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Por Pablo Milani
Adentrarse en las páginas de Ahogándome en palabras (Tinta Libre Ediciones), la obra de Roxana Saucedo, es emprender un viaje de desnudamiento emocional donde la literatura se convierte en un espejo tripartito de la experiencia humana, un mapa de la psique que transita desde las sombras del aislamiento hasta la reconstrucción lumínica del ser. Este poemario se erige como una cartografía de fragilidad y virtud, un inventario de sentimientos hondos y pérdidas irreparables, una crónica que busca refugio y un balance constante entre la sensatez del entendimiento y la crudeza de la soledad. Sin embargo, este trayecto lírico y vivencial no se completaría, ni alcanzaría su profunda vibración estética, sin la presencia e intervención fundamental de las exquisitas ilustraciones de Verónica Noemí Deliens. La labor visual de Deliens merece una mención no solo especial, sino sagrada en este análisis, pues sus trazos no actúan como simples acompañantes del texto, sino como extensiones táctiles del dolor y de la esperanza; sus dibujos son una descripción delicada y sentida, una traducción gráfica de lo inefable que habita en los versos logrando que el trazo de la tinta en el papel sea el puente exacto entre el vacío que la autora describe y la forma que el lector necesita tocar para no sentirse sola. El poemario se articula de manera rigurosa y orgánica en tres partes bien identificadas, las cuales no solo dividen formalmente el volumen, sino que actúan como el gran significante de la obra, marcando la evolución cronológica y psicológica de sus cambiantes estados de ánimo y permitiendo que el lector respire al mismo ritmo en que la voz poética se ahoga, sobrevive y finalmente florece.
En la primera parte del libro nos topamos de frente con la manifestación más descarnada de las debilidades humanas, allí donde la mente se transforma en un laberinto ruidoso y agobiante del cual parece imposible escapar. Es el reino de la soledad absoluta, una soledad que no es elegida, sino impuesta por el peso de la incertidumbre y una angustia constante que camina de la mano de la autora. En este tramo, el corazón se encuentra en un estado de huida permanente, pero no hacia el exterior, sino hacia un repliegue sobre sí mismo, buscando un bloc de notas o una hoja en blanco que, irónicamente, se convierte en un nuevo campo de batalla. La debilidad se muestra aquí en el miedo paralizante al encontrar su propia voz en la desgarradora confesión de haber perdido las palabras y en el dolor de no reconocerse al mirar el ayer, reviviendo heridas de alguien que fue roto en el pasado. Los sentimientos dominantes son la tristeza infinita, el enojo que invade las habitaciones sin permiso y una pesadez existencial que hace que los domingos a las siete de la tarde se sientan como una prisión atemporal. Las pérdidas de este período no son solo de personas, sino de certezas, de sueños que mueren en sonrisas rotas y de la propia identidad, arrastrando a la protagonista a caminar sobre arenas movedizas o a quedar varada mientras el tren de la vida avanza a una velocidad inalcanzable. Es un grito ahogado de hartazgo ante las frases vacías del entorno y una cercanía casi familiar con la muerte, con quien se llega a parlamentar como con una vieja conocida. Es precisamente en esta atmósfera de saturación y vacío donde las ilustraciones de Verónica Deliens adquieren una dimensión mística y conmovedora; con una delicadeza que estremece, la ilustradora logra plasmar el caos interno mediante líneas que se enredan como los pensamientos opresivos de Roxana Saucedo, pero que conservan una belleza límpida, transformando la desesperación en una coreografía visual de sombras sugeridas, donde el espectador puede contemplar la sutil anatomía de un alma que se desmorona pero que, gracias al arte gráfico, nunca pierde su dignidad ni su misterio fundamental.
Cuando pasabas frenaba el viento
Te vi
y me miraste
como si contemplaras
el atardecer,
en esa tarde fresca de otoño
donde las hojas,
secas y amarillas
crujían
mientras revoloteaban por el suelo
y cuando pasabas…
frenaba el viento.
Y fue ahí cuando supe
que la vida tendría sentido
si tan solo pasabas
para frenar el viento.
El paso hacia la segunda parte del poemario cesa porque la voz poética encuentra un anclaje, un lugar seguro que redefine por completo su relación con el universo y con su propio desorden. Esta sección es el testimonio de una reconstrucción espiritual y emocional donde las experiencias del pasado comienzan a ser abrazadas no como fallas destructivas, sino como espacios de aprendizaje e incertidumbre en los que está bien permanecer haciendo equilibrio. El sentimiento que predomina es la gratitud y una paz profunda que actúa como bálsamo contra el caos exterior. Se produce una transformación radical de las pérdidas: el mar interno, en el que antes la autora temía ahogarse, se convierte ahora en un espacio compartido, un océano donde una presencia protectora describe con devoción su lado más vulnerable hasta alcanzar la orilla. La sensatez se manifiesta en el entendimiento de que no siempre hay que comprenderlo todo en la capacidad de ceder el control y en la aceptación del propio valor que antes había sido pisoteado o silenciado. La metáfora del jardín, el árbol y el jardinero condensa esta etapa de sanación, ilustrando la dolorosa pero virtuosa necesidad de arrancar viejas flores y raíces enfermas para permitir que algo fuerte y firme crezca en el centro del ser. En perfecta consonancia con este renacimiento, la obra de Verónica Deliens experimenta también una metamorfosis en sus ilustraciones; sus trazos, antes densos y cargados de la estática del sufrimiento, se vuelven más etéreos, limpios y fluidos, sugiriendo la presencia de manos que sostienen, de aguas que acunan y de brotes que insinúan la vida. Deliens describe de forma sentida este alivio, utilizando el espacio en blanco de la página ya no como el vacío hostil de la primera parte, sino como el aire limpio que el alma necesita para volver a respirar, logrando una simbiosis perfecta entre la palabra redimida de Saucedo y la imagen que consuela.

Finalmente, la tercera parte de Ahogándome en palabras nos introduce en una madurez afectiva y poética, un estado de ánimo que celebra los vínculos humanos, el amor en todas sus aristas, y la disolución definitiva de los aislamientos. La soledad de las primeras páginas se transforma aquí en una soledad compartida o en la nostalgia dulce de los amores que, aunque no pudieron concretarse en el tiempo y el espacio, eligen ser recordados con alegría, música y gratitud. Las virtudes de esta sección son la valentía de mostrarse frágil y vulnerable, despojándose de las máscaras sociales, y la capacidad de encontrar poesía en los pequeños detalles cotidianos, como el acto simple de entrelazar las manos o contemplar un atardecer de otoño donde el viento parece detenerse. El corazón ya no huye de la realidad, sino que se lanza al encuentro de un otro buscando perderse en su presente y embriagarse de su esencia, manifestando sentimientos de un lirismo luminoso y apasionado. Las pérdidas adquieren un matiz cósmico y eterno, donde la ausencia de los seres amados es notada por el cielo y las estrellas, pero se asume con la sensatez de saber que existimos mientras alguien nos recuerda y que el amor es el único fuego capaz de mantenernos a flote.
Ahogándome en palabras concluye con un canto de autoafirmación y libertad, una declaración de que los muros que antes nos escondían han sido completamente derrumbados gracias a la palabra escrita de su autora, revelando al ser auténtico que finalmente puede decir con orgullo que está viva. En este clímax, las ilustraciones de Verónica Deliens alcanzan su máxima elocuencia, cerrando el poemario con imágenes de una belleza sutil que celebran la liberación y la integración del alma, dejando en el lector una sensación de honda calidez y demostrando de forma definitiva que la alianza entre las palabras de Saucedo y el arte delicado de Deliens es una obra de arte indisoluble, donde el dolor se transmuta en pura luz.

Ahogándome en palabras / poesía
Roxana Saucedo
Tinta Libre Ediciones
Etiquetas: Pablo Milani, Poesía, Roxana Saucedo

