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Por Guillermo Fernández
I. La pregunta
El escritor Ítalo Calvino produjo grandes textos de ficción y ensayos en los que advirtió los riesgos del mundo contemporáneo. Merece destacarse en su extensa bibliografía ¿Por qué leer los clásicos? (1991). En este texto Calvino sostiene, casi a finales del siglo XX, la importancia de determinados textos, debido a que obligan a leerlos bajo una “mirada” que nunca se agota en la época en la que se escribieron.
Se debe aclarar que el dilema de la lectura, la escuela como agente reproductor de la literatura, constituye un conflicto que nunca se diluye en los programas y en los contenidos “diseñados” para los alumnos, con el fin de que éstos sujetos dejen de ocupar bancos y se dispongan a intervenir en un espacio que justamente no es el recreo.
Es cierto que leer abre un espacio cognitivo que siempre ha sido interpelado desde lo pedagógico y no siempre se ha cerrado con conclusiones felices.
Si se coincide con esta aseveración, cabe preguntarse por el hecho de por qué en un mundo que jamás abandonó la batalla, la conquista de territorios y el poder resulta “aburrido” leer y retener episodios que transcurrieron en la época clásica.
¿Acaso la desdicha de Agamenón, el retorno de Ulises tras terribles peripecias impulsadas por la magia y el castigo llevado a cabo por seres sobrenaturales se borraron del mundo cotidiano? ¿El engaño fue sólo producto de la imaginación homérica y hoy no lo vemos en las caprichosas decisiones de los monarcas de turno?
II. Esconderse
El humano común que va a su oficina en subte se resiste a pensar que nunca dejó de pisar la arena de una playa de la Troya del siglo XII Ac. No se ve, o quizás no se atreve a verse, con casco, escudo y lanza para discutir un proyecto en una reunión de directorio.
El hombre clásico, ya sea aqueo o troyano, tenía “motivos” para aliarse y desprenderse de su propia soberbia. Estudiaba el campo enemigo, palmo a palmo, porque tenía claro que el cuerpo del adversario tenía peso propio. No despreciaba a su contrincante: respetaba su decisión de querer enfrentarlo.
Con el tiempo, la defensa de los territorios dejó paso a papeles rubricados por Jefes de Estado y por sus cancilleres. El poder se “actuó” por representación.
Una pantalla gigante “mapeó” un territorio con combustible y la pelea siguió siendo eterna, ya no se requería de quemar los cadáveres para pedir auxilio de los dioses.
Las victorias no nombraban a “nuevos cónsules¨. La silla curul pasó a ser temporaria y sólo sustituida por armas que jamás enfrentaban a los enemigos: no se veían como las “catapultas”, sólo forman parte de un catálogo bélico digital con dimensiones que pretenden esconderse de lo humano y siempre repiten sin cesar una propuesta de negocios que jamás satisface.
Las intenciones en los acuerdos parlamentarios actuales nunca están presentes y, sin embargo, los verdaderos propósitos aguardan para salir en la oscuridad de la noche.
Quizás la estrategia de Sinón se reitera. Se actualizan los recursos, pero el asedio es el mismo de siempre.
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