Blog
Por Santiago Berisso
Doce años atrás, María Luisa, su hija recién nacida, dormía entre ambos. De un lado de la cama, Lucía, y del otro, Federico. Debajo de su lado, él había dejado dispuesto un grabador de cassette para cuando María Luisa se despertara y poder darle REC sin mucho más trabajo que estirar el brazo. El sonido como una foto. O más bien como un perfume que traerá el pasado al presente cuando lo percibamos. La decisión de dejar un grabador debajo de la cama retrata con elocuencia la sensibilidad de quien no sólo quiere inmortalizar el proceso inicial en que se comienza a perfilar la voz de su hija, sino también la de quien cree que la belleza del sonido está ahí, cerca, y no allá, lejos. Está en lo que irrumpe más allá de la voluntad: en una silla que rechina, el impacto de una lluvia que se multiplica contra el suelo o el desvarío vocal de quien recién llega a este plano de la existencia.
“Me resultaba fascinante. Esa vocalización no es lenguaje, tampoco es música, pero se parece un poco a las dos cosas. Hace poco, cuando nos estábamos mudando, encontré una caja de cassettes que pensé que había perdido, y entre ellos apareció esa grabación”, dice Federico Durand, una de las mayores referencias del ambient y la exploración sonora en Argentina en la actualidad. Lo que no sabía era que esa misma caja era la que le iba a permitir dar cierre a La Manzana Mágica, su último disco, editado en mayo pasado.
En medio de la mudanza desde La Cumbre (Córdoba) al barrio porteño de Barracas, apareció esa caja —esas que sólo aparecen cuando no las estás buscando— y entre los cassettes detectó otro que, ni bien lo escuchó, supo que era lo que necesitaba como último track del disco: “la casa ya estaba desensamblada, lo único que estaba en pie era el equipo de música. Lo pongo en la casetera, le doy play y apareció una grabación que había hecho hace diez años. Siempre estoy esperando esos momentos que bordean lo milagroso, como quien camina con las manos abiertas”.
Reconoce varios de esos momentos que rozan lo epifánico y que, de algún modo, sientan ciertas bases de una perspicacia auditiva que después se transforma en música. El catálogo de posibilidades es amplio: desde el sonido que, en una oportunidad, distinguió que salía de los parlantes de un supermercado y que estaba afinado con el que hacía la máquina cuando la cajera pasaba los productos, pasando por una gotera replicada en varias ollas después no haber logrado llamar el techista a tiempo, hasta aquella noche en que escuchó por primera vez Four-Calendar Cafe, de Cocteau Twins, en la casa de un amigo después de haberlo comprado en Parque Rivadavia.

Junto a su familia, Federico vivió once años en La Cumbre y desde febrero de este año están viviendo a muy pocos metros del Parque Lezama. Cuando nació su hija, junto a su pareja buscaron un lugar para que pasara sus primeros años de vida de una determinada manera y con una determinada configuración familiar. Confiesa que esa es la misma premisa que pocos meses atrás los llevó a tomar la decisión de estar viviendo en CABA, a unos pocos metros del Parque Lezama. Un parque que —sin decirlo explícitamente— es sumamente constitutivo de su presente y que termina operando, aunque no haya ningún tipo de añoranza de por medio, como una suerte de ventana que lo acerca con los colores de los años cordobeses.
Durante su estancia en La Cumbre grabó gran parte de su obra que ya cuenta con más de 15 años de recorrido y cerca de 20 discos, desde su debut con La siesta del ciprés (2011). En el ensueño, la improvisación, la predisposición a lo azaroso y las variaciones que se cuelan en la repetición asimétrica habita uno de los sellos de su música. Sin embargo, un rasgo que parece ser aún más distintivo es el de su conexión con la botánica. No sólo en términos de la presencia evidente de nombres de distintas especies en títulos de discos y tracks, sino que en la misma concepción de su música ya hay un vínculo con ella.
Sentado en un banco del Parque Lezama, ante la pregunta, distingue al instante que arriba suyo —aun sin florecer— hay una magnolia. También al instante aclara que él no es experto en la materia, aunque es notorio que tiene un ojo más fino que el promedio para eso. “La metáfora botánica me es muy querida. Medio consciente y metafóricamente, me gusta pensar que cualquier disciplina que uno lleva adelante la tiene que llevar con la misma seriedad con la que un jardinero cuida a sus plantas. Con responsabilidad, amor y dedicación plena para que las cosas florezcan”, dice.
***
Con reparo, procesa las preguntas y busca las palabras justas que efectivamente expresen de la mejor manera posible la idea que tiene en su cabeza. “Es un nombre que aparece. No es que elijo un género llamado ambient”, dice. Si esa etiqueta le cabe a su música, no es algo que le quite el sueño ni que él va a definir. Federico considera que la música que hace “surge de la fatalidad, en el sentido de que no podría hacer otra cosa. Es la música que me sale. Si me pusiera a hacer música con instrumentos que nunca usé ni sé usar, creo que me saldría lo mismo”. No domina ningún instrumento en particular ni le interesa emprender una carrera hacia el virtuosismo o la velocidad técnica con ninguno de ellos. Al mismo tiempo, se da maña con todo. “Me animo a todos los instrumentos que haya. Ninguno lo domino, pero me sirven a los fines de expresar lo que yo quiero hacer, ya sea un piano, una guitarra, sintetizadores, cosas que suenen. Estoy siempre investigando o estudiando instrumentos, o probando pedales”, cuenta.
Oriundo de la localidad bonaerense de Muñiz, Federico siempre supo que quería ser músico. Con formación en Letras y con un abordaje musical plenamente autodidacta, lo que para él comenzó siendo juego muy de chico continuó siéndolo de grande. De su infancia en los primeros años 80 recuerda un grabador Hitachi que se había comprado su tía, con la que vivía junto a sus padres en la casa de sus abuelos. Agarraba cassettes vírgenes que encontraba por ahí y grababa sonidos de la casa con los que después hacía collages. Primero fue ese grabador, después un bajo y ya a mediados de los 90 se compró un teclado Crumar italiano de la década del 70 que al día de hoy conserva y cuyo sonido es “muy metafísico, como de una película de Tarkovsky”.

La sonoridad per se de su alrededor lo cautiva desde muy pequeño. Como si fuera el juego del paquete, develar el rasgo misterioso y mágico de la música parece ser la constante que lo sigue moviendo a crear. Hacer, grabar y escuchar. Siempre escuchar. Otras veces grabar para después hacer. Y algunas, sólo hacer, sin grabar, en el afán de que lo que sea que haya sucedido quede impregnado exclusivamente a ese tiempo presente, como un pez ya sin el anzuelo que vuelve al río.
No cree tener un método más que el de la disposición de instrumentos frente a él y las pistas que —con buen tino a partir de una experiencia que se acumula— le irá dictando su intuición. No hay un momento más propicio que otro durante el día para hacer música; la hace en todo momento. Parece ser una de esas mentes que ya está haciendo música antes de sentarse a hacerla. Luego sí, frente a la mesa, dispone y graba.
Lo último que hizo fue usar el sonido de unos grillos que se trajo de Córdoba en consonancia con cajitas musicales, como si fuese un jardín nocturno, dice. “Básicamente —explica—, es una música con pocos elementos, sencilla, que tiene a la repetición como el fenómeno estético principal. La música que más me gusta y más me interesa escuchar también tiene esos elementos, que son la repetición, la economía de recursos, la escasez. Un esplendor pobre, por decir de alguna manera”. Se le vienen a la cabeza algunos títulos: la colaboración entre Brian Eno y Harold Budd en The Pearl (1984) o el disco de Pommerenck (Miguel Castro) editado en el 2000 y —un poco más alejado del canon— también encuentra ese tipo de belleza introspectiva y cansina en Toda canción será plegaria (1979) de Litto Nebia y Mirtha Defilpo o incluso en Atahualpa Yupanqui y Suma Paz. Ahora bien, hace una distinción entre la repetición y la monotonía. “Uno podría creer que hay una contradicción ahí, pero para mí no”, aclara. “Lo repetitivo no necesariamente es monótono. Lo que la repetición genera —continúa— es un marco para el florecimiento de lo distinto, contrariamente a la idea del orden aristotélico de introducción, nudo y desenlace”.
Considera que, si con el correr de los años ha existido alguna modificación en él a la hora de encarar el proceso creativo, la cuestión va precisamente por ahí: hacer música con cada vez menos cosas. Quizás, como ocurría mucho tiempo atrás, en que el loop no llevaba ese nombre, pero los ritos tribales lo usaban antes de que el término existiera. “La repetición —dice— es el recurso más antiguo de la humanidad. Repetir es lo primero que uno puede hacer. Lo ves en las pinturas rupestres con esas imágenes de caballos, por ejemplo. Y al mismo tiempo, la repetición nunca es igual. Del mismo modo que, como dice el aforismo, uno nunca baja dos veces a las aguas del mismo río, uno no escucha dos veces el mismo loop, porque el loop va deteriorándose, o uno mismo cambió. Durante quince minutos pasan muchas cosas. En esa detención del tiempo se produce un gran cambio”.
Parte del sustrato de esa repetición está precisamente en lo ordinario, aquello a lo que nuestros oídos están expuestos todos los días pero, precisamente, por esa misma razón lo pasan por alto. “Lo más difícil es lo más próximo”, dice él. “Si a vos te gusta grabar y te vas a Islandia, o a un bosque en Carelia, en el límite entre Rusia y Finlandia, vas a hacer grabaciones porque sentís que estás lejos, en un lugar mágico, encantado, pero la magia está al lado tuyo todo el tiempo. El tema es que lo más difícil es acordarte de eso. Lo más difícil es hacer grabaciones de campo ahora mismo”, explica. Entonces, ahora trata de estar más atento a que pueden ocurrir sonidos bellos sentándose en una silla de mimbre como le ocurrió hace poco: ”era un sonido completamente increíble, como crocante. Es la silla de mimbre en la que trabajo y hago música. Sonó un montón de veces antes de que la grabara, pero en un momento particular me di cuenta. Terminé usando esa grabación en un recital”.

***
Un usuario, en YouTube, deja un comentario sobre el álbum El Estanque Esmeralda (2014): “Esto simplemente me ubica en un estado de semi trance con su atmósfera onírica lo cual me causa ese cortocircuito entre el confort casi prenatal o espiritual y la pesadez del cuerpo al despertar del sueño”. Otro usuario, en referencia a Adormidera —pieza musical editada en 2012— la describe como el “lenguaje definitivo”. “Ultimate”, ya que está en inglés. Es que la música de Federico despierta sensaciones que se asemejan a la idea de liminalidad y que seguramente habitan en la melancolía más que en cualquier otro terreno. Puede sonar elegíaca sin ser apesadumbrada.
Sabe coquetear con ese lenguaje definitivo que puede alcanzar la música, como una instancia en que un track gatilla una emoción que no sólo prescinde de un sistema comunicativo organizado y basado en códigos, sino que lo excede. Es lo que viene después de eso. Lo inenarrable. Apenas una mirada brillosa posada en un punto fijo, agradecida por el sencillo hecho de estar escuchando ese track que —sin presumir— sabe que es capaz de contener toda la belleza posible aunque sea por un instante.
***
12K (Estados Unidos), Own Records (Luxemburgo), Desire Path (Estados Unidos), Laaps (Francia) Spekk (Japón) son algunos de los sellos que han editado su música. A ellos se sumará pronto Students of Decay, sello estadounidense con que está trabajando su próximo álbum, aún en proceso de creación.
En 2010, en pleno auge de Myspace —”cuando las redes no eran espacios hostiles y de insalubridad”— recibió un mail de Nao Sugimoto, cabeza del sello japonés Spekk. Le ofrecía editar su música. Federico ya conocía el sello y de hecho le fascinaba. Así comenzó a girar la rueda y publicar su obra. Su sonido circulaba y las propuestas de edición se replicaban. Es al día de hoy que siente que es “un sueño de juventud” que cumple con cada edición.
Con su música llegando a distintas partes del mundo, comenzó a escribirse con colegas que luego se transformaron en artistas con los que colaboró y, en algunos casos, en amigos. Menciona a Chihei Hatakeyama, Tomoyoshi Date, quienes le abrieron la puerta de sus respectivos hogares en las giras que Federico hizo por Japón en 2014 y 2017. Recuerda que la primera que vez que fue iba cargado como un ekeko. “Llevé de todo. Una pila de cassettes, un montón de pedales, grabadores, una mixer y un sintetizador miniatura. Yo creo que era la timidez y sentía que tenía que llevar mucho”, dice. Ahora intenta salir cada vez con menos cosas. Si tuviera que viajar hoy, cree que directamente lo haría con una sola fuente de sonido y listo. A modo de devolución de gentilezas, Federico recibió a Tomoyoshi Date en su casa e incluso tuvo la posibilidad de llevarlo a conocer la recóndita Villa Alpina y grabar en medio de las sierras cordobesas. Hoy, dice, tiene la cuenta pendiente de ir una tercera vez a Japón para que María Luisa, su hija, lo conozca.

Una de las cosas que más le gusta de Japón es que le remite al conurbano bonaerense, al Muñiz en que creció, rodeado del “tercer paisaje” del que habla el paisajista y autor frances Gilles Clément y al que Federico parafrasea. Son los espacios olvidados, “indecisos” —como dice el autor—, los jardines que no sabés si son de este o de aquel, las parcelas verdes al costado de una avenida o autopista, o lo que supuestamente es parte de un lote abandonado: “no es ni la naturaleza indominada ni tampoco son los jardines estructurados. Son los espacios de la naturaleza que crecen en los lugares residuales del capitalismo”, remarca Federico. En el yuyo que crece a pesar del asfalto encuentra más belleza que la que puede ofrecer un pino o un laurel. Eso es lo que que más disfrutó de chico. Precisamente por eso es que la primera imagen de Japón que se le viene a la cabeza es la de “estar caminando por una calle que de repente desembocaba en una suerte de callejón que no distinguía si era una determinada parte del jardín de la casa o un espacio público. Esa indistinción es medio conurbanense”.
Por su parte, La Manzana Mágica, su último disco, lo editó bajo el catálogo de 12K, el sello que encabeza el colega y amigo estadounidense Taylor Deupree, con quien también ha trabajado en dúo bajo el nombre This Valley of Old Mountains. Sin ser necesariamente un álbum conceptual, detrás de La Manzana Mágica hay de todos modos una búsqueda concreta que rinde homenaje al coleccionismo que Federico practica desde chico, más precisamente su colección personal de sellos Cinderella, que evocan historias infantiles. Durante su infancia, en la era pre-internet, la filatelia era un pasatiempo que lo conectaba con otras partes del mundo. “Era como una sensación de apertura, para mí. Me iba a una plaza, intercambiaba estampillas y de repente aparecía una de Hungría. Imaginate, era mágico. ¿Cómo llegó esto acá?”, recuerda. Ya más de grande se encontró con estos sellos que fueron muy populares a principios del siglo XX y fines del XIX, sobre todo en el norte de Europa.
Subordinado a la belleza de lo que ven sus ojos, en la imagen de uno de ellos hay a una niña con una vela encendida junto a una ventana. El sello reza “Akureyri. Jólin 1960”, en referencia a la ciudad islandesa y el año de impresión. Después, observa otra de un niño con un canasto de manzanas. A cada una de estas imágenes le corresponde un track. “A diferencia de los sellos postales, que uno pegaba en una carta para pagar un franqueo de modo de enviarla a un destino, con estas estampillas, que comprabas en el correo mismo o en un negocio, colaborabas con alguna institución, supongamos que para combatir la tuberculosis o para un hogar de huérfanos, o simplemente eran estampillas que publicitaban algún libro o evento. Son muy parecidas a los sellos postales, pero no lo son”.
***
Como si fueran parte de una misma promoción, junto con la pasividad y la saturación, cree que un signo de esta época es la idea de futuridad. “Uno siente que está subido a una flecha que va hacia delante y no para, en la cual la mayoría de las personas no tienen control y para colmo el futuro muchas veces se vislumbra ominoso”, considera. En contraposición, lo que propone este tipo de música, la que hace Federico, es otro tipo de pensar, pero no sólo pensar la música, sino el modo en que pasamos nuestros días. “Es otra temporalidad, que no es para delante, que es el tiempo del lucro, sino que es más bien circular y da vueltas sobre un mismo lugar sin necesidad de ir a ningún lado”, entiende Federico.

Federico entiende que en habitar esa otra temporalidad cíclica —que aparece sin más que advirtiendo el discurrir de las estaciones del año—, hay una suerte de “paso al costado”. Y la clave está en la simplicidad. Precisamente aquella que, para él, hoy se ve opacada ante el fulgor de la supuesta virtud de atajar todo al mismo tiempo, de correr en pos de una mayor porción de algún tipo de torta: batalla por el rendimiento en la que también se ve involucrada la escucha musical, mayormente subordinada a la lógica del stream.
“Por supuesto que me ha pasado estar con alguien en un auto, que suene una música y descubrir algo que me resulta conmovedor o al menos que me gusta. Sin embargo, inmediatamente eso es reemplazado por otra cosa en esa situación, entonces no sucede nada significativo”, dice, y piensa que es “como que una persona quiera escribir un poema y diga bueno, voy a escribirlo con todas las palabras del diccionario, absolutamente todas. Todos los pronombres, todos los adjetivos, todos los verbos y sus conjugaciones posibles. Y ahí no pasa nada”.
“Me gustaría que todo fuera más simple y honesto en todo tipo de vínculo. Yo creo que es un mundo que tiene cada vez más velos. Para llegar a algo sincero uno tiene que ir develando misterios”, dice. Por un lado, reconoce que puede haber algo interesante en esa tarea de develar cosas, “pero cuando se vuelve constante, al menos para mí, es agotador. Es que es una época que hace del no pensar claro una insignia y un proyecto de mundo. En ese sentido, me parece que la idea de simplicidad es un paso al costado”.
De cualquier forma, busca el lado positivo a la cuestión —como quien sabe que nunca faltarán los modos de contrarrestar las fuerzas imperantes— y cree que si bien no estamos hablando de una música popular, “quizás se han abierto en muchos de nosotros ciertos espacios de interioridad que permiten habitar esas músicas”. Ahora bien, qué nivel de correlato, sintomatología o causalidad puede representar hoy el estar escuchando o hablando sobre ambient en relación con nuestro burnout de todos los días diario será otra historia en la que cada uno sacará sus conclusiones. Para él no se trata de escapismo, sino de otra manera de vincularse con las experiencias y los objetos. “Un camino vital”, lo llama. Es que tal vez —contrario a lo que dicta el sentido común—, quién te dice, en una de esas, escapar se parezca más a lo que fuere que estemos haciendo colectivamente en estos días y no tanto a escuchar ambient con una copa de vino mirando lo que queda de un atardecer.
Etiquetas: Ambient, arte, Federico Durand, Música, Santiago Berisso, Sonidos

