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Por Federico M. Soler
Vladimir es una novela que propone explorar la sexualidad femenina de una mujer adulta, que ha superado los cincuenta años, a la que le gustan los varones jóvenes, incluso hasta animarse a desear un adolescente púber.
La obra pertenece a la escritora argentina, nacida en Buenos Aires, Leticia Martin, y ganó el 1° Premio de Novela de la editorial Lumen en el año 2023.
Una primera aproximación puede hacer creer al lector que se trataría de una relectura de Lolita de Vladimir Nabokov, pero invirtiendo los géneros sexuales. Vladimir es mucho más que una relectura de Lolita y también algo diferente. Mucho más no porque sea mejor, ya que es difícil de superar a un clásico como el mencionado, sino porque la relación sexual se monta en el inicio de un mundo que se derrumba.
Con una escritura ágil la narradora avanza sin dejar al lector momentos de respiro. Escrita en un castellano rioplatense, pretende expresar los infortunios de una profesora que huye de Ramsdale, en Estados Unidos, cuando las autoridades de la universidad donde enseña literatura se enteran que tiene un amorío con un alumno, mucho menor que ella, aunque mayor de edad. Sin embargo la diferencia asimétrica de poder, que se presenta en el ámbito áulico, pone a la docente en una situación incómoda.
Huyendo de ese caos personal por cometer esa falla moral, Guinea, la protagonista, desembarca en un Buenos Aires distópico desbordado por una interrupción masiva de la energía eléctrica. Hasta aquí sólo parecería ser el relato de una injusticia ante una pacatería moral. Pero la narradora va más allá y avanza a un caos moral mucho más oscuro y vertiginoso.
La narradora propone el pasaje del caos interno al caos externo. Cuando empieza a avanzar ese caos externo se empieza a esfumar su caos interno del que viene huyendo, reencontrándose con un Buenos Aires que habría dejado de visitar en la niñez y del que se siente ajena. Tan ajena como de una sexualidad madura socialmente aceptable.
Mientras atraviesa esta confusa situación, se encuentra detenida en una casa de clase media del conurbano bonaerense, con un padre aparentemente mayor que ella y su hijo, un joven entrando en la pubertad. La narradora despliega un trío amoroso, donde el deseo circula entre los adultos pero en forma de malentendido: Rostov, padre de Vladimir desea a Guinea, y Guinea no responde a ese deseo aceptado por la paridad etaria. Guinea, por su parte, desea a Vladimir, su efebo, porque, parafraseando a Babasónicos, “el deseo no tiene moral”.
Guinea, la narradora principal por la que nos enteramos de esta historia, es una mujer que tiene más de cincuenta años, es segura de sí misma y no permite que sus sentimientos se involucren. Es profesora y vivía en la universidad donde enseñaba. En todo momento la narradora nos hace creer que tiene todo controlado. Que las denuncias de involucrarse con un alumno no le afectan, que el caos social tampoco la ponen al límite de su existencia y menos tambalea su personalidad cuando empieza a tener fantasías con el púber con el que se encuentra viviendo, por los azares del distópico destino. Lo expresa ella al referirse a la historia con el joven en Ramsdale: “Al fin y al cabo, el chico se había encariñado más de la cuenta. Los sentimientos siempre vienen a enturbiar todo”.
Nos enteramos de la situación por la que huye de Carolina del Sur, por los flashbacks de su relato, donde rememora encuentros furtivos con el joven amante y otras escenas que procuran dar consistencia a su historia. Con una pericia elocuente la autora trenza el presente con su historia oscura del pasado. Así como empieza a trenzar su presente entre el caos social con su íntimo y sombrío deseo.

«Vladimir», de Leticia Martin
La novela trabaja más el prejuicio de los lectores que una desmesurada exposición del deseo de la narradora. Guinea es una mujer que no cuenta mucho de su deseo. No explora historias amorosas ni encuentros furtivos con otros partenaires. Es probable que la autora siga a la letra el epígrafe que se encuentra en el pórtico de la novela atribuido a Baudrillard: “El sexo está en todos lados, salvo en la sexualidad”, ya que no son más de cuatro las escenas sexuales que Guinea nos cuenta.
George Bataille trabaja el erotismo trenzando eros y tánatos. En esta novela la autora parecería construir el erotismo de forma diferente, la irrupción tanática no potenciaría al deseo. Guinea controla demasiado todo, controla su deseo, por eso recién al final de la novela puede soltarse y confundirse con ese cuerpo prohibido. Guinea huye de lo pasional, no se entrega a tánatos, desafía a los dioses y pretende controlarlos. Se muestra aparentemente como una mujer que se arriesga, pero en general es todo lo contrario.
En la primera irrupción del caos cuando era docente en Ramsdale, deserta, prefiere dejar su acomodada vida a continuar esa pasión sexual. Aunque capitula con una vida menos acomodada, sin embargo, no se dejó arrastrar por su goce. Pero la recibe otro caos y la posibilidad de redimirse, en otro cuerpo y con otro varón, que está dejando de ser niño para convertirse en hombre. Es probable que en su fantasía se oculte este deseo de iniciación.
Durante su estadía inesperada en esa casa ajena que la aloja para resguardarse del mundo amenazante, tampoco se anima a dejar que la pasión consuma su deseo prohibido. Se contiene y espera que el otro avance. Recién cuando la situación se descontrola ella se libera. Puede hacerlo cuando deja de huir, y eso ocurre recién en el último capítulo de la novela. Hasta ese momento la narradora nos ha mantenido alertas, pendientes de su deseo inconcluso, de la posibilidad latente y al mismo tiempo amenazante de que su goce se concrete. Porque como Freud lo descubriera, no hay nada más amenazante para un sujeto que su deseo se realice.
En este trabajo de Leticia, a quien con justicia le dieron el premio Lumen (ya que se anima a caminar por los bordes que la sociedad cancela), se arriesga a lo indeterminado del deseo prohibido. Como en 1989 le procuraron a Almudena Grandes el premio por su novela Las edades de Lulú, iniciando un tipo de novela erótica que explora la sexualidad adolescente con escenas explícitas, aquí Leticia se anima a sondear la sexualidad de una mujer madura que fantasea con explorar el cuerpo de un adolescente. La escena de la ducha donde Guinea se masturba mientras se sabe observada por Vladimir es de una sensualidad poética resplandeciente.
Lo interesante de la novela, además que excede a la misma obra y a su autora, es que nos interroga acerca de los límites morales que tiene la escritura. Mientras algunas voces canceladoras intentan en la actualidad desprestigiar Lolita de Nobokov por considerarla que hace apología del delito, Vladimir, escrita por una mujer sobre una relación prohibida entre una mujer adulta y un adolescente púber, es premiada. En este sentido, sería bueno interrogarnos acerca de si la literatura requiere una censura si la misma se entromete en temas morales escabrosos, contribuyendo a una pedagogía moral o solo le corresponde contar una historia con precisión y pericia estética.
La autora no se queda en los prejuicios y avanza en la escritura de la vivencia sensual de Guinea. La belleza erótica de esta novela se encuentra en lo que insinúa, en los silencios, que tienen un efecto más arrollador que las descripciones literales de las escenas sexuales. Es lo que mantiene el suspenso hasta el final. De manera tal que hace tambalear la moral del lector zarandeado por sus prejuicios sexuales.
Leer Vladimir de Leticia Martin reconforta por su audacia y frescura, en tiempos donde se busca ser condescendientes con los celadores del buen comportamiento.
* Portada: «El beso robado» (1790) de Jean-Honoré Fragonard
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