Blog

06-05-2026 Notas

Facebook Twitter

Por Tomás Grieco

Borges dice que podemos contestar fácilmente la pregunta acerca de cuál es la tradición correspondiente a la literatura argentina. Para Borges, es la literatura europea. Así, responde a ciertos movimientos literarios que, tal vez demasiado preocupados por encontrarse a sí mismos, se proponen un distanciamiento voluntario -y, por qué no, algo forzado, artificial- de la literatura española. 

Pero Borges agrega que la tradición es algo sobre lo cual el escritor argentino puede atribuirse ciertos derechos. Puede manejarla con desenfado, o -por decirlo con sus palabras- con irrelevancia, sin supersticiones. Un autor como Winnicott pensaba que es imposible ser creativos sino en base a la tradición. Esto se corresponde con una paradoja muy precisa: la de crear lo dado. Pero, ¿cómo se puede inventar lo que ya existe? 

Si alguien creara desde la nada, sin dudas sería su propio dios. Siempre se crea a partir de una tradición determinada, sólo que, al tiempo en que la recibimos, de lo que se trata, es de reinventar esa tradición. Para Winnicott, la creatividad consiste en crear algo que ya está dado, en un movimiento de separación, sí, pero que es separación sin separación. 

Y en esto, aclara: en el campo de lo creativo, el plagio es un pecado imperdonable, capital. Tiendo a creer que Winnicott no estaría muy de acuerdo con la demostración -tan contundente como irónica- del Pierre Menard de Borges. 

En este punto, me importa tomar la idea de robo, extendida entre lectores y escritores. Si vergüenza es robar, ¿por qué, en literatura, el robo no produce ningún tipo de afectación? Y, ¿se puede hablar de robar? Cuando alguien dice que tal le robó a cual, se me impone la imagen del caballo de Troya. Es una imagen inexacta, trillada -tradicional- pero creo que el paso de una palabra extranjera, a través de la muralla de la piel y hacia el interior de nuestro organismo, se corresponde bastante poco con la idea de robo. Queremos creer que estamos robando, pero ésa no es sino una lectura defensiva frente a algo peor: el hecho de que nos estamos abandonando a la peste que va a terminar con nosotros. Una peste de la cual, si es que salimos, saldremos a condición de ya no ser el que éramos.

Durante varios años, creí que leer a la letra a un autor como Lacan significaba ser riguroso en su lectura. Hoy, pienso que esa forma de leer se parece más a memorizar. Tiendo a creer que Lacan acerca lo que llama la letra a la teoría del plasma germinal de Freud. O a la idea del contagio, aunque un virus y el semen tal vez no sean cosas demasiado distintas. 

Haciendo uso de esta lógica paradojal, Lacan dice que hay que prescindir del padre, pero a condición de servirse de él. Yo quisiera proponer, en el intento de condensar todas estas ideas, la siguiente: la creación literaria tiene estructura de teléfono descompuesto

Es sabido que el teléfono descompuesto es un juego de carácter colectivo, que consiste en transmitir una frase de participante en participante, en voz baja al oído, viendo cómo se distorsiona, finalmente, el mensaje original. Para ejemplificar mi propuesta de que la creación literaria tiene esta estructura, voy a hablar de una conjetura que tengo. 

Pensado seriamente, lo que ahora voy a contarles probablemente sea inexacto en términos históricos. Pero me gusta creer que es una ficción que puede tener cierto carácter de verdad.

Mi conjetura remite a dos canciones, escritas por Calamaro y Dárgelos. Calamaro alguna vez escribió una canción que dice “estoy cansado de esperar”. Pero también hay una canción de Babasónicos que dice: “nací cansado de esperar”. Es prácticamente la misma frase, sólo se sustituye una palabra por otra. La letra de Dárgelos puede cantarse perfectamente con la melodía de la canción de Calamaro, y sin embargo, no dicen lo mismo. No exactamente; hay algo que se descompone. Y también, algo que se compone: la letra de Calamaro es muy linda, la de Dárgelos me parece genial. 

Mi conjetura es ésta: un día cualquiera, Dárgelos está en su casa, con la radio de fondo. En algún momento, la radio transmite la canción de Calamaro. Ya la había escuchado mil veces, pero ese día el volumen del equipo está demasiado bajo como para que se escuche la letra de manera clara y distinta. Tal vez Dárgelos está haciendo otra cosa, un huevo frito, por ejemplo, sin prestarle mucha atención a la música que suena de fondo. Y entonces, sucede: simplemente no escucha la palabra estoy -tal vez la explosión en miniatura de la fritura tapa por un instante la voz que viene de la radio-, y la cabeza de Dárgelos rellena el bache en la carretera de doble sentido de la búsqueda del sentido: nací.

O tal vez es domingo. Dárgelos salió la noche anterior, y está con resaca, de pijama, zapando con la guitarra. Está tocando una armonía al azar, y en esa armonía resuena la canción de Calamaro. Empieza a tocarla: “¿cómo era?”. Atento a la secuencia de acordes, descuida por un instante la letra -que recuerda vagamente- y entonces surge ese gesto espontáneo que cambia una palabra por otra. Un acto fallido, dice Freud, es un acto logrado.

En mi conjetura, Dárgelos nunca habría podido escribir esa canción sin que Calamaro le diera letra. Y, más que con el robo, creo que este proceso se explica mejor con la idea de influencia, en el sentido de influenza. Vuelvo entonces a la idea del contagio, o a la del embarazo. Ese cuerpo extraño que se impone desde afuera, y que ciertamente nos fecunda, nos transforma. Y que, incluyendo la forma del error, no excluye la categoría de lo correcto.

Abandonado al nado de un sueño ya sin dueño, aceptado el dejarse tomar por esas influencias, extranjeras, lo que entonces queda es el encuentro con crear lo dado. Y que, a su vez, daremos, al modo abrasador del pasamanos de una antorcha olímpica, en la continuidad de los incendios por contar. Si, en definitiva, siempre que se empieza a leer, ya se está escribiendo.

 

 

 

 

Etiquetas: , , ,

Facebook Twitter

Comentarios

Comments are closed.