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Por Leandro Germán
La ocupación británica de las Islas Malvinas configura una situación colonial. Esto es así para la mayoría de nosotros, ciudadanos argentinos, y es así también, y hasta «oficialmente», para la gran mayoría de los países en que se organiza la población del planeta. No es arbitrario ni antojadizo que cuando Naciones Unidas aborda la cuestión Malvinas sea el comité de descolonización el encargado de hacerlo. Sin embargo, Malvinas no es una situación colonial «típica». No hay, en las islas, población argentina que viva bajo yugo británico. Esto se subrayó bastante en 2012, que es cuando la cuestión Malvinas se discutió en el país más intensamente hasta que llegó el despliegue del «trapo» tras el Argentina – Inglaterra del último Mundial, con el propósito de negar que Malvinas configurara una situación colonial. El señalamiento no refuta que Malvinas configure una situación colonial y que en consecuencia habilite el reclamo argentino, pero el «fondo» del señalamiento mismo permanece intacto.
Malvinas configura entonces una situación colonial atípica. No es la Argelia que luchaba por liberarse del dominio de Francia. No es el País Vasco, repartido entre España y Francia, que busca su unidad, su independencia y su autogobierno. No son los irlandeses católicos del Ulster (Irlanda del Norte), oprimidos por el Reino Unido y los «unionistas» (que en Irlanda del Norte son mayoría), que anhelan formar parte de una Irlanda única. No es lo mismo reclamar la soberanía sobre un territorio y un mar circundante, por ricos que ambos sean en recursos, que defender la integridad y hasta el derecho a la vida de compatriotas. Lo primero es, en el más grave de los casos, guita; lo segundo, si fuese acaso necesario, sería tan necesario políticamente como, en su condición de respuesta, inexcusable moralmente. Fue en lucha contra los argelinos que los franceses aprendieron la contrainsurgencia y se la enseñaron más tarde al mundo (Argentina incluida). Imaginen a un argelino exiliado, antes de la independencia de su país, en, digamos, Alemania. La situación de sus compatriotas debía resultarle intolerable moralmente. En Malvinas, y si hacemos a un lado que hay allí un cementerio con los restos de soldados argentinos, lo más «intolerable» del caso es que petroleras inglesas e israelíes estén depredando recursos. No habrá un IRA malvinense. Tampoco un FLN argelino. Mucho menos un Fanon. Le erra Martín Mosquera en Jacobin cuando, en respuesta a su «casa matriz», titula su artículo «Malvinas y la cuestión nacional». Malvinas, que configura, como se dijo, una situación colonial, no llega a representar para Argentina un desafío del orden de nada menos que una «cuestión nacional». Es que si la cuestión nacional es, como muy bien señala Mosquera en su nota, la cuestión del «autogobierno», no hay nada que tenga que ver con Malvinas que impida a la Argentina ejercer, y de modo pleno, el gobierno de sí misma.
Dicho esto, el de «población trasplantada» para referirse a la actual población de Malvinas no es un buen argumento. Hace cosa de una década y media, Beatriz Sarlo viajó a las islas y volcó sus impresiones en una serie de crónicas que publicó en el diario La Nación. Haciendo a un lado lo obvio (como el sentimiento antiargentino de los malvinenses), Sarlo destacaba que había habitantes de las islas que eran séptima generación de nacidos allí. Yo soy apenas segunda generación de argentinos. Es cierto que en 1833 la población de «protoargentinos» fue desplazada por los británicos. Pues bien, esa población era tan «trasplantada» como la actual. Un tema distinto es el del derecho a la «autodeterminación». Cuando en 2012 aquel grupo de intelectuales (Sarlo, Sebreli, L. A. Romero) firmó aquella declaración reivindicando ese derecho para los malvinenses, la mejor respuesta la dio Horacio Verbitsky, quien en su nota se refirió a Sarlo como «escritora marxista» y aprovechó para recordar las reflexiones menos felices de Engels sobre la guerra decimonónica entre EEUU y México, en Página/12: el derecho a la autodeterminación se ejerce contra quien detenta la soberanía sobre determinado territorio y sobre determinada población. Si los malvinenses desearan «autodeterminarse», deberían invocar ese derecho y dirigirlo contra Gran Bretaña (no hay contra quién más hacerlo), que es el país que gobierna las islas.
Lo último. Del mismo modo que Malvinas, aun configurando una situación colonial que habilita el reclamo argentino, lejos está de tener la densidad que la convierta en una «cuestión nacional» para Argentina, tampoco da la talla para fungir como «causa nacional», y aquí poco importa cuánta emocionalidad la cuestión pueda despertar. En general, los más obsesionados con Malvinas son sectores que hacen de esta causa el expediente de un suerte de proyecto de «cuartelización social». Se trata en general de sectores seineldinizados, tanto de derecha como de izquierda (aquí ubico por ejemplo a los residuos de formaciones de antaño como Quebracho), y básicamente integristas (que no quepa duda de que existe también un integrismo de izquierda) que encuentran en el discurso belicista que acompaña, en su caso, la reivindicación de Malvinas, el modo de impugnar por «antinacional» y «colonial» el carácter liberal y pluralista de nuestras instituciones y de nuestro modo de vida. Y agrego para finalizar: no se equivocará quien lea en estas últimas líneas el alegato del liberal de izquierda (o liberal progresista, o social liberal) en que (creo que para bien) me ha transformado el paso de los años.
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