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06-03-2026 Notas

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Por Nicolás Amena

La potencia traficada en El maestro ignorante (Ranciere, 2019) mueve a hacer alguna cosa cualquiera, la que fuera. En este libro Jacques Ranciere nos cuenta la historia de Joseph Jacotot, quien tuvo también su experiencia potente, a mediados del siglo XIX. Aquella vez que cambiaría su vida para siempre, cuando fue maestro de un grupo de  estudiantes que sólo hablaban holandés (mientras que él hablaba únicamente francés). Este acontecimiento lo llevó a crear la enseñanza emancipadora. Lo  sorprendente de aquella situación fue que la barrera idiomática no impidió que él fuera su maestro y que ellos aprendieran algo. Ese hallazgo hizo que Jacotot reparara y diera valor a un hecho conocido por todo el mundo: cualquier ser humano aprende su  lengua materna sin necesidad de un maestro explicador. Eso le da la audacia  necesaria para postular que todas las inteligencias son iguales y redactar el principio  fundamental de su aventura emancipadora: sólo hay que aprender alguna cosa y  luego relacionarla con todo lo demás. Sigamos ese principio y veamos a qué nos lleva. 

¿Cómo se puede relacionar la enseñanza emancipadora con el psicoanálisis de Jacques Lacan? 

Para la experiencia inaugural de Jacotot fue condición necesaria que hubiera un objeto  que posibilitara establecer un lazo con otro (en su caso, los estudiantes). El libro Telémaco cumplió esta función, primer paso imprescindible para que pueda producirse  el aprendizaje. Suena tan parecido a la transferencia ¿verdad? Un objeto, en este  caso encarnado por quien hace de analista, posibilita que se establezca el vínculo transferencial que será condición necesaria para una posible cura. Pero volvamos a Jacotot. El maestro emancipador, nos cuenta Ranciere, no enseña, muchísimo menos  explica (¡pecado capital!), sino que causa (sí, esa palabra utiliza) en otro la voluntad de aprender. Por eso es que aquel que está emancipado puede motorizar la enseñanza  incluso de aquello que ignora. Una vez que ese proceso ocurre y produce sus efectos,  el emancipado puede devenir (si así lo quisiera) en emancipador. Sólo debe creer en  la igualdad de las inteligencias. Del mismo modo que no hay que demostrar con  evidencia empírica la existencia de lo inconsciente, sino suponerlo y analizar sus  efectos, aquí el punto “no consiste en probar que todas las inteligencias son iguales,  sino en ver qué se puede hacer a partir de esa suposición”. 

Sumemos un argumento contra Los Explicadores (un argumento tan lacaniano…):  “comprender es (…) traducir, es decir, ofrecer un equivalente de un texto, no su razón.  No hay nada detrás de la página escrita, no hay doble fondo que necesite del trabajo  de otra inteligencia, la del explicador: no se necesita la lengua del maestro, la lengua  de la lengua”. La falta de claridad sobre este punto tiene responsabilidad en situaciones donde se confunde el “poner un nombre/dar una metáfora” con indicar la  “causa” de algo, su “razón”. Déficit de atención con hiperactividad, Trastorno leve del  lenguaje, Trastorno generalizado del desarrollo…, todas esas pamplinas de los  pesados y nuevos (aunque tan viejos en su espíritu) manuales de trastornos mentales  no son otra cosa que nombres rimbombantes para el padecimiento de aquel que,  esclavo de su miedo, elige ver allí complejas explicaciones que no logra comprender y  lo dejan a merced del Experto de turno. Éste no propone aprender alguna cosa y luego  relacionarla con todo, sino aprender tal cosa que únicamente puede aplicarse a tal  situación y así sucesivamente: cada vez “se vuelve a cavar la fosa del abismo de la  ignorancia, que el profesor colma antes de cavar una nueva”. ¿Qué diferencia con  aquel psicoterapeuta que, ya especializado en trastornos de ansiedad, siente el vértigo  que genera toparse con un caso con trastorno de ansiedad y luna en Virgo, cuando su  formación sólo ha contemplado luna en Aries y en Capricornio?  

Frente a esa trampa de hámsteres el psicoanalista, al igual que el emancipador,  “demanda que se parta, no de aquello que el ‘ignorante’ ignora, sino de aquello que  sabe. El ignorante siempre sabe algo y siempre puede relacionar lo que ignora con lo  que ya sabe” (¡qué bella traducción para la noción de asociación libre!) 

Para concluir: ¿qué es un maestro ignorante? “Es un maestro que no transmite su  saber y que tampoco es el guía que conduce al alumno por el camino; quien es  puramente la voluntad, quien dice a la voluntad que está a punto de encontrar su  camino y, por ello, de ejercer por sí misma su inteligencia para hallar dicho camino”.  No hay nada que deba ni necesite ser explicado.

 

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