Blog

10-09-2026 Notas

Facebook Twitter

Por Luciano Sáliche

I

En un lejanísimo 1848, John Stuart Mill ya decía que “es discutible que todos los inventos mecánicos aplicados hasta hoy hayan aliviado el trabajo diario de algún ser humano”. Escribo esto mientras le pido a la IA que reelabore una gacetilla que me acaba de llegar. Es sobre un premio literario. Lo hace. Y lo hace, digamos, bien. Son artículos que no tienen otro objetivo que dar una noticia. Para ese tipo de contenido, la IA sirve mucho. Puedo darle a mi empleador muchos artículos así. Desde que uso la IA de un modo, digamos, avanzado, mi producción aumentó considerablemente. Lo que no aumentó, incluso cayó bastante, es mi sueldo. Pero además mi jornada laboral es de ocho horas, la misma de hace casi cien años, cuando no había IA, redes sociales, mail, internet, computadoras.

La historia empieza como un juego. El primer chatbot, que no es otra cosa que la simulación de una conversación, se llamó Eliza y lo creó Joseph Weizenbaum en 1966. Una IA que se ponía en la posición del terapeuta y cuando el paciente le decía algo sobre su madre, Eliza le respondía: “Hablame de tu madre”. Recibía una información y la convertía en una pregunta. Me acuerdo del tachero devenido en conductor de Cabify que una mañana de lluvia me llevó hasta Palermo y estaba fascinado con ChatGPT. Tenía una versión paga que le podía poner nombre y voz, entonces se la pasaba conversando con una seductora y atenta mujer joven durante sus interminables jornadas arriba del auto. Me acuerdo del brillo en sus ojos cuando me dijo que un día, de la nada, la IA le preguntó cómo le había ido en el almuerzo con su hija, a la que no veía hacía meses.

II

A Santiago Siri lo conocemos por ser un influencer de la tecnología. Al menos así se presenta él y así lo presentan los medios. Tiene algunos libros publicados sobre el asunto y varios proyectos, como el olvidable Partido de la Red. Acaba de lanzar “un noticiero hecho con inteligencia artificial, pero pensado para humanos”. Se llama El primer feca y es, básicamente, una serie de videos realizados con IA donde diversos avatares bien estereotipados cuentan “lo que está pasando”. Son todos jóvenes y divinos excepto el que se encarga de Economía: ese, por supuesto, es serio: tiene traje, canas y la mirada de alguien que está lidiando con la verdad. En el video promocional los avatares se presentan y al final aparece el propio Siri arrogándose la curaduría editorial de este noticiero cool.  

La IA no inventa, trabaja sobre lo ya hecho. Rastrea en el mar infinito de información, toma, adapta y vuelve a ponerlo en el presente. La referencia es todo el trabajo humano previo: la enorme cantidad de artículos periodísticos realizados en la era previa a esta automatización que hoy se “reescriben” con IA. Pero, ¿qué pasará cuando esas reescrituras ya no sean sobre trabajos humanos previos sino sobre reescrituras hechas con IA, como si estuviéramos en presencia de la copia de la copia, del clon del clon? Ya ocurre. En ese sentido, la IA no es “lo nuevo” —puede que sea el futuro, pero como siempre: qué futuro—, sino un punto de quiebre para volver al pasado para reciclarlo y, se sabe, el reciclaje cultural implica reutilizar materiales, ideas o elementos simbólicos para darles un nuevo sentido, pero como siempre: qué sentido.

“No sé quién sos”, le dijo Santiago Siri a Matías Canzonetta, un periodista cuya voz y apariencia son exageradamente parecidas a las de uno de sus muñecos digitales. Le estaba reclamando una explicación. Y Santiago Siri se la dio. Fue esa: “No sé quién sos”. Claro que no lo sabe: no es narrador, no es novelista, no es guionista, no sabe crear sus propios personajes ni detectar influencias culturales ni navegar en los laberintos de su imaginación. Lo que hizo Siri, como un alumno que está dispuesto a entregarlo todo con tal de zafar, fue pedirle a una IA que lo haga por él. Y la IA rastreó en el mar infinito de información, tomó, adaptó, y volvió a poner en el presente lo que encontró en el pasado cercano. No cambió mucho: le puso una gorrita y algún que otro rasgo clean. Y los ojos: el avatar tiene la indisimulable mirada muerta de las IA. 

III

El trabajo siempre cambia con la irrupción de nuevas tecnologías. En El Capital Marx da esta distinción: “En la manufactura y la artesanía, el trabajador sirve a la herramienta; en la fábrica, sirve a la máquina. En la primera, el movimiento del instrumento de trabajo parte de él; en la segunda, es él quien debe seguir el movimiento de este. En la manufactura, los trabajadores son miembros de un mecanismo vivo. En la fábrica, existe un mecanismo muerto independiente de ellos, al cual son incorporados como apéndices vivientes”. La IA no es una herramienta neutral que cayó del cielo: es un objeto producido en una época específica, por agentes específicos y, por ende, con un interés específico. Así como nos responde preguntas con ingenio también es la base del software de Palantir Technologies que localiza palestinos en Gaza y les dispara misiles.

Volvamos al noticiero. “¿Y de dónde saca la IA la información periodística?”, le inquirió días atrás Poli Sabatés (periodista, dirigente del Sipreba) a Santiago Siri en el streaming Se Viene. No sólo hay una apropiación del trabajo realizado previamente por periodistas, sino que fetichiza la noticia, como si caería del cielo, como si fuera la propia la IA la que la crea, ocultando las relaciones de producción que hay detrás. En el libro Las nuevas tecnologías en los límites del capital, Paula Bach escribe: “La incorporación capitalista de nueva tecnología se traduce necesariamente en un incremento de la plusvalía relativa, es decir, de la explotación”. Y más adelante: “Cabe esperar un capitalismo que para transformar en valor el poder crecientemente liberador de las nuevas tecnologías buscará sustentarse en relaciones sociales de producción aún más degradadas que las que rigen hoy”.

IV

No todo es tensión, duda, discusión. También hay una adaptación rápida y acrítica. Lo interesante de hacer artículos periodísticos íntegramente con inteligencia artificial es la persistencia de muchos compañeros en ponerle deliberadamente su firma. Basta con recorrer los portales para verlo. Pero al igual que estos muñecos, se ven los hilos, la falla mecánica, el artilugio, la pereza. No creo que haya que retroceder unos cuantos pasos y volver a la pregunta por lo humano ni avanzar a fondo en un aceleracionismo que haga estallar las contradicciones del capitalismo. El presente es este y hay que mirarlo a los ojos. “En general, la situación es ahora muy difícil, por cuanto hay que combatir”, le escribió Marx a Engels en 1866. Pese a todo, la carta cierra con un “salud”.

 

Etiquetas: , , , , , ,

Facebook Twitter

Comentarios

Comments are closed.