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17-06-2026 Notas

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Por Dharma Gallo

“Voy a escribir para recoger el gesto, para realizar la correspondencia entre gesto y palabra”, declara Pablo Aranda en Zelarayán mi abuelo. El gesto, todo se remonta a lo que nos caracteriza como lectores y, aún más, como personas particulares que circulan y se desplazan de cierta manera, agarran un cigarro de una forma, se acomodan la ropa de tal otra, etc. Las manos se mueven constantemente y es necesario recalcar la gestualidad en este libro, la presencia de lo físico, la escritura y el texto hechos carne; el texto escribiendo un cuerpo, una historia, una vida. Haciendo énfasis, por supuesto, en las manos, un engranaje característico de la máquina humana que somos. 

“Todo es asomo a una vida, a una historia tentativa, en una palabra, gestos”. ¿Cuánta nostalgia se necesita para sumergirse en el pasado, sacar la mano, y comenzar a escribir? En este libro mientras la mano escribe las personas se espejan, se pierden, viajan en el tiempo y se reencuentran en las páginas avanzada la lectura. 

Zelarayán mi abuelo invita a caminar entre biografías encastradas. ¿Son biografías o memorias? Memorias de dos personas que están a punto de encontrarse y, en el impulso de darse la mano, este gesto está impedido por un vidrio –o un libro–, pero, sin embargo se sujetan mutuamente por medio de recuerdos. Se construye una vida sobre otra, una sobre vida. Los límites entre las historias contadas se desdibujan y se fusionan hasta llegar a la pregunta “¿puede la vida de RZ contener la vida de mi abuelo?”. 

Una advertencia: “la lectura mancha”. De esta forma aparece en el cuerpo, el contagio, el desparramo, la duda. ¿Cómo funciona este texto?, ¿cómo se hace para que el pensamiento entre en el papel?, ¿cómo ponerlo en palabras? Leer parece ser, y hacer, la respuesta. Leer es toparse con otro, entrar a sus deseos y añoranzas, y de pura casualidad creer conocer a un extraño. Leer es toquetearse el rostro con las páginas y con la tinta, dibujando nuevas ideas. De esta manera también se hace la literatura, todos la hacemos, “en cualquier momento, dentro y fuera de la página”. 

En “La gran salina”, su poema más conocido, Zelarayán escribe: “Hay que distraerse, dicen. Hay que distraerse mirando y recordando”. Este texto o este “té con limón”, en palabras de Aranda, está compuesto de lo mismo: recuerdos. El autor concentra la observación, con una actitud melancólica, en “vivencias toqueteadas por el lente con el que se mira”. Hay una reivindicación del pasado al recuperar la historia de Zelarayán: la lectura manchada está empapada de nostalgia.

Ricardo Zelarayán se puede distinguir por el diálogo que generan sus movimientos. Torpe, despreocupado, pretencioso y desprolijo, se dibuja a sí mismo en su escritura. Más allá de una sobre vida, Zelarayán mi abuelo es la experiencia de construcción de un cuerpo, gestos, recuerdos, fragmentos de historias, de lecturas, encastres de vidas. Pablo Aranda resignifica el lenguaje y ejemplifica cómo “ser escritor es la práctica de una invención corporal”. 

Zelarayán mi abuelo
Pablo Aranda
Ediciones la yunta, 2025
48 páginas

 

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