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Por Leticia Martin
No puedo leer Tierra acostumbrada de María Lobo sin pensar en Ciudad, 1951, su anterior libro —acreedor del Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes 2022. Digo. No puedo leer este sin leer el precedente, ni ese sin El interior afuera, su primera novela y mi primera edición de un libro suyo.
¿Y por qué digo esto?
Porque en todos esos libros subrayo las mismas palabras:
El interior.
El afuera.
Lo que las periferias no contienen.
Adentro.
El centro.
La orilla.
La frontera.
La maquinaria de disciplinamiento y domesticación.
Hay un aparato intelectual hecho de conceptos tomados para el análisis que alimentan o inspiran las ideas de María que, de distintos modos y con nuevas formas, se ponen en acto en su obra, cada vez con más eficacia.
Voy a poner en serie, entones estos tres libros suyos, como los principales portadores de un pensamiento sobre el lugar de su escritura en este mundo, en esta época:
Una novela: El interior afuera.
Una novela ensayística: Cuidad, 1951.
Un ensayo: Tierra acostumbrada.
En los tres libros Lobo busca llegar al mismo centro conceptual desde distintos géneros. Busca hacerse entender como un docente que va al ejemplo para echar luz, o un médico que aborda lo inentendible con una metáfora.
Pero dejemos las periferias y vamos al centro del libro que hoy nos reúne.
Aquí vuelven aquellos temas, antes contados con más timidez desde la ficción y puestos a jugar de forma descarnada. Ya no del género novela, ni del ensayo novelado. Aquí Lobo NO-vela nada. Aquí hace aparecer, pone sobre la mesa y a la luz del día, todo el potencial de su palabra escrita. Aquí enuncia. Desmonta ese intento civilizatorio de volver bueno al salvaje, de educarlo, de domesticarlo. Y en esa misma operación, expone el poderoso intento de introducir lo europeo, lo extranjero, lo foráneo en estas, nuestras tierras, que desde entonces quedarán atravesadas por el ideal iluminista y europeizante al que América Latina deberá aspirar para ser “considerada”.
Me impacta su idea de que las ciudades, más que lugares, son artefactos ideológicos, ella no usa ese adjetivo tan altusseriano (ideológico) aunque también aplica. Ella dice que hicieron falta las ciudades para introducir aquellos “modos de ser” importados del viejo mundo. Y no una, sino una red de ciudades, un sistema nervioso de ciudades desparramadas por todo el territorio.
Les leo un párrafo:
Pero hubo, sobre todo, un plan. Desnombrar a las provincias. Hacer de cuenta que eso que está más allá de las capitales no son ciudades. Que los edificios de provincia, entonces, sean más bajos. Que las ciudades conserven la estructura indispensable para que las transacciones del capital sean posibles. Que el capital suceda, pero que no se note. Que las escalas sean siempre menores. Detener esas ciudades. Desnombrar y nombrar a las provincias al antojo de las capitales. Que no se diga ciudad cuando se diga provincia. Que se diga caudillo, holgazán, borracho. Que se diga distinto. Ignorancia, barbarie. Rancherío y pobreza. Que se diga llanura, polvo y siesta, atraso; que se diga territorio amenazante. Que se diga salvajes.
Sería tan necio discutirle esta idea a Lobo, como pensar que es ingenuo el modo en que HOY se nos impone un “modo de ser” a partir de la introducción del smartphone, con él la selfie, con la selfie narcisismo del individuo, centro y final cerrado de un mundo para uno solo, que expulsa la idea de familia, comunidad, fraternidad, de sociedad, en pos de una libertad individual que rechaza cualquier diferencia bajo el mote de “tóxico”.
Como parte de este plan que Lobo verbaliza y describe con detalle, las capitales nacionales subsumen a las capitales de las provincias en una especie de rango jerárquico; e impulsan el borramiento de lo colonial, en pos de lo europeo.
Quiero detenerme a pensar todo esto en el contexto de una presentación en Tucumán… que en verdad es San Miguel —si es que hemos leido con atención la anterior literatura de Lobo—. ¿Por qué estamos hoy aquí y no en la Ciudad de Buenos Aires donde hay más medios, más luces, más periodistas? ¿Lo pensaron?
Estamos aquí porque este libro es acto y porque su publicación encarna la coherencia de la autora y no la búsqueda de prensa, tráfico de influencias o autobombo. Estamos aquí, yo he venido hasta San Miguel, porque de algún modo trasnochado y romántico, hacerlo implica resistir una inercia, oponerse levemente a una corriente que nos empuja a hacer del modo en que los demás hacen; a hacer sin pensar.
Cito:
Las capitales dicen que ellas son el progreso. Allá, en las provincias, no está la modernidad sino el estancamiento.

«Tierra acostumbrada: El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano» (Fondo de Cultura Económica, 2025) de María Lobo
“Dicen”, escribe Lobo. La clave para leer este libro, como tantos, es atender a ese verbo. “Dicen”. ¿Quiénes dicen? ¿Por qué lo dicen? Si nos detenemos allí comprendemos que se trata de una operación discursiva. Una marca. Una huella desde la que empezar el análisis. ¿Y eso con qué se come? Pues bien, lo que se dice, lo que se escribe, responde a una estrategia, a un plan que —en general— se produce en algún arriba y se ejecuta hacia algún abajo.
Ahora hay que invertir, hacer mucha guita en poco tiempo, ser exitosos como los jugadores de fútbol millonarios… hay que apostar, hay que ir rápido, estar muy ocupados, etc, etc, etc.
¿Siempre se habló de estos temas y en este tono?
No.
Bien.
Ese es el primer paso para entender que una operación discursiva es la construcción de un relato. Y luego de eso, la repetición del mismo hasta el hartazgo. Ir notando cómo esas marcas, que luego producen huellas, van traspasando discursos y formatos, reaparecen y se reproducen hasta llegar a las conversaciones más triviales e íntimas. Así un día estás en la cama con tu marido y en vez de: “¿qué buen día pasamos juntos hoy, no?” uno le comenta al otro: “¿no tendremos que comprar cripto en vez de hacer libros?”. (No se rían que todo esto pasó en serio).
Existe la sospecha, —la sana sospecha— de que NO pensamos por nosotros mismos, de que algo que se construye en otras instancias nos llega antecediendo al propio pensamiento. Esos son los efectos de la construcción social del sentido. Como dice Oscar Masotta y Lobo releva en las páginas de este libro: “Soy un nudo de repugnancias que yo no he puesto en mí”.
Pero vuelvo.
El interés, la pregunta que se hace Lobo —no solo en este libro sino en casi todos— es por ese territorio más particular de la Ciudad de mediana altura, esas Ciudades invisibles, o yo diría; “invisibilizadas”, o mejor aún, pensadas para no destacar por encima de La cabeza de Goliat (así como Martinez Estrada nombró a Buenos Aires, esa Ciudad-Centro que opacó a todos los Davides del país, (focos infecciosos de salvajes que mejor no ver).
Lo otro fundamental que María Lobo dice en este libro es que hoy, en Argentina, los escritores siguen imaginando un interior provinciano, el que les queda a mano, el que se ha repetido y repetido por siglos, como si estuvíeramos todavía en 1838, “como si no hubieran transcurrido ni el capital ni las tecnologías”, escribe.
¿No son acaso más ciudades Facebook o Instagram que San Miguel, o Buenos Aires? ¿Por qué nadie escribe esas verdaderas ciudades de nuestras subjetividades posmodernas? ¿Por qué nadie lee y todos hablan como si la literatura hubiera empezado a escribirse a partir de uno?
El espacio público, ese por el que el ciudadano se pasea, hoy es menos la Avenida Corrientes, o la Avenida Roca, que el feed de Instagram de nuestros celulares. Habrá que pensar qué tanto sirven las fronteras que delimitan territorios geográficos hoy que el territorio virtual reagrupa sensibilidades y subjetividades con otros criterios, tanto de clase, como de identidades culturales, sociales y nacionales. ¿Siguen existiendo las Naciones en sentido estricto? ¿Cuánto tiempo de vida le queda a la Argentina tal y como la conocimos? Hoy el Estado que más destaca es el ESTADO DE WHATSAPP. La hibridación es total, los impuestos y comisiones que le pagamos a Mercado Libre, Mercado Pago, Airbnb, Uber y todas las empresas de plataformas que utilizamos, no son tributos al Estado territorial en el que vivimos, sino a empresas transnacionales de las que dependemos sin lugar a reclamo. Pero esto da para largo y no es el motivo de este encuentro.
Retomo.
Voy a otro término que reaparece en el libro con insistencia. Salvaje. Leo primero las palabras de Sarmiento que Lobo transcribe en el libro:
Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canallada no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar si ahora reapareciesen… Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.
No había en Sarmiento tanto humanismo como le atribuímos, ¿no? No, al menos, un humanismo que contemple la posibilidad de la diferencia, de la integración de lo originario al plan civilizatorio que implicaba cerrar el círculo de una nación occidental. Lobo retoma entonces esta idea de que el protagonista literario de ese espacio que es “el interior” fue y sigue siendo ese violento salvaje. Y esto es así, entiendo, más por una incapacidad de imaginar y una inclinación a la repetición de los escritores, que por una idea original de que este “piojoso y animalesco ser” represente al provinciano.
Ahora bien, ¿desde dónde se escribe esa América Latina?
¿Cómo nos pintan estas narraciones?
Desde el lirismo cerrado.
Desde el costumbrismo.
Desde los regionalismos.
Desde el ruralismo.
Desde la monstruosidad.
Desde la amenaza del salvaje que la acecha.

María Lobo (Tucumán, 1977) es Doctora en Humanidades, comunicóloga, docente y escritora
Desde el personaje estereotipado el peón de campo, el raptor, el gaucho erótico, la mujer seducida o raptada. Todos dispuestos en el espacio geográfico elegido por excelencia: la pulpería, a la que se accede por caminos polvorientos y luego de dormir la siesta.
Desde el personaje blando, débil, que se asume vive tierra adentro.
Desde objetos gastados de sentido como: ceniceros, lámparas de querosén y vasos vacíos, ristras de ajo colgadas en las puertas…
Desde el imaginario cerrado y sin tiempos del realismo mágico de GGMarquez.
Desde tierras peligrosas y oscuras teñidas de violencia contenida.
Desde el territorio observable, “dibujable en su caricatura”.
Desde ese destino de “provinicianía” al que las ciudades latinoamericanas están detinadas para siempre.
Desde, en palabras de Cáseda: “el costumbrismo como la conciliación de un arcádico cosmos en el que todo se perpetúa.”
Quisiera redondear este pespunte con palabras de Lobo que lo resumen:
Los lectores de esos libros encuentran lo que estaban buscando: la confirmación de que nada ha cambiado detrás de las fronteras y los límites que los mantienen a salvo de la amenaza que habita en las afueras.
Para ir terminando, hablemos de la prosa.
Aquí con más claridad aún, pero sin perder la impronta que se destaca en todos sus libros, Lobo enlaza diálogos, y sus voces interiores, con las voces autorizadas de aquellos a quienes leyó. Lo hace de un modo sofisticado, preciso. Trayendo fuentes, no repitiendo.
Lobo es una escritora exquisita, exigente. Imagina una ciudad casi imposible de imaginarse de tan planificada, mapeada e incluso construida en buena parte. Una Ciudad que es todas las Ciudades cabecera de países de América Latina, y a la que le escribe en segunda persona, en un gesto disruptivo, osado y transgresor. ¿Una académica escribiéndole a una posible ciudad a la que trata de vos? Por momentos se la puede leer como una carta de amor.
Los personajes.
En casi todas sus obras, incluida esta, los personajes que construye María Lobo responden lo que se les canta. Nunca se dejan domesticar. Nunca al estímulo le corresponde la respuesta adecuada. Azarosos y disruptivos, los diálogos entre la narradora y sus autores citados nunca aburren, nunca obedecen.
Por el contrario, producen saltos, desorientan un poco para después responder desde un lugar propio, nuevo, y así calmar el ansia de información que se va despertando en el lector.
Así también dialoga Lobo con los textos que trae a esta escena para cuestionarlos y hacernos trabajar. Sin conmiseración, sin miedo.
Leer a Lobo es preguntarse desde dónde se escribe. Nunca hay una línea que progrese en el sentido ordinario en que las cosas avanzan. Lobo narra desde los bordes hacia el centro, desde el pasado hacia el recuerdo del futuro. Narra con la voluntad de ser leída por un lector capaz de alimentar la interpretación, capaz de cuestionar su época y su lugar.
Tierra acostumbrada contraría al uso utilitario del tiempo, la fe ciega en la historia y el pasado. No produce acostumbramiento, sino todo lo contrario. Discute, pone en cuestión. Su literatura enfrenta la soberbia sorda de las capitales (y de los centros literarios de poder) y discute con las lógicas obtusas del capital.
Su voz no tiene marca de origen ni sello que lo limite. Desde San Miguel a todas las capitales del mundo. Tierra acostumbrada es la posición de quien quiere sacudirse el polvo y caminar sin autoconmisceración.
* Leído en la presentación de «Tierra acostumbrada» de María Lobo, el 20 de noviembre de 2025, San Miguel de Tucumán.
** Portada: «Las parvas» (1911) de Martín Malharro
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