Blog
Por Darío Charaf
“Ganó el fútbol”, dijo al terminar la final del mundial el ex campeón del mundo alemán Toni Kross, quien anteriormente había dicho que prefería ganar la Champions League más que el mundial, mostrando entonces una vez más que, como tantos otros, jugando al fútbol era muchísimo mejor que hablando de él (aunque sólo fuera por lo bien que jugaba, lo cual le pone una vara muy alta a cualquiera de sus dichos). “Ganó el método contra la locura”, dijo el diario estadounidense The New Yorker, sin que esto suponga un elogio de la locura o una crítica de la razón metódica, sino por el contrario una banal estigmatización de la locura y un pueril elogio del método. “Triunfó lo colectivo sobre lo individual”, se pudo leer en algún diario deportivo argentino, y quizás en muchos otros lugares también.
Creo que las tres lecturas del triunfo de España son equivocadas. El fútbol que según Kross ganó es el peor fútbol que yo haya visto: a diferencia del catenaccio italiano (que buscaba defender con disciplina y con pasión, con fuerza y con ferocidad, que hacía de la defensa un arte) y del guardiolismo (que busca la tenencia y la posesión de la pelota, los pases horizontales, sí, pero para atacar vertical y ferozmente el arco rival cuando se presenta la ocasión y así golear al contrario -y cabe recordar que el gol es el fin del fútbol, los pases son un medio para ese fin-) la actual selección campeona combina lo peor de ambos métodos: un fútbol ultradefensivo (España recibió un solo gol en todo el Mundial) sostenido en pases horizontales intrascendentes y previsibles que evitan el arco contrario, para poner al rival a correr hasta que se canse y forzarlo a que cometa un error (gran parte de los goles que hizo España, que fueron pocos, fueron producto de errores del rival). Jugar contra España es como hacer un trámite en la UBA: te pasean de una oficina a otra, te hacen subir escaleras, trasladarte corriendo a la otra punta de la ciudad para firmar un papel que un empleado desganado te dirá que está presentado fuera de término hasta que finalmente, derrotado y cansado, desistís. Tal el método -burocrático, depresivo, kafkiano- que triunfó en el último mundial.
Si se confunde emoción con locura y método con depresión (ausencia de deseo, de pasión) entonces sí, el método le ganó a la locura, tal como afirmó The New Yorker. Pero no solo es indiscutible que el método español no es El método sino un método (dado que hay otros, exitosos y eficaces también, y no necesariamente carentes de pasión); digamos lisa y llanamente: es una estupidez oponer el método a la locura. La locura también puede ser metódica, hay método en la locura: la obsesión y la paranoia están allí para atestiguar lo metódico que puede ser un loco y lo loco que puede resultar un método. La ausencia de pasión, de afección, la apatía, es también un modo de locura. Solo una ideología represiva y pueril puede oponer método a locura (desconociendo la esencia tanto del método como de la locura), confundir pasión con locura para así proyectar como racionalidad el aplastamiento y la depresión de la pasión y de los afectos que esa ideología conlleva.
Finalmente, lo individual y lo colectivo. Si el mejor gol de la historia de los mundiales nos muestra lo glorioso, heroico y sublime de una acción individual (allí donde un jugador, el mejor jugador, agarra la pelota en la mitad de la cancha y elude a medio equipo rival incluido el arquero antes de empujar la pelota a la red), el que quizás sea el mejor gol hecho en una final (la de Qatar ’22) nos muestra lo glorioso, heroico y sublime de una acción colectiva (allí donde un jugador, que no es el mejor jugador, culmina una jugada que involucra a cinco compañeros recuperando la pelota y progresando desde el propio campo hasta el campo rival jugando a uno o dos toques). La Selección Argentina de 2026, tanto como la de 2022, propone un juego colectivo, un método en el cual todo el equipo juega para el individuo y el individuo juega para todo el equipo; nuestra selección logró una síntesis entre lo colectivo y lo individual donde el funcionamiento colectivo y el funcionamiento individual se retroalimentan, donde el individuo brilla al servicio de lo colectivo y lo colectivo es condición de posibilidad del brillo individual (si Lionel anda mal el equipo anda mal, si el equipo anda mal Lionel anda mal).
El juego de la selección española también es colectivo pero carente de todo brillo individual: no hay una sola figura que destaque en ese equipo que es más bien una colección de buenos -pero no sobresalientes- jugadores, que llevó a que sea elegido como mejor jugador del mundial uno que no metió ningún gol y ninguna asistencia. El modo de colectividad que proponen los actuales campeones del mundo es más parecido al que encontramos en una oficina: un grupo de personas más o menos eficaces que comparten tiempo juntas trabajando una al lado de otra, prestándose una lapicera, mandando un mail o charlando en la puerta del baño para finalmente, tras terminar la jornada, regresar con paso cansino cada uno a su casa. Esa impresión dieron los festejos de los jugadores españoles tras su, qué duda cabe, justo, eficaz y gris triunfo.
Porque no hay ninguna duda: el triunfo de España fue justo, fue el triunfo de un fútbol (sin brillo), de un método (el cálculo frío) y de un funcionamiento colectivo (aburrido pero eficaz). Fue el triunfo de la depresión. Tendremos que hacer el duelo para que nuestro fútbol, nuestra pasión, vuelva a ganar.
Etiquetas: Argentina, Darío Charaf, España, Fútbol, Lionel Messi, Mundial 2026, Selección Argentina

