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Por Luciano Sáliche
I
¿Una ayudita?, pregunta un chico sentado junto a la puerta de un local de comida a un muchacho alto y de bigotes que no escucha, tiene auriculares, y quizás ni ve, tiene unos enormes anteojos negros como la noche. ¿Una ayudita?, vuelve a preguntar, esta vez a dos chicas que salen apuradas, ensimismadas en una conversación que viene de adentro, algo sobre un reel que subió no sé quién. ¿Y un like?, pregunta el chico y sonríe. Las chicas ni se dan vuelta.
Niceto Vega parece de hielo. Ayer por la tarde el cielo se cerró sobre Buenos Aires y no dejó pasar un rayo de sol. El frío era mucho más que un comentario protocolar en los ascensores de la burocracia diaria. Sin embargo, ahí estaban los trabajadores —ahí estábamos—, con camperones, gorros de lana, doble par de medias, cigarrillos temblorosos, cánticos desaforados, frente a América. “Unidad de los trabajadores / y al que no le gusta / se jode, se jode”, se coreaba.
El Sindicato de Prensa de Buenos Aires (Sipreba) está en plena negociación paritaria pero las cámaras empresariales no ofrecen nada sustancial. Hoy los salarios básicos en prensa escrita no superan los 800 mil. Algunos llegan al millón pero lo pasan apenas, raspando. Mientras tanto, la Canasta Básica Total está en $1.469.768. “¡Sin salarios dignos no hay periodismo digno!”, vocifera Agustín Lecchi, secretario general del sindicato, megáfono en mano. Alrededor, las banderas.
II
Dar un like es ponerle una fichita a un juego que nunca vas a ganar. Divertido y fugaz: olvidable. El activismo sindical encontró en la pospandemia uno de sus más grandes desafíos: ¿cómo volver a las calles, a poner el cuerpo, a sostener un plan de lucha consistente en un mundo que tiende a la digitalidad, a la individualidad, a la superficialidad? Las preguntas se amontonan, forman obstáculos, pero la columna de Sipreba avanza por Niceto Vega, dobla en Humboldt, se dirige a Infobae.
“Infobae, América y los grandes medios son lo suficientemente ricos como para pagar salarios justos”, dice Fernanda Jara, delegada de Infobae. Un policía vestido de civil, alto y flaco como una palmera, sigue la movilización con un celular pegado a la boca. Poca gente en la calle, pero la que está, mira con atención, muchos saludan con un puño en alto, otros con los dedos en v. Los cánticos no se detienen. El nuevo personaje satirizado: Manuel Adorni, “que ponga la del pendrive”.
A la pasada, la columna frena unos minutos frente a Olga. Afuera, en la vereda del estudio de streaming, amontonados frente al vidrio, un grupo de chicos mira con atención. Algunos levantan la mano, apoyan. Igual que muchos autos que tocan bocina con musicalidad. Adentro, se la ve a Paula Chaves, la conductora, con auriculares, concentrada en algo que no sabemos, que no oímos desde acá, desde la calle, donde hace frío y no hay likes, solo cuerpos marchando, cantando, reclamando.
III
Ahora estamos en el edificio de Infobae y el barrio de Palermo se asoma a ver qué pasa. “Qué curioso: un medio con tantos recursos, con tantos contactos en la justicia, en la política, con tantos negocios, le tiene miedo a tres delegados, y a un sindicato. Un sindicato que se planta”, dice Juan Pablo Piscetta, delegado del medio. “¿Por qué siguen apretando a los compañeros para que no se organicen, para que no bajen, para que no se afilien? Porque nos tienen miedo”, agrega.
“Pero nosotros no tenemos miedo y vamos a seguir luchando hasta conseguir el aumento que necesitamos”, cierra Piscetta su oratoria y se desatan los cánticos. La energía no merma. Mirá, dice Tomás Eliaschev. Al fondo, en la esquina, un enorme cartel de One Piece, dibujo animado que se ha convertido en símbolo de resistencia en todo el mundo. La bandera de los Piratas del Sombrero de Paja está presente en muchas movilizaciones. “One Piece nos apoya”, comenta Eliaschev y sonríe.
El cielo sigue cerrado en un gris muerto. No parece que quiera llover, tampoco filtrar un rayo de sol, un poco de calor. La manifestación empieza a desconcentrar. Abrazos cruzados y los trabajadores se dispersan, algunos para Santa Fe, otros para Córdoba, algún bondi cercano, bicicletas atadas, autos estacionados en doble fila. “Esto sigue, compañeros”, había dicho Piscetta en su encendida arenga. Luffy de One Piece dijo algo parecido: “Si me rindo ahora, me arrepentiré toda mi vida”.
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