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Por Luciano Sáliche
I
Esta mañana, como tantas mañanas, bien temprano, tal vez demasiado, los varones de esta casa nos congregamos a desayunar alrededor de una de las hogueras mutuales del Kids Diana Show, mientras la dama del hogar descansaba merecidamente. La dictadura del consumo mediático, al menos a esta hora y en la pantalla de eso que todavía llamamos televisor, la impone el nene del medio, que está a mitad de camino entre la brutal dependencia del bebé y la delicada independencia del mayor. Como sus deseos son exacerbados y no tranza con ningún límite, vemos lo que él quiere. Al menos un rato, hasta que la mañana se desarrolle y cada cual se aboque a su rutina. En ese breve momento de silencio, cuando todos estamos masticando un desayuno que trata, intenta, busca ser nutritivo, es cuando se produce el trance de los colores.
No hay trazos, no hay textura, no hay matices, no hay sombreado, no hay detalle. Grandes porciones de colores vivos, primarios o secundarios, que nunca se mezclan. No hay un degradado que haga posible el lazo entre uno y otro, no: conviven cada cual en su lugar sin pasarse de la línea, sin influir en la existencia del otro: se respetan. Y ese respeto se traduce en control. ¿Quién controla los colores? ¿Qué manos guionan este trance? En la pantalla se proyecta una amabilidad falsa porque cada color, como cada niño, no parece registrar la existencia del otro. Un show que nunca se dispersa, que no tiene punto de fuga, que no apuesta a la pérdida. Todo está controlado, a diferencia de lo que ocurre de este lado del mundo, de este lado de la pantalla, donde un nene me pide más agua, o algo más para comer, o se le cayó el yogurt en el piso, o se acaba de hacer caca.
“¿Otra vez ésto?”, pregunta el grande, más ofuscado que irónico. “¿En serio?”, insiste. El del medio ni registra la irrupción, no hace falta: sabe que sí, que otra vez ésto, que siempre va a ser ésto, al menos por ahora, que en su mundo es siempre. Un minuto después, tal vez dos, quizás tres: “Son millonarios, ¿no?” En la pantalla vemos muchos niños, unos siete al menos, simulando eso que tanto fascina en Estados Unidos: el autocine. La escenografía está montada en un patio amplio y perfecto. Los colores sobran. Los niños van llegando en diferentes vehículos —tractores, patrulleros, unicornios— y uno de ellos les cobra entrada. Todo es mucho y ese mucho es muy colorido. “Vamos a quedar tontos”, dice el grande, más irónico que ofuscado, con la mirada clavada en la pantalla.
II
Kids Diana Show lleva el nombre de la ucraniana que empezó con el negocio. Eva Diana Kidisyuk tenía un año cuando sus padres la filmaron y subieron el video a internet. Fue en 2015. Un video casero de una bebé en un cochecito jugando con una hoja. La historia familiar dice que tuvieron muchas visitas, como un golpe de suerte, y que esas reproducciones aumentaron exponencialmente en los próximos videos, pero en realidad sus padres ya estaban en el rubro: Volodymyr era programador y Olena era gerente de marketing de una empresa constructora. Entonces copiaron una idea que venía funcionando: niños probando juguetes. Y no solo con Diana, también con el varón mayor, Roma, y los dos menores, Oliver y Adam. Ya es un género, se llama unboxing. Hoy sigue funcionando muy bien: novedad, expectativa, recorrido y la identificación de la audiencia con tener eso que es carísimo e imposible. Las marcas de juguetes apuestan ahí.
De entrada fue un proyecto comercial. Los padres gestionaron todo. Primero se asociaron con AIR Media-Tech, una empresa enfocada en la internacionalización, y luego en Pocket Watch, para la distribución en distintas plataformas. Cuenta la edulcorada épica familiar que cuando el negocio empezó a andar los padres renunciaron a sus trabajos y se pusieron a grabar, dirigir, escribir guiones y editar videos. Como la tarifa publicitaria de YouTube varía sus montos de acuerdo a los países en que se publica el contenido, el negocio apuntó a la expansión multilingüe: doblajes a varios idiomas. La familia se mudó, primero a Miami, y finalmente a Dubai. Ahora, Kids Diana Show tiene unos 138 millones de suscriptores, Kids Roma Show unos 44, y hay que sumar los canales de cada idioma, como el que va en español, que tiene 40, o el árabe, con otros 30.
Mientras los niños hacen juegos de rol en la pantalla, nosotros, de este lado, los miramos en silencio. No hay nada en esos videos que pueda educar a alguien. A lo sumo una moraleja aburrida y despolitizada como la importancia de compartir. Pero la atención se sostiene por la opulencia. Los ucranianos en la pantalla juegan a cumplir la fantasía de todo nene caprichoso que entra a una juguetería: llevarse todo. Y ellos tienen todo. Pero, ¿qué se puede hacer con ese todo? Usarlo mucho. Pero no se gasta ni se rompe: luego de jugar, lo guardan, traficando la idea de valorar lo que se tiene. Pero los ucranianos tienen todo. Y ese todo, para que siga siendo todo, hay que administrarlo, controlarlo. Mientras comemos en silencio, el bebé, que recorre la casa gateando, que va y viene por los recovecos de esto que llamamos hogar, me tira del pantalón, me trepa, se ríe, quiere jugar. Es inmune a la seducción colorida de las pantallas.
III
Todo lo que produce la gran maquinaria comercial del Kids Diana Show es tan impersonal y tan estandarizado que se vuelve frío. La búsqueda por acaparar cada vez más públicos, más países, más culturas sin tender estrategias que contemplen las identidades singulares hace de estos productos grandes ollas de universalidad. Así atraviesa la barrera de lo general y se deshumaniza: es para todos y para ninguno. Las marcas geográficas están aniquiladas porque los objetos del juego se montan sobre un patio genérico, un living genérico, una vereda genérica: el fondo es simple y funcional, aunque enorme y amplio. Las marcas de género, en cambio, si bien permanece el corset heteronormativo, guardan unas sutiles mezclas que, lejos de propinar matices, contradicción, singularidad, unifican, homogeneizan, robotizan.
Las marcas de clase están ocultas, claro. En realidad, intentan el borroneo, como si la infancia operara sobre un vacío, la pretensión de que todos los niños son iguales por ser niños, pero no lo logran. La materialidad se impone por sobre la fantasía igualitaria: las locaciones son mansiones con piscinas recién construidas y pasto recién plantado, los juguetes son nuevos, llamativos y enormes —y por ende muy, muy caros— y los chicos, siempre lindos, siempre limpios, siempre pulcros, contrastan con los que uno se cruza en cualquier plaza, que llevan adherida a la piel la suciedad del juego corporal, de la vida real. Lo que queda es un producto cuyo único elemento distintivo es el epocal pero dejando a esta época muy mal parada.
IV
Me alejo unos metros de la pantalla, me sumerjo en el universo de la primerísima edad —sonajeros, peluches, mordillos, bloques de madera—; los ucranianos también se alejan. Al menos Diana y Roma, que ya tienen doce y trece años. Con la adolescencia abrazándoles los pies, se despegaron de los videos más infantiles, donde aprendían cosas como los colores. Ahora el contexto es la escuela, maldades a los maestros y chistes entre estudiantes. Pero el negocio se reinventa solo. Oliver y Adam, los más chiquitos, de cinco y de tres, son los que renuevan el repertorio. El asunto está en manos de sus padres, los únicos que dan, muy cada tanto, alguna entrevista. Como la que dieron en el 2022 a Business Insider, un sitio estadounidense sobre empresas. “Uno de los secretos de nuestro éxito es que nuestros hijos no perciben esto como un trabajo. Solo vienen al set y juegan de forma natural”.
Las declaraciones fueron a dúo. No es que Volodymyr dice una cosa y Olena completa con otra. No. Hablan los dos juntos. Una entrevista con preguntas pactadas y respuestas redactadas como una gacetilla institucional, obviamente por un equipo de prensa. Las fotos subrayan ese discurso controlado, calibrado, protocolar. Los chicos nunca hablan, ni en esa nota ni en ninguna. Ellos, que están expuestos en cientos de videos, que son los protagonistas, que sus vidas ya están completamente digitalizadas, no tienen voz por fuera de la ficción. “Queremos permitir que Diana y Roma tomen sus propias decisiones sobre el futuro de sus canales cuando sean más grandes”. En Instagram sus perfiles son todavía más controlados. Excepto la de Olena, la madre, que tiene una marcada obsesión con su belleza, lo que hace que ese control sea exacerbado, exagerado, descontrolado.
V
De pronto, el desayuno alrededor de una de las hogueras mutuales del Kids Diana Show se ve interrumpido. Quiero decir: lo que se interrumpe es el trance con los colores, no el desayuno, porque ahora mis hijos me vienen a pedir más comida. Me levanto lentamente del universo de sonajeros y peluches —procuro que el bebé no advierta mi ausencia—, y me aboco al pedido. Los chicos ya se olvidaron de la tele, ahora están en sus cosas: uno arriba de una moto de plástico, el otro sacando lápices de una cartuchera. Es mi momento, pienso, de acercarme a la pantalla, agarrar el control remoto, salir de YouTube Kids, poner algo que a mí me interese. Pero ¿qué es lo que a mí me interesa? ¿Debería preguntarle al algoritmo? ¿Cuáles son mis gustos en materia de consumo pasatista? En medio de esas dudas, algo me tira del pantalón. Abajo, el bebé, me trepa, se ríe, quiere jugar.
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