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07-10-2026 Notas

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Por Laura Wang

La donación de óvulos y la donación de semen propicia un tipo particular de constitución familiar que se caracteriza por la incorporación de un “tercero” (donante) que no tiene deseo de filiar a un proyecto parental (receptores) que sí lo tiene.

Ni toda donación es altruista ni todo es mercantilismo puro. Sobre la reproducción asistida pesan prejuicios muy fuertes, sostenidos en el desconocimiento del campo reproductivo. A partir de ciertos casos «conocidos» que producen desequilibrio, se juzga, y se dice, que en la reproducción asistida todo es desequilibrio.

Si algo hizo la Ley 26.862 de reproducción médicamente asistida fue permitir el acceso a los tratamientos de fertilidad y a la donación de gametos a todas las personas, parejas y familias, incluidas las que hasta entonces quedaban afuera. Son esas personas con dificultades, y no los casos excepcionales, las que atraviesan la mayoría de estos procesos.

Quienes donan

¿Por qué se subestima a la donante o al donante, suponiendo que no decide donar, que solo sus circunstancias lo empujan y que no desea donar células reproductivas (gametos), reduciendo su acto a la mercantilización de una parte de su cuerpo? Hay un sesgo de sospecha: como el donante recibe dinero, su intención particular queda silenciada, como si un motivo económico anulara los demás. Pero las razones no se excluyen. Alguien puede necesitar la compensación y, a la vez, saber muy bien lo que está dando; estar haciendo algo que lo interroga, lo enorgullece, le otorga valor.

Entre 2012 y 2015 me dediqué a entrevistar mujeres donantes de óvulos y tuve acceso a escuchar cuáles eran las motivaciones que las llevaban a eso. Para sorpresa de algunos, se hizo evidente que, más allá de la motivación económica —en tanto no se trataba de situaciones de indigencia, sino de la búsqueda de un ingreso extra destinado a satisfacer consumos no estrictamente básicos—, el acto de donación operaba, fundamentalmente, como un resarcimiento narcisista. La posibilidad de disponer de gametos fértiles -que otras mujeres no tienen- para entregarlos, bajo la lógica del don, a otra mujer, configura una dimensión distinta a la del mero intercambio. Si bien la retribución económica corresponde a la contraprestación por el laborioso tratamiento médico, el hecho de ceder un óvulo fértil a quien lo necesita adquiere, para la propia donante, el peso incalculable de un valor simbólico.

Lo que se entrega no es un objeto cualquiera. Es una célula que porta algo de uno mismo, un fragmento que produce el cuerpo con una potencia de filiación. Ahí se ponen en juego operaciones psíquicas que no entran en la lógica del intercambio: el donante da algo que ni siquiera sabe qué producirá, ni para quién, ni si algún día le será demandado.

El anonimato se sostiene en el inmenso acto de donar, porque lo que donan no tiene equivalente. Una célula reproductiva puede hacer posible que otro llegue a ser madre o padre. Ningún monto paga eso. La compensación cubre molestias, traslados y tiempo; el valor del acto está en otro plano. Donar óvulos o espermatozoides también es un don: es impagable porque lo que se da excede cualquier precio. Y quien dona lo sabe: se identifica con ese valor, con lo que esa célula puede significar para quien la recibe. Se puede pensar la condición material que hace posible el acto sin vaciarlo de sentido.

Quienes deciden tener hijos con donación de gametos

¿Qué molesta del deseo de vivir la experiencia del embarazo y el parto que se escuchan discursos que intentan culpabilizar a las mujeres y a los varones que recurren a la donación de gametos como cómplices de un negocio?

Cada quien llega a intentar lograr un embarazo con donación de gametos con su historia. Después de varios tratamientos de fertilidad fallidos, las personas que deciden tener hijos recibiendo una célula reproductiva donada suelen presentar mucha angustia por la pérdida de la idea de concepción que siempre tuvieron. Algo insiste detrás de ese “quiero ser madre”, “quiero ser padre”, y no se puede reducir a la idea de mercantilización ni a la figura del “comprador”. Reducirlo es no escuchar. 

La mayoría de las pacientes que escucho en el consultorio y se deciden por la ovodonación tienen alrededor de 40 años y suelen repetir: “no quiero perder más tiempo, quiero ser madre ahora, perdí mucho tiempo reproductivo en otros proyectos”, “para nosotros/as es importante estar embarazada, yo quiero gestar, pasar por ahí, saber qué se siente tener un bebé dentro de la panza, vivir la experiencia de sentir dar vida, que pueda crecer dentro mío, sentir lo que es tenerlo.” Inclusive lo dicen sin romantizar las dificultades obstétricas, vivir los efectos en el cuerpo que tiene pasar por un embarazo es parte del deseo de esas mujeres.

Pero ese deseo singular no exime de responder por lo que se hace frente al hijo. Es justamente ahí donde el deseo se vuelve ética: qué se hace con lo que se supo, y cómo se transmite la historia de su nacimiento, cómo, dónde y quiénes colaboraron, cuál es la historia de su origen.

Las familias y el relato: lo que se dice y lo que se cuenta

La función materna y la función paterna son operaciones simbólicas, no genéticas: nunca dependieron del gameto. Por eso done semen u óvulos, un donante no es un padre ni una madre. El Código Civil y Comercial lo dice así: la filiación se determina por la voluntad procreacional con independencia de quién aportó los gametos (art. 562), y reconoce el derecho de las personas nacidas por estas técnicas (TRHA: Técnicas de Reproducción Humana Asistida) a acceder a información sobre su origen (arts. 563 y 564).

Sobre la condición de anonimato de la persona donante de gametos podemos plantear la siguiente pregunta: ¿Puede la persona donante tener un lugar en la fantasía de quien pregunta? Sí, y por eso es tan importante que estas dos cosas existan y sean dichas: la normativa vigente en la Argentina y las palabras disponibles para que cada familia arme su propio relato, único y singular a su manera.

Que el derecho a conocer el origen esté garantizado no alcanza para que ese origen se pueda decir. Se puede tener el dato y no tener las palabras. El origen genético es un dato; la filiación es una operación simbólica: alguien que alojó a ese hijo en un deseo y le dio un lugar. Confundirlos empobrece el debate.

Si existe el silencio en algunas familias, probablemente no sea por falta de información. Se trata de las imposibilidades de realizar un duelo, tal vez de un temor a la propia inscripción parental. Lo que se calla como secreto vuelve como síntoma; lo que se narra desde el comienzo se va resignificando après-coup, a medida que ese hijo crece y pregunta. 

Escribir para el futuro

El entrecruzamiento es complejo: para lograr un embarazo la ciencia disocia partes del cuerpo y la participación es de muchos. Cuenta con la asistencia de todos los demás. Tener un hijo siempre es con otros, no sólo con la ciencia. 

De hecho parte de los cambios sociales que se vienen haciendo y pidiendo es que se reconozca que para criar un hijo se necesita un Estado presente.

Una familia es dinámica y está conformada por aquello “que hace familia” sostenida en los lazos existentes. La figura del donante también forma parte de esa construcción familiar. Se escucha que la angustia contemporánea surge del lado de la biología y llama la atención cuánto continúa sostenida en la biologización de los lazos.

En los últimos años entrevisté a muchas mujeres potenciales donantes de óvulos. Parte de mi trabajo fue elaborar informes que quedan guardados en las historias clínicas de ellas. Me preguntaba ¿para quién escribo estos informes? ¿para los médicos? ¿para ellas, las mujeres donantes? ¿para las parejas receptoras? No. Fue, tiempo atrás, trabajando con colegas que pude armar la respuesta: elaboro los informes de estas entrevistas, pensando que en el futuro podrían ser leídos por los hijos gestados y nacidos con donación de gametos. Quizá estos informes sirvan para que sepan que detrás del acto de donación también hubo sujetos deseantes. 

Discutir la mercantilización, la compensación y la autonomía es necesario. Pero un debate sostenido en el sentido común, que piensa desde lo común de las cosas sin escuchar a quienes atraviesan estos tratamientos (el sufrimiento de un hombre al que le diagnostican azoospermia; el dolor de una mujer que perdió varios embarazos o cuyos ovarios no llegan a producir folículos por baja reserva ovárica; el deseo de dos mujeres de tener un hijo por inseminación artificial) discute únicamente desde una posición ideológica y sin analizar los hechos. Si el debate no los incluye a todos, deja afuera lo que le da sentido.

* Portada: «Medicina» (1901) de Gustav Klimt (la pintura fue destruida por el nazismo en 1945, solo quedaron fotos en blanco y negro, por lo que fue coloreada con inteligencia artificial)

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