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24-04-2026 Ficciones

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Por Javier González Cozzolino

Gandolfi al principio me pareció simpático. Ya estábamos con nuestras vías (en mi caso en la diestra), internados, pero aún sin cama, en la unidad coronaria. Sé muchas cosas de Gandolfi, tantas que podría armar una estructura narrativa. Escribo esto mientras suena el teléfono, no lo atiendo, y sólo escucho el ritmo del roedor nervioso que habita mi pecho.

Gandolfi nació el 26 de enero de 1947. Hijo de una mujer de Benito Juárez, nacida en un rancho torcido, que se vino cargada de hambre a la gran ciudad, donde encontró empleo de doméstica o parecido y donde un hombre vecino no tardó en echar a esa menor de provincias sobre un jergón sin sábanas, en una pieza, en el mejor de los casos. Gandolfi dijo de su padre que andaba con fuertes ganas de coger. Pero que hubo un primo o un tío de aquel sujeto que le impuso el matrimonio. Corría 1946. Gandolfi, ya se ha dicho, habría de nacer en enero del 47, año en que ya corría el Primer Plan Quinquenal del gobierno de Juan Domingo Perón, que traería, durante esos años, castores canadienses y visones americanos, entre otras especies, para hacer de la Argentina una potencia peletera.

¿Es necesario añadir la metáfora obvia: que las arterias coronarias de Gandolfi, como las mías, emulan, con imprecisa habilidad, a aquellos bosques patagónicos, de árboles blancos y muertos entre las aguas, gracias a la pericia de aquellos animalejos sin predadores, que, hallada la libertad, ya se han extendido más allá del Neuquén en lo que es todavía parte de la geografía de la Patria?

Vengo de diabéticos de parte de madre, todos diabéticos, y me da mala espina, no sé, casualidades, cosas que se me cruzan en la cabeza. Mi madre murió a los 63 años con las piernas amputadas. Yo levanté a la familia. A mis hermanos y a ella. (Fuerte omisión de Gandolfi referida a su padre). Me hice viajante de comercio, textiles blancos que les llamaban, sábanas y esa ropa de cama, 300 kilómetros para el sur, el oeste o el norte, no más, y como siempre digo, me ayudó el carácter, esto de andar hablando sin quedar mal con nadie. Aunque una vez en Chacabuco me metieron preso, o parecido. El enojo trae la ira y la ira, enseguida, problemas. Y siempre que me dejé llevar cobré.

El comisario en Chacabuco me dijo: Gandolfi, estás limpio, y yo pensé que no, pero, como estás limpio, te voy a ayudar, pero vos me tenés que hacer algunos favores.

Tenía un Dodge Polara el comisario, me dio clientes: hoteles, prostíbulos a la vera de una ruta, esas cosas. Y después, bueno, antes y después, no sé cómo me metí en tanto quilombo, y cuando digo quilombo, digo quilombo con cocaína, putas, todo eso; antes la cortaban con una leche en polvo traída de Europa, nunca consumí, pero me estoy viendo una tarde en Orán, en un quilombo de Orán, donde un morocho me muestra cómo corta la merca, mientras una puta duerme a su espalda.

Ya de pibe me decían guacho, por Saavedra me sentaba con Goyeneche y otros más. Me hacían ir a buscarles falopa, Goyeneche tenía una mina por el Abasto, gran cantor, pero le daba, le daba a todo.

Gandolfi tuvo un primer matrimonio. En 1979 encontró a su primera esposa con un milico, se asustó, de todas maneras ya contaba con dos departamentos y dijo mirá, ya está, ya me cagaste, vos te quedás con un departamento y yo con el otro, que no quiero problemas.

El padre de mi primera esposa también era milico, pero guardaba en un cajón una foto de Evita. No la pasé bien. Hasta que me crucé a la turca, compa-nieri se le llama a la mina. Porque hay mujeres, pero la compa-nieri es la mina. No cualquier mujer es una mina.

Con ella tuvo una hija.

Mi hija se casó con un falopero que perdió la nariz y el paladar. Tuvieron un hijo. Mi nieto ve al padre cada tanto pero le da impresión, el padre de mi nieto perdió la nariz. Gracias a Dios, mi hija se encontró a otro muchacho, pero al principio la pasamos mal, con la turca la trajimos con el pibe cuando se separó, a casa, vivimos en un ph, primer piso por escalera. Yo soy diabético como mi madre. Y no me cuido. Ella tampoco. Tiempo atrás, añares, abrí una parrilla. Mi vieja iba. Yo le decía al parrillero dale solo un pollo bien quemadito que le gusta, y ensalada, pero nada más. Pero yo no puedo, Gandolfi, con su madre no puedo. Y no podía. Chinchulines, qué sé yo lo que pedía mi madre. Sin piernas se murió a los 63 años. Y ahora huelo la muerte, estoy grande, hace unas semanas andaba con casi 20 de presión, me dieron una bondiola casera llena de sal y qué te digo, mañana, mediodía, tarde y noche. Tuve que tomar una medicación. ¿Vos por qué estás acá? A mí ya me hicieron un bypass, el tordo que tengo es de origen armenio pero no se enoja si le digo turco. Como esto fue hace seis años me mandó a una cámara gama y algo vio que no estaba bien, pero no sé qué no está bien, lo que sí, veo la muerte. Decí que encuentro gente como vos tan empática. Que escucha.

Podría subrayar las partes prohibidas también. Contar esa letrina que tiene por alma, donde sólo las ganas de coger, como él llama al sexo en general, lo impulsaron a casarse una vez, a casarse otra. Como si las ganas de coger fueran tan hereditarias como la diabetes.

Podría contar más cosas, pero prefiero el silencio.

En cierto año de inicios de siglo lo secuestraron, por San Martín, provincia de Buenos Aires. Tenía un Peugeot 505 gris oscuro, que ya por entonces no era un tope de gama pero continuaba haciendo las veces de buen auto. Lo liberaron ocho horas después por Villa Bosch y, según dijo, anduvo bien un tiempo, hasta que cayó en la primera internación psiquiátrica.

Uf, somos colegas, también estuve ahí, le dije nomás lo dijo. Y ahora estamos acá, Gandolfi.

Estas coincidencias, ¿ves? Estas cosas son las que me dicen que esta vez no zafo. ¿De qué día sos? ¿Cuándo naciste?

Enero, 27.

Pero la puta madre, ¿no te digo?, casi mismo día que yo.

Y toma su billetera y saca el DNI y ahí la fecha de su nacimiento, 26 de enero de 1947. El Primer Plan Quinquenal. Los castores y los visones. Podría ser mi padre. He perdido a mis padres hace menos de un año. Tuve un infarto hace año y monedas y ahora de vuelta acá. Que para qué estoy, me ha preguntado. Para un cateterismo, en principio, le he dicho.

Pienso que no deseo ser una carga. No lo pienso. Me lo digo y lo digo en voz alta. Incluso a los médicos. Vi cómo se fueron los viejitos, que no fueron carga, o sí, lo fueron, pero que por sobre todas las cosas se debieron aguantar la tortura de sus propios cuerpos en combinación con mecheras que hasta las alianzas les quitaron.

No quiero terminar postrado. Si es así, antes me limpio: del otro lado de mis ojos y mis palabras, una de las médicas, residente, veintipico, asustada, que se limpia una y otra vez las manos con alcohol en gel.

A Gandolfi para estas alturas le ha tocado la 2131. A mí la 2133. Estamos, vieja de por medio, y cortinas de por medio.

A la noche me llama, lo escucho. Con mi IA ya he concluido que es probablemente bipolar y que anda en un ataque maníaco de verborragia.

«Se puede poner violento», me ha tirado la IA.

«No sabía que tanto conocías la condición humana», le he respondido.

No me llevo bien con las IA en general.

En mi teléfono leo también el libro de una de las escritoras argentinas más consagradas. Escribe para la mierda, así le comento a B. en una charla telefónica. Es una hija de puta lo mal que escribe, abusa de adjetivos como «hermoso» y en lugar de «pileta» escribe «piscina». Quiere imitar (mal) a Poe y Quiroga; abusa de la primera persona: cuentos de mujeres que se contactan con el diablo y se hacen las misteriosas.

No preciso más coordenadas para que un buen lector sepa de quién se trata.

Gandolfi me grita, pregunta si me dormí. Respondo que sí, que ya me he dormido.

La vieja que tengo entre medio y separada por una cortina advierte a la enfermera que no es lesbiana, pero que la llamará muchas veces en la noche para pedir la chata.

 

El teléfono ya no suena.

El ritmo del roedor que habita mi pecho ahí anda.

Ya es de día.

Uno de mis hijos me acompaña, duerme en la otra habitación de mi departamento. Es el menor.

Ruido de chicharras el último día del verano.

En el último día del verano caminé 40 minutos, pasé por el banco y el chino, me agité. Si pudiera tenerlo fuera de mi pecho, lo miraría a los ojos antes de pegarle una patada, sólo para ver si aguanta, si no me dejará otra vez a las puertas de la nada donde de alguna manera deseo que haya un Dios con De mayúscula y luego todos los seres queridos clavados entre los 30 y los 33 años.

Gandolfi fue dado de alta antes que yo. La turca me dijo, mientras yo estaba por mear en mi improvisada pieza, que tiene algunas arterias con necrosis. Gandolfi más luego quiso despedirse de mí. Clavé el índice perpendicular a mi boca: un médico me hablaba, describía qué habrían de practicarme en el quirófano.

Ahora no, Gandolfi, ahora no puedo hablar.

Chau, entonces, me dijo.

Chau, le respondí.

La turca lo llevaba del brazo rumbo a una muerte más o menos segura. La misma que a mí me espera. A menos que este conejo hijo de puta se deje de portar como un pelotudo.

 

(Posdata antes de hemodinamia: entiendo que también fueron y son un problema las liebres en la Patagonia, primas hermanas de los conejos —al menos en mi cabeza—. El Primer Plan Quinquenal de Perón, o bien los de la Revolución Libertadora, ya no lo sé, trajeron entonces a centenares de zorros grises del hemisferio norte. Todo resultó vano. Sólo sirvió para que «zorro gris» se los llamara, en tiempos de mi padre, a los policías, quienes, al parecer, así vestían, de gris, en tiempos donde todo era blanco y negro, aquellos tiempos que también habitó Gandolfi, a quien estimo ya muerto, que tal es una de las razones fundamentales de por qué no ido a tocarle el timbre teniendo de alguna manera borrosa grabada en la cabeza su dirección, sobre la calle Manuela Pedraza).

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