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Por Diana Rogovsky
Cuando enfrentamos los postercitos en las plataformas, como en supermercado maravilloso del arte, cuesta decidir. A veces un comentario, una reseña al pasar o una acción espía en la pantalla de otro navegante de producción audiovisual terminan por conducir la opción.
Otras veces queremos en realidad huir del arte en esa contrastación que el cine, análogo aparente al mundo en resonancias, acopia y migramos hacia aquello que antes, quizás, se llamaba industria del entretenimiento.
Pero, como en una buena receta de cocina, algunas pizcas de arte en el menú harán que luego nuestras vidas puedan ser un poco mejores. Lo que ocurre en la pantalla nos hace ver distinto lo que ocurre fuera de ella, en el mundo.Ya Aristóteles habló de catarsis, admiración, terror, risa en su Poética y seguimos con él, por ahora.
En esa tónica vimos The Bear, primera temporada y media de la segunda, y quisiera ponderarla, al menos, por sus efectos. Aunque la creo portadora de variados méritos.
Uno de ellos es el entusiasmo que despierta por cocinar, conocer de frutas, verduras, ferias, técnicas de cortado, tiempo de trabajo y limpieza. Recorrer una ciudad, sus especialidades, ritmos y producir ensayos en casa a través de la cocina puede ser el comienzo de un buen viaje. Un viaje que también recorre la Historia, la gente, las tareas de la vida, el desasosiego y el deseo de amor.
Otro de sus hallazgos es que a lo largo de los episodios ocupan su espacio los que no son los “ganadores” en la sociedad en los modelos que más machacados nos llegan. A ellos les destina planos y secuencias, derroteros, duraciones, palabras, la posibilidad de aprender y mejorar trabajando en equipos con un propósito conjunto, superador.
Ya tocando las zonas que duelen, y que desde el principio de la historia se plantean como las decisiones que no entendemos tomadas por los otros, las locuras que enferman a las familias, propone, al fin de cuentas paciencia, la práctica del respeto al trabajo, la tan mentada amorosidad y el humor. También la invención, recombinación y apuesta al futuro.
La serie está planteada en clave casi estereotípica como otras cuasi comedias que vemos con frecuencia pero no se vuelve cínica y se va corriendo un poco del código. Baila en su borde. La comunidad ítalo americana, que tanto podemos corroborar en nuestro país, aflora con toda su nítida sapiencia en la cocina y la mesa aunque también con sus melodramas y griteríos. Es ahí donde Copenhague, o podría ser Japón para el caso, aparece justo a tiempo para traer la elegancia, la cortesía y el respaldo en otro estilo: el lugar de la ceremonia reflexiva y ritual.
Entre sus rasgos de construcción estilística en tanto producto audiovisual tenemos mucha cámara que se mueve, velocidad alta y tímbrica producida mediante salpicados diálogos, abundantes planos cortos y detalles alternados con los famosos “de situación” y una musicalización que se balancea entre el comentario y el acompañamiento que colaboran en este constructo en cuyos episodios de 30 minutos, poco a poco, y apelando a su vez a numerosos flashbacks, se termina de dibujar la trama. Esta trama quizás no se explica pero hace comprender los caracteres, las visiones y pesadillas, los fracasos de los personajes y sus desafíos. Van por más, aceptan ser impulsados por un viento nuevo.
¿Se trata finalmente acerca de la familia, sobre emigrar y volver, paladear el sabor del mundo, ir tras los desafíos y en el trayecto hacer amigos, enamorarse y elaborar una obra que de gusto?
Una pizca de cada cosa sobre una base de recursos nobles encontrados y afrontando los problemas un poco a ciegas.
Etiquetas: Diana Rogovsky, Series, The Bear

