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16-06-2026 Notas

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Por Darío Charaf

Uno de mis primeros recuerdos, si es que no el primero, es del mundial ’90. Yo tenía 5 años, estaba en prescolar y recuerdo estar viendo el primer partido de Argentina contra Camerún en el salón de actos de la escuela: no recuerdo el partido como tal, pero sí el clima festivo y alborotado al comienzo del partido y también el clima de tristeza, silencio y desolación al final. No entendí qué había pasado pero sí que había pasado algo malo.

Mi siguiente recuerdo es de la final del mismo mundial. Recuerdo estar al lado de mi papá, jugando en el piso, mientras él miraba el partido, recuerdo sus gritos y puteadas, sus nervios. En un momento dijo, quizás con angustia, “vamos Diego…”. Me acuerdo de preguntarle “¿qué le pasa a Diego?”; mi papá me respondió que estaba lastimado; “¿le duele la panza?”, pregunté. Estoy bastante seguro de que no me respondió. 

Dos años después, me acuerdo de mi papá llorando de alegría cuando Boca volvió a salir campeón después de 11 años (el último título había sido en 1981, cuatro años antes de que yo naciera, justamente con Diego como figura). Me acuerdo de su emoción y me acuerdo de un video de Fútbol de Primera mostrando imágenes del campeonato mientras sonaba “Brillante sobre el mic”.

Cuando me enteré de que Diego murió yo estaba atendiendo pacientes. En ese momento no pude afectarme, no pude darle lugar a mi sufrimiento porque debía dárselo al sufrimiento de otros, y quizás también porque preferí alejarme y mantenerme a distancia de ese dolor. Al terminar el día mi esposa me preguntó cómo estaba, le dije que bien, que lamentablemente era algo que podía pasar. Poco después, lavando las cosas después de la cena se me rompió un plato y junto con él estallé en llanto.

El fútbol, Diego y Boca significan mucho para mí: el vínculo con mi papá, mis alegrías y tristezas de la infancia, mi vínculo con mi abuelo paterno, con mis amigos, con mis hijos y también con las mujeres (imposible olvidar cuando en 6to grado las chicas de la escuela primaria, entre ellas mi novia de aquella época, pidieron una asamblea a la maestra para reclamar que en el recreo los varones jugábamos al fútbol y no les prestábamos atención). En el fútbol se juegan para mí muchas cosas muy íntimas.

Hay algunas pocas personas que tienen la capacidad de afectar íntimamente a muchos individuos a la vez. Estas semanas escuché a mucha gente muy afectada por la muerte del Indio: aquellos que dicen que el Indio los acompañó durante su adolescencia, aquellos que al perderlo sienten que perdieron a un hermano, a un padre o incluso a un abuelo (tal como escuché decir a un joven sujeto). Aquellos que, junto con él, sienten perder una parte de sí mismos.

Quizás allí resida una de las claves de lo popular: en la paradoja de que lo más íntimo sea compartido con muchos otros, de que algo muy personal e individual sea compartido masiva y colectivamente. En una suerte de síntesis hegeliana, lo individual se vuelve popular, lo popular se vuelve individual y en un solo individuo se encarnan los afectos más íntimos de muchísimas personas. Quizás allí resida también lo heroico.

En tiempos en los que lo íntimo se exhibe (y exhibir no es lo mismo que compartir) sin pudor como mercancía en redes sociales, de permanente impostación de los afectos (ahora asistimos a múltiples imposturas en torno al mundial, tanto por parte de quienes finjen interés como por parte de quienes sobreactúan desinterés o rechazo) quizás vale la pena recordar que lo colectivo no se opone a lo individual y que lo individual no se opone a lo colectivo. Los héroes (populares, trágicos, sublimes), aún cuando se van, dejan su obra (su acción), individual y colectiva a la vez, para recordárnoslo. Y para que los recordemos.  

* Foto: Tiempo Argentino

 

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