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22-04-2026 Notas

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Por Eric Schvartz

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No es lo mismo la agresividad que la ira o el enojo. La ira es más elaborada, podríamos decir, guarda relación con lo que en Freud encontramos como “complejos”: complejo del prójimo, complejo de castración, complejo de Edipo. En nuestra actualidad, el enojo es una pasión muy frecuentada, pero suele sustituir, como muchas pasiones actuales, un asunto mayor: la tristeza, que para nuestra práctica es uno de los talantes de la melancolía. 

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La lingüista Ivonne Bordelois en su libro Etimología de las pasiones ubica las proveniencias de las pasiones desde la raíz etimológica. En el indoeuropeo, la composición más antigua de nuestro actual castellano, es la raíz eis la que da cuenta de la pasión de la ira, que en sus múltiples significaciones pueden ser: movimiento y la velocidad, la inspiración poética, el arrebato sexual —femenino, aclara la autora—, lo sagrado o relativo a lo mítico. Muchos pensadores se sirvieron de las etimologías que viajan a través de la historia para desplegar desde ellos como fuente un saber de lo humano. Aunque hay que ser cautos con servirse de los fonemas como ire —del latín— para precisar algo relativo a la estructuración o complejo, de quién habla su malestar. La autora usa de ejemplos, como “la ira de Aquiles” o “la cólera de Medea”, y en mi caso adiciono una novela rioplatense más acá de nuestro tiempo: El juguete rabioso de Roberto Arlt. La ira supone una venganza, un destinatario al cuál destruir, alguien al cuál depositarle más que la pasión primera del odio. Hay un semejante y una relación de causalidad. En la pasión de la ira hay un “complejo del prójimo”, alguien que causó una falta, y el destino es zanjar ello que es impagable. 

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Hay dos frentes posibles que ordenan la práctica: un análisis que supone la represión y su retorno, y otro análisis en el que las presentaciones son de otro tipo, esas que Freud designaba como pre edípicas, que difieren a las neurosis de transferencia o, para decirlo de otra forma sencilla, neurosis que no transfieren. Sea una u otra presentación clínica, lo que concierne al analista contemporáneo como coordenada es como aquel que padece trata la hostilidad, allí donde el odio es el primer afecto. ¿Cuál es el tratamiento que se le da a la hostilidad? La ira y la agresividad pueden ser dos nombres de la hostilidad como también podríamos pensar en la frustración, el resentimiento, la apatía, el desgano. La agresividad parece ir por la vertiente de la repetición. No tiene el movimiento de la ira como nos advierte la lingüista. No es el cuerpo de Aquiles tomando la lanza para honrar la muerte de su hermano contra el rival que se presenta para dignificar el acontecimiento atroz, muy por el contrario, la agresividad es una expresión de débil yoica, las pasiones son una disposición debilitada, aunque la agresión es también un yo frágil, allí donde ubicamos las neurosis actuales. La omnipotencia, el tono explosivo y reactivo tan comunes hoy, no son un yo fuerte, más bien delatan un sujeto que se resiste a cierta impotentización. Allí donde en varones escuchamos el “tomar un atajo”, “eludir compromisos”, no hay un movimiento del cuerpo por un cadáver insepulto como en los clásicos tanto griegos como de la cultura judía. El muerto a vengar… es el del agresor; la violencia que el agresor destina su odio y destrucción, recae sobre sí mismo. 

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La agresividad entonces es vengativa, aunque su venganza está inhibida, por eso se manifiesta trunca, precoz, y efímera, solo que además de ser inhibida, está desviada para repetirse cada vez sobre quién sufre esa agresión. Su destinatario está errado, y el vector que el afecto hostil podría trazar lo apunta a él, ahí donde los varones jóvenes nombran a este afecto como “autoboicoteo”, y las mujeres como “una intensidad que no pueden parar”. Por lo corriente en la actualidad, el tratamiento de la hostilidad agresiva en la mujer encuentra ubicando su cuerpo en la soledad, o en las ideologías o conocimientos que la dignifican de una razón, que la dejan sola.

 

* Portada: Detalle de «Estudio del Retrato del Papa Inocencio X de Velázquez» (1953) de Francis Bacon

 

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