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30-09-2026 Notas

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Por Juan Jorrat

Abogado y doctor en filosofía por la Universidad del Litoral, Alberto Ottalagano (1924–1998) fue uno de los mayores representantes del nacionalismo peronista del siglo XX. Pero su nombre, sin embargo, no parece circular entre otras de las figuras más prominentes del movimiento. Quizás no fueron escritos como Soy fascista ¿y qué? (1983) o Rosas, forjador del Estado Argentino (1986) los que lo hicieron famoso, ni su militancia férrea al interior del peronismo. Pero sí lo fue su desempeño como interventor de la Universidad de Buenos Aires en 1974, lo cual le permitió a Ottalagano tener un breve momento de exposición y su gran acto de presencia en la historia argentina. Su forma de ser, sincera y beligerante, hizo que nunca se callara ni por temor a incomodar ni por parecer un fanático, y eso mismo lo llevó a ganarse la enemistad de buena parte del arco político, incluso entre quienes estaban en su propio partido. 

Su catolicismo exacerbado y su retórica de cruzado, por la cual llegó a decir que en la patria se estaba con Cristo o contra Cristo, como así también su manifiesto apoyo al fascismo, sumado a su figura avasallante, hicieron que ni el peronismo exacerbado de los años setenta lo tomara en serio. A tal punto que, para algunos propios, Ottalagano era un infiltrado de ultraderecha, un agente que venía a mancillar el partido. No cabe duda de que era una figura que molestaba, pero no porque sus intenciones o su lealtad a Perón estuvieran en entredicho: Ottalagano pregonaba que el peronismo debía convertirse en un movimiento cristiano y aquellos que no estuvieran de acuerdo no podían ser peronistas. De hecho, cuando le preguntaron si podía haber un peronista que no fuese católico, respondió: “Un peronista que no sea católico es muy difícil”.

Ottalagano nació en la provincia de Santa Fe pero sus padres eran entrerrianos. De hecho, su padre era militar del Ejército y cuando estaba destinado en el Regimiento 12 de Infantería su hijo Alberto vino al mundo. Asistió al Colegio Nacional de Santa Fe, en el que fue alumno del filósofo Jordán Bruno Genta y del historiador José María Rosa. Desde joven militó en el nacionalismo argentino: sus primeros pasos los dio en la Unión Nacionalista del interior de Santa Fe. Luego militó en la famosa Alianza Libertadora Nacionalista, fundada por Juan Queraltó en 1943, una organización que tuvo como dirigentes a Carlos Ibarguren, José María Rosa y el Padre Leonardo Castellani, entre otros. Con el peronismo en el poder, Ottalagano se sumó a las filas del partido y fundó el Movimiento de Centros Cívicos Peronistas. 

Durante los años de la proscripción, Ottalagano integró los comandos tácticos de la Resistencia Peronista y estuvo preso por su participación en el levantamiento de 1956 que terminó con el fusilamiento del general Juan José Valle en la antigua Penitenciaría Nacional, en la calle Las Heras. 

Interventor de la Universidad

El mismo día que cumplió cincuenta años, el 17 de septiembre de 1974, Ottalagano fue nombrado Rector por el Ministro de Educación, Oscar Ivanissevich, también cercano al nacionalismo peronista. Durante su gestión se propuso, según sus propias palabras, lograr el “congelamiento de la política en la Universidad” y tratar de, “con la ayuda de Dios, desterrar la subversión de la universidad”. Para el nuevo Rector la UBA se había convertido en un “campamento guerrillero” y por eso llevó adelante lo que consideró una “depuración ideológica”. Si bien no se mostró del todo contrario a la política partidaria, para él la Universidad había sido víctima de ideologías foráneas y antinacionales y, lo que era peor, se había separado de los dos grandes movimientos de masas que habían surgido en el país: el radicalismo y el peronismo. 

Para rescatarla, por lo tanto, era necesario reformar los planes de enseñanza infectados de ideología marxista. Pero, pese a ello, Ottalagano defendió la enseñanza humanística como algo central en la formación, sin importar cuál fuese la carrera en cuestión. En su concepción, si una persona sabía latín y griego, podía desempeñar su profesión de manera más completa. Al mismo tiempo, durante su mandato, se crearon varios institutos tendientes a promover el pensamiento católico y nacionalista, entre ellos el Centro de Estudios Tomás de Aquino y el Instituto del Tercer Mundo, que creado originalmente por el ministro de Educación Rodolfo Puiggrós pasó a llamarse Instituto de la Patria Grande y la Tercera Posición. 

Terminada su misión, Ottalagano dejó su puesto en la Universidad de Buenos Aires en diciembre de 1974, tras solo tres meses, y no volvió a ocupar un cargo público. Así desapareció de la escena política argentina. 

Su personalidad

Ottalagano no buscó pasar inadvertido. No tenía temor en llamarse fascista y se jactó de ello. Uno de sus opúsculos más famosos se titula Soy fascista, ¿y qué? Ahí afirmó sin dudar: “Yo soy justicialista porque soy fascista”. Jamás tampoco ocultó su admiración por Mussolini, Franco y ni siquiera Hitler, de quien llegó a decir que “la historia necesitaba de un nuevo Hitler acristianado, un Hitler católico”. Su máximo referente dentro del espectro nacionalista, sin embargo, fue el militar falangista José Millán Astray.

Dueño de un perfil histriónico y una presencia notoria, siempre seguro de sí mismo, este militante del nacionalismo se convirtió en asesor de Isabel Perón en 1973. Manifestaba conocer y hablar varios idiomas, entre ellos el latín. Pero algunos llegaron a sostener que Ottalagano fue, simplemente, un epifenómeno dentro del nacionalismo, un abogado común y corriente sin ninguna trascendencia, y que sólo su verborragia y su provocación hicieron que ganara notoriedad. Los investigadores, por su parte, no supieron cómo llegó a ocupar el cargo de interventor: su paso por la Universidad de Buenos Aires no cuenta con material en el archivo histórico de la institución, a pesar de que su breve actuación en la función pública dejó una profunda huella en materia de restricciones y persecuciones a aquellos docentes y alumnos que tuviesen cercanías con los movimientos de izquierda. 

Entre sus medidas más fuertes estuvo la de permitir el ingreso de la policía a la Universidad y nombrar a exponentes del nacionalismo católico al frente de las facultades: Jorge Antelo y Vicente Sierra fueron algunos de los que encontraron en Ottalagano una vía de acceso a las cúspides del sistema universitario argentino, al igual que el Padre Raúl Sánchez Abelenda, quien estuvo a cargo de la intervención de la Facultad de Filosofía y Letras. 

Cuando le preguntaron a Ottalagano por qué había designado al Padre Sánchez Abelenda, contestó que esa facultad había que “recuperarla íntegramente para la patria, porque es la facultad que hace al pensamiento nacional, máxime si queremos que Perón viva, si queremos la doctrina de Perón, que ha dejado de ser doctrina de un sólo partido para ser doctrina de todos los argentinos”.

Durante su gestión Ottalagano también despidió a cerca de cuatro mil profesores y varios alumnos fueron encarcelados, gracias a lo cual, durante buena parte de su mandato, vivió amenazado. De hecho, en agosto de 1974, sufrió un atentado en Villaguay, del que salió ileso. 

El ocaso

Ottalagano continuó su trabajo como abogado defensor en algunos casos polémicos, como el asesinato de un escribano o el de un marido acusado de matar a su mujer. Una de sus últimas apariciones públicas notorias fue en un debate televisivo que organizaron los periodistas Mariano Grondona y Bernardo Neustadt en Tiempo Nuevo. Se suponía que iba a debatir con el escritor Marcos Aguinis, que se negó a compartir una mesa con Ottalagano y envió un video grabado a la producción. En su declaración, Aguinis sostuvo que se negó a participar de una mesa con Ottalagano porque consideró que “discutir con un fascista es perder el tiempo”. Y agregó que el fascismo está montado sobre “una patología mental, fundamentalmente la perversión, y entre ellas el sadomasoquismo”. Pese a ello, Aguinis señaló la virtud de Ottalagano de no esconder su posición fascista y proclamarla abiertamente, a diferencia de otros que la camuflaban en un catolicismo militante o preferían callar su postura por respeto humano. Ottalagano le respondió al entonces exministro de Cultura de Alfonsín que había que promover un juicio por insania en su contra.

Ottalagano murió en su estudio jurídico en 1993, luego de una discusión con un cliente. Tenía 73 años. Su breve paso por la actividad pública lo marginó para siempre de la política, lo que hizo que su ostracismo resultara efectivo tanto para propios como ajenos. Su figura ni siquiera fue reconocida por el propio peronismo, pese a que participó de los alzamientos de 1956. Con el paso del tiempo y la vuelta a la democracia, sus deseos imaginarios de un peronismo nacionalista católico se hicieron cada vez más impracticables, y lo fueron dejando más solo y aislado. Los peronistas lo vieron como un exaltado y, en algún punto, como un indeseable, una mácula del movimiento que trató de darle una impronta exclusivamente católica.

Pese haber sido secretario de Isabel Perón e interventor de la Universidad, a la hora de su muerte no contaba ni con una fortuna considerable ni una jubilación que le permitiera vivir. Su fantasma, de todos modos, reaparece cuando se habla de la excesiva politización que hay en la UBA. Mientras los sectores conservadores o liberales creen a la universidad sólo hay que ir a estudiar y no a militar, y que la política en las aulas va en detrimento de la enseñanza de calidad, el progresismo recuerda que la idea de una facultad pública sin militancia política ya se intentó llevar a cabo, y los resultados fueron violentos.

Por su parte, Ottalagano siempre creyó que para sobresalir había que ser necesariamente un paranoico. Alguna vez dijo “borrad a los locos y quedaréis sin historia”. Él, con sus locuras, quedó grabado al menos en una partícula curiosa de la memoria colectiva, y su iniciativa por una “Universidad libre” todavía resuena en aquellos a los que les genera repulsión cualquier intento de regular la normativa vigente. Pero también resuena entre los sectores que vieron con buenos ojos que se interviniera por primera y única vez a las distintas facultades para intentar depurarla de “elementos indeseables”. Para ellos, Ottalagano hizo un “trabajo sucio”, una limpieza que querían y siguen queriendo hacer, pero no se atreven a llevar adelante con la firmeza con la que él sí lo hizo. Como sea, Ottalagano persiste como un fantasma casi innombrable al que siempre se intenta olvidar.

 

 

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