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Por Javier González Cozzolino
«En ausencia del patrón oro, no hay manera de proteger los ahorros
de la confiscación mediante la inflación. No existe un depósito seguro de valor».
Ensayo Gold and Economic Freedom, 1966 – Alan Greenspan (USAGOLD).*
La voz «dinero» nada tiene que ver con el dinero. Según el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas, «dinero» proviene del latín denarius, «moneda de plata que había valido diez ases». Esto es, cuando el ser humano creó tal significante, éste procedía de un objeto, el denario, una moneda de plata empleada en el Imperio Romano, derivada de un adjetivo, «deni» que significa «cada diez», y éste de «decem», que es «diez». Ergo, cuando se expresa que el denario valía 10 ases, esto supone que 1 denario era igual a 10 monedas de bronce (ases), mientras que el denario como tal era una moneda de plata. Para el caso que me importa, el significante «denario» tenía un significado, «moneda de plata», «reserva de valor metálica», y este fue por muchos siglos el significado del dinero. Así visto, y desde el Imperio Romano, al menos, el dinero era el modo de pago del trabajo o de la venta de las materias primas o elaboradas (por personas no muy libres, ya se verá), y esto se emparentaba con la ubicación social de unos y otros dentro de esquemas imperiales antiguos como el romano, o bien dentro de las categorías feudales de la Edad Media o de la creación de los ciudadanos o burgueses (un eufemismo para no hablar de súbditos) en la Edad Moderna y Contemporánea. Así, nuestro trabajo, nuestro bíblico esfuerzo, supo contar con una moneda de cambio, en metálico, y ese metálico, expresado en un papel por un banco, representaba un pagaré, una deuda del banco para con nosotros, que equivalía tantas monedas de plata u oro que podíamos exigir si acaso queríamos acuñar realmente dinero.
Pero (y luego hay voces que claman por la educación financiera pero de todo esto tan sencillo y obvio nada se exige) todo cambió. ¿Cuándo? En el siglo XX. En aquella centuria se le quitó significado al dinero, que ya no fue metálico, y los gentiles de ayer y hoy nos quedamos con trozos de papel que no poseen respaldo material. ¿La finalidad? Ahorrar recursos léxicos en la creación de un nuevo significante pero, por sobre todo, que las personas, con mansedumbre, aceptáramos otra cosa como si se tratara de la misma. Lo que hoy llamamos «dinero», etimológica y semánticamente no es dinero, es un ente que no posee más respaldo que el de las leyes que imponen los Estados (creados por ficticios pactos sociales, fábulas que en las universidades se asumen como naturales) y que obligan a emplear monedas de curso legal generadas, y perdón por otra nueva repetición, sólo por los Estados. El dinero hoy es monopolio del Estado y del sistema financiero, y no es dinero, es papel respaldado por la coerción de la secta estatal-financiera.
En el siglo XXI, la abstracción de lo que mal llamamos dinero ya llegó al paroxismo con las criptomonedas, las billeteras electrónicas, las fintech, etcétera. Todo parece depender de algoritmos, de un tipo especial de confianza en la red (y en la energía eléctrica) y de quien controla a estas redes, algunas abstractas, otras no tanto. Como sea, el dinero ha desaparecido. Pero para que la secta estatal-financiera continúe sin fisuras se ha aprovechado de viejos significantes, a sabiendas de la poca conciencia del lenguaje por parte de nosotros, los ciudadanos (esclavos, larvas, parásitos). Se ha manipulado una vez más a lo que se llama humanidad. Quien conduce el lenguaje, maneja al poder. George Orwell lo dijo de otro modo en 1984.
El lenguaje como campo de batalla
«Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento». […] «El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y los asesinatos respetables, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro viento».
(Politics and the English Language [1946]).
Antes que analizar este ensayo de GO, es necesario precisar que aquí no hubo, como suele suceder, una actualización del significado del dinero, como resultado del uso y el habla, un proceso natural del lenguaje donde los hablantes transmutan los significados en función de contextos. No. Lo que hubo aquí fue un cambio identitario de lo que llamamos dinero (y también de nuestra identidad como especie, puesto que no se puede vivir sin dinero). Por si no fui claro: se ha hecho un acto subversivo del lenguaje, no una mera adecuación natural dentro del proceso humano del uso de la lengua y el habla. Y cuando hablamos de «subversión» necesito apelar nuevamente a etimologías para comprender de qué se trata.
«Verter», según Corominas, deriva del latín «vertere» que es girar, hacer girar, dar vuelta, derribar, cambiar, convertir. Varias son las derivaciones a lo largo de la historia de esta voz, dentro del proceso natural de mutación de la lengua y el habla. Por ejemplo, «vértebra» deriva de «verter» y es bastante lógico puesto que una vértebra supone la articulación en torno a la cual gira un hueso y así es también que tenemos animales vertebrados. Pero a lo que me importa: «subversión» proviene de una serie de transformaciones dignas de ser vistas: «Pervertir, S. XV, lat. pervertere ‘trastornar’; perverso, 1438; perversidad; perversión. Reverter, h. 1250; revertir; reverso, h. 1575; de reversus ‘vuelto del revés’; cast. revés , h. 1330; revesado, 1495, o enrevesado, S. XIX; revesino, med. S. XVIII; reversión; reversible. Subvertir, 1444, lat. subvertere ‘volver cabeza abajo’, ‘destruir’; subversión, 1739; subversivo […]».
En efecto, se ha vuelto abajo el significado del dinero. Es decir, el dinero de hoy es la antítesis del dinero de ayer: donde ayer había metálico hoy hay nada. Este acto subversivo sobre la semántica no es el único acto aislado de ingeniería económica y social propiciado por quienes son dueños del lenguaje y, por tanto, de las definiciones oficiales. En materia económica, hablar de «tarjetas de crédito» y no de «tarjetas de endeudamiento» supone una retórica positiva, donde el portador de la tarjeta es un hombre creíble que pagará su resumen de cuenta, antes que un deudor que necesita financiar su gasto, un pobre tipo. Lo que importa y debe ser omitido, por sobre todas las cosas, es al lenguaje campo de batalla.
Esto se agrava aún más cuando, en un planeta donde la alfabetización es la norma, incluso así, existen alfabetizados-analfabetos, en el sentido de que no comprenden que es a través de la expresión oral y escrita que se presentan en tanto seres existentes, con identidad, con impronta. ¿Qué es sino el lenguaje más que la forma de presentar nuestra existencia y de codificar y conocer la realidad que nos circunda?
De casa al tripalium
Tomaré algunas frases sueltas del ensayo referido de Orwell, con la intención de articular el refuerzo de los argumentos, bastante obvios, por cierto, hasta ahora expuestos tan sin gracia. (Naturalmente, y dicho sea al pasar, es muy recomendable leer Dinero, de Martin Amis; aquí, en este trabajo en particular, referirme a esta novela constituiría una digresión imperdonable).
[…] yace la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos. […] Otras palabras que se emplean con significados variables, en la mayoría de los casos con mayor o menor deshonestidad son: clase, totalitario, ciencia, progresista, reaccionario, burgués, igualdad. […] Un escritor cuidadoso [por el contrario], en cada oración que escribe, se hace al menos cuatro preguntas, a saber: 1) ¿Qué intento decir? 2) ¿Qué palabras lo expresan? 3) ¿Qué imagen o modismo lo hace más claro? 4) ¿Es esta imagen lo suficientemente fresca para producir efecto? Y probablemente se haga dos más: 1) ¿Puedo ser más breve? 2) ¿Dije algo evitablemente feo?
Pero usted no está obligado a encarar todo este problema. Puede evadirlo dejando la mente abierta y permitiendo que las frases hechas lleguen y se agolpen. Ellas construirán las oraciones por usted —y, hasta cierto punto, incluso pensarán sus pensamientos por usted— y si es necesario le prestarán el importante servicio de ocultar parcialmente su significado, incluso a usted mismo. A estas alturas, la conexión especial entre política y degradación del lenguaje se torna clara. […]
Es necesario responder las preguntas de Orwell intra-texto. 1) Intento decir que la subversión semántica de quienes mandan (y esto no es un derecha-izquierda, sino un arriba-abajo) para continuar con su poder emplea a las viejas palabras, a las que vacía de contenido y las barniza de un nuevo significado por lo general abstracto, que es casi lo mismo que decir mágico, donde, cuanto más alejado se halle de un sustantivo concreto, mejor. En otros términos, cuanto menos se comprenda a través del lenguaje (¿de qué otro modo?) de finanzas, criptomonedas, geopolítica y sobre las consecuencias de las explotación de recursos naturales o del porqué de la inflación como parte sustantiva de la teoría monetaria imperante, mejor. Y, cuanto más se deforme el significado del trabajo, también mejor.
2) Una de las palabras que mejor expresan lo que intento decir, y que más se funden con la condición humana manipulada por los dueños del lenguaje, como así también por el carácter de rebaño que aceptamos sin chistar, como quien se relaja con un reguetón y una decena de culos perreando, donde la música se ha transformado en un estribillo inicial, un par de estrofas, autotune y verseo latino con mucho sexo, autos de lujo, novias hetero y cadenas de oro; decía, una de las palabras que mejor expresan lo que intento decir es la palabra «trabajo»; iré a Crominas otra vez.
«Trabajar», dice el autor, se deriva el latín trabs, «viga», «madero», «por los palos con que suele trabarse a los animales y carruajes». De ahí que se deriva «traba». Con Corominas esta vez no es suficiente, pero ya hay pistas. Intuyo (mal) que con la Real Academia también me quedaré corto. De «trabajar» se enumeran 26 definiciones, todas más o menos asimilables, como la ocupación en una actividad física o intelectual, a cambio de una remuneración, etcétera. Pero lo más importante se encuentra en la etimología que la RAE no esconde: «trabajar» proviene «del lat. vulg *tripaliāre ‘torturar’, der. del lat. tardío tripalium ‘instrumento de tortura compuesto de tres maderos’».
Si recapitulo resumidamente, vuelvo a escribir: 1) que intento escribir que el lenguaje oficial es operado por aquellos que mandan, a expensas de la ignorancia voluntaria de las masas; 2) que las subversiones de voces como «dinero» o «trabajar» son el campo de batalla semántico de estas subversiones, donde los que mandan sostienen voces vaciadas de significado, o bien reorientadas en función de un sistema socioeconómico y político que les es conveniente (y dicho sea de paso digamos: ¿cuándo un noble en la Edad Media trabajó, o cuándo un emperador?, o preguntémonos de verdad quiénes eran torturados, esto es, quiénes trabajaban en la antigüedad y trabajan ahora mismo, y quiénes juegan a trabajar).
Siguiendo el punto 3) de Orwell, en cuanto a imagen o modismo que tornen más clara mi argumentación, entiendo que en el punto 2) fue resuelto de forma precaria, pero resuelto al fin. Y 4) imagino que la imagen de un noble echado en su poltrona o de un Nerón o un Calígula haciendo cualquier cosa menos trabajar suponen imágenes lo suficientemente claras y frescas como para surtir algún efecto; añadamos que un funcionario de Estado «deslomándose», esto es, trabajando sin horarios en Nueva York, es una mera ficción jamás comparable con una doméstica abandonada por el padre de su tercer hijo que limpia un baño, o por un amigo entrañable que se levanta a las 5 de la mañana todos los días, toma el 53 y se dirige al subsuelo del Hospital Argerich a orientar pacientes tuberculosos, muy cerca de la oficina de «Recursos Humanos» y, ¿paradójicamente?, de la Morgue, oficiando de lo que podría hacer por él un tótem electrónico, pero que el Gobierno de la Ciudad no emplea, para la suerte de mi amigo, pues abundan las personas de bajos recursos que no comprenden textos o no saben manejar un tótem y, por sobre todas las cosas, le es más barato a la administración pública pagarle un sueldo de hambre con no-dinero a un ser humano que invertir en educación, amén de tótems informativos.
¿Y qué más, Orwell? Sí, es verdad, pude ser más breve. Y es probable que haya dicho cosas inevitablemente feas.
Salto chiapaneco y final
La «Cuarta declaración de la selva Lacandona» tenía una parte muy bonita que se hizo canción en un CD llamado, si mal no recuerdo, «Juntos por Chiapas». Decía:
Hermanos:
No morirá la flor de la palabra. Podrá morir el rostro oculto de quien la nombra hoy, pero la palabra que vino desde el fondo de la historia y de la tierra ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder.Nosotros nacimos de la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte, para quienes está prohibida la vida. Para todos la luz. Para todos, todo. Para nosotros el dolor y la angustia, para nosotros la alegre rebeldía, para nosotros el futuro negado, para nosotros la dignidad insurrecta. Para nosotros, nada.
Recuerdo ser joven y conmoverme frente a estas palabras recitadas por el subcomandante Marcos. Habían sido firmadas el 1 de enero de 1996 (https://palabra.ezln.org.mx/comunicados/1996/1996_01_01_a.htm) e iniciaban con algo también recitado:
¡Aquí estamos!
¡Somos la dignidad rebelde, el corazón olvidado de la patria!
Si la revolución fracasó, porque convengamos que no hubo un cambio absoluto ni mucho menos en el sur de México ni el el sur global, seguro no se debió a aquella utopía de fines de la década de 1990, sino a la absorción y dilución por parte de las industrias culturales hasta de «la alegre rebeldía» de aquellos corazones olvidados que se iteran a lo largo de la Tierra.
Ignoro si esto supone terminarlo todo con una enorme resignación. Ignoro si el ser humano del siglo XXI está en condiciones de andar atento a cuestiones semánticas que lo esclavizan. Yo soy parte de esa masa, no me creo ajeno. También soy un esclavo. No más me salga de esta reflexión, deberé aferrarme el no-dinero, trabajar (torturado) para conseguirlo y confiar en que así, de ese modo, habrán de pasar los días, como ya pasan, con médicos que no te auscultan, con legisladores que inventan nuevos significados que regulan nuestras vidas, con pobres que no trabajan o que lo hacen en un potro de tortura. Y con ricos. Con ricos que, a pesar de todo, también lloran y, lo peor, cada vez menos saben del lenguaje.
Esta última característica, lejos de constituir una ventana de oportunidad, nos acerca cada vez más a una conflagración nuclear. Porque nada más peligroso que un «arriba» iletrado, adicto al propofol y ya muy torpe con el uso de la palabra.
*Greenspan es un economista estadounidense nacido el 6 de marzo de 1926 en Nueva York, conocido por haber sido presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos entre 1987 y 2006. Al momento de yo escribir este panfleto, AG no había muerto. Contaba con 100 años.
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