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04-05-2026 Notas

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Por Daniela Della Bruna

Una distancia mínima

Mi espacio de almacenamiento de Google Fotos está clavado en el ochenta y cuatro por ciento desde hace veintiséis meses. Por razones más o menos relevantes, cambió la frecuencia y el contenido de mis posteos en redes sociales desde entonces. De pronto, empecé a sacarme menos fotos. ¿Antes lo hacía sólo para mostrar algo en redes sociales? ¿En qué momento se había perdido el sentido de la fotografía aislado del teléfono celular y del posteo en alguna clase de anclaje digital? ¿Para qué documentar algo que no se va a mostrar? Interrumpir una práctica como esa, que de modo silencioso se va haciendo carne y se cuestiona poco, de golpe pone en perspectiva quién decide sobre las propias prácticas. ¿Qué decidimos, realmente, hacer? ¿Quién es esa que me mira desde mi foto de perfil y qué sentido tiene su arco argumental de personaje?

Esta pequeña distancia, que en modo alguno significó mi salida del mundo digital, propició un movimiento que, primero como incomodidad y después como búsqueda, me puso a pensar la forma en la que se despliega mi trabajo. Cuando digo trabajo, me refiero a una serie de actividades que ya no se pueden conceptualizar bajo los parámetros clásicos. Es algo distinto a mi primer trabajo y al trabajo en relación de dependencia que mantengo, que también está atravesado por la imagen que presento en redes sociales y sobre todo por la disponibilidad de veinticuatro horas que me impone la aplicación de mensajería del momento. Ahora trabajar es estar todo el tiempo conectado en alguna red. WhatsApp, Instagram, Facebook, Linkedin, para nombrar las básicas. Ahora hacemos flyers, videos de promoción, sabemos horarios óptimos de publicación, nos sacamos fotos, damos muestras gratis, organizamos eventos, participamos en charlas y nos proponemos como alguna clase de personaje al que, en el mejor de los casos, vale la pena comprarle algo.

Bienvenida al mundo de la autogestión, me dije. Pero en el mundo del trabajo que queda en relación de dependencia también se despliega el personaje.  Hay jefes, colegas y clientes a un deslizar de pantalla de mi estado de WhatsApp, mi foto de perfil o mi frase de inicio. ¿Qué vendí en más de veinte años en el ámbito laboral y bajo todas sus formas? Juguetes, libros, clases, talleres, eventos. ¿O vendía también otra cosa? ¿Qué vendo en realidad ahora? ¿Qué vendemos?

Un silencio

Vuelvo a ese punto del 2023 en el que me fui, engañosamente, de las plataformas conocidas como redes sociales. Engañosamente, porque seguí mirando y, a veces, seguí posteando. Por trabajo, era mi excusa. Dejé de escribir poesía, también, por ese tiempo. Al principio me pareció una pausa normal, cubierta por todas las tareas que hacen parecer que estamos escribiendo cuando no estamos escribiendo. Al fin y al cabo, el autoengaño es parte de la vida contemporánea, y la vinculación con las tecnologías de la comunicación centralizadas en el teléfono inteligente, es su principal arena.

Entendí así que estaba cayendo en un silencio. «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie», sentenció Adorno, y si bien viene con la aclaración de que esto no es del todo exacto, dice que por lo menos no se podrán escribir poemas alegres. ¿No es esta una cuestión más actual que nunca? Y, si no, pensemos en este poema del palestino Marwan Makhoul: “Para escribir una poesía / que no sea política / debo escuchar a los pájaros / Pero para escuchar a los pájaros / hace falta que cese el bombardeo.”

Existe el seguir escribiendo, pero también existe una historia de los silencios. Personales e históricos. Muchas veces, un silencio primero se camufla, se ahoga bajo una inenarrable cantidad de ruidos. Hoy ese ruido podría ser el de las emisiones verbales y no verbales que nos saturan a través de todos los medios electrónicos y las redes sociales, pero también la industria editorial clásica y la independiente, con su flujo de publicaciones para el mainstream, autopublicaciones, campañas de mercadotecnia a gran escala o poetas de Instagram que inscriben su palabra en el muro inestable de la dimensión virtual.

En respuesta a Adorno, estuvo Paul Celan. ¿Y para nosotros? Por ahora deambulamos entre una sobrepoblación de mensajes de todo tipo y tenor, donde resulta imposible saber qué podría ser relevante. Pero hay rumores. Hay rumores que se inscriben en obras de diferentes latitudes y traen el eco de una misma cosa. ¿Sigue siendo relevante la literatura? “Sólo pensaba en la razón por la que los hombres deberían dejar de escribir del todo”, hace decir Sigrid Nunez a uno de sus personajes en El amigo. Antes, la protagonista había deslizado: “Le hablo de tu falta de convicción en el objetivo de la ficción, hoy, cuando ninguna novela, da igual lo brillantemente escrita o llena de ideas que esté, va a tener ningún efecto significativo en la sociedad”. Luego se refiere al mitológico diálogo entre Abraham Lincoln y Harriet Beecher Stowe en 1862 en el que este le habría dicho: “Así que eres la mujercita que escribió el libro que desencadenó esta gran guerra”. Una situación como esa hoy es imposible, cuando los libros publicados parecen tener el mismo destino que el diario de ayer en el siglo XX.

Sally Rooney, en Gente común, se suma a la campaña. El protagonista, joven de pueblo y de clase obrera, siente la vacuidad de los círculos literarios de Dublín: “La literatura, tal y como estaba presente en esas lecturas públicas, no tenía ningún potencial como forma de resistencia ante nada”. ¿Pero buscamos resistirnos? ¿O hay una actividad que es simulación y se transforma en un hacer que no pretende modificar las condiciones de fondo, por lo pronto, del circuito cultural? ¿Nos resistimos o nos alineamos? Y al alinearnos, ¿reproducimos el gesto hasta transformarlo en mueca, hasta que se nota, en su triste transparencia? ¿Todo este ruido esconde, finalmente, un silencio que ninguna palabra puede aplacar? ¿Estamos, detrás de la imagen, solos, callados y aterradoramente quietos?

El problema de la poética

En este punto, en el que el camino se empieza a bifurcar, y necesito un norte, me encuentro con Audre Lorde y su poema Poder, de 1978. Lorde toma un hecho impactante de la realidad como materia de la literatura: la absolución de un policía de Nueva York que asesinó a un niño negro de diez años. Este poema, como toda la obra de Lorde, es contundente. Renueva ese pacto que tiene la poesía con la desautomatización del lenguaje, con la posibilidad de subvertir la realidad. Ella habla del racismo, la misoginia, se posiciona como mujer, negra y lesbiana con toda la peligrosidad que tenía, y tiene, ese posicionamiento. El poema comienza con una estrofa que es clave para traer luz a la confusión que vengo hilando: “La diferencia entre la poesía y la retórica / es estar / preparado para matarte / tú mismo / en vez que a tus hijos”. Retórica y poesía. ¿Imagen y contenido? El poder de la palabra poética no puede ser discurso, belleza, pose. Lorde lo pone como un asunto de vida o muerte. Y cada uno de los caminos lleva a una muerte. La poesía es estar preparada para matarte, la retórica es estar preparada para matar. ¿Qué estamos dispuestos a matar cuando elegimos la retórica? 

La introducción de Volverse público, de Boris Groys, se titula “Poética VS Estética”, y me veo tentada a hacer dialogar esta oposición con la del poema de Audre Lorde. Dice Groys que la actitud estética es la del espectador, el consumidor del arte. En esta vertiente señala que el consumidor es una especie de amo, y el artista un esclavo. Aparece nuevamente la discusión sobre lo político: “Con frecuencia, se considera la politización del arte como un antídoto contra una actitud puramente estética que supuestamente le pide al arte que sea simplemente bello”. Groys va a interpelar esta creencia, que es el corazón de la tesis de Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) donde insta a la politización del arte como respuesta a la estetización de la política. Dice Groys, en cambio: “Esta politización del arte puede ser fácilmente combinada con su estetización, en la medida en que se las considere desde la perspectiva del espectador, del consumidor”. El espectador que tiene en mente Benjamin seguramente es muy distinto al de Groys, y también muy distinto su poder en cuanto a la instancia de producción. Para poder revisar este lugar de la producción es que Groys quiere correrse del lado de la estética y centrar su análisis en la poética.

Retórica y estética pueden representar cierto orden de cosas similar, un orden centrado en las formas, cuando la poética tendería a ser ese fondo que no se llega del todo a definir, pero del cual sospechamos cierta potencia. A la función del lenguaje que va por el lado de la belleza, en la teoría de las funciones del lenguaje, se la ha llamado indistintamente “función poética” o “función estética”. Me inclino a pensar, cada vez más, que desde aquí también hay que desarmar el equívoco. Porque, siguiendo a Audre Lorde en la estrofa final de Poder, “a menos que aprenda a usar / la diferencia entre la poesía y la retórica / mi poder también se corromperá como molde envenenado”. La poética sería esa función que descubrieron los formalistas rusos que desautomatiza el lenguaje y permite que suceda el extrañamiento. Y entonces con el mismo lenguaje se puede decir algo diferente y producir un movimiento en el mundo. La retórica vendría a ser la cháchara vacía del que parece que tiene algo que decir, y que se lee a la velocidad del dedo, como diría Beatriz Sarlo. 

Espectadora y espectáculo

El problema que se deriva de esto es una distorsión duplicada: así como se finge decir, se finge también escuchar. Se finge, a veces sin saber que es fingida, la emoción, a ambos lados de la pantalla, que dejó de tener dos lados hace mucho tiempo. Como dice la protagonista de El amigo, “en nuestra época grafómana la realidad se había ido de paseo. Ahora todo el mundo escribe igual que todo el mundo caga, y ante la palabra talento muchos quieren echar mano de un revólver. El auge de la autopublicación fue una catástrofe, decías. Fue la muerte de la literatura. (…) Y Garrison Keillor tenía razón, decías: cuando todo el mundo es escritor, nadie lo es”. La cita es lapidaria. Como la protagonista. Pero ella está en duelo y le habla a su mentor que se ha suicidado. Ha recurrido al silencio último. Ambos le han dedicado su vida a la escritura. Ahora, el panorama es imposible: “Horas de despacho. El estudiante A se siente frustrado porque el programa requiera tantos cursos de lectura: No quiero leer lo que escriben los demás, quiero que los demás lean lo que escribo yo. La estudiante B está preocupada porque muchas de las lecturas obligatorias incluyen libros que no obtuvieron beneficio económico alguno o que ahora están descatalogados. ¿No deberíamos estudiar a los escritores más exitosos?”

Leo esto y pienso que la novela ni siquiera toca el mundo digital, y sin embargo podría traspolarse ahí. Como se podría traspolar la diatriba de Platón contra la escritura. Entonces, ¿en todas las épocas sucedió lo mismo y sólo estoy teniendo una reacción conservadora contra el avance de una nueva tecnología de la comunicación? Es muy probable. Pero también es cierto que la escritura produjo un cambio cognitivo en las sociedades, y que la memoria pasó a un segundo plano, así como también las visiones coherentes del mundo que se podían transmitir y modificar oralmente. También es cierto que la imprenta volvió a cambiar el mundo, la forma de relacionarnos, nuestra subjetividad, los modos de producción. Sin la imprenta no hubiera sido posible el desarrollo del Método Científico. O de la lectura individual. Sí, esas tecnologías moldearon modos de conocer, modos de vincularnos y una subjetividad “humana” particular. Así que dando por hecho que en parte estoy sufriendo de una reacción conservadora, me voy a dedicar más bien a ver qué moldea esta tecnología hoy, tomando mi aldea simbólica como ejemplo. 

Volviendo a las redes, todos estamos mostrándonos ahí, en un indiferenciado espacio que prometió democratización y devolvió ansiedad, angustia y vacío. “Cuando no sabés cuál es el producto, el producto sos vos”, dice un gurú arrepentido de Silicon Valley. Entonces, si somos un producto, ni siquiera vendemos algo fuera de nosotros mismos, o tenemos algo para mostrar, más allá de un complemento para el personaje. Y entonces junto a la Barbie médica y la Barbie arquitecta, tendremos a la Barbie poeta, la Barbie escultora, la Barbie documentalista y la versión Ken de todas las anteriores. 

¿Todo es una venta? Si abro Instagram un día cualquiera me voy a encontrar con el mismo panorama del que habla Nunez en su novela: “Siguen llegando. Anuncios de oportunidades para estudiar escritura junto a otra actividad. Puedes escribir y disfrutar de comida gourmet, escribir y catar vinos, escribir y hacer senderismo por las montañas, escribir y navegar en un crucero, escribir y perder peso, escribir y mandar de paseo tu adicción, escribir y aprender a tejer, cocinar, hornear, hablar francés o italiano, etcétera. Hoy, un folleto de un festival literario: ¿Quién dice que escribir y relajarse no van de la mano? Disfruta la perfecta escapada: un retiro para participar en un taller de escritura en un spa. (Manicura – Pedicura – Relatos, bromea P. D.)”. 

El evento, el mito de origen, la serie de gestos que acompañan al diseño del personaje artista, y que se repite en la creación de personajes de otros ámbitos, se vuelven una performance de la performance. Y nos performateamos en uno o en otro. La performance artista afectado o espectador conmovido.

¿Y la poética? ¿En qué lugar habrá quedado? ¿Dónde nos reencontramos con lo genuino en un mundo de espejos?

Los muertos que vos matáis

Veinte años no es nada, dice el tango. Y sin embargo hace un poquito más de veinte, en las aulas de Comunicación II dábamos por muerto a Marshal Mac Luhann y su famoso “el medio es el mensaje”. Repasábamos su teoría como un momento pasado de los medios masivos de comunicación. Instábamos por la resurrección o el descubrimiento del receptor. Y en Análisis del Discurso leíamos con nostalgia a un Benjamin que habla del aura en la obra de arte, del aura aniquilado por la reproducción técnica. Pensábamos como un mundo pesimista el que pintaba la Escuela de Frankfurt con sus intelectuales exiliados en Estados Unidos. Sin embargo, no se podía negar Dialéctica de la Ilustración (1944), de Adorno y Horkheimer. En uno de los ensayos de ese libro, al que habría que volver, se dice que el arte se transformó en mercancía y la cultura en una industria. Con el diario del lunes, se quedaron cortos.

También leíamos como lo más moderno del mundo al Barthes posestructuralista que proclamaba la muerte del autor, en su libro de 1967 que lleva el mismo nombre. Ahí va a liberar al texto de la predeterminación impuesta por el autor para decir que es el lector quién va a completar el significado. Hoy diríamos que lo va a invalidar o afirmar, según cuál sea su sesgo de confirmación. Pero querido Roland, habrá que decirte que el autor está más vivo que nunca. Hay días en que está más vivo que la literatura, y tristemente son la mayoría de los días en el entorno digital.

“Los muertos que vos matáis gozan de muy buena salud” es uno de los fakes clásicos de la literatura. Se le atribuye generalmente al Don Juan de Zorrilla, pero esta línea no está en el texto. Lo que queda en la memoria popular suele tener alguna verdad escondida, y lo que dimos por muerto resucita una y otra vez. Como un Terminator extraño, cambia y sobrevive. La misma trampa y otra. Una inquietud y una sorpresa que parecen nuevas, pero que recreamos, como las criaturas amnésicas que somos.

Hablarle al espejo

Vanidad, mi pecado favorito”, dice al principio y al final de El abogado del Diablo un Al Pacino que le habla a la cámara en esta película de 1997. Es una película circular, en la que el Diablo va a tentar al bueno de Keanu Reeves ya sea por el camino de la ambición, si el personaje decide ganar un caso sin escrúpulos o, si en otro multiverso decide dejar de defender a un culpable, se va a decantar por la salida ética. Porque la vanidad puede servirse de ambas, igual que las redes. De buenas intenciones está lleno el camino al Infierno, y como se ha visto, en nombre de las más nobles causas se cometen los más atroces crímenes. En todo caso las excusas que nos ponemos para estar en redes de tal o cual manera, para hacer estas performance pueden ser más o menos candidateables en la vara moral de la validación social. Pero muchas veces, mal que nos pese, el trasfondo es el mismo. Como en la película.

En un curso de oratoria, la actriz Fabiana García Lago dice que no se cansará de repetir que nunca de los nuncas hay que ensayar frente al espejo. Y continúa con una exposición sobre la proyección de la voz, la mirada, imaginar al público de un auditorio. Cuando uno ensaya frente al espejo, dice, se está hablando a sí mismo. Me pregunto cuánto de la lógica de la videoconferencia, la videollamada, la grabación de videos para redes no son formas de hablarle al espejo. ¿Cuántos nos quedamos enganchados de nuestros gestos, y comenzamos ahí un juego que es de uno a uno con nosotros mismos?

Y entonces, ¿a quién le hablamos en los infinitos circuitos de internet? ¿No está ahí, más evidente que en ningún otro lado, el primer momento de la creación de la imagen de sí? En ese embelesamiento, porque ya no soy espectadora sino que estoy en la pantalla. El problema es que soy espectadora de mí misma. Como el estudiante de El amigo que no quiere leer, sino que quiere que lo lean. Pero, ¿quién está ahí para leernos si todos vamos a escribir? Y, en definitiva, ¿en qué lugar quedó la escritura si lo que más importa es la construcción de imagen de artista y su estudiada pose? Dice Groys en “Poética VS. Estética” que, “hoy en día, no son solo los artistas profesionales, sino también todos nosotros los que tenemos que aprender a vivir en un estado de exposición mediática, produciendo personas artificiales, dobles o avatares con un doble propósito: por un lado, situarnos en los medios visuales, y por otro, proteger nuestros cuerpos biológicos de la mirada mediática.” El autor profundiza la propuesta y dice que se pueden analizar las prácticas artísticas no ya desde la estética sino desde la autopoética, es decir prácticas en las que el artista produce el propio Yo público. 

Ahora bien, si las personas que nos dedicamos al arte ya no hacemos arte sino que nos autodiseñamos como creaciones artísticas, el fenómeno tiene por lógica que exceder un imperativo de mercado y una explicación que se plante meramente desde el narcisismo. Hay algo que se me sigue escapando, y tiene que ser porque, como dice Catupecu Machu en “Magia Veneno”, “veo en partes lo que tú ves / quieras o no estás adentro”.

La recaída

Virginie Despentes, en Querido Capullo, pone a dos adictos en recuperación a conversar sobre la recaída. Él está por recaer, ella le advierte sobre eso: “Existe el placer de la caída. Tú te estás preparando. Lo estás saboreando de antemano”. Cuando me llegó la invitación para participar en un número especial sobre el tema urgente del momento para una revista digital, habían pasado veintiséis meses de ese primer momento de silencio. Había dejado de escribir y vuelto a escribir. Había dejado de postear, y luego había posteado algo, medio de vez en cuando. Me había encontrado con los libros que me hablaban de la duda sobre el lenguaje, sobre la literatura. Había vuelto a creer, ante la evidencia de la lectura. Finalmente, había sentido otra vez lo que puede hacer una poética.

Pero nunca le podremos ganar al dispositivo. Si me pongo un guardapolvo blanco, como hace años no lo hago, volveré a decir las mismas cosas que ya han dicho antes de mí, aunque ni siquiera sepa de dónde salieron. Le pediré a alguien que repita algo en voz alta, para que nos riamos todos. Y así sucesivamente. Es decir, me volveré a convertir en maestra. En la maestra que supe encarnar. Por lo tanto, por mucho que haya leído del tema, y por más distancia crítica que haya pretendido construir, quiera o no estoy adentro. A veces sé cómo funciona, a veces me engaño, a veces caigo en la trampa. “Vanidad, mi pecado favorito”. A veces simplemente construyo la recaída. Y lastimosamente la disfruto.

Para la revista me pidieron una foto profesional en blanco y negro. Desempolvé ahí el desdeñado Google Fotos, para ver si algo era potable de retocar con una herramienta digital. Me encontré con nuevas alternativas. Y me dispuse al experimento. A partir de una imagen mía se podía producir una foto en blanco y negro tipo afiche cinematográfico. Hice dos o tres intentos porque quien esté libre de autoproducción que tire la primera piedra. Ahora regreso, con una inquietud parecida a la vergüenza, a contemplar la imagen distorsionada que produce la IA a partir de mi foto. Es mi rostro y no es mi rostro. Ese vacío que observo, ¿será la falta de aura de la que habla Benjamin? ¿O la pérdida del alma que temían distintos pueblos ante la introducción de la fotografía? Registro mi propia inconsistencia, ¿qué sentido tiene producir una imagen artificial de mi propia imagen? ¿Por qué me autodiseñaría profesional y en blanco y negro para enviar un texto a una revista? Y me pregunto si queda algo “más allá de la maqueta del mundo”, robando la imagen de Mircea Castarescou en Solenoide. Me temo, parafraseando a mi abuelo, que soy, yo también, puro cartón pintado.

* «Consuelo Fould SM» (2025) de Ana Riaño

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