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21-05-2026 Notas

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Por Leticia Martin

Antes de entrar de lleno en algunas ideas de La función del amigo, el libro de Helga Fernández, quisiera contar una anécdota de amistad. Resulta que mi hijo se peleó con un amigo del jardín, que casualmente lleva por nombre el que es mi apellido. La maestra me llamó para conversar. Más o menos relató los hechos así: Octavio se enoja cuando Martín tarda en descolgar la mochila, y cada tanto, se la tira al suelo. La maestra notó que era una actitud extraña en él e hizo su interpretación. “Martín no es rápido para algunas cosas. Creo que Octavio no puede comprender ese movimiento y por eso se enoja y reacciona mal. Necesita una explicación”, dijo. Y acto seguido me pidió que hable con Octa, cosa que hice, además de invitar a Martín a jugar a casa. Desde entonces no hubo más entre dichos ni enojos de Octavio hacia su compañero, que se convirtió en amigo de Martín. 

El cuento se parece en algo a lo que me pasaba tiempo atrás leyendo a Helga Fernández. Me costaba entenderla, y eso me enojaba. ¿Por qué no puede ser más clara? Es difícil entender eso para quienes no tenemos tantos libros de psicoanálisis en la cabeza. A orillas de la sobrada capacidad de mi amiga, crecía el yuyo de mi incomprensión, y eso me exasperaba. Eso, tal vez, o el no poder decírselo. Pensar y no saber expresar bien lo que se quiere decir. ¡Qué desgracia!

La escritura de Fernández ha ido modificándose y creciendo libro a libro. Su capacidad expositiva ya era destacada cuando compartíamos las aulas del colegio secundario; pero hoy su escritura se ha puesto de lleno al servicio de las ideas, y entonces uno puede leerla mientras, en los mismos párrafos, se encuentra entendiendo algo de Agamben, Heidegger, Lacan, Freud, San Agustín, Allouch o Hannah Arndt, autores con los que Helga dialoga, y en los que cimenta lo que quiere decir, para decirlo desde sí misma pero haciéndose cargo de una herencia. Es notable su habilidad para plantear hipótesis propias mientras recorre lo dicho antes por otros, es decir, dando cuenta de esa construcción social que es colectiva y que se ha acumulado y no se puede desconocer cuándo se escribe con seriedad. Para empezar, entonces; agradecer eso. 

Después decir que, en La función del amigo, Fernández explora la amistad no solo como un vínculo afectivo o una cuestión terminológica que podría importar solo al interior de las discusiones entre psicoanalistas, sino que se sumerge en el aspecto ético y político de la amistad proponiéndola como “un acto con consecuencias”.

Entrelaza en su libro dos aspectos. 

Por un lado: la función del amigo como práctica, y como diferencia de las funciones materna, paterna y fraterna. Y por otro lado: la incidencia de la función del amigo en el psicoanálisis. Lo que constituye la parte más áspera del libro, eso que se denuncia sin tono de denuncia.

El libro observa que hoy se exalta por demás la amistad y que esto podría ser efecto de la retirada de las instituciones tradicionales. La función del amigo no se propone como una solución al malestar en la cultura, sino como una forma de habitarlo. 

«La función del amigo. Una tensión deseante», ensayo de la psicoanalista argentina Helga Fernández, publicado por la editorial En el margen

El libro recorre distintas facetas de lo que entraña el ser amigo a partir de sus funciones, que voy a agrupar arbitrariamente:

1. La función des-idealizadora del amigo, ligada a la caída de las máscaras filiatorias —algo que piensa con Allouch al interior de las escuelas psicoanalíticas—. Fernández sostiene que reverenciar el saber o establecer relaciones de filiación con “los maestros” solo reproduce la asimetría paterno-filial, algo que debería evitarse. En la amistad se hace con la falta. Y para poder sentir al otro hay que estar incompleto. El amigo te invita a lo desconocido, a la invención. A diferencia del hermano, que te redirige melancólicamente a un lugar del que ya se salió, con el amigo se avanza hacia un horizonte inédito, hacia lo que da terror …y te define mejor, diría Gabo Ferro. “Con el amigo, no hay modelo previo que copiar ni contra el cuál rebelarse […] El amigo es un otro que no es espejo”, que no duplica, que no es ideal ni rival, que no garantiza nada, sino que acompaña. El amigo no armoniza: desestabiliza, como todo lo nuevo. De muchos modos y en distintas partes del libro se destaca que: en la amistad no hay posiciones fijas sino roles intercambiables, que se trata de: “dos singularidades que piensan juntas sin fundirse”. La amistad no anula la diferencia sino que la requiere.

2. La función del amigo como portador de la palabra, ese territorio común (creado en la zona liminal) que protege frente a la desolación, y funciona como un «ancla» de la realidad frente a las derivas del pensamiento individual. La amistad construye su propio idioma. Puede usar la telepatía, la criptofasia, o la transmisión de pensamientos; y este tiene un efecto terapéutico y vital. Este nivel no informativo de conexión, el propio lenguaje de la amistad, teje una gramática de la intimidad, aunque no garantiza el encuentro. Hay un umbral, una línea que debe franquearse para co-construir con el otro.

3. La dimensión política de la función del amigo. Para Helga Fernández la amistad tiene una potencia subversiva. En un mundo que tiende a la uniformidad o al aislamiento competitivo, construir un lazo basado en la elección libre y el cuidado del otro es un acto de resistencia. Lo político no llega al discurso analítico desde afuera sino que lo constituye. De este modo el libro erige una crítica a ciertos modos de producción de sentido que se instalan al interior de la disciplina. Partiendo de cierto cierre del discurso lacaniano sobre sí mismo, que encarnó en su modo de citar el propio Lacan, Fernández hace su señalamiento bien incisivo: invita a saltar el monólogo que encerró a Lacan en la Lógica del Uno hasta dejarlo sin interlocutores. Así nos llama a repensar los modos de asociación de la comunidad psicoanalítica en un intento por saltar esa lógica y habitar una función que ponga en circulación los nombres, y la economía de los dones.

Lo esencial del amigo es su disposición a habitar un espacio donde las singularidades no se anulan. “La palabra ‘amigo’ no absuelve de la tensión con el semejante. Tiene la gentileza de albergarla”. Pero también el vocablo ¨amigo¨ es político porque establece un límite —le dice no a la exclusividad de la filiación, introduciendo una erótica de la diferencia—, y es al mismo tiempo performativo —con solo enunciar la palabra amigo se crea la poética de una composición tensa y deseante—. 

4. La función del amigo como «testigo» agrupa una cantidad de alusiones al amigo como testigo necesario de la existencia. A diferencia de la familia, —donde hay una deuda simbólica— o la pareja —donde suele haber una demanda de completitud—, en la amistad se valida la singularidad de un otro con el que se puede co-crear, como se muestra en el caso de la amistad entre Fliess y Freud, que tantas veces la historia del psicoanálisis prefirió negar, prefiriendo hablar de un lazo enfermo, producto de la paranoia que padecía Fliess, y destacando el conflicto de la propiedad intelectual surgido entre ambos —a partir del reclamo de Fliess a Freud—, por sobre la idea de una creación conjunta.

“La práctica de la amistad, por estar hecha de la misma materia que el deseo, conlleva su agresividad estructural. No hay lazo que no incluya la tentación de devorar al otro o ser devorado por él”. 

Fernández se pregunta por qué será que no consideramos aquella amistad como la piedra angular del psicoanálisis. ¿Será, tal vez, porque habría que renunciar a la idea de un intelectual escribiendo en la soledad de su escritorio? Como positivistas e hijos del Iluminismo, esa idea nos cierra más. Pero… ¿podemos pensarlo de otra manera? 

Fliess y Freud mantuvieron una estricta correspondencia entre 1887 y 1904, es decir, a lo largo de 17 años. Esto evidencia que en los orígenes de aquel intercambio hubo una amistad creativa y creadora. Ambos intercambiaron ideas y pareceres, se corrigieron y se influenciaron positivamente. Si bien todo parece indicar que Fliess vivió con dolor el alejamiento de Freud en el momento en que este se sintiera atrapado en la mímesis con Fliess, esto no borra los años de deslumbramiento y deseo que Freud sintió al encontrarse con su amigo y paciente: encuentro que motorizó las investigaciones y desarrollos teóricos del psicoanálisis.

Esa tensión se “resuelve” con la irrupción del pensamiento autónomo de Freud, que deja a Fliess sumido en su síntoma. “Separarse de Fliess fue [para Freud] tan fundante como encontrarse con él”.

Es hermoso el relato de los pormenores de la disputa por el plagio. El modo en que se narra toda división de ideas es siempre imposible. ¿Quién pensó qué parte de la teoría? ¿Hasta dónde una idea es de uno o del otro? Las preguntas que Fernández se hace dan cuenta de su espíritu inquieto, indomable y creador.

Otra lectura original que señala el libro es que no fue la patología de Fliess lo que llevó al corte o la ruptura del lazo entre ambos, sino que Fliess se patologizó como consecuencia de esa particular relación de amistad que mantenía con Freud. Como buena revolucionaria, la autora da vuelta los roles, e intercambia los términos. Fliess enferma de amistad, tal vez de tanto admirar a Freud. Freud encuentra la idea de “paranoia” en los delirios de Fliess. 

¿Qué historia nos queremos contar? “La historiografía oficial, para santificar el origen, prefiere un Freud imputado por un paranoico a un Freud co-creando con un amigo”.

La de Fernandez es una gran lectura de la subjetividad humana. O mejor dicho: de la negatividad del sujeto moderno. Por eso no se conforma con el mito de origen que heredamos, y pefiere una “zona porosa” —así la llama—, donde haya disputas, o versiones varias, para poder pensar mejor. Esta mirada prefiere que no se pueda decir de quién es la autoría de algo, porque crear puede ser una actividad conjunta —y se sabe que de eso se trata su método de trabajo en psicoanalista con otros—. Podemos decir entonces sin dudar, que su enfoque teórico se corresponde con las lógicas que viene proponiendo hace años.

“Que el psicoanálisis haya nacido de este doble movimiento —la fusión y la ruptura, el componer y el aniquilar— no es una contingencia histórica, sino una necesidad estructural”.   

Helga Fernández (Foto: Enrique García Medina / Página 12)

5. La función del amigo como alteridad señala que en la amistad uno puede librarse de su propio narcisismo saliendo del encierro que este implica. La función del amigo requiere una proximidad que no borra las diferencias sino que suguiere una  distancia justa. Fernández toma un concepto de Jacques Derrida, el hemato-homocentrismo (que es el homocentrismo a partir de la sangre) y reconstruye con la astucia de no usar la palabra “patriarcado” que bien podría haber elegido, lazos como la cofradía, o la endogamia, a partir del Mito de la horda.  En los ejemplos que expone sobre la violencia uno puede remitir a las prácticas de los rugbiers que se someten a una lista de violencias para pertenecer a la manada. Lo que aparece es el trazado de una línea —o el muro, como lo llama la autora— que deja afuera a unos, e incorpora a otros. Cito:

“El padre es la violencia institucionalizada, el derecho tácito a dominar entre “hermanos”. Lo que circula en la horda —mujeres, recursos, prestigio— se reparte como botín; el pacto [patriarcal] decide quién accede y quién se queda afuera. Cuestionar el pacto es convertirse en traidor”.

A este tipo de amistad “hermanada” Fernández le opone la visión de Hannah Arendt, que incorpora la cuestión de la distancia, es decir, el lazo que no se funda en el amor a Un-padre ni en la identificación que excluye a partir de la sangre o de la veneración al mismo padre simbólico; sino el lazo que sostiene esa compañía, que a veces destruye, y que no permite la fusión. Por eso escribe:

“A diferencia del hermano, cuya lealtad viene prescrita […] la amistad es una práctica sin seguro: puede dejar de ser en cualquier instante. Esa “distancia”, que Arendt y los antiguos celebran, es también el espacio donde puede irrumpir el fin de la amistad”.

La amistad no es una relación entre dos Yoes que se complementan o reconocen, sino un lazo que se anuda en torno a una falta. Un vacío compartido. La amistad excede a la lógica de la acumulación, solo existe mientras se gasta.

Me gusta esta idea poética, que un poco me lleva a concluir mi lectura. El psicoanálisis se origina en la ruptura de una amistad, es una “criatura que necesitó el conflicto para nacer”. Desde entonces, esta disciplina existe “diseminada en miles de practicantes dispersos por el mundo”, pero no por dispersa desintegrada sino manteniendo algo de las moléculas de esas primeras cartas.

En muchas oportunidades, cuando se le quiere expresar a un amigo que se lo admira, se le dice: “sos como un hermano”. En este libro queda claro —entre otras cosas— que no hace falta comparar la amistad con nada, porque habitar la función del amigo, alcanza y sobra para crear y huir del narcisismo.

* Portada: Detalle de «Autorretrato con un amigo» (1518) de Rafael Sanzio

 

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