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Por Horacio Gris
El dolor de lo sabido y el horror de lo incierto
Virginie Despentes en su conocido libro Teoría King Kong denuncia que, a partir de los modos en que se plantan ante la agresión sufrida, pareciera que hay buenas y malas víctimas, que así se las agrupa a nivel social. Las que se quedan calladas serían buenas, las que aullan (como comenta que le han dicho a ella al criticarla) son malas. En cualquier caso, siguiendo a Despentes, la violación no “mancha” per se a la víctima ya que, desde su perspectiva, este hecho (la violación) no barre con el sujeto político. Pero, en materia de testimonios, ¿qué ocurre con esas voces condensadas en libros que parecen mas bien decorar con cierta vivencia el retazo que se usará en un molde pre-formateado? Si la ola feminista fue aprovechada por editoriales que la direccionaron para inundar vitrinas con infinidad de títulos, no es ilógico suponer que parte de ese catálogo se movió (en reseñas, en ventas) del modo en que un barco de papel, colocado en el curso del agua, se deja deplazar; es decir, algo que puede navegar careciendo de motor o velas, a lo mejor sin más impulso que el que pueda brindarle una temática convocante al filo del morbo y una perspectiva bastante genérica con una regla simple: la de trazar una línea que permita separar malos (victimarios) de buenos (víctimas) en los personajes que allí aparezcan. Un mundo literario acorde a las exigencias del mercado, de modalidad dicotómica y laxo para todo lo demás, sostenido sobre el andamiaje de discursos que dan materialidad a lo que será considerado verosímil y adecuado para el género de denuncia/testimonio en el contexto actual. En vista de esto, las producciones de la familia Pelicot podrían servir de emergentes para exhibir las tensiones en relación a los hechos y su paso al papel. El caso que los involucra ocurrió en Mazan, al sureste de Francia: un marido drogó a su mujer durante doce años o más y la ofreció a desconocidos por internet. Al menos 70 hombres abusaron de ella mientras se encontraba en estado de inconsciencia. Una brutalidad que salió a la luz cuando Dominque Pelicot fue sorprendido en 2020 por el guardia de seguridad de un supermercado en Carpentras mientras filmaba con su celular debajo de la falda de clientas. Denunciado por ellas, la insistencia de Dominique por minimizar el hecho despertó la sospecha de la policía de que ocultaba algo. Y si bien por cuestiones de procedimiento tuvieron que dejar ir al hombre, le retuvieron el celular. Se encontraron con chats, imágenes, videos. Esa fue la puerta de entrada al infierno, un mundo tan oscuro y sórdido del que es difícil conocer su profundidad.
Siendo aquello que no tiene chances de ser corroborado una dimensión tan perturbadora como ambigua, la falta de certezas en relación al fondo de esta cuestión será lo que movilizará, en sentidos contrarios, a dos de sus víctimas que decidieron plasmar su testimonio en papel: Gisele Pelicot, esposa del perpetrador, y Caroline Darian, su hija. Para la primera de ellas será la argumentación, hasta que se demuestre lo contrario, de que su marido posee una monstruosidad parcial, con ciertos límites; y, para la segunda, será una cruzada que, ante la falta de certezas materiales, no dudará en sostener con certezas subjetivas. Estos caminos en direcciones opuestas son por los que avanzarán los respectivos libros de estas mujeres, Un himno a la vida. Mi historia de Gisele Pelicot, y el de Caroline Darian titulado Y dejé de llamarte papá.
Más allá de lo que nombre la ley, al margen de los reparos que se puedan tener con el concepto, adjetivar como víctima a Gisele Pelicot es algo difícil de evitar porque la gravedad de lo padecido arría como ancla denominativa. En cuanto a su hija Caroline, el asunto se vuelve algo más complejo. Si bien fue damnificada y pudo litigar ya que, como a otras mujeres de la familia, su padre le sacó fotos sin su consentimiento (en su caso: mientras dormía) y las difundió en foros de internet, la gravedad brutal de lo sufrido por su propia madre hace de Caroline Darian la “víctima olvidada”, según ella misma enuncia. Porque, además de lo probado por la justicia, ella -relata- está convencida de haber sido drogada (igual que lo fue su madre) y también abusada por su padre. Esta posición sin elementos probatorios pretenderá ser el cimiento de su libro, una especie de diario, desde la detención de su padre hasta antes del juicio, donde si bien sus sospechas son muy pertinentes, no logrará dar mayor sustento a sus creencias.
Del “hermana, yo te creo” al “hija, yo no lo creo”
Pero al leer a Gisele Pelicot se advierte que preferirá alojar la duda antes que la creencia de su hija: “«(…)La única diferencia entre mi madre y yo es que en su caso hay pruebas. En el mío es una auténtica tragedia», declaró ante el tribunal. (…) me pareció [como] una cuchilla que separaba nuestros respectivos dolores, los enfrentaba, y yo no sabía cómo responder y cómo tranquilizarla, ya que ahora tranquilizarla era traicionarla”. La ausencia de elementos de prueba será una auténtica tragedia para Dorian mientras que para Gisele Pelicot será lo único que le permitirá levantarse luego de la brutal caída que le implicó conocer lo que le hizo su ex marido, Dominique, de quien se separa en medio del proceso judicial. “El psiquiatra Paul Bensussan, que había interrogado a Dominique por extenso, describió a un hombre escindido y explicó que en un individuo pueden coexistir dos personalidades opuestas, una conectada con la realidad y la otra con sus fantasías. Y yo pensé en el día y la noche. «Quizá lo que mostraba era sincero», añadió. «Sincero». Me aferré a esta palabra”. Dejando de lado diagnósticos y artilugios para sostener “escisiones” de personalidad, malabares teóricos con los que psiquiatría y psicología cosechan más dudas que aplausos, es atendible la elección de la palabra sincero como punto de referencia. Ya que la sinceridad es material complejo y, dependiendo de cómo se la entienda, puede cambiar sus propiedades y pasar de ser un salvavidas a convertirse en una roca pesada. Los vaivenes que implican esos cambios podrían explicarse por la superposición de sinceridad (entendida como verdad) con respecto a lo verdadero, algo que ayuda a comprender tanto las diferencias madre-hija en su apreciación de los hechos como los soportes discursivos de sendos testimonios.

«Un himno a la vida. Mi historia», de Gisele Pelicot, escrito junto a la periodista Judith Perrignon (2026)
Para el psicoanálisis, verdad y mentira no funcionan como opuestos booleanos como lo son verdadero y falso. Estos últimos serán, como puede leerse desde Lacan, propiedades de enunciados, mientras que verdad y mentira refieren a la enunciación. En Y dejé… Caroline le dirige palabras de manera directa a su padre, lo llama “terrible mentiroso”, se considera “víctima de las peores mentiras” y adopta “una decisión simbólica importante” -dos, en realidad- para “romper esta maldición”: cambia el tercer nombre de su hijo (que hasta entonces fue el de su padre) y descarta el apellido paterno para usar el de “Darian” (una combinación de “David” y “Florian”, sus hermanos). Dicho con otras palabras: como se percibe excluida de la verdad -al confundirla con transparencia, y siendo que esa vida criminal le fue ocultada-, considera falso lo vivido; por eso precisa resignificarlo, para tener acceso a una verdad que excluya al padre y recién entonces pueda devenir en sentir sincero. Un posicionamiento que adopta muy pronto, cuando -relata su madre- “arremetió contra las fotos enmarcadas que colgaban por todas partes. Luego contra los álbumes, que sacó de un baúl. Nuestras vacaciones, nuestras Navidades, nuestra juventud, lo rompía todo. (…) Sus recuerdos se habían convertido en mentiras insoportables”. Una escena donde, en acciones, busca cancelar al padre y el vínculo con él, a la vez que simplificar la historia familiar frente a la abrupta complejidad que había tomado por los crímenes paternos.
En el caso de Gisele, por otro lado, luego de divorciarse tendría sentido que volviera al apellido de soltera (Guillou), el cual afirma haber recuperado a partir del cambio de estado civil, pero a diferencia de su descendiente no ve una maldición familiar que haya que borrar: “Me gusta esta palabra, «familia», es el ámbito de mis dramas y de mi sanación. Y en el centro (…) siempre estarán mis hijos y mis nietos (…). Les diré que sigo llevando el apellido Pelicot para que no tengan que avergonzarse de él”. La sinceridad a la que refiere Gisele Pelicot implica considerar de manera no-lineal la historia y los afectos, así como dar lugar a que lo vivenciado pueda conservarse porque fue verdadero -aunque haya habido un monstruoso mundo oculto-, por más que también haya dolido, por más que la totalidad de la verdad sea inaccesible. Esa complejidad no vuelve falso a lo experimentado; los recuerdos tienen calidad de auténticos para la autora en tanto son segmentos que no buscan una totalidad. Por su parte, Darian, en lo que expresa, parecerá basar su posición en una rigidez silogística que podría plasmarse como «soy víctima en tanto mi verdad no es aceptada», «si mi padre actuó ocultando la verdad, no puedo quererlo», etc. En este punto ambos títulos pueden leerse en espejo ya que son testimonios opuestos en relación a lo considerado verdad.
El llenado legal
Hay una figura que aparece en ambos libros y, si bien su rol es secundario, sus tropiezos serán llaves de lectura y por eso amerita narrar sus yerros. La abogada Caty fue la primera representante legal de Gisele. “Esa mujer rubia con una reputación consolidada llevaba el pañuelo Hermès de la burguesía parisina, pero sin sus actitudes”, así la describirá. Una profesional muy ceñida a la imagen que, según cómo la plasmarán los relatos de madre e hija, podría notársele cierta semejanza a Nora Fanshaw, la abogada de Marriage Story interpretada por Laura Dem; un personaje seductor y persuasivo, que parece guiado por algo que excede a su representada. Fanshaw fue amada por muchas personas que consideraron que hablaba en nombre de las mujeres (al día de hoy es fácil encontrar el recorte de su monólogo en redes) pero no así por una minoría que entendía, en los silencios de Nicole Barber (interpretada por Scarlett Johansson), el núcleo de una disconformidad o incomodidad. En un primer momento Gisele Pelicot afirma que Caty la protege pero pronto algo cambia: “Añadía comentarios muy crudos, indignados, como si fuéramos viejas amigas o una especie de escuadrón vengador contra esos tipos asquerosos que me habían usado como una muñeca hinchable. (…) Me habría gustado que filtrara la información, (…) que me permitiera avanzar poco a poco”. El “poco a poco” es clave. Toda la narración de Un himno… es un desafío que avanza de a tramos. La autora no hablará desde una posición consolidada, ex nihilo, sino que se trata de un proceso, del mismo modo que su historia inicia lejos y ajena a las posiciones de izquierda y del feminismo francés: “(…) conocíamos El segundo sexo, pero no pretendíamos leerlo”. “Me llegaba el eco de nuestra época, la lucha por la píldora, el aborto, lo entendía, pero no era mi tema”, comenta Gisele Pelicot. Pero ella, eregida ícono del feminismo, “heroína” (hasta propuesta para el premio Nobel de la Paz) no es feminista sino que su trayectoria de paso tras paso la ubica en el mismo cuadrante por donde se mueve cierto feminismo, al elaborar una posición que en algún punto, al final, converge con la marea verde. Siguiendo con la analogía náutica, el rumbo que ella le da a su barco coincide con otros que son movidos por la corriente, lo cual parece confundir tanto a Caty como a fans que la ubican en un sitio que no le interesó ocupar. Gisele, comenta, nunca pretendió «un gran juicio público sobre la violencia contra las mujeres» como insistía su abogada, jamás la movió una sed justiciera universal ni de revancha. Pero entendió en cierto punto que ella, por ella, necesitaba abrirlo; y por eso se retracta y toma la decisión que le valió la masividad y los laureles mediáticos, algo que no le quita mérito ni la vuelve menos feminista, sólo que, como evidenciaron las rispideces con su abogada, aunque usó las mismas palabras que ella, hablaba en distinta lengua. En todo caso Gisele se expresaba desde una singularidad feminista -para denominar de algún modo a la convergencia de su posición con la ética general de esas ideas- mientras que Caty lo hacía, podría suponerse, con una jerga de feminismo de mercado.
Luego de que le sugiriera hacerle demanda económica a un quebrado como Dominique, después de llamarla la “mejor defensora” de su marido, al ver a esta abogada en un programa sensacionalista, Gisele se cansa: “de sus expresiones, de su disposición a hablar ante los micrófonos y de la gran lucha de las mujeres contra los hombres que pretendía llevar a cabo”. A eso se le suma que permitió que Caroline viera el expediente con las imágenes de los abusos que padeció (punto álgido, narrado muy distinto por madre e hija). Todo decanta en que decide que no la represente más. Ahora bien, esa ola imparable de palabras ante la prensa, con espuma de exhibiciones y mostraciones sin cuidado y una cresta de impudicia general declamatoria, ¿no son parte de los modos en que se formatea lo que puede ser vendible hoy en día y, por lo tanto, lo que tiene validez? Volviendo a Despentes, puede que su diagnóstico sea acertado en relación a que una sociedad conservadora prefiere una víctima callada pero es una sentencia que parece llegar 50 años tarde si se piensa qué tipo de víctima prefiere, en la actualidad, la vorágine productivista. En una escolástica lectura moral, alguien que genera views, reels, que habla baiteando para titulares, que da fotos, objetos (puede que libros) y tracciona algoritmos, ¿no es mejor persona (lease: es mucho más útil) que alguien callado?

«Y dejé de llamarte papá», de Caroline Darian, publicado originalmente en Francia en 2022 y editado en español en el año 2025 por la editorial Seix Barral
Al igual que Nora Fanshaw, Caty funciona de mediación entre ciertas voces y el horizonte legal. Pareciera que esta última, vía significante, gracias a su pañuelo Hermès, se convirtió en hermeneuta pero en lugar de traducir lo divino a lenguaje humano, lo que hace es transformar el idioma del mercado en su praxis mientras que su clienta, dejada de lado, queda sin verdadera representación. ¿Y cuál será el pathos adecuado para el manejo de estos temas? De nuevo Caty podría ser quien decodifique las reglas. En una intervención que pretende mejorar las relaciones entre Caroline y su madre, le recomendará a esta última: “Finge que estás mal, eso la ayudará”, como si no hundirse por completo en el llanto fuese sinónimo de estar del lado del victimario. Mostrarse mal, actuar peor o distinto de lo que se siente, en fin, ser plañidera en un ritual propio será el llamativo consejo que le dejará a quien fue violada un centenar de veces pero que, pese a ello, siempre quiso o pudo sostenerse con endereza. Al final, con inocencia de feminista ameteur y la vez con buena intuición, al buscar nuevo representante, Gisele Pelicot preguntará antes, al hombre que elegirá como su futuro letrado, si le parece indispensable que la defienda una mujer.
En Y dejé…, por su parte, las apreciaciones en torno a Caty serán distintas. Algo previsible porque la autora, a diferencia de su madre, se mostrará muy versada en las lógicas sostenidas desde la imagen y por eso aquí los preceptos del feminismo liberal no requerirán ningún tipo de mediación ni demasiada interpretación. Casi no hay rastros, en las líneas escritas por Darian, que evidencien el sentido de un libro testimonial sobre ser “víctima olvidada”, como se define, pero sí material para armar una especie de guía operativa sobre cómo comportarse feministamente ante situaciones, amparada en una narrativa que sólo funciona bajo un constante guiño colectivista en tanto pacta una lectura desde y para quienes se autoperciban feministas que validen, en círculo, su posicionamiento. Algo que, de modo natural, se complementa con la posición de víctima que quiere encarnar: papel que se inicia ante su padre y tiene un eco en cómo la tratarán luego profesionales de la salud que buscan ocuparse de su estado, policías, la prensa, la justicia, abogados de la defensa y hasta, por momentos, su propia madre. Caroline Darian estará encantada con la representación de Caty, por supuesto, cuyo equipo “está formado en su mayoría por mujeres, lo que me hace sentir aún más a gusto”, como afirma. El resto de las páginas será un intento por «transformar un trauma personal en una lucha colectiva», esfuerzo que sin dudas tiene su sentido ya que logró generar políticas públicas en relación a la sumisión química (término que ella misma impone en la agenda francesa), sumado a loas a ciertas autoras contemporáneas, otras denunciantes como Vanessa Springora y Camille Kouchner (quien también aportará material de análisis).
Si en Caty se adivina el impulso mercantil diligenciando expedientes, en Darian se palpita un anhelo bullish tecleando, desprolijidad que se nota en exceso cuando pretende avanzar a base de golpes de efecto. Pero, resulta curioso, en este punto se invierte lo esperable en el core editorial: en el caso del libro de Gisele Pelicot, constituido con piezas de mosaico, es decir sin intención de una única gran verdad, es claro que no pudo escribirlo sola. Que lo hizo “junto” con la periodista francesa Judith Perrignon no es ningún secreto, pero la voz a través de las páginas es prístina y con incómodas pero honestas contradicciones como para suponerla, aún así, auténtica y propia. Beatriz Sarlo en Tiempo pasado plantea que la relación entre pasado y presente en el testimonio no es lineal ni transparente sino que está atravesada por operaciones discursivas, ideológicas, subjetivas, algo que aplica al ejemplo de Pelicot.
Por su parte, si bien la verdadera verdad que busca Darian sólo puede encajar con esa simpleza de buenos vs malos, se nota que el libro es su intento fallido en las formas que despliega, aun cuando su contenido no funcione como distintivo de otros que surcan la marea verde y para la marea verde. Por eso quizás haya insistido con un segundo libro: Para que no se olvide.

«Para que no se olvide», de Caroline Darian, fue publicado a principios del año 2026, también editado por Seix Barral
Otra oportunidad
Escrito con un temple más calmo, en esta nueva entrega Darian toma distancia de la victimidad para convertirse en un sabueso investigador guiado por el imperativo de intentar separar la paja del trigo y así hallar, “de una vez por todas, al verdadero Dominique Pelicot”. Así como en Y dejé… pudo dejar al descubierto -de manera intencionada o no- ciertas desinformaciones vertidas por su madre para justificar su posición pasiva y poco crítica; en este nuevo intento, sin necesidad, esta vez, de hypear su dolor, el tono menos auto-misericordioso le sienta mejor y se amalgama de forma apropiada con su gran agudeza intelectual, lo que le permite confrontar a su padre (en el juicio y fuera de él) con más elementos que antes. Esta es una elección más afortunada si se compara con la apuesta de su libro anterior y quizás también por eso, en éste, de pasada, la autora puede explicar mejor su certeza en relación a haber sido abusada, con argumentos que por algún motivo no incluyó en su escrito previo, donde el grueso quedaba reducido a un chantaje emocional o, como podría interpretarse desde Sarlo, sostenido sólo por la autoridad moral del sujeto que ha padecido.
Pero no se trata de ponerse el traje de víctima para que, Darian en este caso, atenúe o no el tono de su padecimiento y lo deje en composé con el resto del material, como si se tratara de una cuestión de outfit narrativo. Tiene implicancias teóricas más profundas, algo que demuestra el libro de su admirada Camille Kouchner, La casa grande, y por eso puede usarse de ejemplo. Allí la autora toma de núcleo del relato el abuso sexual que sufrió su hermano por parte de su padrastro: pese a que el primero no quiere en absoluto exponer el dolor que padeció, ella lo condicionará a hacerlo y después -sabiendo que él también se opone a eso- ella lanzará el dichoso título donde terminará agradeciéndole por no prohibirle la publicación. Además, por motivos legales o no, ella “protegerá” al hermano colocándole un nombre falso, un sinsentido por tratarse de una familia de intelectuales muy conocida en Francia, con lo cual la barrera cae al primer googleo. Quizás lo que a Darian le sedujo de La casa grande fue la posibilidad de nutrirse de un dolor más intenso, de volver central un daño colateral, de aprovechar el nosotras que flotaba en el horizonte y que permite volver intercambiables las voces y protagonismos en el afán del bien común, ¿o acaso alguien duda de que Camille Kouchner no tuvo buenas intenciones, además de un ego grande como la casa que titula, para descuidar así a su hermano?
Basándose en Primo Levi, Sarlo dirá que el testimonio de quienes se salvaron es materia prima de lectores -o sea algo que precisa posterior elaboración- y que es porque logró ser comunicado sólo una versión fragmentada. Dicho de otro modo, haber sobrevivido implica un relato parcial a la vez que la carga ética de hablar en nombre de los que no pueden hacerlo. Ahora bien: si, como afirma Ricoeur, el testimonio del Holocausto se convirtió en modelo y transfiere sus rasgos hacia adentro, hacia casos menores, ¿qué pasa en la distancia del tiempo? Quizás ese adentro esté pujando e invirtiendo la fuerza modeladora testimonial ya que hoy las mediaciones técnicas provocan, por ejemplo, que pueda seguirse casi en vivo y con pleno registro un genocidio, como sucede en Gaza. Algo cambia, una estética de la desaparición, según Paul Virilio, donde la violencia se constituye en forma. Ante la lógica brutal de fascinación por imágenes terribles para ser consumidas a través de ese Aleph de voyeurismo que es la pantalla del celular, tanto la brutalidad misma como el testimonio de un sobreviviente quedan devaluados en la anestesia general. Esto no significa que su valor sea cero sino que se exigirá más. De todo. La palabra, hoy, pierde terreno ante la imagen, entonces ser testigo presencial no será casi nada si el registro de imágenes prima. Se precisa de un upgrade diferencial y ahí entra la categoría de víctima, con lo que, por la misma lógica voraz, también sobre esta definición sucederá un achatamiento degradatorio. Y, sin imágenes de apoyo, el testigo-víctima puede tentarse a traficar espectacularidad como si fuera material validatorio. Puede que por esto, en reiteradas oportunidades, Kouchner se autodenomina víctima: el concepto se arrebata sin pudor a la esfera judicial, se prescinde de ella, y la autora será víctima por tomar conocimiento de un delito. Pareciera que el mundo precisa ser víctima de alguien para poder decir algo de valor. Víctimas sin importar gravedad ni legalidad, víctimas que a la vez nunca serán suficientes para cubrir la demanda de consumo algorítmico.
Al decidir terminar con su vida, de cierta manera Primo Levi validó en acto su escepticismo en relación al poder curativo del testimonio. Lo cual no vuelve menos importante el hecho testimonial sino que, por el contrario, lo enaltece aún más porque se ejerce por algo que está por encima, más allá o incluso a pesar de sí mismo.Y por eso la importancia de diferenciar: logorrea testimonial no es sinónimo de nobleza así como ser testigo no implica ser víctima ni esto último es una categoría sin relieves. Si, como sugiere Daniele Giglioli en Crítica de la víctima, la figura de la víctima es el héroe de nuestro tiempo, a lo mejor haya que redescubrir figuras que permitan otras posiciones del hablante por fuera de los aullidos indiferenciados de héroes-víctimas.
* Portada: Portada: «El mundo de Christina» (1948) de Andrew Wyeth
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