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17-04-2026 Notas

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Por Guillermo Ganzini | Portada: Luca Marcenaro

Fue Sartre quien alguna vez dijo que “estamos vivos, incluso una hora antes de morir”. No se equivoca. Un final no es algo que ocurrirá en un futuro más o menos lejano. No. El final siempre está aquí: es lo que siempre está sucediendo y no deja de suceder. Estamos arrojados hacia él. Pero un verdadero final, si bien es ya desde siempre, solo se hace palpable en el momento de la agonía. De esa agonía de los finales, hoy quería hablarles. 

Hablo aquí de final y no de muerte. Hablo aquí del final que exudamos por los poros siempre abiertos. Ese final, créanme, siempre está en nosotros: siempre ha sido así, y está bien que así sea. Es un poco como una gangrena que, casi por goteo, en microdosis, va tomándonos partes del cuerpo. Es un poco como el cuerpo que crece, se desarrolla, al mismo tiempo que ya está listo para morir. Y, si bien la presencia del final es impalpable (se anuncia en sordina), es cierto que, en el momento de la agonía  el final se vuelve indisimulable. Y cuando se llega a esa etapa casi vegetativa, pues claro, el cuerpo se resiste a morir. Hace lo que sea para no morir. No quiere morir. Supongo que sucede como en todo en la vida: uno no quiere que la cosa termine hasta que finalmente termina. Siempre es así. Y está bien que así sea.

Pero no nos apresuremos. 

Porque, ahora que lo pienso, antes que de finales, quizá convenga hablar de la noción de corte. Los finales, como decíamos, siempre están ahí, desde el comienzo. Pero con el corte ocurre otra cosa. Al corte hay que hacerlo, fabricarlo, tomárselo bastante en serio. El corte requiere de una decisión, de un salto, de una afirmación nuestra. Y es necesario cortar para poder ser afectado por otra cosa. Un corte que apague la luz. Un corte que silencie y nos ponga en silencio. Y a ese silencio, es cierto, también hay que hacerlo, vestirlo, acunarlo.

Que no se confunda el silencio con pasividad. No. Nada de eso. En el silencio, en el carácter aparentemente más escuálido de lo que calla, también hay potencia. Por eso, quizá sea más valiente y más jugado: apostar por lo negativo. Esta es mi propuesta de hoy.

Voy a ser lo más concreto posible: quizá ya sea hora de salirnos un poco, al menos un rato —el que dure— del cliché de la subjetividad militante clásica que todo lo espera de la movilización. Me refiero a esa recurrencia a una positividad que, más que positividad, es puro reflejo mecánico. Como quien sufre de espasmos. Como quien se mueve y gira en el mismo lugar, casi porque sí y sin saber por qué. Pero también, quizá ya sea hora de abandonar esa positividad deprimente de un “hacer” que no va más allá de un posteo en Instagram, una opinión rabiosa, un comentario, una denuncia vigilante, moralista. Son modos de resistencia demasiado obvios. Resistencias que ya no resisten nada. Resistencias de charco poco profundo donde uno no llega ni a mojarse los pies. 

Y no digo que movilizarse y pronunciarse no sea importante. Nada de eso. Que no se confundan los lectores. Siempre fue y será importante asumir una determinada posición, sea en las redes sociales o en el ascensor con el vecino del 6B. Lo que digo es otra cosa: que en la desactivación de un lugar, de una sensibilidad, de una memoria, también habitan potencias. Revalorizo el corte como esa potencia para pasar a otra cosa. Cortar para conectar de otros modos. Cortar para producir nuevas alianzas y cooperaciones. Porque desde el silencio crudo de la negatividad de cada quien (ese resto indivisible e inapropiable) también crecen animales extraños y plantas fabulosas.

Por eso, mi propuesta de hoy es la siguiente: ¡recibir el final con los brazos abiertos! Consentir el filo: que corte de una vez, en seco, para siempre. Por más que duela. Esa es la cosa más difícil. Y lo sabemos bien: uno puede pasarse la vida en letargo, en esa parálisis lenta, en esa agonía que deja la vida en suspenso. Ahí reside el verdadero peligro para todos nosotros. 

En el principio está la renuncia —dijo alguna vez César Aira—. Renunciar, desertar, romper filas, o, simplemente, distraernos con otra cosa, me parecen las estrategias sensitivas más inteligentes en estos momentos. Solo así, quizá podamos recuperar algo que hemos perdido. Y lo sé, hay quien podrá decir: “usted está tomando una posición antipolítica”. Puede que sí. Pero no se trata de eso. Creo que solo desde un corte “en seco” podemos hacer que lo mismo de siempre comience a ser otra cosa. Y también creo que apostar a la acción, a la voluntad transformadora y a lo positivo, son todas formas de ser progre y neoliberal al mismo tiempo.

Examinemos si no, el tipo de desobediencias que tenemos. Todas —o casi todas— desobediencias de manual: automáticas, chiquitas, facilísimas, previsibles. Resistencias que no pasan de un posteo, de un estar rabioso con lo que se debería estar rabioso, de un ser generoso con cuanta causa noble que correspondería apoyar. Por eso digo que, quizá, sea más honesto conectar la experiencia con el silencio: con eso que callamos y olvidamos. Rescatar alguna potencia, justo allí donde se cree que la vida no está: en sus pausas, en sus recovecos, en sus esperas. No creo que dar un paso al costado y llamarse al silencio sea encerrarse.

Voy a ser lo más concreto posible: la doxa progresista ya no conmueve a nadie, ya no explica nada o, al menos, ya no sirve para explicarlo todo. Se lo ve: ha quedado desfasada, anacrónica, pasada de moda. Se le notan las canas, la fatiga, la flojedad. Es cierto que nunca dio la sensación de estar verdaderamente viva. Pero hoy su final es indisimulable. 

Es lo que ocurre cuando se desvincula la experiencia de las palabras. De eso no hay retorno. Sustraerle el afecto a “eso que se dice” da como resultado un efecto de sobreactuación, impostura y sobrecarga. Se trata, quizás, de eso que Borges escribió en El inmortal: “Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; solo quedan palabras”. De eso se trata el fin de la doxa progresista. Y ese desfasaje entre lo que se repite como si nada (por una mezcla de rutina o vaya uno a saber qué) y el efecto de significación, solo puede llenarse con perfo, y más perfo. Pero solo hacemos experiencia cuando —como solía decir Agamben— “los nombres faltan, cuando la palabra se interrumpe en nuestros labios”. Es decir, solo hacemos experiencia cuando hay un corte en la repetición mecánica y automática de palabras que, sin revisión ni examen, se convierten en piezas inmóviles y perfectamente encasilladas.

Escribo este texto —no será el primero ni el último— para responder a un cansancio. O peor: a un asco, a un rechazo hasta la náusea, a una suerte de intolerancia que experimento actualmente ante el discurso progresista. Podrá decirse, y con razón, que se trata de un estado pasajero; que más conviene pelearse virtualmente con el verdadero enemigo; que más conviene seguir inventariando el stock descriptivo de las crueldades del actual gobierno; que más conviene enojarse con ganas frente a los “dueños del Capital” que nos someten cada vez más, a una siempre reinventada servidumbre voluntaria. 

Todo esto sería más conveniente, es cierto, pero innecesario a esta altura. Ya contamos con un ejército de cientistas sociales, dirigentes políticos, militantes, periodistas, y espíritus bien pensantes que practican el deporte 24/7 de decirnos dos veces lo que todos ya sabemos. Pero como dijo —y con razón— Diego Sztulwark en una reciente entrevista: “Describir lo que ya todos sabemos, es lo que termina siendo redundante respecto de la realidad”. No se equivoca.  

 

 

 

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