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29-04-2026 Notas

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Por Juan Jorrat

¿Es realmente libre el artista cuando crea o siempre responde a las expectativas de su tiempo? ¿Hasta qué punto el arte expresa una subjetividad genuina y cuándo se convierte en un producto moldeado por la mirada del público? Médico luego devenido en periodista y crítico social, Max Nordau (Imperio Austro Húngaro, 1849 – Francia, 1923) fue un prolífico escritor y novelista a la par que uno de los mayores detractores del arte moderno. Y junto con Theodoro Herzl fue, también, uno de los fundadores de la organización sionista mundial, pese a que ambos autores se declararon ateos u agnósticos durante la mayor parte de sus vidas.

Conocido principalmente por ensayos como Las mentiras convencionales de nuestra civilización (1883), en el que atacó a la prensa, la aristocracia y la religión, si bien fue hijo de un rabino, Nordau calificó a la religión como “un resto excesivamente repartido todavía de nuestra infancia”. En otra de sus famosas obras, llamada Degeneración (1885), cargó las tintas contra los grandes escritores del siglo XIX. Dedicada a Cesare Lombroso, criminólogo y fundador de la corriente que sostenía que había una conexión entre genética y delincuencia, Nordau causó un gran revuelo con este libro, puesto que analizó lo que llamó el “fin-de-siècle”, término que utilizó para entender los fenómenos y el humor sociales que caracterizaron a los artistas de su tiempo. Nordau sostuvo que esta forma de pensar era similar a la “envidia de un rico y anciano libertino que ve a una pareja de jóvenes amantes dirigiéndose a un rincón apartado del bosque”. Es decir, es la disposición de un tiempo marcado por la confusión generalizada, una desilusión extendida y la convicción de una inminente catástrofe. Es un sentimiento de perdición y desgaste irreversible. Para Nordau el “fin-de-siècle” no era lo mismo que el pánico o la ansiedad que podía llegar a tener una segunda venida de Cristo: mientras que aquellos que esperaban al mesías estaban inmersos en un clima de plenitud y alegría, los intelectuales y los artistas eran testigos del ocaso de todas las instituciones y creaciones humanas.

Figuras notables de la época como Baudelaire, Wilde, Huysmans, Wagner, Lautremont y Nietzsche, por mencionar algunos, fueron objeto de su crítica y le sirvieron para explicar que la “degeneración” provenía de este espíritu de “fin-de-siclè” cargado de pesimismo y egoísmo, lo que le llevó a suponer que la histeria colectiva había impactado en estos autores y que eso se traducía en un “arte degenerado”. Degeneración contenía afirmaciones muy controversiales. Por ejemplo, al hablar del poeta Verlaine, sostenía que “vemos un sujeto degenerado y repulsivo con cráneo asimétrico y rostro mongol, un vagabundo impulsivo y dipsómano.” Otro ataque furibundo fue contra a Emile Zola, al que le dedica un capítulo entero para cuestionar fuertemente la concepción realista de sus novelas, a las que consideraba solo redundantes en brutalidad, violencia y vicio, por lo que daban una muestra parcial y falsa del mundo.

Muchas de las ideas cientificistas al estilo de Lombroso concebidas por Nordau las llevó también a la literatura. En una de sus últimas novelas, La Ondina, publicada en España en 1923, cuenta la historia de un joven alemán viviendo en París que descubre que su novia había sido amante de un mulato. Ante su indignado rapto de locura, la joven le dice a su novio: “Pégame si quieres”, a lo que el protagonista responde, sucintamente: “No soy un negro.”

Sobre el rol del arte

En su discurso sobre la “función social del arte”, Nordau arremete contra la idea del arte por el arte y aquellos que sostienen que este no persigue ningún fin: “La psicología y la historia de la civilización patentizan actualmente cuán vano es negar al arte funciones distintas de la de la belleza”.

Para Nordau, en sus comienzos el arte solo buscaba librar de una obsesión nerviosa al artista, y es eso lo que predominó en el hombre de las cavernas, los únicos artistas subjetivos y adeptos al arte por un verdadero amor. Con el avance del tiempo, sin embargo, este tipo de arte quedó completamente perdido. ¿Las razones? Nordau explica que, a medida que la historia avanza y la cultura cambia, el artista se cree superior y el público lo lisonjea, por lo cual se transforma en objeto de admiración y devoción. Eso produce un cambio en el proceso de creación del artista, y en consecuencia su arte se convierte en un oficio influenciado por el estímulo: “Solo piensa en el público y en el éxito de su obra”. Sin embargo, Nordau también señala que la sociedad se da cuenta de la influencia que logra en el artista y el privilegio que eso le otorga sobre él, obligándolo a trabaja para ellos y no para sí mismo. Más que manifestar su subjetividad como escritor, pintor o músico, el artista debe trabajar para gustar a su público. Ese es el desempeño de su función social.

Esta transformación es un signo patente de la decadencia que vio Nordau; el sometimiento de ciertos individuos capaces de plasmar sus emociones a los intereses colectivos. Esto comenzó cuando, para dar forma a sus obras, el artista debía apelar a la autoridad constituida, ya fuera desde los tiempos del antiguo Egipto o los griegos, el mundo pagano o la Edad Media y el Renacimiento, los artistas estaban obligados a trabajar para reyes, príncipes, gobiernos o el Papa, etc. Siempre el artista debió servir a una institución social, ya a sea la Iglesia, el gobierno, la patria o los soberanos de turno, a partir de lo cual el arte fue utilizado para demostrar al pueblo la autoridad de los poderes constituidos. Esto fue posible gracias a que, para publicar sus obras, el artista tenía que tener el permiso del poder. Por lo tanto, arte y poder público no estuvieron separados, sino todo lo contrario. “Veo que toda obra sirve para un fin social, Homero ensalza los héroes de la raza helena”, sostiene Nordau. La glorificación de los antepasados con el objeto de adular a los poderosos de turno era lo característico del arte. Será recién durante el Renacimiento donde aparece el arte estético y los artistas alcanzan cierto grado de emancipación. Pero también es ente período donde nacen “los profesionales de la crítica”, que fueron los que les dijeron a las grandes masas lo que debían consumir, a tal punto que el pueblo se transformó en el mecenas del artista. Sin embargo, con la aparición de la democracia, el arte experimentó cambios drásticos. Ya no fueron los tribunales de mecenas, cortesanos, reyes o prelados los que juzgaban la obra, ahora su juez era lo que Nordau llamó la “crítica profesional”.

A la vez, la modernidad le dio una vuelta de tuerca más al asunto a través de los diarios y el mercado editorial, puesto que un autor subsiste gracias a su público. “El sufragio universal ha destronado a la Iglesia, a la monarquía; la masa colectiva es el único dueño del artista”, explica Nordau. Si antes tenía que complacer a un mecenas, ahora el artista vive de la llegada al pueblo y es este el que le impone su gusto. En el caso del arte moderno, la masa quiere algo que le dé libertad mientras se siente prisionera en sus trabajos y en sus rutinas, no algo que ennoblezca a los soberanos o que muestra las bondades que hay en el paraíso o los tormentos del infierno. “Las obras que saben mostrar la dignidad y la belleza del trabajo sencillo y de la vida popular son las que representan el tipo de arte del futuro”, sentencia.

Nordau y el siglo XXI

Increíblemente, la crítica que Nordau hizo en el siglo XIX a la función del artista no ha perdido vigencia. De hecho, ¿no está más presente que nunca en el mundo actual? Escritores, pensadores o intelectuales están más pendientes de ver el impacto que tienen sus producciones en las redes o en los medios que de lo que realmente sienten y tienen ganas de decir. La “cancelación”, en este sentido, funciona como una barrera que deja pasar o no las opiniones y que puede condenar o impulsar al artista. Y lo que es peor, es aquello que reasegura la posición del artista como obrero que ejecuta “un trabajo impuesto por otro”, al decir de Nordau. El deseo constante de buscar aprobación excede cualquier afán artístico, pero este deseo, diría Nordau, ya está presente desde hace más de un siglo. La masa tiene los mismos hábitos que las peores tiranías: busca que se la adule y le brinden placer, y si no lo hacen, se rechaza al artista. Con internet y las redes sociales, lejos de permitir mayores expresiones, Nordau señalaría que solo se permite por parte del público un mayor control del artista.

Pensemos lo que fue el caso del lenguaje inclusivo y como se impuso en el mercado. Incluso se quiso reescribir a autores clásicos como Roald Dahl o Mark Twain con este tipo de lenguaje. Es innegable que esta transformación del idioma tuvo un eco en un sector de la crítica y entre lectores que apoyaron este tipo de cambios en las obras de arte. Los mecenas modernos, como sostiene Nordau, lograron así imponer su mirada y satisfacer a un determinado y extenso público lector que también quería esto. Así como Nordau criticó lo que denomino en el arte el “realismo mal entendido”, esto es, la exhibición de las miserias de la vida de forma desmesurada y penosa, esta nueva variación en el lenguaje pretendía señalar supuestas injusticias que solo se tradujeron en cambios mercadotécnicos de la producción editorial

El tiempo dirá si ese mismo público que es “juez del arte” querrá seguir siendo asediado por esta nueva forma de escribir, seguramente nuevos gustos se impondrán al pueblo y este va a exigir que los artistas le den, otra vez, lo que quiere. Pero el verdadero arte, para Nordau, será el que muestre la vida sencilla y la dignidad del trabajo, aquellas obras especialmente del Renacimiento, como las de Miguel Ángel, las pinturas de Jean François Millet o los escritos de Maquiavelo. Se trata de aquellos que no se dejan influenciar por los mecenas o los críticos profesionales modernos y que no se reducen a hacer un cambio morfológico para mostrar una pequeña parte del mundo.

* Ilustración de Ephraim Moses Lilien

 

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