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08-06-2026 Notas

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Por Joaquín Rodríguez Freire

Bang bang

Murió el Indio. El mensaje asaltó las pantallas en la mañana nublada del viernes 5 de junio. No decía Solari ni el Indio Solari. Mucho menos Carlos Solari. El Indio, sin más. Con eso alcanzaba. Le comento la noticia a Andrés, compañero rosarino y fortuito de aventuras, quien chequea en el teléfono.

Estamos sentados en la cuarta fila de la Bolsa de Comercio de Mendoza, lugar heterodoxo cuanto menos. De fondo, unos metros adelante nuestro, Alfredo Cornejo habla sobre inversiones y herramientas financieras. No hay modo, Alfredo.

La tarde anterior, un funcionario de su administración nos contaba, entre risas, algunos avatares de las negociaciones para el show que el músico dio en la provincia en 2014. En la cena, Eduardo Fabregat recordaba que había visto a Los Redondos por primera vez en 1986, en el teatro Fénix, hoy teatro Flores. Fue el 20 de junio porque arrancaron con Aurora, comentaba.

Un día después, todavía digiriendo el cross, Edu daba en el clavo:

—Anoche hablábamos del Indio en una mesa de periodistas. No hay cosmic energy ni casualidad: de algún modo u otro, siempre estábamos hablando del Indio.

¿Cómo esa crew de personajes de una historieta jamás escrita, liderada por un pelado escurridizo de anteojos, se hizo Patria? Es pregunta.

Su carta de presentación, Gulp!, fue una intrusión sofisticada y bohemia; música de algún burdel donde el buen gusto y el peligro se batían a duelo. Oktubre, en cambio, brotó como un magma oscuro e indescifrable. Guitarras imposibles, letras crípticas y un saxo que ameritaba jubilar al instrumento para siempre, al menos en el rock (qué cosas nos hubiéramos ahorrado).

Poesía beat y barrio; Burroughs y Arlt, choque de trenes.

Los nervios de los pibes hoy nos dicen cosas nuevas sobre ese disco. La movida post punk —o post punkdemia— lo lee en su propia clave. Una piedra angular que rueda entre Joy Division y los Sisters Of Mercy. Estaba ahí, no la vimos. O la vimos desde otro lado.

Hay que escuchar más y hablar menos.

El Indio ya es leyenda. Lo era incluso antes de cruzar el Estigio. Ser bandera, grafiti, remera. Tropa de agitación. No es sopa.

Una marea de 70 cuadras peregrina por las calles de Avellaneda. Trapos al viento, buzos de Patricio Rey, agradecimiento. Toneladas de ofrendas se acumulan junto al féretro de Solari. «Es la nostalgia por lo que no viví», explica un pibe de 17 años abrazado al padre, que completa la reflexión: «Me puse triste, muchos recuerdos, boludeces mías». Prosa redonda y de ricota.

Me gusta pensar: son (somos) los muchachos de la tapa de Oktubre. Nos salimos por un rato del cuadro, oteamos en otras latitudes y volvemos a la muchedumbre.

Internacional.

En la noche de Comodoro Rivadavia, mientras Los Fundamentalistas batallan en el escenario, la gente inaugura una nueva pieza del relicario ricotero. «El Indio está presente», canta, después de clamar venganza por Walter. Puta.

Las civilizaciones ancestrales acudían al mito para explicar aquello que no comprendían. Patricio Rey forma parte de lo indescifrable. El Indio, su comandante en jefe, ha partido. Así como los mayas crearon al hombre con maíz después de fracasar con el barro y la madera, tendremos que procurarnos la materia prima para erigir a los nuevos héroes que guerrearán con esta orfandad.

¿Qué travesura se estará tramando en la sala de máquinas de ese misterio fenomenal llamado Argentina? ¿Tendrá esta generación profetas a la altura? ¿Nos dará la nafta? ¿Queda tiempo?

Bang, bang, estamos liquidados.

 

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