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16-03-2026 Notas

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Por Luciano Sáliche

1

Cuando llegué a la casa de mi abuela para instalarme definitivamente me sentí encandilado. No era exactamente un brillo lo que me devolvió a la vereda. Tampoco tenía que ver con esa forma metafórica del deslumbramiento, de la fascinación. Era otra cosa. La casa no era ese tipo de edificaciones a las que le sobraran ventanales; mucho menos luces (de hecho, cuando entré, no había luz: estaba cortada). Era una casa que conocía muy bien, solíamos comer ahí los domingos cuando la familia era grande, cuando estábamos todos, etcétera. 

Recuerdo el calor de aquel día en que entré con la idea de que sí, ahí viviría definitivamente, ahí crecerían mis hijos, ahí quizás moriría, como murió mi abuela, entregada a la muerte. Recuerdo ese día, fines de febrero, hace un año atrás, recuerdo el cansancio, recuerdo cómo la inminente mudanza de ciento sesenta kilómetros con cajas llenas de libros y valijas llenas de ropa erosionaba la energía que estaba atesorando. Era un día de calor, de esos que tienen un filtro extremadamente cálido. Abrí la puerta y mis ojos se encogieron. Me sentí encandilado. Todo era naranja.

2

El naranja es un invento. Bueno, todos los colores lo son. Pero el naranja vino después. Apareció en el siglo XVI cuando la fruta llegó a los países centrales de Europa. El color, la fruta, el árbol, todo se hizo una sola cosa, un solo concepto, una sola idea. Antes era rojo o amarillo; en el medio no había nada. Bueno, sí: variantes del rojo, variantes del amarillo. El naranja llegó para institucionalizar una zona intermedia, lejos de lo tajante, de lo radical. No funcionó por mucho tiempo. Enseguida se volvió referencia, con peso propio, incluso más tajante y más radical que sus vecinos, el apasionado rojo, el alegre amarillo. Un nuevo color: ambicioso, sedicioso, subversivo, traidor. 

Si el color es “la impresión producida por un tono de luz en los órganos visuales” que se vuelve “una percepción visual que se genera en el cerebro”, entonces nadie puede afirmar que eso que ve uno es lo mismo que ve otro. Funciona por consenso. El naranja existe desde el siglo XVI. Le significan entusiasmo y calidez, también éxito y fortuna. Le subrayan su vitalidad: ¿el color de los depresivos? El último tono, un salvataje. Yo al naranja lo conocí —lo que se dice conocer: experimentar un sentimiento de intimidad— el año pasado. Fue un día caluroso de febrero, decía.

3

¿Cuántos tipos de naranja existen? La inteligencia artificial me cuenta que hay más de ciento treinta. En la casa conté cinco: melón, salmón, caqui, estándar y desesperación. 

4

El rejalgar es un mineral naranja. Un naranja rojizo muy singular. En el Antiguo Egipto lo usaban para decorar tumbas y en China para ahuyentar serpientes. Belleza y protección, fascinación y toxicidad. En la Edad Media supo ser una medicina contra la tos. Es un mineral tóxico que tiene arsénico. También se usó para fabricar vidrio. Todos esos usos quedaron en el pasado. Hoy el rejalgar es un elemento central en la confección de fuegos artificiales y pesticidas. De nuevo: belleza y protección, fascinación y toxicidad.

5

Mi abuela había fallecido hacía tres años y sus herederos no estaban pudiendo vender la casa. Le habían sacado todos los muebles, todo lo que podría decirse que era de valor. La casa estaba completamente vacía. Había quedado, entre la tierra y la humedad, la soberbia idea de que eso, hace no mucho, fue un monstruo familiar de varias cabezas mutilándose a sí mismo hasta desaparecer. Recuerdo, una vez adentro, reponiéndome del naranja en mi iris, sentir una caricia invisible y suave, una caricia horrorosa en el mentón. 

Las azarosas circunstancias dibujaron una posibilidad. De pronto tenía una familia. Una familia propia. De pronto esa familia estaba en pleno efecto multiplicador —un niño, un bebé y otro por nacer—, entonces apareció la posibilidad de mudarse a esa casa, en otra ciudad —la ciudad de mi infancia—, y que la ocupáramos definitivamente. Una casa propia, con papeles, ilusiones, mucha burocracia, una larga deuda con el banco, etcétera. Vuelvo a ese día de febrero en que entré y me encandiló el color naranja. Lo escribo y me resulta ridículo. En ese momento no lo era. 

El naranja no solo estaba en algunas paredes específicas como la habitación matrimonial y el living, también en las gruesas cortinas de poliéster, pero sobre todo en las puertas y ventanas: vidrios moteados, ondulados, con textura de círculos y cuadrados, por donde la luz se filtraba y bañaba el interior de la casa con distintas variedades de naranja. Era como si la casa estuviera exprimiendo al mundo, como si le extrajera alguno de sus componentes más vivaces. Era como si la casa estuviera alimentando al descompuesto monstruo familiar que vivía adentro. ¿O la casa era el monstruo?

6

Todas las mañanas de sol, entre las visitas polinizadoras, una mariposa naranja recorre las flores del jardín. Es un recorrido rápido, unos segundos en algunas, no en todas, y luego, siempre cuando me acerco, se queda un buen rato aleteando en el aire. A veces pienso que me está queriendo decir algo, un mensaje, una advertencia, algo que no logro decodificar con claridad.

7

Es fácil imaginar un monstruo. Es fácil narrarlo, describirlo, incluso dibujarlo. Está en nuestras pesadillas, pero sobre todo en la construcción cultural de un sentido común que alimenta lo temible a partir de estereotipos. Un monstruo negro, oscuro, humanizado. ¿Realmente existe? Quiero decir: ¿esa es la monstruosidad que alberga en nuestro inconsciente, que ruge en el reverso de nuestro deseo, que se esconde en las penumbras de nuestros más singulares miedos? Acá no. Acá el monstruo tiene otra forma. Otro color. Acá el monstruo es, sospechosamente, naranja.

Históricamente, los restaurantes usaban el color naranja en su decoración. Dicen que despierta el apetito. ¿Cuánta hambre tiene esta casa? Intenté pintarla de otro color, pero aún persiste eso que los sugestionados llaman energía. Ese halo de monstruosidad no se alteró cuando le puse gris marengo a la pieza de los nenes o verde agua al galponcito del fondo. Ni siquiera cuando cubrí con esmero el techo de membrana líquida blanca. ¿Cuánta hambre tiene el monstruo? ¿Cómo quitarle el apetito? ¿Cuándo se dará por satisfecho?

8

Con los colores no hay que meterse. Me refiero a pensarlos en clave metafísica, a involucrarse íntimamente, emocionalmente, esencialmente. Ya sabemos cómo termina uno de los personajes de La metamúsica, el cuento de Leopoldo Lugones, ¿no? Músico e inventor, había creado una máquina que podía traducir los sonidos en colores. Con el piano tocaba una nota y en la pantalla aparecía el color. Es un relato de 1906, publicado en el libro Las fuerzas extrañas. Hace ciento veinte años. ¿Saben cómo termina el personaje de La metamúsica? Completamente loco. 

9

Ahora vivo alerta, atento a los colores, aunque me mantengo incrédulo, escéptico. Pero me veo, cada vez con mayor frecuencia, sin siquiera pensarlo, envuelto en el naranja. Esta mañana en la verdulería compré cuatro kilos de naranjas. ¿Por qué tanto? Recién estuve picando calabaza y zanahoria para hacerle un puré al más chico. ¿Quién me compró la remera naranja que tengo puesta? ¿Fui yo? Entre párrafo y párrafo tomo un poco de cerveza; le suelo poner un chorrito de gaseosa de naranja —a veces Fanta, otras Mirinda, en general Manaos—, pero ¿desde cuándo? Hago memoria, busco en los recuerdos. ¿Desde que vivo acá? ¿Y antes? 

Levanto la vista y recorro la casa con la mirada. El naranja nunca se fue. De hecho, ahora que miro mejor, se ha expandido. Ya formo parte de ese paisaje interno. ¿Ya soy la casa? ¿Qué estoy exprimiéndole al mundo? ¿Qué quiero robarle? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿A qué monstruo está alimentando mi fijación —que no me pertenece, me excede, como una herencia— con este estridente y festivo color que me persigue, que me envuelve, que me ahoga? ¿Cómo se sacia el apetito? ¿Cuándo se dará por satisfecho?

 

* Portada: «Piedra de oro» (1969) de Lee Krasner

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