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Por Pablo Manzano
Lo que te cuenten de la economía de aquellos años dependerá de quién te lo cuente. De la frecuencia y ardor con que maniobre conceptos como pueblo o impuestos, soberanía o capitales, lucha o competencia, expansión de derechos o clientelismo. De su predilección por Jauretche o Luna, por Pigna o Pagni. De su entusiasmo por la reforma laboral o la reforma agraria. De la pasión húmeda que le despierte el mercado o el estado. De su amor manifiesto por lo público o lo privado. De su tendencia a decir «con la nuestra» o «con la tuya».
Pero dependerá sobre todo (nos confirma la semiótica capilar) de su pelo y su vello.
El entrevistado de esta nota luce plataforma de rulitos levantados y un bigote retro-modernoso. Es autor de los libros Somos hermosos y Vendepatrias, entreguistas y otros garcas. Actualmente presenta contenidos en un canal de streaming de la oposición, cuyos vídeos llevan los siguientes rótulos: «Esto explota ya», «Están colapsando», «Mañana mismo cae el gobierno». Trabaja también en la radio Futurock.
–¿A usted le gusta el rock? –arranco preguntando para romper el hielo.
–Amo todo nuestro rock, empezando por Lali Espósito. Todo menos Juanse y Calamaro.
–¿El Indio Solari?
–Nunca escuché su música, pero me uní al pueblo para llorarlo en redes.
Propongo al entrevistado empezar hablando del periodo 2003-2007.
–Sí, fue el primer periodo desde la vuelta de la democracia en que la economía creció todos los años. Probablemente el quinquenio de mayor expansión de la historia argentina. Y además, con poca inflación. Pero esto último es irrelevante.
Tomo nota de la poca relevancia de «esto último». Volveré sobre ello. Continúo:
–Es sabido que quisieron quitarle el mérito al presidente, fechando la fase ascendente de aquel ciclo económico durante la transición. Concretamente en la segunda mitad de 2002.
–Se debe a que la devaluación de ese año, tras el shock inicial, permitió una reactivación. Pero quien mantuvo esa recuperación y la hizo extensiva a todos los sectores sociales fue nuestro presidente electo. Fue él quien consiguió que en los años siguientes mucha gente regresara de Barcelona.
Me viene el recuerdo de la revista Barcelona, una solución europea para los problemas argentinos. Hoy nada queda de aquel humor impredecible. Hoy la misma publicación está a cargo de ocurrentes a sueldo que también podrían trabajar en El Destape.
–La devaluación tenía una contracara –señalo–, y era el riesgo inflacionario. Usted acaba de mencionar la inflación como un asunto irrelevante.
–Interpretaste. No me parece menor. La inflación es un instrumento de reactivación económica. Es algo con lo que se debe convivir. Es eso o la paz de los cementerios. Si nuestra moneda se aprecia, nuestra economía colapsa. La inflación es redistributiva. La estabilidad de precios es de derecha. ¿Qué es ese mantra llorón de quiero planificar y no puedo?
–Si tan virtuosa es la inflación, ¿por qué maquillarla, por qué ocultarla, por qué atribuirla a los fijadores de precios?
–Tarea para la casa: antes de entrevistar, aprender un poquito de política económica.
–No se crea que no sé nada, en aquellos años aprendí mucho sobre keynesianismo con Alejandro Dolina.
–No te hagás el canchero. Puede ser que algunas de nuestras voces no entiendan mucho de economía, pero sí entienden de poderes económicos.
–Yo diría que entienden de muchas cosas: de matrimonio igualitario, de identidad de género, de fertilización asistida universal y gratuita, de aborto legal, de legalización del cultivo de cannabis, de derechos humanos, de feminismo, de cultura subvencionada… De todo eso, más que de economía, ¿cierto?
–Simplificás. Entienden de regularización de empleadas domésticas, de inclusión jubilatoria, de asignación universal por hijo. Las mejoras en el bienestar social de la población también son parte de la política económica. Como digo en mi libro, nosotros somos ideas, somos un proyecto de país para todos y todas. Y lo otro es simplemente odio.
–¿Pero el otro no es la patria?
–El otro sí, lo otro no. ¿Vos querés ser parte de lo otro? ¿De qué lado estás?
–Sigamos hablando de la economía de aquellos años –le propongo–. ¿Cómo la definiría?
–Fue una política económica que no dejó el factor humano fuera de la ecuación.
El entrevistado me sacude con una serie de datos. Cuando llegó el presidente en 2003, el 54% de la población urbana se encontraba en la pobreza y el 27,7% en la indigencia. El desempleo afectaba a un 20% de la población activa y la cobertura previsional abarcaba solo el 66% de las personas en edad de jubilarse.
–Los acreedores sociales heredados de los infames años noventa fueron la prioridad.
Continúa con datazos épicos, de cuando los datos todavía eran fiables.
Hacia finales de 2006 la pobreza había caído a la mitad, la cobertura jubilatoria había alcanzado el 90% (la más alta de la región), el crecimiento de los servicios y las manufacturas habían derivado en un aumento del empleo privado y el salario había aumentado un 380%.
–No más reclamos sociales –afirma el entrevistado de rulitos y bigote modernoso.
–Se ha dicho, sin embargo, que los reclamos sociales fueron desactivados y retirados de la calle mediante la cooptación de referentes, la institucionalización de la protesta y la implementación de políticas asistenciales con mediadores oportunistas.
–Te gusta trotskearla por derecha, ¿no? Decíme, ¿qué suma, de qué sirve? ¿No ves que la izquierda es infantil? Es como un equipo chico que nunca estará preparado para jugar en primera.
La réplica no me sorprende: el peronismo es tan rojo como el círculo rojo.
–A nosotros, en cambio, nos gusta ser protagonistas. Por eso ganamos elecciones.
Ni hablar de cuando no las ganan: entonces todo es basura y dictadura.
–Por cierto –retoma el entrevistado–, a la estrategia de nuestro presidente de entonces no la llamamos cooptación, sino transversalidad. Se trataba de integrar a todos los actores sociales y políticos en un mismo proyecto de país.
–Gracias por la aclaración. Hablemos de los otros acreedores.
Intento ser conciliador y evoco la salida del default de aquellos años como un hito.
–Te estás olvidando de otro hito de soberanía aún mayor –interrumpe el entrevistado–. El pago en 2006 de la totalidad del pasivo que el país mantenía con el FMI.
¿Quién podría olvidarlo? Un desembolso de 9.810 millones de dólares, pienso, lo que representaba el 36% de las reservas tomadas del Banco Central (siempre el Central) a cambio de papelitos intransferibles de quien realmente debía: el Tesoro. Pero callo una vez más.
–Los vendepatrias endeudan al país, nosotros lo desendeudamos. Porque la deuda es un sometimiento comparable a la invasión de Malvinas o la llegada de capital extranjero.
–Hablando de deudas, ¿qué me dice de manipular datos para minimizar la deuda pública ajustada por inflación? ¿No generó aquello desconfianza y la imposibilidad para el país de acceder al crédito a tasas razonables?
–Si accedemos al crédito, significa que nos prestan, y si nos prestan, entonces nos estamos endeudando. Ya te dije, no era la idea.
–Pero el dinero para un modelo expansivo de algún lado tiene que salir, ¿cierto?
Evito mencionarle las colocaciones de deuda con Venezuela (única salida) a una tasa del 15%. Y antes de que el entrevistado me responda con una cachetada, le cambio de tema:
–Pasemos a los dos mandatos presidenciales siguientes.
Es entonces cuando empieza a derramar baba de devoción norcoreana.
Evoca con lirismo a aquella presidenta («¡Qué estadista!») y sus clases magistrales. («Ella nos enseñó que todo es político, que la despolitización es una artimaña del poder, que la política es una herramienta de los pueblos para la transformación social»). Evoca aquellos años de energía eléctrica casi regalada, cuando sobraba la plata para consumir, cuando él era joven y hermoso. («La victoria electoral del 2011 fue la consagración de hermosos y hermosas como una mayoría apabullante»). Evoca aquellos tiempos en los que el hijo de cada colectivero se convertía en médico o ingeniero.
–¿No fue todo aquello otro espejismo con fecha de caducidad en la pendular historia económica de este país? ¿Qué fue lo que pasó al final? –le pregunto.
–Lo que pasó fue que no le perdonaron ser mujer, y más tarde le inventaron una causa. No se puede imputar a una presidenta por administración fraudulenta, ya que una presidenta no administra.
–Cuénteme sobre la economía tras la crisis de 2008, primer mandato de la presidenta.
El entrevistado se recompone. Me explica que el país no se vio afectado en lo financiero, sino en lo comercial, por la contracción de la demanda brasileña de manufacturas. La demanda china de soja, en cambio, se mantuvo. En ese contexto se crearon las retenciones móviles a la exportación de ese producto.
–Ella nos explicó que la soja, en términos científicos, es un yuyo que no requiere cuidados especiales. En aquel momento, además, estaba cotizando a un valor récord. Las retenciones iban a ser una herramienta para una redistribución más justa de esa renta y para frenar el impacto ambiental del monocultivo de ese producto. Como ya sabés, aquella batalla no se ganó, debido a la traición del vicepresidente, perteneciente a otro sector político.
–Cosas de la transversalidad.
–Los agrogarcas no liquidaban divisas y eso restringió la oferta de dólares.
–El eterno retorno. Pero por suerte estaban los fondos de jubilaciones privadas, ¿cierto?
–Estatizarlos fue una decisión valiente. La de terminar con un régimen impuesto en los años noventa que ya no garantizaba las pensiones en un contexto de crisis financiera global.
–Pero oiga, solo el 10% de los aportantes querían volver al sistema de repartos administrado por el estado, acaso con cierta nostalgia de los años cuarenta. ¿No fue una medida en contra de la voluntad popular?
–Mirá, a veces la mayoría, como bien sabemos, opina y vota en contra de sus propios intereses económicos, ya sea por ignorancia o manipulación ideológica. La recuperación de aquellos fondos fue una medida popular en tanto que contribuyó a aumentar la actividad y estimular la demanda interna.
De algún lado tenía que salir el dinero.
–Pero el país tenía que seguir cuidando sus dólares –digo–. Por eso la restricción de importaciones tuvo un efecto recesivo en la industria y el empleo, ¿cierto?
–Y por eso mismo el estado, frente a la anemia del sector privado, reaccionó y asumió un rol de liderazgo en la creación de empleo. Y todo esto sin emitir, que es lo que más suele criticarse.
El convencido de bigote retro-modernoso casi logra convencerme. No se puede negar la creatividad del Tesoro en aquellos años, ya sea para el pago de deudas o sueldos, para promover el consumo interno o mantener la paz cambiaria (si esa moneda hablara más de la cuenta…)
Pero no puedo soslayar el contraste con la siguiente cronología:
En 2010 el presidente del Banco Central es apartado de su cargo.
En 2011 la reelección de la presidenta con el 54% de los votos es la coronación de un boom de consumo y actividad y un dólar estable, sí, pero a su vez coincide con una disminución de las reservas del Banco Central de 25.000 millones de dólares.
El entrevistado me mira como si acabara de decirle que su bigote tiene reminiscencias macristas.
–¿Vos le cuidás el bolsillo al Central? Porque en aquellos años se trataba de cuidar el bolsillo de la gente. Por eso se cuidaban los precios.
–Y los índices de precios también.
Antes de que me aplauda la cara, le cambio otra vez de tema y lo sorprendo con una defensa bien patria de las expropiaciones de aquellos años, las cuales, le digo, respondían sin duda a la necesidad de reapropiarnos de nuestros recursos naturales y deshacernos de empresas foráneas que no invertían ni producían.
–Ahora no sé si me estás imitando o si de verdad se te están acomodando las ideas.
–No se puede negar que hoy Vaca Muerta está más viva que nunca, ¿cierto?, y la vaca es nuestra gracias a aquellos años. Pero sería interesante que usted y yo reflexionáramos sobre por qué el modelo económico de aquellos años se agotó.
Lo invito a recordar cuando, tras la gloriosa reelección de la presidenta, las mediciones dejaron de ser favorables y los datos dejaron de ser creíbles. Le pongo el ejemplo de menos pobreza, pero no menos pobres. Alguien dejaba de ser pobre por su poder de consumo, aunque viviera en condiciones de hacinamiento y sin infraestructura de higiene.
–No hablés así de los pobres. Es estigmatizante.
–¿Qué me dice de otros datos poco fiables, de la recaída en la falsificación de los índices de precios?
–No hubo falsificación, fue un relato para favorecer a bonistas en pesos indexados que se beneficiaban con un aumento de la inflación.
–Ya me había dicho usted que la inflación es beneficiosa. En cualquier caso, aquello tuvo consecuencias fatales e irreversibles, ¿cierto? La sensación de timo jugó en contra del ahorro en pesos. Y todo el mundo se volcó al dólar. La reacción fue poner candados a la economía.
–Para evitar la fuga y la debacle.
–Pero algunos tenían las llaves de esos candados, ¿cierto?, y podían acceder a ese dólar cuidado. Importaciones y exportaciones dibujadas, etcétera. ¿Realmente cree que se evitó la debacle o aquello podría explicar el cambio en las siguientes elecciones?
–Para empezar, el cambio no fue tal, más allá de otro endeudamiento con el FMI. A lo sumo hubo cambio con continuidad. Porque ni siquiera los herederos del odio del 55, esos odiadores de la alegría popular, pueden gobernar este país sin aplicar nuestro modelo social. La diferencia está en gastar en un marco de expansión de derechos o gastar lo mínimo para que el país no estalle, que es lo que hacen ellos.
Se me viene el recuerdo del programa Ahora 12, para adquirir ropa, electrodomésticos o materiales de construcción en 12 cuotas sin interés, poco antes de las elecciones de 2015.
Para ir cerrando esta entrevista, insisto en sacudir la rama del olmo a ver si cae una pera.
–Sea sincero, dígame por qué cree que en 2015 la gente votó otra propuesta económica.
–Ya te lo dije. A veces la gente vota lo que no le conviene. Gramsci dice que es por hegemonía cultural. Les lavan el cerebro, votan mal y después se arrepienten. ¿Vos querés que sea sincero? Yo ya no siento piedad por lo mal que pueda pasarla la gente que no sabe votar. Que aprendan a votar, y si no, que ejerzan el derecho y el deber soberanos de destituir a los gobiernos entreguistas que votan.
–¿No va a reconocer siquiera que en el último mandato la presidenta tuvo dificultades para mostrar auténticos avances sociales?
–La presidenta dejó un país sin deuda y sin desempleo.
–También sin reservas.
–¿Otra vez con eso? ¿Qué tienen que ver las reservas? ¿Con quién almorzaste hoy, con Mirtha Legrand?
–Pero… ¿No se fue acaso con las arcas vacías?
–Sí, pero con la plaza llena.
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