida narrativa. “Narrar para dar vida” refiere a esa capacidad que tenemos de “poder hablar” sobre lo que nos pasa, sin caer en la trampa del lenguaje vacío y estereotipado. “Poder hablar”, de otra manera, acerca de lo que nos es afín, lo que nos condiciona, lo que nos concierne y nos atraviesa, lo que nos marca y nos toca, los saberes que nos perforan y nos aguijonean. Y, si uno presta atención, es una regla amañada: cuesta “hablar verdaderamente” de lo que no nos compete. Y cuando digo “lo que no nos compete”, me refiero a aquello que verdaderamente “no nos interesa”. 

 

IV.

Sucede casi siempre así: algo es señalado en la esfera pública como “interesante”, entonces nos interesamos por ello y, acto seguido, otra cosa “interesante” viene a ocupar su lugar. En todo caso, se trata de un problema digestivo: la asimilación indiscriminada de acontecimientos nos ha fabricado unos estómagos demasiado pequeños, pero voraces. Y, acaso, ¿no vivimos un poco así, demandando un nuevo alimento cada día, siempre arrojados a la cata de todo lo nuevo? Y sucede, sobre todo–y cada vez más– en el régimen de la opinión política (término que tomo de Diego Valeriano), donde pasamos de una novedad a otra, sin pausas ni detenimiento, donde nada es lo suficientemente importante como para captar nuestra atención más de lo que dura un relampagueo. 

En todo caso, como insiste Giorgio Agamben en su ensayo Infancia e historia: destrucción de la experiencia y origen de la historia, se trata de un problema de subjetivación: es imposible subjetivar los acontecimientos de la vida cotidiana porque, como sujetos modernos, ya no podemos darnos el aire –ese tiempo cualitativo de la elaboración sensitiva y racional– para que algo “nos pase” verdaderamente con todo lo que “todo el tiempo pasa”. Quizás se haya falseado definitivamente –habría que ver si alguna vez anduvo del todo bien– esa suerte de “punto aduanero” que nos permitía separar la paja del trigo, es decir, que nos permitía distinguir lo que debe permanecer en nuestro interés de lo que no. 

 

VI.

El problema de lo que se nos presenta como “lo interesante” es que está siempre sometido a la impaciencia consumativa del instante presente, la cual coincide —o, al menos, no dista en demasía— de los objetos que se nos presentan bajo la matriz del periodismo; una matriz que, ya en tiempos de Benjamin –tiempos que también son los nuestros–, había establecido las bases de una relación puramente instrumental con la lengua. 

¿Por qué el periodismo? Benjamin le otorga la máxima importancia porque, desde el surgimiento del periódico y el auge de la prensa moderna hasta nuestra actualidad, viene ocurriendo una decadencia de la cultura escrita que hace de la palabra (esto es: de lo dicho y de la circulación de discursos), el espacio privilegiado de la información. Es lo que Benjamin llamó la literalización de la existencia. Si las experiencias nos fueron expropiadas, es porque la palabra, antes que vehiculizar afectos, solo hacen circular informaciones. El problema es que la información, al estar despojada del componente afectivo, constituye el exilio de la verdad como experiencia narrativa. Eso es la pobreza de la experiencia. 

 

VII.

Lo sabés muy bien: nos embadurnaron hasta la médula con esa figurita del emprendedor que asume riesgos y da saltos hacia zonas ocultas. Pero sabemos también –creo que vos lo sabés– que esto es absolutamente falso. De más está decir que este exorbitante elogio de la experiencia, que tanto se oye y se vocifera en todas partes, es un verdadero chantaje. Si uno presta atención, estas insistentes invitaciones a “vivir la vida”, a “emprender y asumir riesgos”, poco se diferencian de la letra de una prescripción médica. Se nos ofrecen experiencias del mismo modo que se prescriben dietas y ansiolíticos. Como si experimentar “hiciera bien”, como si experimentar fuese algo “recomendable para la salud”.

¿Cómo no interrogarnos acerca de una cultura que ya no es capaz de experiencia, sin hacer pasar a esta –a su doble, a su gemelo maldito– por una performance de “emprendedores que se arriesgan a todo”? Esto es, sin hacer de la experiencia una especie de “mentalidad de inversores” propia de “brokers de bolsa”, “traders” o “jugadores” obsesionados con el riesgo y la apuesta. 

Hemos criado con sangre, las larvas que hoy devoran poco a poco nuestra capacidad de vivir experiencias fértiles.

En ninguna otra época histórica el contacto con lo inesperado estuvo tan eludido como en la nuestra. La “pobreza de la experiencia” que denunció Walter Benjamin hace casi un siglo, hoy nos ha llevado al borde de un grado de “intensidad=0”; esto es, el punto mortífero del “riesgo 0” al que podemos llegar, cuando el propio deseo se encuentra totalmente entrampado y recodificado en las redes de valorización del capitalismo libidinal.

Pareciera como si la gente viviera experiencias… ¡pero no! Las experiencias están deshechas y han sido recodificadas hasta en lo más mínimo. Lo absolutamente inclasificable hoy está ya clasificado.

 

 

 

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