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21-08-2026 Notas

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Por Javier G. Cozzolino

Una nueva carta, pensó.

Así también lo había dicho ella:

Una nueva carta.

Ella.

En una mano, el sobre. En la otra, el plato cargando la taza de té. Y, entre medio, como en alguna novela antaño por él leída, los pechos grandes como un samovar.

¿Quién la envía?

No entiendo la letra, pero es para ti, dijo la mujer y avanzó un paso. Sus pechos firmes.

Sus pechos.

No eran de aquellos que se derraman hacia el vientre.

Resultaban elásticos, jóvenes, atléticos.

Alguna vez, hasta no hacía poco, él había fantaseado con un romance con aquella muchacha que fungía de sirvienta. Es más, se había creído capaz de vencer al destino y escapar con ella hacia un lugar más amplio y seguro. Como fuera, no se había atrevido y todo, la vida misma, se había transformado en «un algo demasiado tarde» y también en una impostura, donde sólo le quedaba la pulsión de seguir vivo como un condenado a muerte mientras no lo matan, o como un sujeto irreal que queda de pie sobre un promontorio del que no puede moverse ni un paso, o como un halcón, pensó, como un halcón encerrado en un zoológico de un país de clima tropical.

Mujer, ¿no ves que estoy enfermo? Intenta leer la carta, que yo ya no puedo, volvió en sí, dijo.

No corresponde, bebe un poco de té.

Mujer, si no estuviera tan loco, ¿hubieras sido capaz de amarme?

Deliras, otra vez deliras.

Sobre la única poltrona de la pieza, la muchacha dejó la carta. Luego, se sentó en la cama y él, como en otras ocasiones, se dejó dar de beber como un niño, con la cuchara.

Si mi vida no estuviera condenada, juro que hoy serías mi esposa. Claro, si tú antes aceptabas.

Por favor, bebe. Bebe, por favor.

Él se apoyó sobre los codos, acercó su nariz a esos pechos enormes.

¿Qué novelista había comparado de ese modo las bondades femeniles con aquel aparatoso instrumento?

Sorbió de la cuchara.

Tienes unas tetas magníficas, dijo al fin.

Por favor, no me comprometas, la muchacha murmuró sin ruborizarse.

Sólo digo la verdad.

Ella escuchó, corrió parte de su escote hacia abajo, desplegó uno de sus globos terráqueos; como una madre dejó que la boca y la barba la besaran ahí, justo ahí, y, enseguida, sintió la presencia de un tercero en el marco de la puerta.

En efecto, allí se encontraba, acalorado, el joven de apellido Vrazumijin.

Veo que estamos bastante mejor, dijo Vrazumijin.

¿Quién es, mujer?, preguntó el enfermo, sin mover sus ojos de ese par de globos.

La muchacha no logró responder, ocupada en guardar su armamento maternal.

¡Amigo, veo que estás mucho mejor, me alegro!, reiteró el joven y caminó tres pasos hasta recoger la carta y sentarse en la poltrona. Leyó el remitente y agregó: ¡Caramba! ¡Pero si es carta de tu hermana!

El enfermo renunció a otra cucharada de té, inclinó el torso hacia su derecha. La mujer no pudo evitar que se derramase sobre las sábanas un óvalo de infusión:

Tranquilo, dijo al enfermo, a la vez que, con la mano libre, aquella misma que había liberado de la opresión a uno de sus pechos, tomó de los pómulos barbudos de la cara a su más o menos secreto amado y, dirigiéndose al otro joven, agregó: Creo que, si es así, será mejor dejarlo a solas con la correspondencia.

No entiendo, ¿ya ha estado aquí ese fulano que pretende a mi hermana? ¿O lo soñé?, preguntó el enfermo.

Dejémoslo, insistió la muchacha poniéndose de pie, sin soltar el plato que sostenía la taza. Notó que el joven de apellido Vrazumijin, como todos los hombres de la pensión, el barrio, la ciudad, el país, le observaba con atención la delantera.

El enfermo se quedó a solas con su amigo. La luz del sol le llegaba difusa, en diagonal, impedida por el extremo superior de la ventana. Su amigo había dejado el sobre donde lo había encontrado.

El enfermo estiró un brazo, pero no fue suficiente. Debió dejar la cama. Se hallaba vestido como hacía días, con aquellos pantalones caqui, rahídos, y la camisa que alguna vez había sido blanca, que desde no sabía cuándo había virado al amarillo.

Con sus dedos largos y las uñas sucias rompió por el borde superior al sobre. De él extrajo tres hojas de papel holandés. Su hermana no era precisamente una luz en las tareas de redactar. Se corrigió: en términos generales su hermana no era una luz. Con una carilla hubiera alcanzado, pensó también.

Todo se resumía en unas pocas ideas y en una revelación, seguida de un pedido deliberado y esotérico, delirante o místico.

Le había mentido a madre, comenzó a resumir el enfermo la lectura.

Estaba encinta de su patrón, el señor Svidrigáilov, con quien sostenía un romance.

El fulano que la pretendía, y al que la joven llamaba «señor Luzhin», era el pez que ella procuraba pescar para que la boda se concretase lo antes posible. «Y así salvar las papas».

«Y lo más terrible, hermano mío, he visto a un pintor que se cuelga de una soga. Lo he visto en sueños y padre, desde el inframundo, me ha dicho que tú debes ser quien lo salve. Ojalá estés a tiempo. Porque, si acaso el suicidio se concreta, padre también me ha dicho, que los culpables seremos nosotros y yo en primer lugar. 

»Posdata: no seas necio, si el señor Luzhin aparece, tal como madre te ha dicho, compórtate como un buen cuñado. ¿Cuál será el destino de tu sobrinito, este que llevo en mi vientre, si doy a luz a un bastardo de los Svidrigáilov».

El enfermo, tras meditar, rompió las hojas y, entre arcadas, se tragó hasta el último trozo de papel. Luego, de debajo de la cama, deslizó la maleta de cuero comido por las polillas, tomó la chaqueta negra y salió de la habitación. Vrazumijin lo siguió. La muchacha, fuera, les cortó el paso, preguntó de distintos modos qué era lo que pasaba y que hacia dónde se dirigía. El enfermo respondió:

Mi hermana ha tenido una visión. Nuestra Señora se le ha aparecido y le ha dicho que, si no corro, un hombre habrá de morir hoy.

Está delirando, soltó la muchacha no por primera vez.

No me crean, vayan ustedes o acompáñenme. Hay, en la calle X, en el edificio donde sucedió aquel asesinato doble que hasta fue publicado en los diarios, un cuarto en el que un par de pintores trabajan. Nuestra Señora de la Desesperación le ha dicho a mi hermana, que es una santa, que, si no corro, no podré frenar el suicidio de uno de ellos, el que llaman Mikolka.

¿Pero la Virgen le ha dado a tu hermana hasta la dirección?, preguntó el joven amigo.

Cada pregunta, cada palabra, cada distracción, acercan el suicidio del pobre pintor Mikolka, respondió el enfermo.

La muchacha se puso a su costado, lo tomó del brazo:

Yo no puedo salir de aquí, la patrona me echaría. Y tú menos, estás con fiebre.

Apoyó su boca contra uno de los pómulos barbudos de su más o menos secreto amado y comprobó la temperatura.

¡Mujer, suéltame! ¡En otra vida te hubiera dado hijos y también yo hubiera terminado con mis estudios y te habría llenado de regalos y de joyas y de viajes, y hasta de pianos de cola, conciertos, óperas en Roma o París y más samovares! ¡Pero esa vida no existe! ¡Sólo existe esta vida y debo salvar a un hombre del suicidio, en el nombre de la santidad de mi hermana y de María Santísima, Madre de la Desesperación!

Déjamelo a mí, yo me haré cargo de él, intervino el joven.

La muchacha besó la mejilla barbuda del enfermo. Le dijo al oído:

Si encuentras esa vida que se te ha perdido, avísame, que la deseo.

Los dos hombres salieron a la calle y corrieron en dirección del edificio.

 

*

 

El enfermo había omitido detalles perentorios de la carta. Meditó si revelar tantas mentiras. Concluyó que hasta para eso ya era tarde. ¿De qué sirve explicar? ¿Y de qué la verdad?, se dijo.

En la puerta del edificio se hallaba un oficial de bigotes.

Buscamos a los pintores, se anunció el joven de apellido Vrazumijin.

No están. Hoy les hemos ordenado que se retiren. Estamos trabajando en una importante investigación de cuya causa entiendo que habrán de estar al tanto.

¿Y no sabe hacia dónde se fueron?, preguntó el enfermo.

El oficial se detuvo en este último. De no estar junto al otro joven, hubiera jurado que se trataba de un pordiosero o de uno de esos locos que duermen en las calles y se orinan en los pantalones.

¿Por qué debería saber tal cosa?, con esta pregunta contestó el oficial.

Con todo respeto, muy señor mío: es difícil de explicar, pero mi amigo cree que uno de los pintores corre peligro, dijo el joven de apellido Vrazumijin.

¿Y cómo lo sabe?

El enfermo cortó la respuesta de su amigo:

¿Usted cree en Dios?

¿Qué tiene que ver?

¡Responda!

¡Soy un funcionario del Estado! ¿Qué manera es esta de tratar a un funcionario del Estado!

Perdónelo, oficial, está enfermo, dijo el joven amigo del enfermo. Lo tomó de un brazo y lo apartó de la escena.

Llegando a la esquina, se detuvo y lo miró:

Es un delirio.

Pero no miento: Nuestra Señora de la Desesperación, la Malaventura y la Desesperanza le ha dicho a mi hermana que un pintor al que llaman Mikolka se colgará este día y que, si no hago algo, será mi culpa.

Y la Madre de Todas las Desgracias dio una dirección equivocada…

¿Acaso no había allí trabajando dos pintores? ¿Acaso el oficial no dijo que los regresaron a sus hogares pues la policía se halla en una importante investigación?

Imagino que la Nuestra Señora de la Infinita Amargura pudo ver todas estas circunstancias. Imagino que por ser la Madre de Todo lo Irreversible no tiene por qué equivocarnos el rumbo. Si acaso ese tal Mikolka se ha de quitar la vida en este día, no es tu culpa. Por favor, regresemos. Ya nada hay que hacer.

 

*

 

De regreso en la pensión, el joven amigo del enfermo murmuró unas palabras al oído de la muchacha. Tras ello, se despidió de ambos.

El enfermo otra vez quedó apoyado sobre sus codos. Bebió unas cucharaditas de té. Dijo:

Aunque nadie me crea, en esta vida que no elijo, hoy se habrá suicidado un nadie al que llaman Mikolka y que por ser un nadie jamás saldrá en los diarios. Y esta, Nastasia, será mi culpa.

Y aunque nadie me crea a mí, sé que, detrás de toda esta locura y esta tristeza que tienes, todavía es posible otra vida, repuso la muchacha, apoyó el plato con la taza de té en el suelo, desplegó todo su armamento maternal ayudada con ambas manos y beso en los labios al enfermo.

Hicieron el amor, luego él la apartó.

¡Cúbrete!, ordenó. ¡No sigas, no sirvo, soy tu condena! Si se presenta un tal Luzhin, avísame con tiempo. Debe casarse con mi hermana cuanto antes, nomás con madre las dos lleguen.

No seguiré mientras no quieras. Pero entiéndelo: en tanto continúes en esta pieza y sigas mirándome a los ojos…

¡Basta, por favor! ¡Nada puedes hacer con este pobre loco!

No creo que lo estés. Odias esta condición en la que te ha dejado el destino. Y odias todavía más que una sirvienta sea la única mujer accesible en la vida a la que te crees acorralado.

La muchacha no dijo más. Antes lloró, se vistió y abandonó la pieza.

El enfermo pensó en cómo seguir.

¿Cómo seguir?, se dijo.

¿Cómo?

El sol ya daba de pleno contra la ventana. Un rayo se había clavado sobre la poltrona de donde antes había tomado la carta. Giró su cuerpo contra la pared. Y, con las sábanas, se tapó hasta la cabeza para no pensar.

Para no seguir pensando, habló solo.

Para no seguir, dijo también.

A la nada.

 

 

 

*Imagen de portada: El suicida, Edouard Manet, 1877

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