Blog
Por Guillermo Ganzini
I.
Fue Walter Benjamin quien alguna vez dijo que “las opiniones son como el aceite para las máquinas”. No se equivoca. No importa si lo dijo en 1926. Es una idea absolutamente actual. Y es extraño pensar que, aunque quizá ninguna época histórica haya estado más despolitizada que la nuestra, todos parecen hablar de política: en las redes, en el café, en la calle, en la mesa familiar. Se comenta lo que pasó ayer o antes de ayer. Y a partir de ahí, se toma partido, se denuncia, se reclama, se putea, se patalea.
Diego Valeriano llamó “régimen de la opinión política” a eso que nos viene pasando desde hace unos años, supongo que a casi todos. Opinar sobre política es una práctica tan arraigada a nuestros códigos de conducta que, a esta altura, resulta imposible no estar implicados de alguna manera. Se trata de una higiene rudimentaria. Basta con cepillarse los dientes y ojear el celular para entrar en ese estado ansioso tan horrible. Supongo que no es algo que no ocurriera antes, pero es indudable que con la proliferación de las redes sociales, la cosa ha tomado otra relevancia.
Y se habla de la última novedad política con tonos asertivos y combativos, como quien se jugara la vida en ello, como quien verdaderamente participara de la discusión y tuviera alguna capacidad de decisión en ella. Pero se nos va la vida opinando. Claro que opinar no es gratis. Porque como insiste Valeriano, uno delega casi todo en esa implicancia: su estado anímico, su afectividad, sus ganas, sus fuerzas. Uno se gasta el propio espíritu opinando. Aunque supongo que también algo se gana en ese intercambio. Algo se alivia y, algo también, se satisface. Habría que ver bien qué.
II.
Vivimos siempre a la caza de la novedad política. Esta demanda es transversal: no tiene ideología política, no es reaccionaria ni progresista. Y no es difícil notar que, si no se está al tanto de la última novedad política (póngase aquí cualquier suceso notable ocurrido entre hoy o, como máximo, ayer por la tarde), uno comienza a sentirse un poco en falta, como si se estuviese perdiendo algo esencial. A uno no se lo perdonan: ni la pareja bien informada, ni el grupo de WhatsApp de los pibes, ni el vecino del 6B. No sé bien qué es. Pero algo insiste. Algo nos conmina a pronunciarnos compulsivamente. Una ansiedad por decir, una necesidad de plantar banderas, de decir “acá estoy parado yo”. Una cosa muy absurda, sí. Un poco como suponer que el mundo necesita de nuestra opinión para seguir funcionando como habitualmente lo hace.
Cosa de locos —pero irremediablemente cierta—, es que hasta no hace mucho, cuando uno no sabía muy bien qué decir o cómo iniciar una conversación (por ejemplo con el almacenero o con el taxista), se hablaba del clima. Ahora, se opina de política. Y se opina con la misma ligereza con que se podría decir que “está llegando la tormenta de Santa Rosa”. Sé que exagero. Pero, ¿no es un poco así? ¿No es, acaso la novedad política, el caldo de cultivo de cualquier conversación cotidiana? Lo interesante para mí, es pensar cómo se ha banalizado el discurso político hasta volverse moneda corriente. La exacerbada “politización despolitizante”, diría Pedro Yagüe. Tampoco se equivoca.
III.
Roland Barthes alguna vez dijo que la exigencia epocal que nos conmina a situarnos políticamente, que nos insta a definirnos por un sí o por un no, es un rudo ataque contra lo Neutro. Y hablar de lo Neutro, en una sociedad virtualmente politizada como la nuestra, es asumir una posición un poco blanda, poco arriesgada, poco combativa. Pero Barthes habla de otra cosa. Lo Neutro no es un término medio ni un camino mesurado entre dos posiciones antagónicas. Nada de eso. Refiere más bien, a esa posibilidad (siempre latente para quien verdaderamente la desea), de darse el lujo de no contestar, esto es: de no aceptar las condiciones del juego; ese juego que, como señala Pedro Yagüe al escribir sobre Valeriano en su libro Engendros II (publicado en 2022 por Cordero Editor), “nos convierte en panelistas del mundo, en sujetos taxativos desde el sillón, posteadores obedientes, explicadores de todo, delegadores compulsivos de nuestro estado de ánimo”.
No aceptar las reglas del juego enunciativo. No aceptar jamás ser interrogado por un Otro que no existe. Esa es un poco la idea. Por eso las actitudes neutras son vistas como el verdadero mal. Son inmediatamente señaladas como perezosas, como poco comprometidas, como aburridas. Una sociedad como la nuestra no soporta lo Neutro. Y es cierto que, si uno no acepta el juego que nos hace entrar en determinado tipo de enunciación asertiva, se queda un poco fuera de la circulación de los flujos comunicacionales.
IV.
Pero hay algo más. Barthes también insiste en otra idea: que esta demanda social constante por marcar posición es la que, a fin de cuentas, verdaderamente nos fatiga. Para convencernos de ello, basta prestar atención a la cantidad de circunstancias en las que se nos pide definir nuestro grado de adherencia o rechazo: encuestas, pronunciamientos, reposts, debates virales o de sobremesa, cancelaciones, grupos de WhatsApp, solicitadas, etc.
Lo importante es que, cuando uno habla, habla desde un lugar. Lo que importa es el lugar desde el cual se habla. ¿Desde dónde hablo? ¿Desde qué posición? ¿Desde dónde emito mis opiniones? ¿Desde la ideología? ¿Desde la perspectiva de un ciudadano libre? Sospecho que la respuesta no es la misma para cada quien. Pero es una pregunta que vale la pena hacernos, una y otra vez, las veces que haga falta. Y sospecho que si jamás —por ninguno de los jamases— surge esa pregunta, es porque, simplemente, no podemos parar de opinar sobre todo. Por eso estamos fatigados, pero también, irritados y malhumorados. Lo que agota es hablar desde un lugar que no es el propio, que jamás podría ser el propio.
Si uno no puede interrogar el lugar desde el que habla, menos puede dar cuenta de las palabras que usa. Porque en todo instante, cuando aparentamos participar en un debate de ideas, o cuando estamos tentados a opinar de todo lo que sucede —y sucede de todo, todo el tiempo—; desde ese momento, uno ya está obligado a hablar de cierta manera, a asumir cierto lenguaje: un lenguaje simbólicamente pobre, endoxal, estereotípico y, por ello, deserotizado. En suma: discursos perfectamente tristes, automáticos, previsibles, obsesivos, moralizantes, pedagógicos, solemnes, irascibles, reactivos, fatigados. Y ahí, una vez entreverados en ese régimen de la opinión política, créanme, ¡ahí no hay cuerpo! Jamás podría haberlo.
Lo cierto es que nunca se está seguro de la posición que uno ocupa ni el lugar desde donde enuncia lo que dice. No es algo que podamos resolver en un santiamén. Imposible saber a qué tribunal apelamos. Sin embargo, nada resulta hoy tan gris, tan plano y, en definitiva, tan deprimente como la posición del que ejercita 24/7 el músculo de la opinión política. Que quede claro: nadie está exento. Yo mismo lo hago, intento no hacerlo tanto. Pero es una fiel manía, una obsesión. Si uno no participa un poco, es como si quedara afuera de las conversaciones cotidianas corrientes (un poco como perderse la última serie sensación de Netflix).
V.
Amador Savater acertó al decir que quien enuncia su sagrada opinión “se coloca imaginariamente en la posición enunciativa de sus gobernantes”. Tiene razón. Porque opinamos y, al hacerlo, asumimos una falsa posición de poder, esto es: adoptamos la posición enunciativa de los fuertes (de “eso” se goza, “eso” nos engancha).
Pero esta inversión de roles no se detiene allí. Ocurre también, creo yo, en el ámbito de las empresas y el trabajo. No debemos olvidar que la promesa del capitalismo siempre fue la misma: convertirnos a todos en propietarios. Del mismo modo, ¿no podría pensarse que la promesa democrática simula convertirnos a todos en gobernantes? Estoy bastante seguro que sí. Y me gusta pensar esta confusión de roles a partir de un simple gesto: “hacer como si”.
“Hacer como si” se fuera jefe, sabiendo que en el fondo casi nadie lo es y lo será (pero de todos modos hay que hacer “como si se lo fuera”). “Hacer como si” se tomaran decisiones al opinar, sabiendo que no tomamos ninguna decisión política en ello (pero de todos modos hay que hacer “como si se las tomara”). Porque, a fin de cuentas, no hace falta montar una empresa individual para ser empresario, ni ser político para opinar sobre lo “que se debería hacer”. Alcanza con adoptar una postura, una determinada conducta, una actitud específica, una manera de vérnoslas con el mundo y con los otros.
El famoso eslogan “sé tu propio jefe”, que propone un mundo aspiracional constituido solo por “patrones”, retrata —si lo observamos bien— la misma inversión de roles que ocurre hoy en la escena de la pseudo-participación política. Me parece que, sin forzar demasiado, se trata de la misma inversión. Con solo dar la “sagrada opinión”, la gente se posiciona subjetivamente “como si” fuera un gobernante. Nadie quiere sentir que es mandado. Nadie quiere aceptar que obedece. Por eso se nos insta constantemente a opinar, a estar siempre bien informados, como si tan solo ahí, en ese régimen de la opinión política, se estaría salvaguardando el último suspiro de nuestra democracia.
Y lo gracioso de esta época es que la mayoría de las veces actuamos creyéndonos verdaderamente libres por lo que opinamos, pensamos y decimos. Y, en ocasiones, incluso nos adjudicamos la valentía de haber subvertido algún código o producido alguna “ruptura”. ¡Qué disparate más grande me digo yo! ¡Qué confusión tan elemental! Que la gente se crea dueña de sus propias palabras, eso es lo que da risa. Ese es el costado absurdo y tragicómico de nuestros tiempos.
Etiquetas: Diego Valeriano, Guillermo Ganzini, política, Roland Barthes

